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El tobogán

La narradora, autora de Barajas (Plaza & Janés, 2011), nos ofrece este breve relato inédito en donde cobra forma la incertidumbre y fragilidad de los vínculos del presente.

Era un estanque, una pileta natural, de esas que se forman con cascadas de agua cristalina que baja del morro. Un lugar paradisíaco, diría cualquier folleto turístico. Me imagino que Adán y Eva habrán vivido en un lugar así, con las hojitas abrojadas al pubis, subiendo y bajando picadas en el bosque, nadando, buscando frutos, durmiendo bajo una enramada, haciendo el amor en sus ratos libres. Hasta que les llegó el castigo.

Se accedía por un larguísimo tobogán de hormigón empotrado en la ladera del morro. No había otra forma de llegar al agua si no era tirándose por esos veinte metros de bajada empinada. Alrededor, la maleza era robusta, enmarañada, atestada de mosquitos. En mi recuerdo el paisaje empieza en la playa, pasa por las cuevas del acantilado y termina en la selva. O al revés.

Si estamos atentos, podemos captar un instante de clarividencia en el momento y lugar menos pensado. Es una percepción más profunda, aunque se siente primero en la piel, antes que las palabras se organicen. Si no lo vemos sigue de largo. No verlo es lo más común. Después, con la perspectiva del futuro, miramos hacia atrás y decimos: ahí estaba. Ese verano. En ese tobogán. ¿Cómo no me di cuenta?

Al tobogán recién lo vimos cuando pasamos caminando de la mano por el sendero de tierra. Nos acercamos a esa especie de balcón donde una barra de chicos hacía cola, más bien se apretujaba, ansiosos por tirarse y verse caer.

Un deck de madera percudida era la plataforma de espera. Aunque los chicos no quieren esperar. Los chicos se daban suaves empujoncitos en los brazos, hacían como que temblaban de miedo y se tiraban pegando alaridos tarzanescos. Con los brazos apretados a los costados del cuerpo o cruzados sobre el pecho como hacen los vampiros en el atáud. Yo veía las cabecitas mojadas bajar a toda velocidad, los talones raspando la superficie del agua, la explosión de los más pesados, el hundimiento masivo. Entre nosotros dos no hubo propuesta, tampoco capricho, menos que menos presión, simplemente nos fuimos acercando. Teníamos la malla puesta y las ganas de hacer cosas únicas.

Sin decirlo, me preparé para ser primera. Envolví las ojotas adentro del pareo y las dejé al pie de la baranda, un tirante de madera mal clavado. Avancé por la plataforma hasta el borde y me frené. Desde arriba, el agua se veía tentadora en todo sentido. Blanda, fresca, verde jade. Solo tenía que sentarme con las piernas estiradas hacia delante, apretar los brazos y resbalar veinte metros hacia abajo para entrar en ella. ¿Se tira?, preguntó un nene que me llegaba a la cintura. Negué con la cabeza y le cedí el lugar. El nene se subió atolondrado y obedeció al amigo, que desde abajo le gritaba para que cumpliera su promesa. Yo volví a la posición anterior, delante del tobogán.

Me quedé mirando dos o tres pelos muy largos, enganchados en el borde rugoso del hormigón, flameaban como hebras de una pollera deshilachada. Pensé en el ardor del cuero cabelludo después del tirón.

Dejame que voy primero. Marco me apartó suavemente a un costado, se sentó en el tobogán, acostó la espalda y, cuando se sintió listo, destrabó los pies para dejarse deslizar. De golpe, me di cuenta que no lo había besado. El beso que prometía la vuelta inmediata. Eso que hacíamos cuando uno iba al baño en un bar o el otro bajaba a comprar cualquier cosa al chino. El beso que une la distancia física cotidiana, necesaria.

Vi cómo el filo del agua derribaba a Marco a la altura de la cadera, cómo se hundía formando un remolino en la superficie, cómo reaparecía con el flequillo pegado a los ojos. Cómo escupía una risa nerviosa y echaba agua por las fosas nasales. Esa risa de dientes apretados que pretende justificar algo defectuoso pero bienintencionado.

Me tocaba a mí. No fue vértigo, más bien la incomodidad del pálpito y poco a poco la certeza de que no tenía que hacerlo. Pensé algo así como no morirme en un tobogán acuático de Brasil. No desperdiciarme. Guardarme para la vida. Otro chico volvió a separarme del borde, y esta vez fue definitivo.

Marco apareció con la malla pegada a los muslos y los ojos rojos, largo y arrugado como un alga marina. Yo lo esperaba sentada en un tronco cortado al ras, envuelta en el pareo y con las ojotas encajadas en las manos como dos aletas mentirosas.

Estábamos juntos desde hacía pocos meses, antes habíamos sido tres. Él, su novia y yo. Pero después de idas y venidas, de querernos a las dos y no saber con cuál seguir, se quedó conmigo. Me lo dijo sin rodeos, para que supiera que yo había ganado. Al principio me sentí eufórica, llena de proyectos dentro y fuera de la ciudad, disfrutando de su rastro en mi casa, reemplazando fotos en los portarretratos, era como tejer los primeros puntos de un suéter hermoso.

No sé cuánto tiempo pasó hasta que volví a acordarme del tobogán, el miedo, la indecisión, la negativa a tirarme. La prueba empezaba a correr, hora tras hora, día tras día: sostenerme en el podio de su interés, ser la amada inmortal, validar el título. Catapultarme a la gran olimpíada. La mujer de todos los hombres, el útero más fecundo, el cuerpo más deseado, la inteligencia más perspicaz, la sensiblidad más delicada. El fracaso anunciado. Ese verano. En ese tobogán.

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