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Que nos falte la palabra

Frente a la dificultad de fundar la “exclusividad humana” a partir de una posesión, aquí se ensaya una reflexión sobre la potencialidad de una falta, la falta de la palabra.

Ver nuestra diferencia en el espejo de ángeles, máquinas y animales, ha sido una forma frecuente de querer confirmar que una esencia nos pertenece con exclusividad. (Precisamente un trabajo de José Gaos se llama Dos exclusivas del hombre: la mano y el tiempo, que el filósofo encontraba en nuestra capacidad de acariciar −bastante original− y nuestra conciencia del tiempo −un lugar más común para ese encuentro con nuestra supuesta “esencia”−).

Desde ya, no tener ninguna esencia y buscarla es una astucia obvia por la que también hemos transitado, esta vez paradójicamente, para intentar comprendernos en lo que somos y fundar lo Humano a partir de allí.

Desde Aristóteles también tenemos a mano el lenguaje y desde Nietzsche la risa, para satisfacer nuestras ansias de exclusividad. Y bien, a la lista agregaré por mi parte la circunstancia aludida por el título: que seamos capaces de que nos falte la palabra. Sí, una falta en lugar de una posesión, una falla en el ejercicio de una función que nos pertenece pero no está garantizada.

Cuando nos falta la palabra estamos suspendidos en el umbral de una experiencia, entre una plenitud a la que arribaremos al encontrar esa palabra que se nos niega, y el vacío en movimiento que nos envuelve mientras la buscamos.

Algo ha vacilado en nosotros, una falla nos mantiene en una tensión irresuelta. A este estado puede seguir otro en que la palabra finalmente se ha impuesto pero nos decepciona: no era esa y no tenemos otra porque no hay otra. En este caso sentimos que algo se perdió en el camino: esa experiencia que se había abierto por un instante y que se ha cerrado para siempre.

Rara vez estamos en esa situación de no tener la palabra que nos satisfaría, que habilitaría la conciencia de una experiencia en la que nosotros mismos nos habríamos de recuperar, después de habernos extraviado en el límite de una experiencia que, por ello mismo, puede ser atesorada como una experiencia del límite.

Para sentir y saber que nos falta la palabra no hay mejor ocasión que ponernos en determinadas situaciones, como cuando queremos asegurarnos de decir lo correcto ante determinadas personas o en ciertas circunstancias.

Pero las palmas de esas situaciones se las lleva el acto de escritura. En efecto, ¿cómo empezar ese cuento que se nos ocurrió, ese verso que aún se nos niega, ese remate de la historia o del poema? Esas son oportunidades maravillosas para experimentar nuestra “exclusiva”: que nos falte la palabra. Tan sólo por eso vale la pena intentar escribir: para experimentar el fracaso del decir, la vacilación del sentido, en definitiva, para no poder escribir.

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