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Voracidad de la inocencia

La vegetariana (Bajo la luna, 2012) de Han Kang, narra, con una voz singularísima, la historia que se abre a partir de una decisión tajante: la de no volver a comer carne.

 

   La vegetariana
   Han Kang
   Bajo la luna, 2012
   184 páginas

 

 

 

 

 

 

Al transmitirnos la idea viva de qué es un cuento, Julio Cortázar logra una imagen, sin duda, de las más reveladoras que pueden encontrarse en un ensayo sobre literatura. Dice que el cuento es “algo así como un temblor de agua dentro de un cristal, una fugacidad en una permanencia”. En uno de los tantos pasajes extraordinarios de la novela La vegetariana, leemos: “Entonces él se dio cuenta de qué era lo que le había impresionado cuando ella se tendió al principio sobre la sábana. Era un cuerpo exento de deseo y paradójicamente era el cuerpo bello de una mujer joven. De esa contradicción emanaba un vacío, una extraña fugacidad, pero no era una mera fugacidad sino una fugacidad sólida”. Reponiéndonos poco a poco de la epifanía, podríamos decir que aquel temblor de agua dentro del cristal de Cortázar consigue replicarse en esta fugacidad sólida de Han Kang. Y el pulso de la novela, condensarse en esta sola imagen que sintetiza la “alquimia secreta” y explica que un cuento acontezca, que toda literatura al fin de cuentas suceda: letradura, como se decía en otro tiempo; letra vívida, vida inapresable.

“Padre, yo no como carne”. La voz de la rebeldía, de la hija descarriada, la voz de la vergüenza. Pero Yeonghye, la mujer adulta que aún conserva en una de sus nalgas esa marca de nacimiento −la mancha mongólica de los niños− no pretende sublevarse ante la familia ni insultar a nadie. Tampoco busca imponer su verdad al resto. Ella ni siquiera se ha definido vegetariana. Aunque sentada a la mesa familiar se ha puesto simbólicamente de pie y ha dicho, nada más: “Padre, yo no como carne”. Claro que después vendrá la bofetada, el peso atroz de la mano paterna. “Si no comes carne todo el mundo te devorará” intenta la madre por el miedo y la advertencia, mientras sus hermanos la sostienen como a una crucificada. Yeonghye aprieta furiosamente los labios para evitar que el trozo de cerdo agridulce sea incrustado en su boca.

Dice Sartre que hablar es actuar, que toda cosa que se nombra ya no es completamente la misma; ha perdido su inocencia. Me gustaría decir que, en algún sentido, el personaje de Yeonghye ha perdido y recuperado la inocencia en un mismo acto. La ha perdido porque a partir de ese sueño brutal que la atraviesa se descubre a sí misma, se reconoce, razón por la cual no hay vuelta atrás (ya no hay excusas por la vida de animales sacrificados para que hombres y mujeres puedan vivir). Y por este mismo hecho alcanza, quizá, una inocencia nueva, la inocencia que se elige −si es esto posible como camino inverso, cuando antes el hombre se ha corrompido−.

La historia de La vegetariana no es exótica en el orden que podría suponerse −de una manera un tanto prejuiciosa− de un libro que nos llega de Oriente; una temática extraña, quizá, ajena a nuestra cotidianidad. Al contrario, es una historia que podría suceder en cualquier urbe de cualquier sociedad capitalista de la posmodernidad, una ficción actual y sorprendentemente cercana y, sin embargo, nos encontramos ante una obra inesperada, un tesoro nuevo, en la voz de una autora singularísima.

Podría decirse que este libro es la historia de Yeonghye (o de ella y de su hermana Inhye), también que su eje se funda en los tres personajes protagónicos −su marido, su hermana y el esposo de esta, el cuñado de Yeonghye− y que Yeonghye es, en todo sentido, el personaje central de la novela; la piedra imán donde todo converge y cuya imagen va revelándose a través de la mirada de los otros. La suma de subjetividades conforma un cuerpo mayor donde la mancha mongólica verdeazulada −ese sello único y perturbador− es la misma Yeonghye. No sé si acaso sea oportuno pensar la novela, también, como la historia de esos otros. La decisión tajante de no volver a comer carne es el estallido que los pone en órbita. De este modo, se contarán también a sí mismos. Yeonghye crece a través de la mirada de ellos y ellos se construyen mirándola. Como una de esas flores raras −espléndidas o frágiles− que se cultivan en una pirámide de vidrio ella está ahí, podríamos decir, en observación; cada faceta del pequeño invernadero muestra una perspectiva nueva que arma el rompecabezas.

Pero ¿quién es, en verdad, Yeonghye? ¿La mujer más corriente del mundo, según su marido, aquella que no se destaca por ningún rasgo en especial?¿O ese ser sagrado, según el marido de su hermana, un ejemplar femenino tan nítido y radiante que su sola presencia parece borrar de la realidad el propio yo? La figura central de La vegetariana no tiene voz propia como narradora, habla en muy pocas ocasiones aunque, como diría la querida Flannery O’Connor, cuando lo hace, sus palabras breves son extensas en profundidad. Y como diría otra queridísima, la Lispector, palabras que son carnadas, ricas en pescar la entrelínea.

Todas las voces se enfocan en Yeonghye o debería decirse, más apropiadamente, “se posan”. Sin embargo entre ella y sus seres cercanos hay una distancia insalvable. Han Kang se vale de un recurso inquietante al hacer que los personajes toquen con mayor profundidad a Yeonghye precisamente cuando se abstienen de tocarla. La percepción del propio cuerpo en personajes notables como su cuñado o su hermana llevan a éste, al cuerpo −si se me permite la metáfora− al grado de alma física; por ejemplo, cuando en la escena de la heladería, él se descubre crispado por una descarga eléctrica cada vez que ella saca la lengua para lamer el helado, o cuando en el atelier se acuesta en el piso para sentir lo que sentirá ella cuando se tienda desnuda para que la pinte, o cuando luego, mientras está pintándola, siente escalofríos al ver los ligeros estremecimientos de su cuerpo. Esta conexión psicológica con el cuerpo de Yeonghye actúa como el vestigio de una memoria perdida, el recordatorio de la soledad con la que cada uno vive hoy en su propio cuerpo desolado. La hermana se acurruca vestida en la bañadera vacía buscando confundir –o quizá separar- sus sensaciones físicas de las de su esposo, y en la escena de la mesa familiar, cuando ve al padre dándole la bofetada a Yeonghye, todo su cuerpo tiembla como si fuera ella quien recibe el golpe. Es como si Yeonghye los tocara involuntariamente en un sentido, si se quiere, mucho más real que el del simple tacto. Sin embargo todos quedan afuera. Yeonghye va cortando el hilo que la une al mundo pero ellos están fuera de su mundo.

Se ha comparado al personaje de la novela de Han Kang con el personaje de Hermann Melville, el escribiente Bartleby. Quizá no podamos evitar relacionarlos, especialmente en el primero de los tres textos que componen el libro, narrado desde el punto de vista de su marido; la tensa perplejidad, los graduales arranques de ira y desconcierto ante la actitud inexplicable de su esposa, recuerdan por momentos a aquellas escenas de “Bartleby” donde el personaje del abogado va perdiendo los estribos ante la férrea pasividad del escribiente. La mujer ideal que no molesta ni se destaca se ha vuelto imprevisible, o al menos previsible en un nivel que altera la lógica de un matrimonio sin pena ni gloria. Yeonghye no da explicaciones, se ha cerrado en sí misma como un árbol bajo su corteza. A su depuración tanto espiritual como orgánica al deshacerse de todo resto animal almacenado en la monstruosa heladera, se opone el pensamiento utilitario del marido que esgrime sus razones respecto del perjuicio económico. Donde Yeonghye siente un asco visceral y ve seres inocentes asesinados, el marido ve dinero perdido.

En un capítulo de su monumental Moby Dick, Melville introduce el término isolato para identificar al individuo alienado, específicamente a ese archipiélago de parias que integran la tripulación del Pequod. Un ser para el cual resulta inútil luchar contra la muerte ya que, en su desesperación, la vida corriente no tiene sentido y por eso decide no actuar en ella. Si bien Bartleby preferiría no comer carne y en cambio Yeonghye se opone con toda la fuerza de su debilidad y cierra la garganta en señal de una voluntad rotunda, ambos personajes toman el riesgo de autodestruirse por llevar su postura hasta las últimas consecuencias. Pero la muerte no parece ser un problema aquí. Quienes siguen viendo a Yeonghye como una mujer la obligan a someterse a una vida que no es la que ella elige. Pero Yeonghye, a pesar de todo, no parece estar eligiendo la muerte, ¿o sí?. Para los otros al fin de cuentas ya está muerta porque no es lo que era, o lo que todos hacían de ella. Con ese rencor insensato que a veces sentimos por seres queridos que se nos han muerto y que −consideramos absurdamente− nos han abandonado, quizá los personajes que rodean a la vegetariana se sientan así, decepcionados, burlados, traicionados y hasta vaciados por su presencia. ¿Cómo se hace para convivir con la incerteza? El nuevo ser en que se ha convertido Yeonghye incomoda, genera rechazo y compasión, miedo, y la otra cara del miedo: fascinación. Ofende a sus padres, repugna a su marido, deslumbra a su cuñado y devasta a su hermana. Pero ninguno parece capaz de comprenderla, no saben quién es, o qué es. Ya no sólo “no come carne” sino que ha dejado literalmente de comer. ¿Acaso quiere dejarse morir? Ella es algo aterradoramente vivo -tanto que no encuentra nombre en el vocabulario de los otros- capaz de moverse y de cambiar, y por eso sin una forma establecida que los demás puedan reconocer y fijar. Es preciso matricularla. Encuadrarla de modo que se pueda neutralizar la incerteza. Ponerle un nombre genérico que haga de ella un sujeto clasificable: La vegetariana, la loca. Pero esto no es nombrar. Nadie, de hecho, puede nombrar a nadie porque al hacerlo, ese rótulo será una especie de lápida o una etiqueta que se irá borrando con la luz del tiempo hasta despegarse del todo.

Un árbol puede ser inscripto dentro de un orden científico, corresponder a una clase, pertenecer a la familia “tal” y al género “cual”, pero sabemos que ningún árbol es igual a otro; que ningún árbol es otro. ¿Quién conoce el verdadero nombre de los árboles? Podremos bautizar a nuestra mascota con el nombre que nos parezca más gracioso y significativo, y el animal responder a ese nombre –o hacernos creer que responde−, pero ¿quién puede saber el nombre oculto, sagrado, de su propio gato? Entonces el mote de vegetariana no es un nombre verdadero, no es un nombre que la reconozca. Viene a suplir lo que no se puede nombrar y quizá sirva a los otros para entender, y a partir de allí, de esa precaria certeza, saber qué actitud tomar. Es preciso rescatarla de esa conducta ridícula, recuperarla para el mundo carnívoro, para la sociedad consumidora de deliciosos cadáveres. Parientes, conocidos, gente masticadora de carnes varias van reubicándola y la acosan con preguntas que no toleran quedarse sin respuesta: de “vegetariana por capricho” a “¿vegetariana por convicción filosófica” quizá? ¿O por motivos religiosos? Como no hay una respuesta que satisfaga la voracidad de los jueces, pasa de ser “vegetariana por trastornos estomacales” a “trastornada” a secas.

Ella sueña. Y lo dice. Contesta casi por urbanidad, como si esto fuera lo que corresponde, con ese “gesto sosegado”. Tiene pesadillas que son parte de recuerdo y parte de clarividencia. Pero no cuenta su sueño a los otros; sabe que aquello será desestimado e interpretado como algo irreal, cuando soñar, de hecho, es parte de la realidad. Y en este caso, el sueño no sólo es parte de la realidad sino que es la prueba de una verdad. Porque ese sueño es la revelación de su nombre secreto.

Y entonces cabe la posibilidad de que Yeonghye no esté loca. O al menos que no lo esté de un modo que merezca ser encasillado. Y qué importa en todo caso si lo está. Ella cree que, como una planta, sólo necesita agua para vivir. Y probablemente sea cierto, qué saben los otros ya. Es justamente a partir de ese sueño y de actuar en consecuencia que ella decide, en cierta forma, dejar de estar loca. Con su posición tomada, lleva a todos al borde del precipicio. Son los otros los que parecen enloquecer ante ella. Se desordenan, se desalinean, la obligan a volver a la normalidad, la castigan, la abandonan, quieren tragársela y la envían al manicomio. Un hospital psiquiátrico en medio del bosque parece el ecosistema ideal para una especie anómala como Yeonghye. Ni humana ni animal ni vegetal. La institución ad hoc tampoco puede nombrarla con lo cual la diagnostica. En aras de la Vida es avasallada. Se la tortura, estigmatiza y el sistema la engulle en pos de la salud física y mental. Tal vez la madre tuvo razón cuando dijo: “si no comes carne todo el mundo te devorará”. Me pregunto si Yeonghye habría dejado de comer si no la hubieran forzado a alimentarse. ¿Qué atrocidad implica alimentar a alguien que rechaza con todo su ser el alimento? En este último tramo del libro, Han Kang narra con sublime crudeza el calvario de su heroína (¿Yeonghye, o acaso su hermana Inhye?).

Aquello que no se entiende produce miedo, y el miedo es el principio del odio y la discriminación. Esta novela, como toda obra de arte, deja más preguntas que respuestas, cuestiona los límites establecidos y el supuesto respeto −tan pregonado− ante las diferencias. Cierra el foco sobre la libertad intrínseca de todo ser humano de elegirse a sí mismo, de vivir según su identidad elegida, la libertad de decidir sobre su propio cuerpo. Entre el placer y el dolor, la locura y la cordura, la pasividad y la ferocidad, entre la vida que algunos deciden imponer a otros y la voluntad que lleva a una autodestrucción paradójicamente más vital que la vida misma, la imagen sintetizada que nos queda de Yeonghye es siempre efímera, como esas siluetas llamadas lenticulares, una especie de animación que se muestra simultáneamente en reposo o en movimiento; según el ángulo desde donde miremos la imagen se nos borra o se corporiza, se deja ver pacífica o feroz, y uno no puede precisar cuándo ocurren exactamente cada una de estas cosas.

Han Kang escribe, como ella dice, despacio pero sin descanso. Su escritura tiene la potencia y la integridad de la verdadera poesía, la transparencia y la opacidad necesarias para revelar la condición humana. Podríamos hablar del soberbio instrumento de su prosa, de la sensibilidad exquisita y cruel de su mirada. En palabras de Sartre, nuevamente: aquí la Belleza no es más que una fuerza dulce e imperceptible. Y me atrevo a agregar: imperceptible en tanto su autora dosifica, magistralmente, confiriéndole así un sentido. No hay nada superfluo, caprichoso ni gratuito en su escritura. Cada fragmento alcanza un grado tal de verdad que conmociona. Contenido y forma son, en la escritura de Han Kang, la misma cosa: una especie de milagro. Y desde ese filo en que se coloca el verdadero creador, logra nombrar, ella sí. Nombra eso que apenas puede nombrarse sin que se rompa, aquello que está entre materializarse y desaparecer, y que sólo puede ser revelado en una pincelada precisa que no mate la imagen con la misma intención del trazo. La voz de Han Kang consigue descubrirnos como humildes y privilegiados lectores de este libro. La historia irá creciendo, en cada uno, con la salvaje perfección de un hoja nueva.

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