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En picada a la mexicana

Presentamos un relato inédito del escritor Pablo Ramos, autor de El origen de la tristeza y La ley de la ferocidad (Alfaguara, 2004 y 2007), entre otros libros.

…a Hernán Bayón, porque insistió tanto
para que yo escribiera esta historia.

 

A veces pienso que no tengo nada en común con el mundo,
debería acurrucarme en un rincón, satisfecho de poder respirar.

Franz Kafka

 

Conocí a W. a la semana de entrar como dibujante en la oficina técnica de la antigua empresa de electricidad de Buenos Aires, SEGBA. Y nuestra amistad duró casi tres años. Los mismos que yo viví atado a mi primera mujer y a ese mismo trabajo. Lo conocí en lo que, más tarde me daría cuenta, iba a ser el tramo final de su cordura. O al menos el tramo final de su alegría. En una época en la cual ya se había convertido en un tipo ácido y ermitaño, al que los demás toleraban tan sólo porque lo conocían del tiempo en el cual había sido distinto. Porque existió un W. anterior que yo no conocí, y que los demás me contaron. Anterior al suicidio de su mejor amigo que era para él como “un hermano mayor”, anterior a la depresión de su padre, anterior al hombre que entendió, como nadie, que este mundo devora sin piedad el alma de los seres que guardan al menos un poco de ternura.

Tuve, desde el día en que fuimos presentados, una clara impresión de que las cosas no andaban muy bien en su cabeza. Y no es que esas “cosas” pudieran verse a primera vista, tal vez lo contrario, pero había algo en esa figura hipermasculina del tamaño de una montaña, de pelo oscuro y ondulado, que nunca dejó de inquietarme, ni aun cuando quise creer que había empezado a conocerlo. Algo situado no exactamente en un lugar, sino por ahí, girando como un satélite invisible. Todo él era exagerado. Ubicaba su escritorio casi encima de la estufa en invierno y debajo de la salida principal del aire acondicionado en verano. Decía que era preferible devorar que comer, avanzar que caminar, y que en una revolución empezaría fusilando a los que no hablaran “fuerte y claro” y a los que insistirán en decir, con voz comprensiva, que Luis Miguel era un buen cantante. W. no hubiera sido capaz de matar ni a una mosca. Pero era como si esa vida que hervía en su interior como la lava de un volcán necesitara salir por alguna válvula de escape, como si ese inquieto dios que llevaba en el pecho gritara a todo volumen la condena de vivir en el encierro de su cuerpo. Intento exagerar porque no hay posibilidad de que mi mayor exageración llegue a dar la medida de lo que era este hombre. Se reía con un estruendo. Discutía como poseído y era casi imposible moverlo de una posición cuando estaba convencido de algo. Pero al mismo tiempo no era capaz de diferenciar una vieja prostituta de Constitución de la madre Teresa de Calcuta.

− Todas las cosas están llenas de cosas rellenas, Gabriel −me dijo una tarde−.

Me lo dijo de repente, en medio de una conversación que nada tenía que ver con eso:

− Cada cosa contiene otra cosa y está contenida a la vez por algo mayor. ¿Vos viste los cuadros de El Bosco?

Le dije que sí, que tenía algunas láminas en mi casa, y seguí haciendo el cálculo de potencia para un nuevo suministro del Hospital de Niños que él mismo me había encargado.

− Debés pensar que estoy loco, ¿no? Saltar de una cosa a la otra.

− ¿De kilovatios al Bosco?, tal vez no sea del todo raro aunque no creo que lo entiendan los del sindicato –le dije−, y W. lanzó una de sus incontenibles carcajadas. Después me invitó a comer.

“Me invitó a comer” quiere decir que de ahí en más me pagó, todos los días, el almuerzo. Desde la segunda vez, ya sin tener que volver a decirlo. Era como si cada cosa que pasara se convertía en una condición permanente, así era él y así lo acepté yo desde un principio. Tuvimos muchas conversaciones durante la hora de almuerzo. Siempre en el mismo boliche de Constitución. Terminábamos de comer, él pagaba y yo le agradecía la invitación y repetía la promesa de devolverle el dinero a fin de mes. Pero W. le restaba importancia hablándome siempre de otra cosa. Creo que los dos encontrábamos en el otro un socio con el que hablar de las cosas que verdaderamente nos interesaban: música y literatura, fútbol, cine y mujeres hermosas e inalcanzables. En menos de dos meses, éramos grandes amigos.

Me contó que había cambiado la carrera de Ingeniería Mecánica por Ingeniería Naval, para agregar después que iba a recibirse de Nabo. Y si bien puede parecer extraño que alguien elija una carrera semejante en un país que ni soñaba con fabricar ni siquiera escarbadientes, mucho menos un barco, más extraño es que el motivo de esa elección hayan sido los libros de Joseph Conrad. Creo que me hizo ver veinte veces la película Tifón y, si la multiplico por cuatro, serían ochenta veces la escena en la que el barco se clava de punta contra una ola gigantesca. Lo cierto es que W. siempre quiso estar cerca del mar, y por ese extraño faro que guía a las personas signadas, quizás por Dios o el destino, al olvido y al fracaso, jamás se le ocurrió algo tan sencillo como podría haber sido embarcarse.

Pasó un año y mi novia quedó embarazada. Nació mi primer hijo y me casé. Compré en cuotas un departamento del FONAVI y cuando logré mudarme organicé una cena para todos mis compañeros del trabajo. Solo vino W. y luego de pasarla bien, a eso de las cuatro de la mañana, le dijo a mi flamante esposa “hasta la semana que viene” y se fue. Ella no entendió bien qué era lo que estaba programado para la semana que viene, de hecho casi no teníamos vida social, pero yo al menos lo sospeché. A partir de ahí W., mi mujer y yo, cenaríamos todos los sábados en casa.

Con libros para mi hijo y vino para nosotros (vino: mucho vino, botellas de esas de más de un litro: varias botellas), W. nos visitó, religiosamente, cada sábado. Y fue agradable en un principio. Se soltaba y habitaba nuestra familia llenándola de alegría. Mi hijo le sonreía y mi mujer lo adoraba. Ella, una niña también, de menos de veinte años, parecía dulcemente seducida por la voz de ese hombretón bueno e inteligente que podía hablar de todo, citar frases y recordar películas perfectamente y sin parar. Siempre era divertido e interesante escucharlo.

Jamás habló de su hermano que sé que vivía en Estados Unidos, ni del suicidio de su amigo, ni de su padre. Cuando hablaba de su casa hablaba de su perra, una ovejera alemán que criaba para que no fuera amistosa. El día que la fui a conocer, W., después de darme todas las instrucciones para “moverme sin riesgos por la casa”, me dijo:

− Acordate: entrás bajo tu responsabilidad, la perra no es un animalito doméstico. No te despegues de mí.

Ni siquiera me animé a ir al baño.

Cada sábado terminaba más o menos igual. Cenábamos y en la eterna sobremesa mi mujer escuchaba (lo escuchaba a W.) hasta que se sentía agotada, entonces se disculpaba e iba a acostarse a la pieza de nuestro hijo. Yo me quedaba con mi amigo hasta que él no podía más de borracho y, literalmente doblado, decidía que era hora de emprender la vuelta a su casa. Se volvía a su casa caminando pese a que quedaba a más de cuarenta cuadras de la mía. Pero para ese entonces, yo había aprendido a aceptar esas excentricidades de W. con total naturalidad. Antes de irse, la mayoría de las veces, me dejaba una frase de algún escritor o artista con el cual se identificara. Siempre en el hall, fuera de mi departamento, levantando el dedo índice y bastante el volumen de la voz. Luego bajaba los once pisos por la escalera, como una tormenta y sin encender la luz. La primera frase que dijo fue la de Kafka.

Mi mujer tenía una amiga, Linda, una chica de Baradero que era verdaderamente preciosa y tenía ese nombre. Recuerdo que era muy parecida a la actriz Andy Mc Dowell cuando esta era joven, por supuesto. Además era una persona de un carácter encantador, aunque un poco introvertida. Convencí a mi mujer de que sería muy bueno presentársela a W. La chica estaba sola en Buenos Aires, había venido a estudiar arquitectura en la UBA. Mi mujer me dijo que estaba loco, que W. era una buena persona, que eso se notaba, pero que no se sabía con lo que podía salir. Discutimos un poco pero al final no sé bien qué le dije y la convencí. Entonces, ella por su lado y yo por el mío, invitamos a Linda y a W. a cenar en casa para el próximo sábado.

Todo comenzó bien, Linda llegó una hora antes para ayudarnos con las cosas aunque todo ya estaba preparado. Para la ocasión habíamos dejado a nuestro hijo con la madre de ella, limpiamos el departamento y ordenamos mejor el living. Compramos velas, comida de rotisería, y hasta una botella de champán. Linda notó los cambios y sonrió, se la veía entusiasmada. Esperando al Romeo, los tres, nos tomamos unos vermús, hablamos arrimados al balcón, mirando la noche estrellada del barrio gráfico de Wilde, con un cielo que se extendía por el enorme potrero que terminaba en el relleno ecológico del Río de la Plata. A las diez en punto sonó el timbre. W. subió, como era habitual en él, los once pisos por la escalera. No recuerdo que fuera verano pero hacía calor. Cuando le abrí la puerta mi enorme amigo estaba completamente transpirado. La cara roja del esfuerzo y una sonrisa de ángel que hubiera conquistado el corazón de cualquier madre. Traía una bolsa de feria repleta en una mano y un ramo de violetas en la otra.

− Violetas para tu funeral −fue lo primero que le dijo a Linda, y soltó su carcajada−.

− Es un tema de Bille Holliday, no te asustes −dije, tratando de suavizar lo que, instantáneamente temí, se convirtiera en una pésima primera impresión−.

W. les dio a las mujeres un beso y a mí la mano. A m mujer, además de besarla en la mejilla, le dedicó un piropo (siempre le dijo un piropo, cada vez un piropo distinto, original y bellísimo. Yo no podía dejar de amar lo que él era.)

En la bolsa había de todo. Quesos, snacks, dulces y, por supuesto, tres de esas gigantescas botellas de vino tinto. Yo le había pedido que viniera bien dispuesto para la ocasión, le había dicho que la piba er una hermosura pero que si él bebía mucho o se comportaba de manera exagerada, se podía espantar, ya que era muy tímida. En el momento en que se lo dije, W. ni siquiera me miró y yo interpreté eso como vergüenza pero al mismo tiempo como agradecimiento. Tal vez era hora de decirle algunas cosas para que pudiera salir de esa soledad a la que su personalidad lo condenaba. Pero cuando vi las botellas entendí que, lo único que me había querido dar a entender con aquella mirada, fue que me dejara de dar consejos pelotudos, o algo así.

Durante la comida W. se mostró tranquilo, tan sólo obsesionado con el tema del vino tinto pero de manera discursiva. O sea, el tipo se la pasó defenestrando a los que tomaban vino blanco, porque según él, la gente combinaba colores y no sabores y que perfectamente el vino tinto, que sí era vino, podía beberse con pescado o con aves y hasta con “ensaladitas de morondanga”. A todo lo que decía lo ejemplificaba sin exageraciones y era lo bastante gracioso como para que sus juicios lapidaros sonaran lo suficientemente livianos como para poder ser digeridos sin que nos hicieran caer mal la comida. Mi mujer habló un poco con Linda y W. le preguntó cosas ala chica, tonterías en un tono un poco infantil a mi gusto. Sé que quería sonar blando, pero no lo lograba, en cambio sonaba como un tipo que subestima la conversación que un hombre puede tener con una mujer. Pero a todo esto se le iban sumando, lenta pero ininterrumpidamente, los vasos de vino, hasta que la segunda botella se terminó y pidió abrir la tercera (recuerdo un dato importante; botellas de 1,5 litros cada una)

Me parece que es mucho, después va a quedar abierta y en esta casa durante la semana nadie toma –dijo, tímidamente, mi mujer.

− W. me habló directamente a mí.

− Abrime el vino Gabriel, en esta ciudad si no estás borracho o drogado tenés que ser un cínico.

− ¿De quien es la frase? −pregunté en un intento tímido de suavizar el hecho de que W. ni siquiera miró a mi mujer para contestarle−.

− Se me acaba de ocurrir, macho −me dijo−.

Destapé y serví. De ahí en adelante la noche se torció definitivamente. W. se puso borracho, pero ojo, un borracho que en ningún momento se mostró atrevido, tan solo se fue cargando de una estática extraña: la misma que muchas veces le noté pero en un voltaje sin precedentes, al menos en nuestra historia en común.

Mi mujer me había dicho una vez que las borracheras de W. eran, según ella, cada vez más oscuras, y lo volvían a él cada vez más pesimista. Pero o siempre le dije que eran cosas de ella, y se ve que no quise notarlo. Y ese sábado la cosa iba a explotar frente a Linda. Y fue que, antes del postre, W. ya no pudo filtrar su inconsciente y toda la noche anterior se fue por la borda. Es que mientras hablaba tomaba vivo, pero no de manera normal. Tomaba tragos de medio vaso y cuando vaciaba el vino volvía a servirse en el acto. Decidí jugarme la última carta y, cuando todo estaba aún dentro de lo “normal”, le hice a mi mujer la seña que habíamos convenido y les dijimos a nuestros invitados que íbamos a dejarlos solos unos instantes para ir a comprar helado. Lo dije yo, en verdad, y le di pie a W. para terminar de arruinarlo todo.

− ¿Les molesta si los dejamos quince minutos solos? −fue lo que dije luego de explicar para qué−.

Linda alcanzó a mover la cabeza en un gesto que no entendí si era un “sí” o si era otra cosa intermedia. Pero de nada hubiera servido interpretarlo bien o mal, porque W. se paró, aspiró refregándose la nariz como hacía siempre que estaba borracho, y llegando hasta mí me palmeó con todo la espalda.

− La piba me gusta mucho, macho −me dijo−, además estoy caliente como un búfalo.

La cara de Linda se descompuso, la de mi mujer se transformó. No supe qué decir. Y se me ocurrió sonreír, como un perfecto imbécil.

− Mejor voy yo con Linda −dijo mi mujer y sin esperar respuesta las dos salieron del departamento−.

Me quedé solo con mi amigo y terminamos de vaciarnos los últimos vasos de vino. W. me pidió otra botella y le dije que iba a mirar, que las que él había traído las habíamos liquidado a todas. Fui hasta la cocina a ver si al menos me quedaba algo de vino de damajuana, pero nada. Abrí la heladera y vi una botella de torrontés, intacta. Pensé en llevarla a la mesa pero el discurso de mi amigo en contra del vino blanco había sido lapidario. Volví y me senté frente a W.

− No sé como decírtelo, hermano −le dije−.

− ¿Lo de la piba?, olvidate macho, es una histérica.

− No, lo del vino. Es que me queda una sola botella y es de blanco.

− No, no están así. Traela, en el fondo son colores −me dijo W.−. Colore, macho, colores.

Para cuando llegaron las mujeres yo estaba destruido, sentía también el peso de toda esa energía negativa que W. había derramado sobre mí. El leía en voz alta una historieta de Moby Dick. Mi mujer entró a la cocina y Linda entró detrás de ella, se la notaba aterrada. Trajeron el helado y trajeron el champán. Me había olvidado que W. odiaba el champán. Odiaba lo que el champán significaba en nuestra sociedad.

− Helado con champán −dijo−, ¿te volviste menemista?

No respondí y le pedí que me siguiera leyendo. Leyó, nos sirvieron el helado sin champán. Mi mujer preguntó si no nos molestaba que ellas tomaran el helado en la pieza, querían ver la televisión desde la cama. Le dije que no había problema. W. terminó de leer y empezó con la citas. En realidad comenzó a armar citas apócrifas a partir de dos medias frases de músicos o escritores famosos. Todo se le había mezclado en la cabeza, por primera vez, yo estaba a punto de odiarlo. Recuerdo alguna de esas frases. Una era mitad de Charly García, mitad de Kafka. “Yo te podría decir que me cago en tu amor, pero ponte del lado del resto del mundo“. Otra mitad de Oscar Wilde y mitad de la Mona Giménez: “Todos estamos hundidos en el mismo barro, solo que no sé quién se ha tomado todo el vino”. El vino (de todos los colores) se lo había tomado él, y cuando se terminó me dijo que se iba.

− Si querés la llevo a la piba −dijo−.

− ¿Viniste en auto?

− No, macho, la llevo caminando.

− Dejá, se queda a dormir acá, no te preocupes −dije−.

Lo acompañé hasta la puerta y le dije que esperara en el hall. Fui hasta la pieza y les pedí a ellas que por favor salieran a saludarlo. Salieron las dos, Linda detrás de mi mujer, como refugiada. Tuve ganas de decirle que no exagerara, pero no quise empeorar las cosas. Le dijeron chau y le dieron un beso. W. estaba doblado y me pareció al borde de algún tipo de crisis emocional. Lo abracé y cerré la puerta. Fue entonces que lo escuché gritar: “Oh Bartleby, oh humanidad” y, acto seguido, lo oí tropezar y toser escaleras abajo. Esa fue la última vez que cenó en mi casa.

Los días siguientes, en el trabajo, lo vi de mal en peor. Desayunaba cerveza porque decía que era agua, almorzaba vino, y sé que cenaba con ginebra. No habló nunca de Linda, no intentó retomar nuestras cenas. No pidió ninguna explicación y mucho menos intentó darla. Nuestros almuerzos en el boliche de constitución se hicieron esporádicos, y pese a que él siempre pagaba la cuenta, se le notaba que se sentía un poco incómodo con mi presencia. En poco tiempo dejé de acompañarlo y él no insistió, de hecho fue, paulatinamente, dejando de hablarme. Dejando de hablar, en realidad, y pasaba los días como perdido, en su tablero de dibujo, en una especie de calma aterradora.

− La calma chicha –me había dicho una vez–, la calma que antecede a las grandes tormentas.

Y pasó. Meses después, creo que el invierno del año próximo, supongamos una de esas mañanas de junio en las que el mundo parece más feo y más terrible: lluvia y viento en las ventanas, sucedió la tormenta que lo empujó al vacío para siempre.

El gordo López, un compañero de oficina que se pasaba todo el día molestando al prójimo sin razón, había tomado de punto a un dibujante nuevo recién egresado del industrial de la empresa. El gordo era de esa clase de bromistas que solo se contentaban consiguiendo la humillación aplastante de sus víctimas, y es necesario aclarar que con el dibujante nuevo la consiguió desde el primer día. Sé que es difícil creerlo pero el nuevo se llamaba Eugenio, y era la ingenuidad con cara de niño abandonado. El gordo me lo presentó con una sonrisa.

− Eugenio “Aurelio” Fernández −me dijo el gordo−.

Aurelio, astuta y maliciosamente, se lo había agregado él. Después le fue fácil lograr que, en poco tiempo, todos, incluso la víctima, aceptáramos ese nombre. Entonces vino la masacre. Fueron muchas las cosas que ese pibe flaco y larguirucho tuvo que soportar por parte del gordo, más de las que un tipo normal hubiera soportado sin romperle la boca a alguien. Aurelio nunca reaccionó, se mantuvo serio e inexpresivo frente a todas las bromas de mal gusto que le hizo el gordo. Apenas, alguna que otra vez, se puso rojo y todos creíamos que ese día le estropeaba la cara. Pero no, soltaba un suspiro seco y tragaba saliva bajando y subiendo una enorme nuez de Adán en el centro de su cuello de jirafa.

Esa mañana aburrida de la que hablo, como fue costumbre durante el paso previo a la privatización, no había mucho que hacer en la oficina. El sindicato nos estaba obligando a hacerle la segunda al gobierno destruyendo la imagen de una empresa que si bien no era perfecta, funcionaba bien. Estábamos diez de los quince integrantes de la oficina técnica, tomando mate en el cuartito de tomar mate. Entró el gordo y soltó la novedad de que había convencido a Aurelio para que aceptara una apuesta. El pibe le había dicho que era cinturón marrón de karate y al gordo se le ocurrió “algo sencillo”: desafiarlo a que rompa, de un golpe de puño, el respaldo de una silla de dibujo hecho de madera de cedro de media pulgada de espesor. El premio sería un billete de cincuenta, y tendría tres posibilidades para hacerlo, o sea, tres golpes. Todos, reconozco que yo también, nos entusiasmamos y organizamos rápidamente las cosas. La plata se puso en mi tablero. El Tutu (le decíamos así porque era tachero) y yo, éramos los encargados de sujetar, uno de cada extremo, la tabla. Los demás debían mirar y estar callados. Cuando todo estuvo en su sitio Aurelio se preparó para pegar el primer golpe. Se sacó el pulóver y se envolvió el puño con una gamuza anaranjada. Me paré con un pie adelante y otro atrás buscando solidez en la postura. El Tutu, abierto levemente de piernas, sonreía despreocupado.

El golpe sonó como una patada en la base de una puerta cerrada con llave. Fue tan violento que a mí me dolieron las manos y el Tutu dio un paso entero hacia atrás y casi se cae de culo al piso. Todos nos quedamos asombrados de la fuerza y la furia del golpe de Aurelio. Pero mucho más nos asombramos de otra cosa: no había ninguna razón para que la madera siguiera intacta. Pero ahí estaba, como si nada hubiera pasado. Alguien comentó que seguro se había rajado por dentro y que en el próximo golpe se partiría en dos o tres pedazos. Otro dijo que no se podía romper ni en diez golpes porque era cedro bien estacionado. Yo no supe qué opinar, y reconozco que nunca hubiera imaginado lo que había detrás de todo eso. W. intercedió:

− Déjense de joder –dijo– ¿por qué no se dedican a otra cosa?

Yo le dije que no era para tanto y que me parecía una apuesta justa. Aurelio le contestó que no se metiera y juro que fue la segunda vez en seis meses que escuché su voz. La primera había sido el día que nos presentaron.

El segundo golpe fue un poco más leve, como buscando tantear la situación para pegar el tercer y definitivo puñetazo. La madera se mostraba apenas rajada a lo largo de una veta marrón. Aurelio se arremangó la camisa por encima del codo, apretó la gamuza y cerró el puño con fuerza.

El golpe que pegó fue brutal. El sonido a madera rota me estremeció la carne. Fue un ruido a roto en mil pedazos, como un múltiple crepitar de ramas que arden en el fuego. Yo había cerrado los ojos y cuando los abrí Aurelio estaba arrodillado en el piso sujetándose la muñeca derecha. Hacía ruidos en voz baja. Ruidos extraños, de lamento. La madera permanecía ahí, entre mis manos, partida literalmente en dos, colgando de una de las almas de acero galvanizado que ahora eran visibles a los ojos de todos nosotros. El silencio en la oficina era absoluto. Incluso el gordo López estaba callado. Se escuchó una risa tímida que alguien lanzó desde el baño, y recién ahí el gordo mostró nerviosamente los dientes acompañado por algunos de los que empezaban a dispersarse hacia sus tableros. W. se puso como un loco, agarró al gordo del cuello y lo empujó con fuerza para atrás. Le dijo que había perdido la apuesta, tomó el dinero de la mesa, se agachó y se lo tiró a Aurelio en la cara.

− Escuchame, idiota –le dijo– ¿vos nunca pensaste en suicidarte?

La respuesta de Aurelio fue en voz bien alta y bien clara dirigida a W. y a todos nosotros. Dijo que sí, que lo pensaba todos los días.

− Lo pienso todos los días, cada vez que me levanto de la cama −fue exactamente lo que dijo−.

W. se puso pálido como un pescado muerto, se levantó y se fue derecho a su escritorio frunciendo el ceño como después de una borrachera. Se paso el resto de la tarde en su escritorio y juro que lo que voy a decir y como lo voy a decir es exactamente lo que vi. El hombre, el gigantón de personalidad extrema y temeraria que era W., se fue cerrando sobre si mismo como una flor de escritorio que a sido olvidada en un invierno de papeles y de sombras. Y en eso se convirtió, en una sombra sin sentido ni razón para seguir.

Comenzó a fallar en su trabajo, él que era tan buen proyectista. No volvió a hablar con nadie y mucho menos participó de la hora del mate en el cuartito. Pero, lo que hoy me parece peor, jamás volvió a beber, al menos en la oficina. Intenté de todo para acercarme a él, pero nada resultó. Ni apelar inescrupulosamente a mi hijo. Nos negó todo su ser, a todos, y a mí igual que a todos. Sin su saludo, sin su palabra y, por supuesto, sin su amistad, pasé los últimos dos meses de empleado y me anoté en el retiro voluntario.

Deje de trabajar con un acuerdo previo y tardé seis meses hasta lograr que me dieran fecha de cobro del retiro. Durante ese tiempo no me puse en contacto con nadie de la oficina. Tan sólo pasé, una vez, por la vieja casa del padre de W., en dónde había conocido a su perra, pero no me animé a golpear la puerta. Sentía que lo había traicionado. Tendría que haber estado del lado de él, haberlo invitado a mi casa igual, pese a eso que había hecho que en realidad, fue tan solo decir la verdad. Esa verdad que todos pensamos pero que no decimos nunca. La verdad sobre estar caliente, la verdad sobre estar borracho o drogado o ser un cínico. La verdad que es lo que es aunque sea dura.

El día de cobro tuve que ir a la oficina. Había que firmar papeles. Llegué a media mañana y saludé al gordo y a los pocos conocidos (quedaban menos de la mitad), pero no hubo euforia ni muchas palabras, cada uno siguió en lo suyo hasta que, al mediodía, la oficina quedó desierta. La gente del sindicato llegó puntualmente y me dieron el cheque y la despedida en uno de los tableros de dibujo, de pie. Se aseguraron bien de hacerme firmar toda clase de papeles a favor de la empresa chilena que había comprado, sin un centavo por cierto, una parte importante del patrimonio de los argentinos. Les dije que no iba a reclamarle nada a la empresa, que de hecho, en lo posible, iba a vivir como los Amici, sin luz, sin teléfono y sin sindicato.

Cuando volví a quedarme solo apareció el negro Paladea, un viejo encargado de las copias heliográficas. Me dijo que él pensaba quedarse, “a resistir a los chilenos”. Entre toses de amoníaco, mirando siempre hacia abajo, me contó que Aurelio lo había intentado: había tomado cianuro industrial en el laboratorio de la Facultad de Ingeniería logrando tan solo deformarse la cara. Me dijo que tenía para un año más de licencia médica.

− Pobre pibe −dijo, y volvió a toser−.

− ¿Y usted sigue con esa máquina de mierda?

− Ya estoy acostumbrado, el día que respire aire puro me muero −dijo, y luego de saludarme se metió en el cuartito de tomar mate−.

Aunque no le pregunté nada a nadie, era evidente que W. tampoco trabajaba más en la empresa. Caminé unos pasos por la oficina y antes de irme miré los tableros celestes, sucios de goma de borrar, buscando, no sé por qué, el mío. Lo vi en un rincón, debajo de una computadora encendida donde volaban tostadoras por un cosmos de puntitos anaranjados. Escuché las voces de los que tomaban mate y por un instante pensé en preguntar si alguien sabía algo de W. Pero apenas se me ocurrió desistí de hacerlo. Habrán sido las risas que, justo en ese momento, salieron multiplicadas como ecos del cuartito, las risas nuevas y las conocidas, esas risas ácidas que tantas veces había escuchado y que están tan lejos de reflejar la luz y la esperanza de algún tipo de felicidad, las que me frenaron a tiempo. Preguntar qué, pensé, preguntar para qué. Ninguno de ellos significaba algo para mí y yo tampoco significaba nada para ninguno de ellos. Me fui sin saludar.

Pasaron dos meses y me separé, perdí también mi departamento y tardé casi dos años enteros en volver a ver a mi hijo.

 

* Este relato será publicado en papel próximamente, la versión que aquí presentamos es preliminar.

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