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La filosofía en la literatura

El escritor y filósofo aborda en este ensayo los vínculos entre filosofía y literatura, a propósito de las nuevas generaciones en la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA.

No voy a ponerme a filosofar aquí, a lo George Steiner, acerca de las complicidades entre filosofía y literatura; quiero decir, a reflexionar sobre los antecedentes, complicidades e interpenetraciones que supone tal cruce, sino que me interesa más bien pensar en voz alta y en términos generales, cómo algunos de los profesores que formamos parte de la generación treinta y pico/cuarenta habitamos el vínculo entre filosofía y literatura dentro y fuera de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, y, en términos más particulares, qué tipo de influencia ejerció ese cruce en mi forma de dar clase y en mi labor poética.

Como la filosofía, esta mesa llega tarde, porque viene a poner en palabras y pensamientos algo que a mi entender viene aconteciendo hace más de una década, aproximadamente, pero sin una reflexión previa. Uno podría decir, a lo Clint Eastwood, “llegamos hasta aquí, no lo arruinemos pensando”; pero creo que nos debíamos esta mesa porque el fantasma del cruce entre filosofía y literatura hace un buen rato que recorre la carrera, buscando palabras que lo pongan al descubierto. Esto (la mesa, el tema) es atípico para todos. Puntualmente para los enrolados en la generación de egresados de la que formo parte. Que la Asociación Filosófica Argentina (AFRA) le dedique una mesa a la relación entre filosofía y literatura; que haya un Profesor de la carrera, Federico Penelas, al que se le haya ocurrido proponerla, invitando para ello a algunos de los graduados que trabajamos en ese cruce; que la mesa no esté ubicada un lunes a la mañana sino en un día y horario estratégicos a fin de que asista más gente. Todo esto habla de un cambio de tendencia que me gustaría pensar entre los cinco.

Empiezo partiendo de la siguiente pregunta: ¿qué fue, hablando en términos epocales y generacionales, lo que cambió en el escenario de la carrera de Filosofía para que fuera posible esta mesa? ¿Por qué esto puede darse recién en el 2013, en el Congreso Nacional más importante del área? Mi hipótesis es que las condiciones de posibilidad que hicieron posible esta mesa se vinculan con un cambio de paradigma epocal-generacional en relación con el cruce filosofía y literatura, que, como todo cambio de paradigma, no implica un menosprecio de lo anterior sino tan sólo la marcación de los signos de época. ¿Qué pasaba antes, y qué pasa hace aproximadamente una década en la carrera con ese cruce? Creo que antes los registros filosóficos y literarios operaban en la carrera por carriles separados, a la manera de compartimentos estancos. Había una brecha muy grande entre lo que pasaba afuera y adentro de la Facultad. Esa antinomia se resolvía, si uno estaba afuera, en un acérrimo anti-academicismo; y si uno estaba adentro, en el ninguneo del afuera. Salvo excepciones (siempre las hay), el ensayo filosófico-literario o todo abordaje literario de la filosofía lo hacían los que estaban fuera de la Facultad. Me da la impresión de que en las generaciones anteriores los profesores que hacían literatura en alguna de sus formas e impostaciones la ejercían como una pasión silenciada respecto del adentro del que formaban parte. De hecho, durante mi cursada en la década del noventa, y salvo casos excepcionales de los cuales pude enterarme recién al término de la carrera (pienso en Ricardo Ibarlucía como parte del comité editorial de Diario de poesía y en el libro de poesía que había publicado en los ochenta Samuel Cabanchik), casi no tuve noticias de profesores que escribieran literatura y publicaran sus escritos. Hoy, por suerte, esos contornos excepcionales empiezan a ser la regla. Epocal y generacionalmente hablando, observo una dialéctica mucho más aceitada entre el afuera y el adentro de la Facultad respecto del vínculo entre filosofía y literatura. Miro a mi alrededor, y tengo a mano en ElKafka una obra de Horacio Banega; el oleaje hirviente de la vida en Musulmanes, la primera novela de Mariano Dorr; me meto en Facebook y veo el trailer de la última novela de Federico Pailos; me cruzo a Gambito de Alfíl y encuentro en las mesas Otro jardín, el segundo libro de poesía de Florencia Abadi, al lado de Fumasa, la primera novela de Esteban Bieda, junto con las novedades de Pánico el Pánico, la editorial de Luciano Lutereau. Y eso que me concentré en los nombres de esta mesa, pero podría seguir con las canciones de Esteban García colgadas en la web, y las obras de teatro de Federico Penelas. Siguiendo con el contraste epocal, creo que hoy la práctica literaria en sus diversas modalidades ya no se vive en la carrera como una pasión escondida o silenciada, sino como una poíesis que, independientemente de su calidad, se preocupa por salir a la luz en busca de sus destinatarios, plantándose con la misma fuerza dentro y fuera de la Facultad. Y ello es posible porque una parcela de la generación de la que formo parte se ocupo, casi de manera inconsciente, quizá por instinto de supervivencia, de tender puentes entre el afuera y el adentro. Por ahí discurre el cambio de paradigma del que hablaba al principio, a caballo de un êthos epocal-generacional, signado por la hibridación entre filosofía y literatura, que se propuso atravesar el durante y después de la carrera con un pie adentro y el otro afuera; atenta a lo que acontece en ambos espacios y registros; y tratando de introducir, cada uno a su manera, algo de la frescura del afuera en la carrera, y algunos de los tics de la carrera en el material ensayístico o literario dirigido al afuera (pienso en este sentido en las experiencias ensayísticas de El río sin orillas y de Espacio Murena). Hoy la interacción es mucho más fluida, fecunda y auspiciosa y, consecuentemente con ello, la receptividad de lo producido desde esa interacción cobra una mayor resonancia. De modo que para las nuevas generaciones de ingresantes que se sientan atraídas por la conjunción de filosofía y literatura todo va a ser mucho más fácil, porque ya hay, epocal y generacionalmente hablando, un territorio preparado. Como los adolescentes que no pueden imaginarse cómo era el mundo sin Internet, las nuevas generaciones ni siquiera se van a parar a pensar en esto, porque seguramente van a pensar, leer y escribir desde este cruce. Si cada generación relaja un poco más en lo que respecta a los padecimientos de las anteriores, creo que la carrera que hoy nos toca vivir se relajó un poco más en relación con el cruce que nos convoca. Insisto: no se trata de un panegírico epocal-generacional sino más bien de la marcación de un cambio de tendencia. Me gusta pensar que, para soportar el peso del lema “publicar o perecer”, nuestra generación vino a agregarle la consigna: “hibridarse o perecer”.

La segunda cuestión que quería tratar tiene que ver con la influencia que la relación entre filosofía y literatura ejerce en mi experiencia docente. Con el tiempo, la interpenetración entre ambos registros fue tal que si hoy tuviera que definir mi tono para dar clase diría que éste pasa por una perspectiva literaria respecto de los filósofos griegos, complementaria con otras perspectivas −de corte lógico-epistemológico o ético-político− que los alumnos pueden trabajar con los otros profesores de la cátedra. No se trata de homologar ambos registros, ni de hacerme el poeta hablando de filosofía o el filósofo hablando de poesía, sino más bien de una entonación, o mejor, de una impostación literaria para dar clase. Así, sin darme cuenta −lo pienso ahora− la literatura empezó a volverse el prisma para leer una parte importante de los textos filosóficos que enseño. Me fascina encontrar, entre la maleza de sus edificios conceptuales, aquellos pasajes donde los filósofos relajan la pluma y dan pequeñas muestras del tono literario que puede llegar a asumir un texto filosófico, como en este caso paradigmático de la Crítica de la razón pura: “La paloma ligera que hiende en su libre vuelo los aires, percibiendo su resistencia, podría forjarse la representación de que volará mucho mejor en el vacío”. En las clases suelo detenerme en este tipo de pasajes, tratando de mostrarles a los alumnos que no se trata de frases descartables ni de desvíos innecesarios respecto de la argumentación vertebral, sino de plasmaciones literarias de conceptos filosóficos. Y ni hablemos de todos los pasajes de este tenor que hay en la literatura presocrática, platónica, cartesiana, heideggeriana, etc. Otro de los aspectos positivos que se desprenden de la relación entre filosofía y literatura es que la dimensión literaria nos permite leer y enseñar los textos filosóficos con menos solemnidad. La literatura opera como un fármaco desacralizador, que nos pone −positivamente hablando− en una posición más vulnerable frente a esos textos. Personalmente, en la filosofía griega encontré la conceptualización de aquella intuición original que me llevó a la carrera, la cual pasaba justamente por la posibilidad de dar con un registro que pueda llegar a mixturar filosofía y literatura. Por lo demás, hay algo que desde hace un tiempo me llama la atención. Algunos alumnos, durante o al término del cuatrimestre, se me acercan, tímidos, a contarme que se enteraron que escribo poesía o que chusmearon algo de ella en la web, y a preguntarme −esto es lo importante− acerca de cómo pude conciliar en mi experiencia de cursada ambas actividades que, por lo general, ellos suelen ver a prori en franca tensión; lo que quieren preguntarme en el fondo es si se puede cursar, leer y escribir filosofía desde ese cruce. Y me parece liberador para un alumno de la carrera poder encontrar, ya desde las primeras materias, profesores con los que poder conversar acerca de la experiencia (teórica y práctica) que supone tal cruce, cosa que pueden hacer con Federico Penelas y Federico Pailos en Lógica, con Esteban Bieda en Antigua, con José Fernández Vega y Florencia Abadi en Estética, con Horacio Banega y Esteban García en Gnoseología, entre otros. Yo no tuve esa posibilidad durante mi cursada.

Por último, quería referirme a cómo la relación entre filosofía y literatura influyó −y sigue influyendo− en mi labor poética. Escribo poesía desde antes de entrar a la carrera. Entré a la carrera escribiendo y, por suerte, salí escribiendo. Para bien o para mal, por defecto y efecto de la poesía, soy un cultor del fragmento. Por eso durante años me quedé varado en la estación presocrática. La filosofía influyó en mi modo de hacer poesía, puntualmente en la necesidad de encontrar un eje conceptual (cada uno de mis cuatro libros publicados gira en torno a un eje conceptual bien marcado); en la recurrencia obsesiva de las imágenes y en la disposición de las partes del libro; en el trabajo de apropiación y resignificación de los epígrafes, entre otros motivos. Digamos que el modelo de interrogación y problematización filosófica fue contaminando mi modo de problematización y de interrogación poética. O quizá fue al revés. Ya ni sé. Lo que sí sé es que mi verdadero y más querido yo pasa por el registro literario. Ahí siento que puedo crear ex nihilo; más allá de su calidad, crear algo que antes no estaba. Sabemos que en filosofía eso es más difícil, porque en ella el “novedoso” punto de vista que uno puede llegar a tener sobre un autor o problemática necesita inevitablemente apoyarse sobre puntos de vista previos. Nos guste o no, en el registro filosófico siempre cargamos con el peso del estado de la cuestión y de la tiranía de la nota al pie, peso que muchas veces hacen tambalear la creencia en la efectividad de la propia palabra, porque se trata justamente de una escritura más vigilada (ya sea por la mirada institucional de los pares, los aspectos formales, etc.). Acerca de esta diferencia entre ambos regímenes de escritura, me siento identificado con algo que César Aira dijo alguna vez en un reportaje: “Entonces me obligué a aprender a escribir ensayos. Y todavía no he perdido esa sensación tan desagradable de que cuando estoy escribiendo uno hay alguien mirando por encima de mi hombro diciendo ‘esto sí, esto no’. Porque ahí sí hay como una necesidad de decir algo coherente. Mientras que en la novela el profesor desaparece y puedo decir cualquier cosa, y a veces me excedo”. No digo que esto esté bien o mal. Sería tema para otra mesa pensar si se puede encarar de otro modo el registro filosófico en la Academia. Al fin y al cabo, acá estamos, neurosis mediante, presos de este juego de lenguaje filosófico que, evidentemente, todavía nos gusta jugar. Para qué vamos a negarlo. Por el momento, siento que leer, escribir y dar clase desde el cruce entre filosofía y literatura me brinda más aire y libertad; hacer que los dos registros a veces se crucen y que otras se repelen devino una experiencia más saludable y terapéutica. Cuando me deprimo con uno me apoyo en el otro.

 

* Texto leído en la Mesa Plenaria “La filosofía en la literatura” del XVI Congreso Nacional de Filosofía, Asociación Filosófica Argentina − A. F. R. A., Buenos Aires, del 18 al 22 de marzo de 2013, Universidad Nacional de Tres de Febrero. Panelistas: Florencia Abadi, Horacio Banega, Mariano Dorr, Luciano Lutereau, Federico Pailos y Lucas Soares.

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