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El nombre de la risa

Novela exuberante, satírica y alocada, Desayuno de campeones de Kurt Vonnegut (La Bestia Equilátera, 2013) completa una trilogía imaginaria junto a Matadero cinco y Cuna de gato.

 

    Desayuno de campeones
    Kurt Vonnegut
    Traducción: Carlos Gardini
    La Bestia Equilátera, 2013
    304 páginas

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Hasta no hace mucho, el lector que procuraba iniciarse en el mundo de Kurt Vonnegut, atizado por sus amigos y los suplementos culturales que no paraban de recomendárselo, tenía que conformarse con el único de sus libros que circulaba por Buenos Aires: Matadero Cinco; en traducción peninsular, para colmo. Y luego de volverse loco con esa novela debía encomendarse al azar de la mesa de saldos o meter mano a los ahorros y dirigirse a una de esas hermosas librerías de importados donde a uno se le recuerda que el consumo de cultura es cosa de otra clase social más acomodada. Tal era el oscuro panorama. Pero ahora, gracias a los buenos oficios de La Bestia Equilátera, una de las mejores editoriales del mercado local, ese hipotético lector dispone desde hace algunos meses de Cuna de gato a un precio todavía accesible pese a la inflación (contrástese con los números de los grandes grupos); y con Desayuno de campeones, de reciente aparición por la misma casa editora, viene a completar lo que con justicia podría señalarse como la trilogía más representativa del escritor norteamericano. Acaso el más norteamericano de todos. Acaso el mejor de su generación. En un español vernáculo a cargo de Carlos Gardini, escritor y traductor especialista en ciencia ficción, como guinda.

En la tapa de aquella edición de Matadero Cinco, publicada por Anagrama, oficiaba de ilustración un collage donde al cuerpo de un soldado raso, con casco y todo, se le imponía el rostro de un bebé sonriente, mientras en el fondo se desarrollaba una magnífica explosión. Ahí están los elementos centrales del proyecto literario de Kurt Vonnegut (no sólo de ese libro puntual), el conflicto germinal que determina el resto: contra el belicismo, y sobretodo contra el poder y la cultura imperial que lo sustenta (más yanqui echale ketchup), el arma ideal es la risa. Una concepción muy en sintonía con lo que nuestro bardo local, Leónidas Lamborghini, proponía como asumir la distorsión y devolverla multiplicada: nada más óptimo que la denuncia implícita en la burla para dar cuenta de las mentiras del Sistema propuestas como verdad natural. Otro bufón anti-norteamericano, el humorista norteamericano John Carlin, decía que el único modo de creer en el Sueño Americano era manteniéndose dormido. Kurt Vonnegut es un bebé despierto en el medio de la noche que mientras se ríe hace caca.

Veterano de la Segunda Guerra Mundial y testigo del bombardeo de la ciudad de Dresde, uno de sus episodios más sangrientos, donde permanecía en condición de prisionero de guerra a la sazón, Vonnegut logró hacer de su trauma una escritura sin par a través la doble distancia del furor crítico del humor y un género de los llamados menores, la ciencia ficción. Mientras le daba la espalda a esa zanahoria que rige las pulsiones de sus mejores paisanos dedicados a las letras, a saber, la confección de la Gran Novela Americana, él, con la candidez de un infante, tomaría un camino menos prestigioso y diseccionaría su objeto de estudio fetiche, la inherente estupidez humana, con un estilo para nada pomposo, llano, de fácil acceso. Siempre con la sonrisa bailándole en la comisura de la boca. Y de qué otro modo contar, cabe preguntarse, la experiencia del inminente y curioso peligro de cabecear alguna de las cuatro mil toneladas en bombas que durante tres días lanzaron tus amigos.

Los dos volúmenes editados por La Bestia Equilátera tienen la tapa a cargo de Liniers, lo cual representa un acierto tan efectivo como el de Anagrama. El trazo lúdico y pueril del historietista argentino le sienta al dedillo a la obra de Vonnegut. Desayuno de campeones, el libro que acaba de salir y convoca estas líneas, viene además con decenas de ilustraciones hechas por el mismísimo autor, igualmente lúdicas y pueriles, que completan el texto a modo de ejemplos o explicaciones, la mayoría de ellas tautológicas, y ayudan a dar con el tono de manual de historia o sociología para chicos que tiene la novela. Porque así como es un chico el que escribe (el autor, un tal Philboyd Studge, tras el que se oculta la voz de Vonnegut, cuenta en el prefacio que se está regalando a sí mismo el libro en cuestión al cumplir cincuenta años −los mismos que en el ’71 cumplía Kurt−, con la intención de desembarazarse de toda la chatarra que contiene su cabeza y quedar tan vacío como cuando llegó a este mundo viciado), así también el lector ideal será alguien con la disposición inocente de un chico al que todavía no arruinó del todo su cultura. Vonnegut, como todo grande, construye y forma su público. Lo prefiere cándido a cínico. Los segundos ya no tienen nada que aprender.

Y es para destacar la actualidad que tiene esta historia, su capacidad para interpelar el presente a cuarenta años del presente de su primera edición. La trama sigue el futuro encuentro entre dos hombres en la ciudad de Midland City: un escritor de ciencia ficción pobre, viejo, nihilista pero no del todo pirado; y un próspero empresario dueño de media ciudad con las facultades mentales en franco deterioro. El cruce con el escritor lo volverá del todo loco, esto se adelanta desde el principio mismo del libro, y le da un marco de tensión a su progreso. La narración seguirá el derrotero de ambos personajes hasta ese pico dramático, a la par que se encadenan los perfiles de una galería de freaks secundarios como un muestrario de lo freak que es la humanidad entera en su conjunto. Así, es representada como una raza no de alienígenas sino de alienados (los hombres son máquinas que cumplen determinadas funciones que en nada dependen de su voluntad), y ese mundo de posguerra donde se inscribe la fábula se figura en un pasado muy distante. De ahí procede ese extraño tono de manual que tiene el libro, esa exposición sobredetallada al grado de precisar dibujos simplísimos, como si se asistiera a la morosa descripción de una civilización extinguida hace mucho tiempo. Y tal es, justamente, el corolario lógico que vislumbra Vonnegut a nuestra estupidez: el irremediable fin de la especie.

Kilgore Trout, el escritor pobre y medio chapita, con ideas algo excéntricas como que los espejos son portales a otra dimensión, le implantará a Dwayne Hoover, empresario, hijo dilecto de la aventura capitalista, una idea perniciosa que lo terminará de convertir en un monstruo. Básicamente, Hoover, que ya presentaba una mala disposición químico-cerebral, tomará una de las tantas ficciones publicadas por Trout como La Verdad sólo a él develada. Acá Vonnegut, que parece hacer una referencia tranquilizadora a la Alemania previa al auge del nazismo, en realidad está criticando por elevación a su propio espíritu de época norteamericano. Ya en Matadero Cinco, al comienzo del libro donde se cuenta su génesis, destaca el enojo de la esposa de un antiguo camarada al que acude en la investigación previa a componer su historia. Ella le espeta que sólo eran unos niños durante la guerra, pero él seguramente los presentará como verdaderos hombres que luego serán interpretados en la versión fílmica de la novela por John Wayne, Frank Sinatra, o cualquiera de esos galanes encantadores. “Y la guerra parecerá algo tan maravilloso que tendremos muchas más. Y la harán unos niños como los que están jugando arriba”. Contra esa figura estilizada del Self-Made Man, central en el imaginario de los Estados Unidos (…por el egoísmo liberal, podríamos completar juguetonamente), y contra los mecanismos que la perpetúan, es que se planta la literatura de Vonnegut. Al punto de haberle puesto como subtítulo a Matadero Cinco: o La cruzada de los niños. La comunidad versus el individuo; lo pueril (en proceso de transformación) versus lo que se presenta ya maduro para siempre. Vonnegut nos previene de La Verdad. La pone en jaque. Porque como se afirma en Desayuno de Campeones: “En la Tierra no había inmunidad contra las ideas descabelladas”.

Entonces Vonnegut, a lo Borges, todo el tiempo pone en escena los mecanismos con los que construye su ficción. En Desayuno… esto llega al paroxismo cuando el autor se mente de lleno en el texto y se pone a interactuar con sus personajes. Pero antes ya contó de dónde salió el título, en qué andaba al momento de escribirlo, su intención, el origen de un montón de detalles de la trama y la inspiración de varios de los personajes. Incluso, a través de Kilgore Trout, una de sus máscaras que lo sigue libro a libro, nos adelantó el trailer de mil historias posibles que alguien más se encargará de contar. Vonnegut es un mago amable que muestra todas sus cartas y hace unos pases simplísimos. No busca esconder el naipe, procura que todos aprendan el truco. Siempre con su traje de payaso. Y una sospechosa flor en el ojal.

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