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Arlt, veinte años después

Presentamos en versión digital el segundo ensayo que Murena escribió sobre la obra de Roberto Arlt, publicado originalmente en el diario La Nación del día 10 de octubre de 1971.

No se planta en verano la misma semilla que en otoño.

Hace veinte años publiqué en estas páginas un corto escrito sobre Roberto Arlt[1], que era de algún modo una oración. Pedía así para los que entonces empezábamos que su espíritu nos iluminara, decía que ése era uno de los modelos que nos conmovían. A partir de ese momento, ¿cuánto se ha escrito sobre Arlt? Y hoy tal vez sea distinto lo que me resulta posible decir de él.

Veía −veíamos− en Arlt una esperanza contra esa retórica mala, por muerta, que casi siempre gana la partida de las letras argentinas. Era el imaginador atrevido que no se dejaba entontecer por la chatura de lo real, sino que lo inventaba para hacerlo existir de verdad. Si Borges tácitamente reconocía y superaba nuestra incultura radical al jugar con la erudición, Arlt hacía a su modo lo mismo al desdeñar las normas y los fines consabidos, asfixiantes: para los nuevos, que nos habíamos descubierto de improviso pobres de autenticidad, se convertía en una consigna. Y en el fondo, hay que decirlo, lo que acaso nos atraía más era que fuese rebelde hasta el nihilismo, pues, ¿qué joven que lo sea no está poseído por ese nihilismo con el que habrá de barrer el mundo para construir en él su sueño?

Otra luz alumbra hoy mi lectura de sus páginas.

Releer a Arlt. Las peripecias que inventa resultan muy a menudo forzadas, no por imposibles −en arte nada lo es−, sino porque Arlt no les presta el amor artesanal capaz de volverlas posibles. Su lenguaje, pasmosa mezcla de clisés de cronista policial, estereotipos de pésimas traducciones españolas y giros de manual de redacción de comercio, constituye un monumento al conformismo de mal gusto: escritor como es, el lector debe hacerle siempre la concesión de seguir leyéndolo, debe levantarlo a cada línea, pues a cada línea se cae. Todo ello envuelto por influencias no entendidas, no asimiladas, teñido por un sentimentalismo melodramático, agitado por ideas confusas. Arlt practica la literatura dentro de los límites del periodismo folletinista, que tan escasa relación tiene con la literatura. Pese a trabajar con tinta negra, nos devuelve de tal suerte a la tradición de la retórica mala, alimentada por lo común por escritores que usan tinta rosa.

Sin embargo, ¿qué es Arlt?

No quiero ser injusto con este hombre a quien no conocí en persona, pero que me importó tanto, aunque fuera como un mito. Y la justicia del juicio literario estricto, con su dictamen negativo, parece en cierto modo inepta, como si dejase escapar algo vivo, algo que continúa latiendo a pesar del dictamen.

Se ha comparado a Arlt con Céline. Céline es quien, en el campo de las letras de este siglo, anuncia por primera vez en la forma más dramáticas −Kafka lo dijo en forma más honda− la Gran Desgracia para el espíritu. El nihilismo total que Céline despliega denuncia el nihilismo total que brota en el entero mundo humano. Pero las obras en que expresa tal nihilismo −verdadera ruptura estético-estilística para comunicar la tremenda ruptura del hombre consigo mismo− están en un sentido literario plenamente logradas. Así, al romper en forma literariamente perfecta con la literatura que se ha vuelto imposible porque el hombre se tornó inhumano, Céline dice que la literatura puede recomenzar, manifiesta esa fe en el hombre como salvador de abismos que es la raíz misma de lo humano.

El caso de Arlt resulta diferente. Es él, por cierto, quien anuncia entre nosotros la Gran Desgracia. Pero ¿cómo lo anuncia? Lo anuncia con libros que quedan devorados por su mensaje, deformados para siempre en su crispación por la mala nueva de la que les tocó ser vehículo. Libros en los que la literatura fracasa, aconsejan el fin de la literatura, rompen la fe en la continuidad de la cadena de los hombres, son suicidas. Y el suicidio es el único consejo que la vida no puede dar a los vivientes.

El mensajero que anuncia la Gran Desgracia es por fuerza de naturaleza angélica: nos advierte del peligro a los malvados o insensibles que lo callamos o no lo sabemos. ¿Arrlt?: un grito, un gran grito angélico que pasa. Pero el arte es la conciliación tras la ruptura, es el intento de hacer persistir al grito en forma eterna, como prueba de la superioridad del hombre respecto de la desdicha.



* “Después de veinte años”, La Nación, 10 de octubre de 1971.

[1] H. A. Murena, “Rostro de Roberto Arlt”, La Nación, 11 de marzo de 1951 [Nota de Espacio Murena].

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