FacebookFacebookTwitterTwitter

Nido

Compartimos este relato inédito de la autora uruguaya, de quien destacamos Ahora tendré que matarte y su nouvelle Prontos, listos, ya.

Espío en puntas de pie sobre la tapa del water, encaramada a la banderola, apoyando el pómulo izquierdo en el ángulo del marco de madera y el vidrio esmerilado de la ventana, inclinada hacia mí. Intento contener la respiración, y dejo que sólo ruede hacia el mundo un hilo de aire, el indispensable, tan liviano que mi pecho está casi suspendido, así de desairado, tieso como el torso de un sonámbulo que avanza con los brazos extendidos y los párpados temblando. Ah, la concentración. Qué física se pone. Antonio se asoma.

− ¿Y?

Le hago una seña para que se acerque. Se trepa. Apoya un pie en el bidet, otro en el borde la bañera. Hinca el mentón en el canto de la banderola. Espiamos.

La paloma picotea el cerco del nido, puesto en la cornisa imposiblemente angosta del pozo de aire de este edificio. El sitio absurdo que la paloma tuvo el mal tino de elegir a modo de refugio. Con el pico sostiene unas pajitas mínimas y luego las introduce en el centro, y de paso picotea a los pichones. Los pichones son tres. Se mueven arrítmicamente, como capullos estremecidos por un viento indeciso o por la electricidad. No tienen las plumas pardas y ocasionalmente violáceas de la madre. No tienen plumas de ningún tipo. Se mueven a ciegas, cuerpitos de otra madre: hijos de una madre débil, del color del té con leche, un color a todas luces desvaído. El pico mantecoso de un pichón emerge entre los otros y la madre lo picotea. ¿Qué le da?

− ¿Qué le da?

Antonio no contesta. Hace días que estamos en ciernes. Cada mañana lo primero que hacemos es llegar a nuestro escondite en el baño para reencontrar a la paloma. Y de noche me despido antes de ir al dormitorio: deseo buenas noches a la paloma, y que nadie la ataque y que el señor de los animales y la zootecnia vele su sueño. Y que ningún aguilucho la atormente. Y que no caiga una tormenta que la deje aterida y que pueda derrumbar el nido. Y que vuelva el macho. A veces deseo que vuelva el macho. Porque nosotros lo conocimos. Hace cerca de un mes. Así fue.

Con la primavera cada mañana oímos el canto de una legión de gorriones que anidan en la tipa que a la altura de este tercer piso se amplía en un ramaje espeso. Si se nos ocurre dejar la ventana de la cocina abierta, tendremos intrusos. Llegan, picotean la panera, picotean la mesada, y se escabullen ante nuestra cercanía. A veces alguno muy zonzo se marea y no encuentra la salida. Choca contra el vidrio una, dos, tres veces, y nosotros le gritamos: “¡por allá!, ¡es por allá!”, pero claro que el pobre no entiende, y se ve maltrecho y aterrado en su desesperación huidiza, y falla. Al final siempre salen. Pero esa demora deja huellas. Una experiencia atroz bajo las plumas.

¿Tienen memoria los pájaros? ¿Ese miedo quedará prendido como recuerdo de un terror? No sabemos. Y no nos importa demasiado, ¿están de acuerdo? Nos inquieta brevemente, con la misma consistencia aguada con que nos interesa el nombre de la especie de aquel árbol misterioso que se yergue allá en el parque, cuánto vive esa mariposa que aletea en el balcón, por qué las polillas hoy en día son tan resistentes al veneno, cómo diariamente desaparecen tantos cadáveres de alimañas y de pájaros en esta vida de ciudad.

Esta primavera no aparecieron los gorriones. Un día llegó la paloma y aleteó en el pozo de aire. Al día siguiente apareció un macho y la observó desde la cornisa vecina, un piso más alta que la de la hembra. La paloma daba pasitos de derecha a izquierda, como meditando una decisión. Cuatro días después comenzó a traer pajitas.

− Está anidando −dijimos−.

Y después empolló. A sol y sombra. El macho la miraba desde su atalaya. No parecía muy útil, pero ahí estaba. Desapareció un día y no lo vimos más. La hembra quedó sola, acurrucada sobre el nido. De mañana estaba. De tarde estaba. De noche la adivinábamos entre las sombras. Aquel bulto espeso, la paloma, tan impasible, tan impertérrita en su misión materna. Y entonces llovió, y salió el sol, y el calor sobrevino, y ella estuvo.

Hace cinco días vino la tormenta. Era extravagante tanto calor en noviembre. Nos mirábamos todos en silencio, apelmazados por el aire tórrido, por la baja presión, esa humedad que se nos pegaba como un vaho embrutecido. De noche me desperté con el viento sacudiendo el ventanal, y las ráfagas de agua con un chasquido permanente. Miles de gotas azotando las baldosas del balcón. Miles de gotas azotando la esquina. Miles de gotas azotando el mundo. Y a nuestra paloma.

Cayó el vendaval. La cocina y el baño se inundaron. No quise despertar a Antonio, y corrí con trapos y toallas sucias, y tiré todo en el suelo. El agua penetró en la toalla, y vi cómo la superficie seca se anegaba también con el agua. La aureola húmeda iba avanzando como un cúmulus nimbus un día de viento. Las toallas se empaparon enseguida. Otro porrazo del viento en los vidrios. Pensé que caerían. Vidrios en añicos adentro y afuera de la casa. Vidrios con formas de estrellas de mar.

Dormí creyendo que la paloma y sus huevitos amanecerían desbarrancados, rotos en un enredo de plumas y cáscaras de huevo, hechos un enjambre. Me apenaba la muerte. Todo ese ahínco vapuleado por el arrastre de la tormenta.

− Sobrevivió −dijo Antonio cuando desperté−. ¿Qué creen? Los dos habíamos temido lo mismo. Corrí a verla. Estaba en su nido, tan campante, arrellanada, señorona. Nos alegramos como si por una vez hubieran ganado los buenos.

Y dos días después detecté el movimiento en el nido. La paloma picoteaba el interior, masajeando algo móvil y pálido en el hueco. Por el buche alimentaba a los recién nacidos con algo que llaman leche de paloma, una papilla hecha de semillas aplastadas y regurgitadas, un cocktail de saliva, agua, semillas. ¿Pero cuándo sale la paloma a buscar semillas? No la he visto dejar el nido nunca. Y el macho, tan desaparecido… Estamos alarmados, oficialmente. Esta paloma sin criterio y tan solita parece lo que se dice, comúnmente, una desamparada.

Antonio aparece con un puñado de avena en la mano y dice que se lo va a tirar. Me inquieto pensando en la eventualidad de que la paloma se asuste, aletee y en la brusquedad caiga un pichón, u horror de horrores, los dos vástagos. Pienso en el infortunio de esa culpa. Haber querido ayudar y provocar la muerte. Le digo a Antonio que tenga ojo, que podemos asustar a la paloma. Él se trepa a la bañera y saca la mano por la ranura. Esparce la avena como si quisiera regar con ella la turba fértil.

Unas poquitas semillas caen justo en la cornisa. El resto va a parar al patio de la gallega de la planta baja. Cruzo los dedos y tuerzo la boca: dios mío, haz que la señora no haya visto nada. Ya hemos tenido algún entredicho con ella, porque una vez en una tormenta se nos rompió el vidrio de la ventana y los añicos fueron a parar a su patio. Fue un accidente, pero la señora detesta los accidentes, y cuida esas botellas vacías y sucias acumuladas en un rincón de musgo como si aquello fuera un experimento, como si en los botellones guardara uranio enriquecido o extracto de titanio. Rosa, la espía de Pontevedra, guardiana de preciosidades.

Claro que la paloma se asusta. No se atolondra, no sacude las alas en un temblor frenético, ni golpea involuntariamente a un polluelo que se resbala ahora por la pared y cae a la planta baja, siete metros más abajo. Simplemente detiene todo movimiento intermitente y recortado de su cuello y queda inmóvil. Empollando. Con los ojos colorados tan abiertos. En estado de alerta profunda.

− Se asustó −anuncio, como si hiciera falta−.

Nos miramos con un asomo de culpa. Él más culpable que yo. Un gorrión se posa brevemente en la cornisa y con dos o tres picotazos engulle las semillitas de avena. La paloma no parece comprender que hubo alimento y que el alimento se perdió. La ironía es un paisaje extraterrestre para el ave. El único pájaro irónico es la lechuza. Esa seriedad y esos ojos tan grandes saben ironía hasta el hartazgo.

Hablo de todo el asunto con mi padre. Me dice que preste atención, que quizá en el mismo nido hagan turnos la hembra y el macho, y yo pienso que es siempre la misma paloma. Le digo que no puede ser, que las plumas violáceas, que el penacho blanco, que es la hembra, que es la hembra la que está a sol y a sombra y que quizá después de todo sí tenga criterio o el tan afamado instinto maternal, porque los pichones están ahí con ella, porque no se resbalaron, porque resistió la tormenta, y porque de algún modo que aún no acierto a comprender ella está alimentando a los polluelos. Hablamos de lo perezosas que son las palomas para hacer su nido. No como los picaflores o los horneros. Los horneros son los grandes arquitectos del mundo avícola. Son el cerdito previsor, que hace su casa con ladrillos. Son las aves más conmovedoramente concentradas en su misión de edificar una buena patria para sus polluelos. Pero las palomas… Tres ramitas y listo, ya creen que fue suficiente. Discutimos en la mesa un domingo. Padre, madre, hermana, sobrina y yo, sin Antonio. Lanzo mi ciego manojo de avena: las madres son mucho mejores, las mujeres somos incontrovertiblemente superiores, de verdad lo somos. Pero mi provocación se evapora con la ligereza frívola de las provocaciones frívolas (hay más o menos cuatro por almuerzo) y pronto pasamos a las noticias luctuosas o memorables de la quincena.

Sin embargo, no estoy tan segura de que no haya turnos. No estoy todo el tiempo frente al escenario del natalicio y maternidad de dos polluelos que el día de mañana nos rozarán en la calle y serán para nosotros una molestia o algo digno de repudio y repugnancia. Quizá esté confundiendo las cosas. Voy a fijarme bien y a retener alguna característica distintiva de la hembra, para defender luego mi argumento feminista.

Pues sí. Hizo falta un día (y desde ese día pasaron seis o siete, qué escandaloso es diciembre con su manía enfática de avasallar) para constatar que no era una sola la paloma responsable. La curva graciosa de la cabeza y el cuello de la hembra se esfuma del todo en el macho, más robusto, más oscuro, más circunspecto. Ambos comparten un penacho y la mancha roja en el pico o en las garras. Pero hay dos seres velando por los pequeños. Uno se para en el alero del tercer piso, y la otra picotea el suelo de la señora del primero, esa buena señora que siempre saluda con voz aguda y los labios eternos de rouge y el vestuario tan anacrónico, tan encantador en su espíritu de mujer que lució sus treinta en los setenta y que aún adora las solapas definidas, el flower power, los pantalones rosados, un aire evidentemente californiano, o todo lo que uno supone que fue California en esa era impenitente. Vilma.

Vilma alimenta a esta familia que crece día a día a nuestra vista, como un regalo exactamente puesto ante nuestros ojos para que no pensemos en las leyes de la naturaleza, para que convivamos con las formas en que la vida se expande sin ninguna otra mediación que la de la hoja de vidrio de una ventana. Vilma los alimenta, nosotros nos arrobamos cada mañana con el vistazo, y la de la planta baja los ahuyenta. Ayer la escuché diciendo pss, psss, pssss, y adiviné los escobazos con que pretendía asustar a las palomas adultas. Ellas revoloteaban por el pozo de aire y parecían decirle: sí, tranquilícese, ya nos vamos. Se alejaban brevemente para volver.

Notarán los lectores que ya no existe ni un asomo del dilema que nos mortificó anteriormente. La madre tiene un consorte y el consorte aporta alimento y cuidado en el hogar. Los hijos, mientras tanto, han variado de colores con el paso de los días. Si al principio tenían el color desapasionado de un caldo de choclo con matices cenicientos, hoy lucen unas plumas raídas, oscuras, y algunas vetas que se aclaran intermitentemente. Uno picotea al otro y el otro devuelve los picotazos. Se enciman entre sí. A veces salen a caminar por la cornisa. Dan unos pasos temblorosos y arrítmicos, como si una pata le ordenara a la otra avanzar y en el medio de un paso ocurriera que las patas se pelean entre sí y entonces la segunda decide no seguir la ruta y declararse en huelga, y la primera insiste y la segunda se niega, y la primera insiste y la segunda por fin avanza pero es vacilante.

Perdonen ustedes esta horrible analogía sindical, pero estas patas pichonas no parecen tener un buen diálogo. A veces la hembra los espera al final del camino, y sospecho que los alienta. Como las madres en la plaza se alejan de sus vástagos y los animan a que sigan con las piernas gordinflonas y los pasos titubeantes (vamos, vamos, vos podés, vamos). La lluvia con ventolina del sábado otra vez nos asustó y pensamos que acaso el nido no resistiera, que la familia se cayera en un deslave, para felicidad de la señora del primer piso, tan poco amiga de las nuevas familias de palomas en el esfuerzo supremo de la vivienda, la alimentación y los primeros pasos. Pero no ocurrió y ahora sé que la paloma puede ser perezosa al hacer su nido imperfecto pero que el nido igual se sostiene si es su misión subsistir.

¿Y cómo sé de misiones y de subsistencia? ¿Cómo sabría cuándo la subsistencia es, y cuándo no, un sino, lo que finalmente debe pasar y pasa, algo que excede nuestros afanes, todo intento de elucubración? No lo sabía. Lo sospeché cuando una pena inconmensurable cedió su espacio para una ilusión. No hablaré de los pastitos que vi brotar en las junturas de una baldosa, no se alarmen. Sí puedo contar que tras una creciente severa vi lo que queda en la costa del río −jirones de camisas blancas, latas, fragmentos de plástico, raíces, desperdicios innombrables, dos pescados, una culebra, cantos rodados que cambiaron de lugar, restos de una mata, camalotes− y mirando el agua densa y la revolución pensé que aquello jamás iba a aclararse, que los restos eran todo lo que había de río en la corriente. Y me equivoqué y el agua clareó y los cantos rodados se acostumbraron al sitio nuevo. Es lo que tiene el río. Las cosas cambian. Y si antes lo sospeché ahora puedo jurarlo. Continuaremos.

Notas relacionadas

Compartimos, a modo de adelanto, el prólogo de Guillermo David a la compilación a cargo de Martín Prestía de Escritos escogidos del filósofo argentino Carlos Astrada (Caterva-Meridión, 2021).

Dos capítulos de La luz de una estrella muerta (Mansalva, 2021), de Paula Klein, novela atravesada por la obsesión en torno a la vida-obra del artista argentino Alberto Greco.

En estas notas, el poeta Patricio Foglia, autor de Todo lo que sabemos del cielo (Caleta Olivia, 2018), entre otros libros, revisita la obra de Antonio Porchia y Edgardo Zotto para reflexionar acerca de las fronteras de lo poético y discutir los límites y potencias de nuestra propia tradición.

En este ensayo, el filósofo Diego Singer reflexiona sobre el lugar de la filosofía y los modos de narrar y conceptualizar el viaje a la Luna, a partir de un cruce original entre el cínico Menipo de Gádara, Luciano de Samósata y Donna Haraway.

Capitalismo del yo. Ciudades sin deseo, el nuevo libro de la escritora y psicoanalista chilena Constanza Michelson, es ocasión para reflexionar sobre la negación contemporánea del deseo y sobre los modos posibles de vivir la contradicción como una apertura para la política, el feminismo y el sujeto.

Estos apuntes de viaje todavía inéditos del escritor Edgardo Cozarinsky, que serán parte de un libro de próxima aparición Días nómades (Pre-textos), son los de un viajero literato cuyas impresiones se encuentran filtradas por sus lecturas.

El ensayista y profesor de literatura de la Universidad de Turín reflexiona sobre las formas de la distancia, los modos en los que el espíritu de la modernidad buscó abolirla, y en la posibilidad de su vuelta como un nuevo horizonte de salvación.

Presentamos un adelanto del nuevo libro de Martín Villagarcía, Nunca nunca nunca quisiera volver a casa de reciente aparición por editorial De Parado.

En este ensayo, Santiago Maisonnave interroga los devenires de la mirada, el aura y la mimesis atravesando, en su original recorrido, los grandes pensamientos del siglo XX sobre estos tópicos.

El escritor Ricardo Romero, autor de Historia de Roque Rey (Eterna Cadencia, 2014) y El conserje y la eternidad (Alfaguara, 2017), comparte con nosotros un fragmento de su nueva novela Big Rip (Alfaguara, 2021).