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Estatuas y momias

En este notable texto, a medio camino entre diario de memorias y ensayo, el escritor reflexiona sobre la suerte y el destino de la estatuaria soviética.

Al principio creí descubrir un cementerio. Al salir de Budapest rumbo al lago Balaton por la ruta 70 se atraviesa un barrio de la ciudad que los turistas no visitan. Aunque tiene los espacios verdes y los baldíos frecuentes de cualquier suburbio, y está muy lejos del ajetreo peatonal y el tráfico congestionado de Pest, es parte de la ciudad: su distrito XXII (Budapest está dividida en distritos numerados, como París en arrondissements y Viena en bezirke).

A un lado de la autopista que lo cruza, un bosque de estatuas asalta la atención. Muy pronto, la ausencia de ángeles y alegorías esperanzadas, la abrumadora repetición de una cabezota hirsuta y barbuda, y de otra más pequeña y calva, denuncian que no es un cementerio, por lo menos no un cementerio común. Ese amontonamiento de efigies de Marx y de Lenin, más algún obrero ejemplar, representado en plena tarea de construir el socialismo, constituye el parque Szobor o parque de las estatuas.

La gente lo llama “parque de recuerdos del comunismo”. Ahí han ido a parar las estatuas que en otros países del este europeo terminaron descargadas en basurales. Mis amigos de Budapest me explican, con cierto orgullo mezclado a la autoironía, que el proverbial sentido comercial de los húngaros les impidió liquidar sin algún tipo de rédito estos recuerdos de un pasado reciente. Sobre el modelo de los “parques temáticos” norteamericanos, crearon esta pesilla al aire libre, abierta solo en primavera y verano: una Disneyland del marxismo-leninismo, que los turistas del Oeste pagan por visitar.

En Tallinn no pude encontrar una sola estatua de Marx o de Lenin. Antes de 1990, Estonia sólo había conocido veinte años de independencia, entre las dos guerras mundiales de este siglo; desde la Edad Media, el país había sido conquistado, ocupado o absorbido por daneses, suecos, caballeros teutónicos y, desde 1710 hasta 1919, por Pedro el Grande y sus sucesores.

Entre 1940 y 1944, Estonia fue sucesivamente anexada por la URSS, ocupada por el ejército alemán y reconquistada por los rusos. Casi todas las familias tienen muertos en ambos bandos, que creyeron, todos, estar peleando por su país. En esos tiempos difíciles, el Teatro Nacional Estonio no dejó de funcionar. Su gran dama de la escena cumple noventa años el día en que debe hacer una participación especial en un film que estoy rodando en Tallin. Le pregunto cómo eran esas temporadas en una capital disputada entre imperios rivales. Ella esboza una mueca escéptica antes de murmurar lacónicamente: “Un año Schiller, el otro Gorki”.

Necesito para el film colocar una estatua de Lenin en el centro de una pequeña plaza y hay que buscarla en el sótano del Instituto de Historia Social. Allí duermen cientos de óleos que acataron la estética del realismo socialista, a la espera de la tesis o el museo que les devuelva una vida segunda, la del testimonio. La conservadora del museo, una profesora madura e inescrutable, me dice que los ejemplos más espectaculares de arte oficial fueron comprados por coleccionistas alemanes que apuestan a un revival futuro de ese academicismo. “No están mal pintados, si eso significa algo todavía” me dice mientras desempolva docenas de ilustraciones de almanaque de un optimismo difunto.

Finalmente, la estatua elegida −un modesto calco en yeso− llega a la plaza, es instalada sobre un pedestal y los asistentes de decoración empiezan a trabajar la pátina para la filmación del día siguiente. Pero a la mañana la descubrimos derribada, destrozada; a modo de firma, una pequeña bandera estonia ha sido plantada en la nieve. El director de arte se limita a comentar: “No hay nada que hacerle, esa gente no dejó un buen recuerdo…”.

El original, desde luego, está en Moscú, aunque nadie se atreve a predecir por cuánto tiempo aún. En la Plaza Roja hago cola, como el turista obediente que allí soy, para visitar el mausoleo. Aunque no somos muchos los que cumplimos con lo que fue un peregrinaje obligado, tengo tiempo para observar las cúpulas de la catedral de San Basilio, con sus oros y esmaltes multicolores: un decorado de Bakst para Diaghilev, incongruente a pocos metros de la severa muralla de Kremlin, bordeada por tantas tumbas de héroes de la URSS. El estudiante ruso que me acompaña me señala las lápidas de los que fueron matados por orden de Stalin, que luego les rindió el máximo honor de una tumba en la Plaza Roja.

Cuando finalmente entro en el mausoleo, guardado por unos soldados jovencísimos que de “los viejos tiempos” sólo pueden haber conocido el descalabro, me impresiona menos la momia que el dispositivo de luces que rodea el sarcófago de vidrio (¿o plexiglás? Es imposible acercarse para tocarlo) y le otorga de Ulianov una verosímil “piel de durazno”. La ilusión de vida es demasiado pulcra, el traje azul marino bien planchado y la corbata a pintitas evocan menos una idea de sencillez en el personaje que el cuidado constante que ese símbolo exige.

Me explican que cuarenta personas están dedicadas exclusivamente a su mantenimiento y tiemblan cada vez que resurgen los rumores de un entierro. Cada tanto se le extirpa un minúsculo cuadrado de piel para verificar el estado de la conservación y modificar, si fuera necesario, el tratamiento que ha permitido a ese cadáver sobrevivir al mundo que inventó.

No sólo los argentinos somos necrófilos, aunque en el sempiterno oficio de repatriar muertos ilustres o polémicos es posible que no tengamos rivales. Pero la momia de Lenin, como el hoy derribado muro de Berlín, parecen ilustrar, cada cual a su manera, el carácter profundamente conservador del comunismo, o al menos de su práctica. En un siglo que nació con el teléfono, conoció la televisión y el fax, y se extinguió en el umbral de Internet, hay algo prodigiosamente anacrónico en elegir la incomunicación como preservador de la salud moral y herramienta política: censura integral, concesión discrecional de pasaportes, control de la vida privada.

Los artistas sucesivos que retocaron el rostro de Lenin tenían por consigna disimular sus rasgos mongoles, tártaros; sin embargo, el imperio que ese mortal había creado −en cuyo centro de poder iba a latir, como un corazón eternamente vivo, su propia momia incorrupta− se me figura retrospectivamente como la prolongación simbólica de un proyecto político asiático: la Gran Muralla China.

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