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El giro intimista en Montevideo

El ensayista rosarino reflexiona en torno al giro intimista en Montevideo en estos fragmentos acerca de la novela Limonada de Sofi Richero.

En la tapa de la primera edición de Limonada (Parker Subproducts), de 2004, seguramente por decisión de la autora, se reproduce una foto familiar de las niñas Richero tomada por el padre en vacaciones, que la edición de 2010 omite, seguramente también por decisión de la autora. Está bien que así haya ocurrido: las diatribas contra el egotismo tendrán menos razones para encresparse y el lector no se sentirá tan compelido a identificar las rarezas del impulso narrativo con una posición subjetiva, el discurso de un personaje que duplicaría en la realidad del texto la figura autoral. Carina Blixen lo notó enseguida: lo que se juega en Limonada es el hallazgo de una voz, las vibraciones de un cuerpo pugnando por inscribir su diferencia elocutiva en una trama de recuerdos y apreciaciones que indican su singularidad al tiempo que la enmascaran. No es que falten anécdotas autobiográficas, fragmentos, convertido en visiones, de una historia de vida que se sabe inenarrable. Están, pero su eficacia consiste menos en propiciar identificaciones que en proveer a la voz de una reserva de afectos que  mantengan su locuacidad.

Para desoír las demandas de subjetivación que formula la memoria, siempre atenta a los requerimientos del narcisismo, este ejercicio autobiográfico violenta ligeramente la norma sintáctica. La primera frase comienza en minúsculas, como si lo que importase señalar es que se recomienza (que la convención de una primera frase no tiene que hacernos olvidar que somos hijos de un diálogo familiar múltiple e infinito), y al no cerrarse en un punto, seguido o final, establece las condiciones para el despliegue de un continuo fragmentado, en el que se manifiestan, como islotes solitarios, o por asociaciones que dibujan archipiélagos, bloques de vida que debilitan su carácter representativo para ganar en potencia de afección. Richero no quiere reconstruir el pasado ni retratarse en la intimidad del presente con los disfraces de la que fue. En todo caso, no es lo único que pretende, ni siquiera lo más importante. Su designio es menos obvio, menos convencional. La escritura literaria de sí mismo es, en su caso, una invención formal que explora afectos, como quien persigue señales equívocas y evanescentes, según una íntima necesidad de transformación.

Para comenzar a moverse, la escritura enlaza otra voz, la de la madre, en la infancia, cuando decía “piedritas” a propósito de las que se usan para jugar a la payana. La referencia es trivial, pero el recuerdo, que imagina lo irrecuperable, incluso lo inexistente, en lo que sobrevive al olvido, exhuma en ese decir resonancias inauditas. El encanto, por extremo, podría resultar devastador, pero la voz narrativa contiene y expande la fascinación sin inmovilizarse. Al contrario, por la vía del recuerdo germinal descubre un concepto luminoso, decir el amor, que es lo que ocurre, como cuando la madre decía “piedritas”, cuando el amor habla, cuando, para decirlo con un tecnicismo pertinente, el amor no es pretexto ni tema, sino sujeto de la enunciación. Una de las razones por las que Richero escribió Limonada tiene que ver, seguramente, con el deseo de poner en movimiento una voz que para hablar de sí misma, de la mujer que ahora revive y se desprende de la infancia, diga el amor. El narcisismo y la cursilería quedan, por definición, fuera de esta apuesta: el amor que se dice apropiándose del lenguaje es una fuerza impersonal e intransitiva que ronda a su antojo hasta que se posa aquí o allá, sin intención (nadie puede arrogarse el dominio), en busca de simpatía, no de reconocimiento.

Conviene, antes de proseguir el ensayo, dejar constancia de un límite: por impericia del lector, o por simple incapacidad de la crítica, que necesita inmovilizar los procesos, sobre todo cuando burlan los andamiajes retóricos, para arriesgar impresiones o fijar juicios, no habrá aquí argumento que replique la ocurrencia más potente y sutil de la prosa de Limonada, su ritmo, hecho de recursividades, variaciones y desvíos descentrados. “…ni siquiera se de qué hablo, estoy descaminada…”. El cuerpo de la voz se palpa en el empuje, en el deseo de decir lo que va ocurriendo sin atenerse del todo a la información o a lo comunicable. Por eso importa más escuchar sus pulsaciones, que comprender el sentido de tal asociación o reponer lo que quedó elidido en un salto entre secuencias narrativas. ¿Cómo pasamos de la virtud terapéutica de las abuelas al espíritu guerrero de los ajedrecistas, que ven todo en negro o blanco, porque desconocen los matices? Lo cierto es que el enlace suena bien, más allá de los alcances −¿morales o imaginarios?− del universo referencial que queda aludido. Escuchar sin necesidad de comprender requiere gracia y coraje (son dones que apreciamos en la narradora), la decisión de plegarse a un movimiento sintáctico sin advertir por completo la ley de su necesidad.

Decir el amor es un anhelo, más que un proyecto, que exige disposición pero también renuncia. Richero tiene que desprenderse de uno de sus dones más festejados, la inteligencia (que cuando no se deja cautivar por lo posible, debilita o enferma la existencia) porque si no decepciona las expectativas de los mayores, la preservación del mundo de los “promisorios” quedaría garantizada. Los “promisorios” son los viables, los “creativos de la nación”, con los que eligió no mezclarse. La adhesión a las nimiedades de la existencia privada y los modo enunciativos que reniegan de la seriedad, son las astucias menores de alguien que espera escapar de un destino promisorio que la seduce desde chica para que el amor se diga en sus palabras.

Hay madres que son mujeres adultas que parlotean sobre la maternidad, y otras que parecen niñas que se volvieron grandes pero todavía conservan el don del asombro y la aproximación inocente. Es tan fácil burlarse de las primeras, no se necesitan más que arrogancia e ironía, como difícil encarnar la luminosidad que portan las segundas. Se podría decir que Richero persigue, en las desarticulaciones del relato, la escritura de una prosa fluvial, para convertirnos a todos, narradora y lectores, en madres capaces de encausar flujos de vida curiosos, sin propósito ni orientación definidos.

Hay otro don infantil al que no hace falta renunciar para decir el amor, la presunción de lo arbitrario, si el gusto por la pose consigue transmutarse en ambigüedad y en potencia creativa. Por presumida, aunque virtuosa, la niña despierta enseguida suspicacias, se vuelve intratable, pero en el rechazo descubre que la identificación con lo arbitrario le abre a las sensibilidades anómalas un campo inmenso para la experimentación y el cuidado de sí mismas. La reproducción facsimilar, en la primera página de Limonada, de la composición que Sofi redactó a sus diez años sobre el amor familiar, en una extraña clave que mezcla disciplina y misticismo, es, además de un gusto legítimo que habrá querido darse la autora, un acto de documentación con alcances genealógicos: esa página que la abuela guardó durante quince años para devolver en el momento justo, es la huella de lo lejos que viene el anhelo de convertirse en autora, más allá del reconocimiento familiar y escolar que llegarán por añadidura, la voluntad de imponer la identificación del nombre propio con una forma arbitraria de decirse en el acto literario de la confesión.

El momento más fuerte en que la tentativa de un decir amoroso expone sus vínculos con la necesidad de transformación es cuando la narradora se declara “bajo libertad condicional” porque la acechan los peligros de una enfermedad autoinmune. Lejos de la autocompasión,  la referencia a la temible “poliartritis reumatoide” señala, sin aspavientos (la desarticulación sintáctica y las extravagancias de la lógica asociativa no son buenos conductores para el sentimentalismo), que el horizonte existencial es duro y con tendencias a volverse  insoportable.

…y yo conozco el vivir impregnado de amenazas y la muerte como constante aplazamiento, y doy fe de lo aberrante de esta filosofía desesperada, y consigno mi falta de templanza como testimonio de una despreocupación sabia que no me sucede…

Richero no escribe en posición de enferma para dar testimonio (por obra del estilo, su caso es intransferible), ni sólo para enojarse con las estupideces de los falsos curadores, que reclaman, a quienes padecen, una responsabilidad que es pura superstición. Cuando el recuerdo de la enfermedad interviene el ritmo de las asociaciones, el discurso por momentos se ensombrece, porque al cuerpo le toca transitar la “temporada de males”, pero también puede crisparse, pasar imperativo a la segunda persona, y exigirse poner punto para empezar con mayúscula, por una vez, menos por concederle dominio a la norma gramatical, que para usar ese tope como una ocasión de relanzamiento furioso.

Ácida y fresca, la limonada es, para la narradora, “una bobada muy sería”, un gusto infantil que podría reanimar, contra el dolor y el miedo, la fantasía infantil en el poder curador de las sustancias mágicas. ¿Es posible decir el amor −entendido como una ascesis, no como un acto expresivo− si a la voz la ahogan pensamientos temibles? ¿Amar en la enfermedad, sin renunciar al extrañamiento, eso impersonal que resiste la desesperación? ¿Podrá la escritura, contra la sintaxis de los promisorios, imaginar modos de “estar [en tránsito] sin pensar en mortandades”?

La segunda edición de Limonada incluye, a manera de epílogo, una invectiva letal  contra la prosa de los que escriben en cumplimiento del deber ciudadano, la prosa satisfecha de los que hacen el bien, porque se ocupan del afuera, y asumen arrogantes los valores del sentido común literario y la respetabilidad política (recurren a la tercera persona, inventan tramas y personajes, se comprometen con una realidad insospechable de superficialidad y solipsismo). Más que una poética extravagante, en la tradición felisbertiana de “Explicación falsa de mis cuentos”, según la presenta la contratapa, “Acá tenés tu prosa viril” es una arremetida paródica contra las críticas a los supuestos abusos de la literatura intimista. ¿Querés que en lugar de piedritas hable de los testículos de los toros, como Hemingway, o que despelleje la prosa y la limpie de adjetivos femeniles para contar la historia de los caudillos que pelearon contra el Paraguay? Acá lo tenés. Sin renunciar a los ritmos de una sintaxis anómala –no argumenta, asocia con furia y soberanía, Richero interviene a su modo en la discusión sobre la legitimidad de los nuevos narradores uruguayos, para violentar las normas del campo, más que para hacerse un lugar.

Hace un par de años, el crítico Gabriel Lagos propuso, en la prensa cultural montevideana, una taxonomía de la llamada nueva generación de narradores que sirvió para instituir la división en tres clases: los “pops”, los “serios” (en un sentido no irónico de la expresión, como si dijésemos, lo de mayor compromiso formal) y los “intimistas”, también llamados “egoístas”, cuando el espíritu clasificatorio transparenta los compromisos morales. Por el recurso a una primera persona autobiográfica, los recuerdos infantiles y la sugestión de autenticidad, la autora de Limonada encontró su lugar, junto a Fernanda Trías (La azotea) e Inés Bortagaray, entre los representantes de la tercera línea. Lo cierto es que la descalificación de los “intimistas” ya venía de algún tiempo, y la polémica giraba en torno a la supuesta malversación de una herencia problemática.

A tres años de la muerte de Mario Levrero, la Sección Cultural del semanario Brecha expuso la discusión −seguramente caldeada en infinitas conversaciones− sobre los alcances de su “magisterio” entre los talleristas que coordinó en Colonia y Montevideo, durante los noventa, y los que, sin haber tenido influencia directa, abrazaron la causa del obrar extravagante como modelo de excelencia literaria invocando su nombre. El poder de sugestión del maestro, su arbitrariedad, y la complacencia de los discípulos con la autoestima sobrealimentada, eran desde hace tiempo la comidilla de los claustros académicos y la tertulia de los literatos amigos de otras mistificaciones. En “El levrerismo: un movimiento a la zaga”,  Ignacio Bajter recuerda, disgustado, la función terapeútica que el maestro y los contertulios le asignaban al taller y cómo el impulso confesional, en tanto poética dominante, tendía, y tiende, a mezclar las aguas del impulso confesional con los rituales de la autoayuda. Levrero habría practicado y legitimado una escritura del encierro y el ensimismamiento, la fabulación de un universo mórbido, habitado por enfermedades y cuerpos pesarosos, en los que un narrador demasiado consciente de la función autorial satisface sus deseos de autoobservación maníaca. Lo que más enoja a Bajter, con razón, es que el maestro desplazara, en la transmisión pedagógica, la necesidad de una formación literaria específica en nombre de improbables aventuras espirituales. Los argumentos de Francisco Tomisch, en el mismo dossier, contra la “diaspora levreriana” persiguen las mismas bestias negras: la sobrevaloración de lo autobiográfico y la justificación de los textos, no por sus méritos literarios, sino por oscuras virtudes terapeúticas.

El dossier concluye con unos apuntes de la editora, que no es otra que Richiero, imputada de “egoísmo”. Su astucia al reservarse la última palabra no desmiente la generosidad del espacio que concedió a quienes rechazan todo de Limonada: el egocentrismo, el encierro temático, la creencia en la escritura como empresa saludable, la falta de componente crítico explícito, y más: el carácter breve e informe, como balbuceado, del texto, su apariencia de ejercicio más que de obra concluida. El buen deconstructor sabe que no alcanza con invertir el juicio y los criterios de valoración para apreciar la fuerza de una diferencia. Es cierto que en casi todo lo objetado a Limonada hay algo valioso y potente, pero nada vale en sí mismo, sino por su participación o su dependencia de una busca intransitiva que es, para la voz que se narra (su empuje, su ritmo, son, al fin de cuentas lo único que importa), la busca de un modo, familiar y al mismo tiempo irrepetible, de decir el amor hasta cuando la conciencia tiene que confrontarse con lo imposible, la posibilidad de la muerte.

A los amigos de las visiones panorámicas y las impugnaciones masivas (sobre todo si son generacionales) conviene recordarles que la literatura opera por diferencias irreductibles, que si no podemos reconocerlas (sería tanto como disolverlas en alguna generalidad), ni a veces señalarlas con gesto inequívoco, tenemos la responsabilidad, como lectores, de imaginarlas, ahí donde algo (la entonación de una voz, pongamos por caso) se desprende de las identificaciones convencionales. El supuesto egocentrismo de Richiero merece un trato sutil, es decir, matizado y sin resentimientos. Como el de tanto escritor consagrado, ya que

¿No son en su mayoría, los textos de Robert Walser, varios de Thomas Bernhard y unos cuantos de Pessoa libros egocéntricos, expresamente terapéuticos, ejercicios de breve e impulsivo narcisismo?[1].



[1] Richero, Sofi, “Lúcidos o introspectivistas” en Brecha, Sección Cultural, Montevideo, 31 de agosto de 2007, p. 29.

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