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Las ciento y una

Inauguramos la sección Archivo Murena con el editorial de la revista Las ciento y una, en su primer y único número, escrito por Murena. Presentamos aquí su versión digital.

No es la primera vez que lo decimos: nuestra vida cultural de argentinos y americanos yace herida, enferma, caída en la más miserable miseria. Ulcerada tan a fondo, tocada en órganos tan importantes que, como con un ser muy próximo cuyos dolores nos afectan demasiado, se prefiere no mirarla, no hablar ya de ella. Y por cierto que nos es próximo. Pues, aunque el escritor calle a sabiendas sobre esa cultura, aunque el hombre de libros o el profesional o el empleado o el lector de periódicos a secas pretendan desentenderse de los problemas de esa cultura, encogerse de hombros ante ellos como si incumbieran sólo a una docena de extraviados que intentan emborronar papeles, y aunque el obrero y el mismo analfabeto por fuerza los ignoren, esa cultura es la raíz de sus existencias, de la existencia del obrero y del profesional, del empleado y del analfabeto, es nuestra vida espiritual, es lo que somos. Toca a todos y a cada uno. Y a pesar de que se atornille la prensa del silencio sobre ella, esta enferma habla, grita a través de cualquiera de nuestros gestos. Dejando de lado ahora el estrangulamiento que para un escritor puede significar un ámbito que no le ofrece el elemental apoyo de ciertas estructuras, piénsese que esa indigencia cultural es responsable, por ejemplo, de la monstruosa diferencia que media entre Buenos Aires y las humilladas provincias, de nuestra convulsiva, turbia, historia política e institucional, del aislamiento en que todos vivimos junto a los demás: hechos no naturales aunque se produzcan incesantemente, hechos naturales sólo como podría serlo la humanidad esclavizada por un imperio de hormigas si el hombre así lo tolerase. Faltos de una concepción veraz respecto al mundo en que habitamos (y eso es cultura), de una idea que sirva de comunicación y guía, avanzamos golpeándonos localmente, conducidos a veces por la benevolencia de Dios, pero con mucha más frecuencia por la inconcebible confusión de los hombres. Y, por lo demás, las explicaciones sobran. Que cada cual se mire en su propio espejo: esa frustración se siente en sí hasta el más satisfecho, esa mudez, esa amputación, esa famosa y cierta tristeza que se nos achaca no es más que la enfermedad, la falta de una cultura propia, de un mundo de normas espirituales que preste a cada uno las palabras con que expresarse y realizar así su humanidad plenamente.

Tales son las cosas, tan profundas las llagas. Y sin embargo se calla. Hace en estos días cien años lo que ocurría en la Argentina (y en toda América) era justamente lo opuesto. Dos de los espíritus más lúcidos y apasionados se trababan en una violentísima disputa en la que, no obstante el cariz personal que tenían “las ciento y una” argumentaciones esgrimidas, no obstante los errores que pudieran afirmarse, se trataba de esclarecer lo que era argentino y lo que no lo era, lo que convenía a la Argentina y lo que no convenía. No sólo no había temor a hablar de ello, sino que se daba por descontado que era el tema primordial e inevitable. Se sabía que era menester curar las piernas, alimentarlas, antes de echarse a andar. Hoy esto se ha olvidado. Y semejante retroceso, la poda hasta las raíces de un crecimiento espiritual iniciado con todo vigor, no llama la atención, no se vislumbra siquiera.

No nos extrañamos. Porque así como en cada día y en cada encrucijada de la historia hemos sido mistificados y conculcados por potencias que nos alejaron de nuestros problemas de americanos y argentinos para inmolarnos a la solución de sus propios problemas, del mismo modo se nos ha enseñado a adoptar como cultura propia las soluciones ajenas de problemas extraños, a cubrir nuestras almas con trajes usados que sirvieron sobre todo para asfixiarnos. Concebimos así la cultura como la suma de inútiles conocimientos sobre cuestiones europeas, que se podían recoger de cualquier modo, que estaban a la mano, y no como los universales que con las incógnitas inmediatas se forjan lentamente sobre el yunque del alma. Y la lección fue tan bien aprendida, hasta tal punto se aceptó que la cultura no tenía tan nada que ver con lo que nos rodeaba que a ninguno se le ocurrió siquiera probar esas llaves para ver si por azar abría alguna de las infinitas puertas de nuestra cárcel: eso había pasado ya a la categoría de pecado. Fuimos carceleros encerrados y abrumados por el peso de grandes manojos de llaves equivocadas cuyo tintineo no significaba nada para nadie. La tarea de dirimir los problemas verdaderos se delegó en dos extraviados grotescos y, sobre todo, inofensivos: el nacionalismo y el folklorismo. Era aleccionador: a los tontos las tonterías.

De tal manera, cuando alguien se atreve a hablar con seriedad de lo que realmente lo tortura, de la espina que tiene hincada en el centro del ser, cuando alguien manifiesta de pronto algo sobre lo argentino, sobre lo americano, los rostros del desprecio y del silencio lo reciben. Son lo rostros con que se afronta el escándalo, porque ha llegado a ser escandaloso hablar de lo que nos importa, como mencionar la peste en medio de la fiesta. Equivocados de todas partes vienen entonces a acusarnos de que balbuceamos, de que perdemos nuestro tiempo en asuntos sin importancia, verdaderamente provincianos. En ocasiones hemos aceptado que balbuceábamos, porque era cierto que lo hacíamos. ¿Qué remedio nos quedaba? Estábamos aprendiendo de nuevo a hablar. Pero cuando articulamos con toda claridad, cuando hablamos en voz alta, cuando es menester oír cómo separamos nuestra parte y la defendemos, entonces se nos acusa de complacernos en nosotros mismos, de fatuidad. Se trata de un juego: concedido; pero de un juego trágico, de consecuencias mucho más graves que lo que imaginan sus organizadores.

No es la primera vez que denunciamos este juego. Ahora agregamos que pondremos en marcha todas nuestras fuerzas para terminar con él. Desde estas páginas o desde otras, en público o en la soledad de nuestras mesas de trabajo, con poesías o con ideas, con nuestra simple vehemencia desnuda proseguiremos debatiendo ciento y una vez estos problemas, levantaremos mil veces nuestro espíritu. Porque no podemos tolerar que esta situación se prolongue. No podemos.

 

* Las ciento y una. Revista de la realidad americana, Año I, Nº I (único número), junio de 1953.

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