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Sobre Motivos particulares

El nuevo libro de Ana Ojeda es tanto una novela como un diario o un conjunto de aguafuertes que conjugan los rasgos más interesantes de estos géneros.

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    Motivos particulares
    Ana Ojeda
    Pánico el pánico, 2013
    60 páginas

 

 

 

 

Si quisiera ser ortodoxo debería decir que Motivos particulares es lo que no es. Para empezar no es una novela: genéricamente provoca cierta confusión saludable. Genéricamente es un género desordenado: no sé si hetero, trans, bi, cross, genderqueer o género fluido. Se trata de un texto fragmentario: una especie de aguafuertes numeradas y progresivas. Si estuviéramos en España, al decir aguafuertes todos quizá pensaríamos en Goya. Pero se da el caso de que estamos en la Argentina y entonces, todas pensamos de inmediato en Arlt. Arlt / Ana: sobre esta pareja heterosexual quiero avanzar. Es lindo juntar parejas, ¿no?

Si Motivos particulares encierra un conjunto de (algo así como) aguafuertes, son aguafuertes que le devuelven reflejada a Arlt su inflexión genérica masculina. Quiero decir: Arlt y sus aguafuertes penetran la ciudad. Las aguafuertes son un género urbano. Y para Arlt y sus aguafuertes Buenos Aires es mi Buenos Aires querida. Arlt, como buen hombre que era, se proyecta sobre Buenos Aires, querida suya. Y ya que Buenos Aires es una querida, su querida, Arlt la penetra.

Y si Arlt proyecta, Ana Ojeda inyecta. Quiero decir, si las Aguafuertes de Arlt implican una proyección de lo masculino hacia un afuera, hacia la ciudad, hacia una Buenos Aires que es penetrada, estos Motivos particulares son aguafuertes de la intimidad o del abismo y, si sigo, de la introspección. Lo que estoy diciendo es que Motivos particulares son aguafuertes al revés. Y eso del revés, esa inversión, es menos una inversión que otra cosa: el gesto de Ojeda en Motivos particulares implica repensar el espacio urbano y el espacio literario desde lo femenino. Desde lo femenino en relación con la ciudad. En este esquema que estoy trazando, podríamos suponer que si Arlt escritor con sus Aguafuertes mete, Ana escritora con sus Motivos particulares sería la metida. Pero no. Sería un craso error si pensáramos así. El cuerpo que es “metido” desde la mirada heteropatriarcal, si es visto desde la cosa feminista, ese cuerpo “metido”, engulle: ese cuerpo supuestamente “metido”, en realidad chupa, come, elige, lengüetea y si lengüetea, habla. Y la cuestión de lo femenino, el empoderamiento de lo femenino, en Motivos particulares se exhibe desde la contratapa del libro que contiene una ecuación nítida y recita: Mujer + lenguaje + deriva urbana. Y de hecho, quien lleva adelante Motivos particulares es una narradora: “Si yo fuera una negra de pollera ceñida color fuxia, de tanga amarilla y tacos transparentes, tendría hombres para elegir, los ordenaría en la vereda por estatura y por color según una regla simple y comprensiva, que dictara que el negro es superior al blanco y el bajo al alto. Porque si yo fuera una negra de labios gruesos y ojos infinitos, de corpiños blancos y expuestos no querría un gigantón que me intuyera desde una altura inalcanzable, sino un gnomo goloso y predispuesto, carnal, interesado en descubrirme como a la palma de su mano” (fragmento 55).

¿Pero de qué voz femenina se trata? Es más, ¿de qué fémina se trata? Por ejemplo, los pelos de esa mujer que lengüetea y narra son presentados como pura cerda, pelos eléctricos, pelos rebeldes, pelos indomeñables, que precisamente por eso convierten a la narradora en integrante de una minoría. Pero no de esa mayoría minorizada desde siempre por el heteropatriarcado occidental u occidentalizado, sino de esa minoría configurada por ese universo femenino resistente. ¿Resistente a qué? Es la pregunta que cabe. Pues: resistente a los formateos, resistente a la programación del cuerpo de la mujer, digitado por parte de una sociedad heteropatriarcal; cuerpo de la mujer funcional no a su propio deseo sino al deseo del bio-macho de base (fragmento 28).

Voz femenina + deriva urbana. De hecho, Motivos particulares arranca con la frase: “Ser de Boedo” y papapapa sigue contando. Quiero decir que sitúa la mirada urbana desde Boedo, barrio periférico. O por lo menos heterodoxo: porque Boedo no implica ni la cosa bacana de Belgrano, ni las luces de Palermo que nos indican chillonas que en la economía heterocapitalista todo es mercancía. Boedo entonces: para escribir sobre la ciudad hay que situarse; es eso lo que nos insinúa Ana Ojeda con ese “ser de Boedo”. Porque no es lo mismo mironear y escribir desde el Norte que hacerlo desde el Sur. Desde el Norte, Shakespeare escribió con un vértigo imperialista La tempestad. Desde el Sur, Martinica concretamente, Césaire, un negro, más módico por ende, se mandó Una tempestad. Boedo, entonces: y el momento, la estación del año en que empieza la escritura es la primavera. Ese momento que implica rituales de fecundidad, ceremoniales de inicio: de esos momentos de abundancia, de fertilidad nos hace partícipes Motivos particulares.

La abundancia, como la fertilidad, dejan de lado los años. En cuanto a los años: Ojeda nació en 1979, pero coquetamente siempre confiesa ser de 1980. Yo no le creía, pero es verdad. Y esa verdad está encerrada en Motivos particulares. De hecho, los textículos que integran el libro me recuerdan una serie de televisión cult de los años ochenta: Brigada A. ¿Y por qué? Porque en cada episodio de la serie siempre llegaba el momento en el que la Brigada A creaba máquinas ingeniosas de guerra, a partir de casi nada. Lo hacía modificando objetos de uso tan normal como cotidiano: un auto, una moto, una Victorinox. Lo mismo hacía McGiver. Es la magia de los del 80. Yo que pertenezco a otra década, me siento excluido. ¿Por qué digo esto? Porque algo muy parecido acontece en este librito. Ana Ojeda literaturiza objetos urbanos de uso y presencia cotidiana en nuestra existencia porteña, pero nos los devuelve transformados en pequeñas máquina de guerra.

La primera prueba es la cagada sobre la vereda. Esa cagada presentada como “unión y entendimiento absoluto” entre dos seres; entendimiento en el que uno caga y el otro mira. Otras son los “deportes nacionales”: como el goce que les provoca a los porteños hacer cola sin razón: “Notable es la costumbre que ralea entre los cincuenta catecúmenos del cine Gaumont, que forman fila con anticipación y parsimonia para ingresar a una sala de 1000 asientos, en función de su ubicación” (fragmento 17). Luego viene la queja como ejercicio social que crea tejido identitario. “La queja confraterniza… Me quejo, luego soy” (fragmento 25). Y la milanga, que es una “invitación a un mediodía de deporte” (fragmento 51). Otro ritual diario deglutido y antropofagizado es el trabajo, que es presentado como un match de boxeo: “Meto la cabeza entre los hombros y espío por el ventanuco de mis puños. Me balanceo. Estoy sobre un pie, sobre el otro, no me puedo detener. Si me freno, pago. Y no estoy dispuesta. Evito y pego. Sin mirar. Los puños arden, las muñecas duelen, no quieren; yo sí: devuelvo, devuelvo, devuelvo. Engancho quijada o cuello; engancho pecho, teta, estómago, hombro, vientre, sexo. Es igual. Ellos son más y acá vale todo. No hay cinturón. Y es sin red. Aguato y devuelvo. Recibo y retruco. Me muevo. Hasta que dan las 17.00” (fragmento 34). Otra máquina de guerra ingeniosa, armada manoseando objetos cotidianos nos la da el fragmento 33. Allí la maternidad es puesta en crisis en tanto relación sonrosada y feliz, tal como nos la cuentan los afiches publicitarios de las calles, las publicidades televisivas, las películas de Hollywood que mercantilizan y hacen apetecibles la deseabilidad de ser madre.

Pues bien, con las mediaciones del caso, tanto en los dispositivos armados por Brigada A como en estas textualidades de Ana Ojeda, estamos frente a un repensamiento y a una transformación pop de la idea deleuziana de máquina de guerra. En este libro varios objetos de la cultura de masas que encontramos a cada metro de esa perversa estaría buena Buenos Aires, han sido agarrados violentamente por la autora y han sido arrojados a estas páginas. Eso sí: reconstruidos, reensamblados para dar vida a una máquina de guerra en formato libro.

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