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Fragmentos de viaje

En estos fragmentos, a modo de diario, Samuel Cabanchik recoge sus impresiones y reflexiones a partir de su reciente viaje a dos ciudades italianas: Trento y Roma.

 

Roma era el nombre público de una ciudad cuyo nombre
sacerdotal era 
Flor o Florens, por lo que el día de su fundación
coincidía con el de las festividades de Floralia. Tenía un tercer
nombre, que era secreto. El historiador bizantino Lydas dice que
ese nombre era 
Amor. (…) Los tres nombres eran
impuestos en la ceremonia de la fundación de la ciudad.

H. A. Murena, El nombre secreto

.

12.05.13

El viajero y el viaje se buscan, se esquivan, se pierden, se encuentran. Digo el viajero que soy aquí, fugaz, doble: uno en la anticipación, la promesa de una Roma dichosa, de una Trento a descubrir; el otro, cansado, carga la valija, disperso en un tiempo desordenado, en medio de todo, de nada.

Me empecino en pasear por Roma arrastrando mi equipaje por sus calles empedradas, en subir y bajar permanentemente en torno al antiguo Foro; encontrándome con mi propia “Roma eterna”, tan distante y tan próxima. Debo lidiar, sin embargo, con mi portafolio, más pesado que de costumbre debido a su contenido denso y variado: pipa y tabaco, libros, papeles varios, presentes para el Papa…

A pesar de la incomodidad me paro en una esquina, fascinado por un contraste: el de los policías y los automovilistas romanos sobre el fondo del recuerdo de los nuestros. En la escena que contemplo el orden surge de a poco y se mantiene frágil, siempre a punto de sucumbir, pues no hay marcialidad en los gestos y tonos de los policías que desvían el tránsito y no hay docilidad en los automovilistas. Hay explicaciones, discusiones amables, hay tiempo y, finalmente, acuerdo resignado. “Somos salvajes, primitivos”, me digo, repitiendo tal vez un prejuicio, una sensación en todo caso.

Retomo la marcha y, ya vencido por la fatiga y el calor, me siento en una mesa de una terraza. Es el café St. Teodoro, en la Piazza della Consolazione. Exquisito lugar en un barrio encantador. Miro los frontispicios de los edificios y me imagino viviendo allí, espiándome detrás de las ventanas, viéndome arrastrar nuevamente la valija, cargar el portafolio repleto de cosas y fantasías ya agonizantes de otro tiempo: el de la ficción, el de otro mundo, el de otra vida.

De vuelta en Termini, me dedico a “hacer tiempo”. Los relojes dicen que son las 13,30 hs. en Roma, pero yo habito un tiempo propio. Sobrevuelo caras, voces, distintos idiomas que se funden con los sonidos de fondo, conformando una Babel fugaz sobre la que paso como Damiel en Cielo sobre Berlín –film de Wim Wenders cuyo título fue traducido por Las alas del deseo–: cielo sobre Roma, tentado por la imagen de ser sólo un ángel, don del viajero que se quiere fuera de la experiencia, aunque también lo tiente caer.

La espera se hace amable gracias a un encuentro con un par de argentinas que me miran sonriendo. Me reconocen. Madre e hija, mendocinas ellas, están esperando que las pasen a buscar en el último día de viaje de la madre, que ha venido a visitar a su hija, quien estudia economía en Padua. Inevitablemente, el diálogo discurre sobre la actualidad política: que “Cristina”, que el gobierno, que la oposición, que el Congreso, que el Senado. Sentimiento ambiguo de satisfacción porque el diálogo ameniza mi espera pero la irrupción de la repetida escenificación de nuestra política me hace extrañar al ángel y su indiferenciada Babel.

Por fin llega la hora de partida. Los traslados han sido excelentes: aviones y trenes muy cómodos, buen servicio, puntualidad. Llego a Trento a la hora prevista. El por demás amable conserje del hotel me indica en italiano adónde ir a cenar. Será una constante en este viaje: hablaré algo en castellano, algo en italiano, algo menos en inglés, me hablarán más en italiano que en inglés, en ambos casos con empeño para facilitar mi comprensión.

Ya en el restaurante soy testigo muy próximo de un juego de seducción, un intento de conquista entre un hombre de más o menos mi edad y una joven que rondaría los veinte. Ambos están cenando solos, sus miradas se cruzan. Él le propone desde su mesa, a través de diversos gestos, sentarse junto a ella y compartir la cena. Así lo hace. Por lo que alcanzo a escuchar, ninguno de los dos es italiano, intentan entenderse en inglés. Descubro que, esa misma noche, la joven celebra sus 21. Brindan, él paga la cuenta y salen juntos. No puedo evitar seguirlos y cada paso dado confirma que vamos en la misma dirección: ellos también están alojados en mi hotel. En el pasillo, los pierdo. Cada uno se va por su lado. Una vez acostado, imagino al hombre tratando de comunicarse con la joven, buscando la forma para que ésta lo invitara a su habitación. Me duermo pensando en cómo terminará la historia.

 

13.05.13

Llega por fin mi amigo y colega español Francisco, –“el otro” como me escribe desde que Bergoglio es el Papa Francisco– co-organizador de este encuentro académico sobre la obra del filósofo colombiano Nicolás Gómez Dávila, que me ha traído a Trento. Luego de acomodarse en su cuarto, salimos a caminar por la ciudad, sumergidos en un diálogo amplio y rapsódico sobre muchos tópicos, algunos filosóficos, recurrentemente sobre el problema de la legitimación de la filosofía en español. Hace más de dos décadas que enseña y vive en Italia, casado con una italiana, con quien tiene un hijo al que por insistencia de ella lo han llamado con nombre español. Disfrutamos del paseo, de una copa en una plaza, sacamos fotos, algunas a las puertas del Castello del Buonconsilio, que fuera residencia de los príncipes-obispos y hoy es un museo, que no alcanzaré a visitar. Tampoco llegaré a meterme en esta ciudad y descifrar su peculiar mezcla de lo italiano y lo alemán, a pesar de los esfuerzos de nuestro principal anfitrión, el referente local de los colegas organizadores del Congreso, quien con pasión y generosidad nos dio una visita guiada bien entrada la noche, después de la cena. Tanto en la cena de recepción como en el almuerzo del día siguiente, el de la Conferencia, comemos pescado. Nos explican que es muy apreciado y caro en Trento, en donde no es un plato habitual. La dedicación con la que preparan y sirven la comida en todas las ciudades italianas que he conocido, también están presentes en Trento, definitivamente y tal vez a pesar suyo, más italiana que alemana. Es fácil percibir su orgullo por Trento, la altivez con los que todos los de allí nos reiteran que Trento es una provincia autónoma, que no depende del estado italiano. (Creo entender que esta situación proviene de un acuerdo entre “Il Duce” y Hitler).

 

14.05.13

La Conferencia estuvo magnífica, con excelente nivel de exposiciones, las que se proyecta editar reunidas en un libro, en italiano. Propuse que la edición sea bilingüe ítalo-española, dado que se trata de escritos sobre un pensador colombiano que escribió en nuestra lengua, pero no parece haber voluntad para ello. Le sugiero al único profesor colombiano que participa del encuentro, que haga gestiones al volver a Colombia para que alguna editorial de allí edite el libro en nuestra lengua: se verá.

Debí abandonar el encuentro un poco antes de su finalización por el horario de partida de mi tren hacia Roma. No podía posponerlo si quería llegar a tiempo a la audiencia con el Papa, que me había sido confirmada para el miércoles 15. Me disculpé explicando este motivo, que todos comprendieron sin necesidad de mayores explicaciones, pues a todos les parecía muy importante un encuentro con Su Santidad, con ese Papa jesuita, argentino y latinoamericano, con el Cardenal Bergoglio, hoy Papa Francesco, en fin, nuestro Papa.

 

15.05.13

Fue duro durante todo el viaje la alteración del sueño que padecí. En la semana que duró, sumando los diferentes momentos, habré estado dos días sin dormir. Ya de vuelta en Roma me alojé en un hotel del Trastevere, menos próximo al río de lo que había previsto. El trayecto desde el hotel hasta el Vaticano lo hice caminando más de una vez, no por vocación de peregrino, sino porque me resultaba irresistible caminar a orillas del Tevere bajo un cielo luminoso, en mañanas ligeramente frescas. Si bien el Tevere atraviesa toda Roma, la postal de la ciudad no lo incluye, como sí en cambio hace foco en el Sena la postal de París. Mientras camino comparo en mi fantasía a Madrid, Roma y París: una foto, un movimiento y una foto en movimiento, respectivamente. Roma es un movimiento en el espacio y en el tiempo, con sus ruinas, sus iglesias y sus palacios, mezclados con la ciudad moderna, de un modo que ninguna foto puede contener… (Sin tiempo para la nostalgia en un viaje tan corto, Buenos Aires se hace presente como una joven vieja que a los codazos se abre paso entre esos cuadros, pero estoy dentro de la foto, dentro del movimiento, por lo que no hace pie en mí para colarse en la imagen).

Por la noche y luego de varios intentos fallidos, le escribí una breve y sencilla carta a “Su Santidad”, con la expectativa de que en el futuro pueda tener con él una audiencia privada. Otra vez dormí poco. A la mañana siguiente, a la hora convenida, estuve en la Residencia de Juan Pablo Cafiero, nuestro embajador ante la Santa Sede. Descubro que no soy el único argentino que participará de la audiencia pública con el Papa. Al llegar a la Plaza San Pedro somos recibidos por funcionarios del Vaticano que nos acomodan en nuestros lugares en “el VIP”. El primero en saludarme al llegar es el empresario de medios Daniel Hadad, precisamente uno de los argentinos que espera ver al Papa Francisco esa mañana. Me ubican al lado de uno de nuestros ídolos deportivos: Juan Martín Del Potro, quien le lleva al Papa de regalo la raqueta con la que alguna vez le ganó a Federer. Claro que me saco la foto con Del Potro, qué se pensaban. Me doy cuenta que debí organizarme para poder ver alguno de los partidos del Abierto de Roma que se estaba disputando en esos días –de hecho Del Potro estaba jugando hasta que se encontró conmigo, con muchos más y también con el Papa–. Parece que ni éste pudo lograr que no fuera eliminado –actualmente no participa de la edición Roland Garros 2013–.

La aparición de Francisco en el Papamóvil paseándose entre la multitud que colma la plaza es sobrecogedora. Allí se celebra con perfección el Poder-espectáculo: el Vaticano muestra que los ejércitos son secundarios. Si todos se anoticiaran de este hecho por demás obvio, al menos nos ahorraríamos las horrorosas matanzas que siguen y siguen ocurriendo a lo largo y a lo ancho del mundo.

El discurso del Papa es directo y sencillo. Gira en torno de Pentecostés por la vía de “La Verdad”. No puedo sino recordar la excelente interpretación de Pentecostés hecha por Murena, cuando la aproxima a y la complementa con Babel, encontrando un nuevo sentido para ambas referencias bíblicas, incluso como símbolos de tradiciones artísticas y de dimensiones de lo humano. Junto a ellas, me propongo hacer jugar la del Papa, pero será otra vez.

Por fin, finalizado el intercambio de mensajes con los peregrinos del mundo que se dan cita en la Plaza, Francisco se acerca a nuestro sector. Mi breve encuentro con Francisco fue muy cálido. Me agradeció mi presencia allí en mi carácter de Senador y me instó a seguir trabajando bien. Le entregué mi informe de gestión y me saludó muy porteñamente con su pulgar en alto, luego de bendecir un rosario de una amiga que llevaba conmigo. Me pareció notable tanto en sus gestos, en su tono como en algunos pasajes de su discurso, cuán presente está en Francisco su condición porteña, del barrio del Ángel gris. Pude dejarle, además de un ejemplar de mi informe como Senador, ejemplares de libros de mi autoría y una medalla del Congreso Nacional. Me marché satisfecho hacia el Trastevere en busca de una pizza bien ganada.

 

19.05.13

Habiendo visitado el Vaticano, no quise dejar Roma sin visitar también su extraordinaria Sinagoga, mas por problemas de desinteligencias mías con el horario de visita, debí conformarme con comer un Falafel en un bar judío de su proximidad. Fue el domingo, último día de mi visita a Roma y a Italia, después de un angustiante momento que viví en la Vía del Corso, mientras hacía mi obligada recolección de souvenirs. En medio del gentío que poblaba la calle, una mujer gritaba desesperada el nombre de su hija “¡Matilde!” una y otra vez, infructuosamente. Me quedé por allí con la esperanza de encontrarla, me puse a buscar en los alrededores pero Matilde siguió sin aparecer cuando me alejé del lugar. ¿Qué habrá sido de Matilde? Todavía hoy me lo pregunto.

El viaje de vuelta fue, como dije, tan confortable como el de ida. Mis prevenciones para volar se han mitigado con el tiempo, aunque una vez más al retornar me dije que nunca más cometeré la insensatez de alejarme tanto del suelo durante tanto tiempo y sin capacidad alguna de intervención en todo el proceso. Lo que se dice un verdadero acto de fe, digno de este viaje hacia Trento, donde tuvo lugar aquel famoso Concilio y departimos en Conferencia académica sobre un filósofo profundamente católico, y hacia el Vaticano para estar con el Papa.

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