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Borges, siempre en Buenos Aires

A noventa años de su publicación, Fervor de Buenos Aires todavía ofrece una visión íntima de la ciudad que el joven Borges recorre fascinado.

En 1923, en una edición de trescientos ejemplares costeada por su padre, Jorge Guillermo Borges y con tapa ilustrada por su hermana Norah, aparecía para admiración de un acotado círculo de lectores porteños Fervor de Buenos Aires. Es fama el modo insólito que ideó el joven y pudoroso poeta para distribuirlo: cuando dejaba las reuniones, se acercaba subrepticiamente a los percheros y deslizaba un ejemplar en los bolsillos de los sobretodos.

Dos años antes, en marzo de 1921, el joven que desembarca en Buenos Aires luego de vivir siete años en Europa ha cursado el bachillerato en Ginebra, ha escrito dos libros que quedarán inéditos, ha publicado poemas y críticas, se ha acercado al expresionismo y ha integrado los cenáculos ultraístas de Madrid. Desde su infancia, su familia supo que sería escritor y lo alentó y preparó para esa empresa. Él mismo escribirá: “Como De Quincey y tantos otros, he sabido, antes de haber escrito una sola línea, que mi destino sería literario”. Este destino se gestó en una conjunción singular: la biblioteca en lengua inglesa de su padre, en la que reinaba la Enciclopedia Británica, y el barrio porteño de Palermo, donde Borges creció en una casa de patios y de rejas, tras las cuales veía o intuía un mundo de malevos y orilleros, que exaltará luego a mito en cuentos y milongas con el tema del coraje. En este cruce inesperado de literatura universal y suburbio de Buenos Aires, Borges, caminador de una ciudad que queda en la periferia del mundo, se constituye en un “raro”.

Con su regreso va a cambiar toda la escena literaria de Buenos Aires. La ciudad que lo recibe no es la misma que dejó a los quince años y su redescubrimiento, como la recuperación de “lo argentino” como tradición, marca sus libros de una década. A lo largo de 1920, Borges dedica tres apasionados libros de poemas a su ciudad recuperada: Fervor de Buenos Aires (1923), Luna de enfrente (1925) y Cuaderno San Martín (1929). A los 70 años, en el prólogo a la edición de 1969 escribe: “Para mí, Fervor de Buenos Aires prefigura todo lo que haría después”. Son poemas dedicados al recorrido íntimo y solitario de la ciudad en busca de un paisaje urbano no contaminado de literatura. No es la Buenos Aires de una reciente, pero ya fuerte modernidad. La de Fervor es una ciudad que mira al pasado, la de las orillas alcanzables que se abren al poniente de la llanura, la de “la sosegada casita de arrabal”. Recorridos donde sólo se oyen los pasos del poeta, barrios simplificados hasta la abstracción, como en un cuadro de De Chirico.

Su regreso se da en un momento de inflexión de la historia argentina y mundial. Con presunción juvenil, Borges fecha el inicio de una nueva era en la literatura argentina. Dice en 1926: “Desde mil novecientos veintidós −la fecha es tanteadora: se trata de una situación de conciencia que ha ido definiéndose poco a poco− todo eso (las obras de Darío, Lugones y Rodó) ha caducado”. Más allá de la infatuación de englobar en “eso” a toda la literatura anterior y la liquidación que propone, Borges tiene razón. Con la Primera Guerra Mundial concluye el siglo XIX, luego de la posguerra ya nada será igual y la nueva generación vive en completa conciencia el nuevo siglo y la “nueva sensibilidad”. De cara a los movimientos europeos, nacen las vanguardias latinoamericanas. En el proceso confluyen exploraciones formales y la búsqueda de una identidad: de un origen y de una originalidad. Los temas qué es ser argentino y qué es el ser nacional ocupan el centro de las discusiones intelectuales. En este marco, a Borges le interesará tanto revisar o denostar la literatura alta oficial de Rojas y Lugones, como dedicarse a fenómenos laterales e impensados en esos años, como la poesía menor, suburbana, de Evaristo Carriego. Son años en que la vertiente vanguardista ideológica está marcada a fuego por la Revolución Mexicana y la ola mundial de entusiasmo que causó la Revolución Rusa. El aire de la época es alborotador y el momento es de los jóvenes, algo bien expresado por el mexicano Manuel Maples Arce cuando dice: “En este instante asistimos al espectáculo de nosotros mismos”.

Y ¿quiénes son estos “nosotros mismos” en Buenos Aires? Son los jóvenes que −como Borges y Roberto Arlt− son los habituales de las calles, de las redacciones de los diarios y revistas y de las tertulias de café; los portavoces de las polémicas culturales. Son los infatigables caminadores de la ciudad, los últimos que Buenos Aires admitirá antes de convertirse en una metrópolis inabarcable. Porque viven en una ciudad que cambia vertiginosamente: la luz eléctrica extendida, los tranvías, el poderoso ajetreo del puerto y, sobre todo, la pasión por el cine y el fenómeno editorial masivo acompañan el pulso de “La Reina del Plata”. Borges participa del momento con una euforia creativa que no se le volverá a conocer: escribe, funda revistas, irónico, barroco en su criollismo interviene en polémicas más o menos amistosas, traduce a Joyce y colabora en publicaciones extranjeras. Una actividad intelectual continua y desafiante frente a la literatura anterior. Porque es Borges, como centro de la escena literaria porteña y sucesor natural de Lugones, quien finalmente produce el ambiguo destronamiento del maestro, a quien llama, entre sus pares y en un poema burlesco, “don Leogoldo Lupones”.

Pero si bien Borges se erige único en su singularidad y portavoz indiscutido de su generación, constituye solo una de las mitades de esta renovación de los años veinte que inicia con Fervor de Buenos Aires. La otra mitad está en la obra de Roberto Arlt. Sus virtudes y diferencias crean una dupla única en la historia de la literatura argentina. En ambos, Buenos Aires se nos muestra vivida por dos subjetividades antagónicas. Proyección de dos hombres distintos, tanto en sus vidas y sus literaturas como en su manera de ver el mundo y en sus estéticas, Borges y Arlt encarnan dos universos contrapuestos y la Buenos Aires recorrida por cada uno de ellos, y representada en sus libros, es sustancialmente diferente.

La actividad intelectual y la bohemia porteña, “el ruido del centro” no entran en Fervor de Buenos Aires. Su tono es íntimo, recatado y personal. La ciudad que Borges encuentra a su regreso está, como vimos, en pleno cambio y la nostalgia por aquella Buenos Aires que vivió en su infancia y que desaparece rápidamente con la modernización es la que sostiene los versos y a la vez lo confirma en el orgullo de ser uno de los …ciudadanos de la mayor ciudad de lengua española y cabeza espiritual del continente. Es de importancia capital el encuentro de un “tono”. Borges quiere alejarse de la agresiva profesión de nacionalismo de Lugones, pero también restaurar para la literatura una tradición criolla, ajena al embate extranjero. Para esto da un concepto que sobrevuela todos sus textos de la década, la criolledá. En el conversado e íntimo tono de sus poemas, Borges exhibe su linaje criollo y en el mismo movimiento refuerza el tradicional aborrecimiento argentino por la “españolada”. Las palabras que emplea “de diccionario de argentinismos”, como el tono y la entonación de los versos, son una contraseña lingüística y la afirmación poética de un nacionalismo que no tiene las connotaciones oscuras que tendrá después. Nacionalismo que lo une, como a todos los jóvenes de la época entre los cuales está Marechal, a un yrigoyenismo militante y lo lleva a presidir un comité de la Juventud Yrigoyenista. El comportamiento recluido y ascético del líder radical, “el recatado, el juramentado,… el dedicado con fidelidad a la Patria”, como actitud contrapuesta a “la publicidad y garrulidad” como “el fácil y hereditario descubrimiento de los políticos” (carta de Borges a los hermanos Enrique y Raúl González Tuñón, 1928), sin duda sedujo al joven Borges. Y si bien Borges siempre se equivocó en cuanto a lo popular, algo que le era ajeno ya que fue conservador la mayor parte de su vida, este costado de fervoroso militante político es una de las zonas que, precisamente, la palabra “fervor” de su primer libro cubre semánticamente. El fervor en Borges, su apasionamiento, será una constante en su vida y desmiente en parte la imagen de flemático caballero inglés que la iconografía posterior ha simplificado.

Pero como siempre en cuestiones de literatura, Borges tuvo razón. En su primer libro está la esencia de lo que vendría después: el tono, la parquedad buscada, el artificio de la sencillez y la que será la ejecución borgeana por excelencia: acriollar temas universales, y universalizar temas particularísimos de Buenos Aires. Borges se propone sofisticado lector universal a la vez que escritor de coloquialismos rioplatenses. Grafías y barroquismos de los que renegó en su madurez. Con estos “artificios” en Fervor de Buenos Aires Borges descubre los antiguos hitos de su propia historia. Y el cementerio de la Recoleta, al que el joven que se proyecta hacia la vejez nombra como “el lugar de mi ceniza”.

 

* Sylvia Iparraguirre nació en Junín (1947), provincia de Buenos Aires. De su profusa obra destacamos los libros de cuentos En el invierno de las ciudades (1988) y Probables lluvias por la noche (1993), sus novelas: El parque (1996), La tierra del fuego (1998) y La orfandad (2010), de la cual acaba de publicarse una segunda edición. Su próximo libro, la novela breve Encuentro con Munch, se editará en Argentina hacia el mes de octubre.

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