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Los barcos terminados

Narrado con gran sentido de la musicalidad y la precisión, este relato inédito del escritor cubano puede ubicarse en la tradición de los grandes cuentistas latinoamericanos.

 

Pizzas, flores, flooores, bicicletas chinas, matemática elemental, putas de Santiago, maricones del Camagüey, chulos de Bayamo, policías de Holguín. Bajan por San Lázaro, doblan en Colón, se extienden calle arriba por el Prado, almendrones ligeros como pájaros rugen sobre la calle blanda, ahora que llovió y se limpió el asfalto, ahora que lloverá otra vez, ya lo anunciaron por la radio, habrá rebaja del pollo en los almacenes de Ultra, tendrá la gente de este barrio una fiesta de muslo y contramuslo, detienen en Mariel a un grupo que se iba ilegal, para ellos es la fiesta también, y como están las cosas, a noventa millas la suerte, a noventa cosas se les busca nombre nuevo, que alguien traiga una guitarra y cante aquí, si le piden rumba qué bien, y tratándose de usted, señor, para noventa cosas no me alcanzan los nombres.

Vamos ya, buddy, dijo Lupi. Gonzalo iba detrás. Porque ya era costumbre, y era siempre Lupi el que partía primero si se aburría de algo, si dejaba de interesarle aquel o este tema y no tenía más preguntas que hacer. Y lo seguía Gonzalo por entre los estantes de la feria sin distanciarse mucho por si Lupi decía algo nuevo, o por si quería preguntar. Aunque hubiera sido el día de poco diálogo había en su forma parca algo dispuesto a detonar, y no quería Gonzalo perderse lo que fuera, pero no sabía cuándo y dónde, o de qué manera se podía penetrar su mundo interior. Eso no lo sabía Gonzalo, pero no lo molestaba. Lo dejaba correr. Le daba tiempo. Entonces habló de un lugar nuevo, dijo que interesante, en una calle del puerto. Y Lupi dijo some other time, buddy, otro día.

Se separaron y Gonzalo regresó a la feria. Lupi bajó hasta Malecón y tomó la acera más cercana al mar. Le gustaba mirar su sombra, cuerpo mísero que el sol se empeñaba en alargar, cuerpo de un solo lado, según su propio decir, útil para espantar a los policías. La miraba deslizarse sobre la acera, la imaginaba con sabor a sal, un cuerpo, sí, con los ojos y la nariz por dentro, y por fuera sólo la piel, una cáscara que podía resbalar sobre el cemento sin romperse, y dentro los ojos y la boca y todo lo que la piel encierra, protegidos allá de la intemperie y de las palabras. Quería mirarse en los cristales del Deauville, y apuró el paso. La imagen en la pared encristalada lo complacía más que la sombra. Podía pasar por funcionario, o por doctor. Por señorón si alzaba la mandíbula, y viéndose de lado, no sin esfuerzo, con los ojos vueltos al cristal y el cuello largo hacia una pose difícil. Lo podía ensayar de tarde en tarde, y era un juego de figura y sombra que le quedó de otro tiempo, o de sombra y figura si iba en dirección contraria, porque la ruta era invariable, desde los solares de Jesús María hacia el Vedado, en las mañanas, y de vuelta en las tardes. Pero siempre a pie. Y solo.

No le importaron los turistas. Entre ellos pasó callado, con un cierto aire de distinción en el andar resuelto, con la forma desenvuelta y sobria de quien conoce sus lugares y pasa sin pedir permiso, con una muestra de altivez y desenfado. De un tirón dobló hacia el jardín, y se detuvo allá, junto al muro bajo. Caminó atrás buscando el mejor ángulo, y se volvió luego, despacio. Sonrió cuando el cristal lo devolvió completo, y sonrió después al encontrar el sitio exacto, un metro más allá, donde el salón repleto proveía mejor fondo al cristal y la imagen se volvía nítida y compacta como en un espejo de verdad. Dentro, los turistas se avisaron entre sí en el inglés de cada cual, o en su francés o su alemán si era grande el grupo, si ya se conocían del desayuno o el almuerzo, o por señas si el idioma no era común, como tantas veces ocurre en los hoteles de La Habana, si los aburría el trío de guitarras, si miraban a esta nueva distracción con buenos ojos y celebraba cada quien la originalidad de los cubanos de la Isla. Los flashazos pusieron sobre aviso a los custodios. Se armó un tropel, y alguna empleada hizo llamar al gerente. Los policías de la esquina de San Lázaro se dirigieron al lugar.

Corrió sin susto. Era costumbre el escapar y eso le daba una ventaja. Dobló hacia Malecón y caminó pegado a las paredes, con paso rápido, volviéndose a veces a ver si lo seguían, y esquivando a los paseantes de esa hora antes de que ellos mismos se apartaran, porque así ganaba tiempo. Pero los policías llegaron sólo hasta los muros del Deauville y lo miraron alejarse; tendrían mejores cosas que hacer. Lupi llegó hasta Genios y caminó hasta San Lázaro con calma. Maldijo a los custodios y al gerente del hotel, y maldijo a los policías, tan buena pose le habían echado a perder, tan compuesto y estirado se recordó en el cristal, tan corto el tiempo, como tantas veces, maldito tiempo que no alcanzaba nunca. Y la pose soberbia, como casi siempre, pero esta vez con un encanto especial: cumplía cuarenta años, y el cristal le había regalado un aire nuevo, una calma que duró segundos por lo del gerente y los policías; un tiempo insuficiente. Tendría que esperar otra oportunidad. Volver sin avisar. Sin enseñarse mucho para que el tiempo no corriera. El tiempo. Ay, el tiempo.

Pensó si valía la pena sentarse a descansar en Prado. Decidió que no. Caminó Prado arriba y lanzó un escupitajo sobre el león de la izquierda. Apuró el paso mirando atrás por si el león devolvía el salivazo, y tuvo que hacer un paso de baile para no chocar con una bicicleta. No le importaron las maldiciones del ciclista, dueño engreído, y no respondió porque no era su costumbre. En el Parque Central se sentó al lado de un grupo que discutía de deportes. El tema lo aburrió lo suficiente como para voltearse al otro lado. Los cristales del Inglaterra brillaban al sol pálido del atardecer. No eran como los del Deauville, pero podían servir. Acaso era demasiado alta la pared inferior, y la imagen quedaría cortada a la mitad. Pero eran cristales también; si se subía en una mesa podía resultar. Recordó que una vez lo hizo y no le había ido tan mal. Salvo por el tiempo, claro. Y los turistas no se alarmaron tanto. Gente de otra clase, turistas sin prisa y sin pánico que lo fotografiaron sin alarmarse. Pero ahora dos policías cruzaron la calle desde el parque. Lupi escupió al suelo y maldijo por lo bajo. Se alejó del grupo de fanáticos hacia el Cine Payret. Cruzó la calle y caminó hacia el Capitolio. Se detuvo cuando recordó a Gonzalo.

Ni bueno ni malo era: uno que sabía cosas y no era policía. Podía responder cualquier pregunta sin complicar demasiado la respuesta. Para que Lupi entendiera, sin enredos. Para que viera de qué estaba hecho aquel o este artefacto, o la cuestión de los precios y las entregas racionadas. O acaso temas elevados, que Lupi encontraba difíciles, como las marchas en Malecón aunque no fuera domingo, y aquello otro de las mesas redondas por televisión. Eran cosas que Gonzalo explicaba muy bien. Muy atento Gonzalo. Muy amigo Gonzalo. Por eso Lupi lo buscaba, para entender un poco de los cambios y las cosas que veía. Pero Gonzalo preguntaba también. Sin acosar preguntaba. Le ponía aquella voz de casi hermano, sin presionar demasiado para no disgustar, y le decía cuéntame esto y aquello, a veces más de aquello que de esto, y de esto otro un poco también. O a veces todo al mismo tiempo, como si no hubiera sabido Gonzalo de las cosas más comunes, del problema de los balseros, por ejemplo, de si salieron por Mariel y era de noche, o no era mejor acaso salir por Santa Fe, si estaba el mar picado y la noche muy oscura, si no tenían miedo a morir en el agua. Y Lupi tenía que repetir la historia propia. Lo hacía con pesar porque eran cosas que prefería no mantener en la memoria, eventos tristes ya olvidados que hilvanaba en frases cortas, historias como papeles empolvados que era mejor dejar tranquilos. Con pesar le contaba a Gonzalo de los siete años que estuvo preso en una cárcel de Miami por boberías que era mejor ni contar. Y se quedaba ahí, callado, y Gonzalo como esperando más. Comemierda Gonzalo, para qué querría saber sobre cosas tan simples. Para qué preguntaba, por ejemplo, si lo trataron mal o bien, si era buena la comida o si lo dejaban ver televisión. O si aprendió el inglés por su cuenta, y cómo fue, y cómo pasó, y si fue difícil aprender.

Pero Lupi no hablaba de esas cosas. Private life, buddy, decía, y Gonzalo hablaba de otra cosa. De la feria del Vedado hablaba mucho, y era un tema que a Lupi le gustaba. A veces se encontraban allá, cuando Gonzalo tenía tiempo después del trabajo. O lo esperaba Gonzalo en Veintitrés y caminaban juntos, lo que en algunas tardes era posible. Recorrían los estantes llenos de zapatos porque a Lupi le gustaba mirar los grabados en el cuero. Preguntaba de qué animal venía, si de buey o cocodrilo, o si podía venir, por ejemplo, de un hombre. Gonzalo decía que no. Señalaba ciertas formas de la piel, decía que probara la textura, que mirara las diferencias entre uno y otro material. O podía jurarlo si no tenía otra explicación a mano. Será piel de un hombre negro y viejo, decía Lupi, porque los había visto así en los parques, con la piel rugosa y áspera, fácil de trabajar para los artesanos. Gonzalo perdía la calma y juraba que no, pero aun así quedaba Lupi con la duda, señalaba puntos específicos, coincidencias sutiles y marcas invisibles. Pedía correrse hasta los estantes de las figuras talladas en madera, pedía explicar. Y Gonzalo lo hacía por complacerlo, para que Lupi se ablandara. Para que le contara cosas de su vida.

Ni bueno ni malo era Gonzalo. Uno que preguntaba sin malicia, sí. Uno que ofreció llevar a Lupi a un lugar nuevo. Interesante, había dicho, por lo del cumpleaños, porque ya la feria era aburrida y la ocasión merecía algo más fuerte. Dijo que para celebrar, eso había dicho. Frente al Capitolio Lupi recordó la invitación y lamentó haber dicho que no. Giró en redondo y caminó resuelto hacia el Inglaterra, y aun siguió calle abajo, hacia Neptuno, sin detenerse frente a los cristales.

Se detuvieron en un callejón del puerto. Y era una casa grande, sin ventanas, y era una sala común, con sus olores a humedad, y su televisor, y sus asientos. Y con un dueño, como todas las casas y los asientos y las salas de este mundo. Y el dueño era un negro viejo y zambo. Y a Lupi le llamó la atención su piel rugosa y áspera. Y cuando miró a Gonzalo vio que estaba sonriendo. Y sonreía el negro también, viejo y zambo de piel rugosa y dientes blancos. Y Lupi se sintió bien en su presencia. Y no se asustó cuando el negro dijo vengan conmigo. Y Gonzalo vamos a ver ahora. Y el negro los he esperado todo el día. Y Gonzalo es una sorpresa. Y el negro viejo y zambo abrió una puerta. Y dentro había colgados relojes de madera. Se balanceaban los péndulos en desorden, allá y acá, acá y allá, por toda la pared.

Eran relojes viejos. Cajas antiguas con incrustaciones de cobre y relieves atrevidos. A Lupi le parecieron dioses y santos escondidos en el cobre. Y vírgenes envueltas en sus velos. Salían a la luz como vidas silenciosas y ordenadas. Lloraban o reían. O cantaban al concierto de los péndulos. Se disculpaban quizá por las horas inexactas, y Lupi se detenía un poco ante cada reloj, establecía las diferencias y seguía la oscilación con un movimiento rítmico de la mandíbula, corría después al próximo y repetía la operación, o subía la cabeza o la bajaba un poco buscando péndulos muy altos o muy bajos, que por el tamaño del reloj colgaban más arriba o más abajo. O se alejaba al centro de la habitación y se ponía las manos en la cabeza, fuera por asombro o por costumbre simple. Y Gonzalo empujaba al dueño porque sabía que Lupi iba a preguntar sobre la causa de aquella o esta disposición, o si no era mejor colgar aquella caja más a la derecha para que tuviera más espacio el péndulo, porque lo veía preso entre otros péndulos más largos. Corría el negro zambo a explicar ciertos detalles y hablaba del trabajo fino con el cobre, se disculpaba por alguna mancha verde en el metal, decía que óxido, partes que olvidó limpiar, que perdonara ese descuido, o qué se podía esperar de un hombre viejo. Ya no eran los mismos ojos; que mirara, si no, las pupilas gastadas. No así las manos, que mostró fuertes y amplias, pero los ojos, ay, no es lo mismo con ellos, y el cobre oxida rápido por toda la sal del aire, un descuido y ya está el óxido ahí, por eso las ventanas tapiadas. Y Lupi comprendía. Se quedaba tranquilo en el centro del salón y cerraba los ojos para asistir mejor al concierto. Durante media hora se mantuvo en pose similar, con los oídos prestos y los dedos entrecruzados sobre la nuca. Se mantenía el negro cerca y respondía preguntas repentinas, frases largas y cortas pronunciadas en voz baja, explicaciones que Gonzalo hubiera querido oír. Pero se quedó lejos, callado en su rincón, atento al movimiento de los labios, con ganas de ser parte de aquel diálogo extraño entre dos hombres tan diferentes en edad y en juicio, pero tan cercanos a la vez, reunidos en la breve circunstancia de las preguntas inaudibles y las respuestas que llegaban silenciosas como simples susurros sosegados.

Buena gente ese negro, dijo Lupi cuando subían por Obispo. Había esperado Gonzalo algún brote espontáneo, y ahora lo tenía, pero pensó que era mejor alargar el mutismo a manera de complacencia propia, de presión sin presión. Que fuera Lupi el que dijera las cosas, si alguna tenía que decir, y estaba seguro de que las tenía después de lo del negro y los relojes, si había tenido efecto el ambiente del lugar, si fue propicio el momento, y conociendo a Lupi, estaba seguro de que tendría más cosas que decir. Buena gente, repitió Lupi. Buena gente, sí, dijo Gonzalo, poca gente hay así, como el Chac Mool de La Habana. Como Chac quién, dijo Lupi. Chac Mool, dijo Gonzalo. Quién es ese, preguntó Lupi. Y Gonzalo vio la puerta abierta, pero no apuró las cosas para no romper tan fino hilo. Chac Mool, dijo, un indio que hacía milagros con el agua. Que no se enteren los del gobierno, dijo Lupi, o lo pondrían a trabajar por un salario. Igual trabajarías tú, dijo Gonzalo, si pudieras hacer milagros con alguna cosa. No sería en La Habana, dijo Lupi, aquí la cosa no es trabajar, siempre se come un poco aunque no se trabaje. Y allá no trabajarías tampoco, en Miami, dijo Gonzalo. Allí se trabaja, buddy, quieras o no, no trabajas y no comes, no comes y te mueres, y lo peor es morirse de hambre, que es como morirse poco a poco. Será que trabajaste allá, o que estuviste preso todo el tiempo, tú lo has dicho. Casi todo el tiempo, dijo Lupi, y luego se quedó callado, lo que a Gonzalo pareció terrible porque veía el hilo roto, pero no insistió para no parecer impertinente. Era mejor esperar. Caminar callado junto a Lupi, que no era tan difícil, hasta que le viniera alguna idea a la cabeza.

Nos pagaban los viernes, dijo Lupi de pronto. Fue en la acera del Parque Central, cuando iban a atravesar Prado. Cuánto, dijo Gonzalo, y ajustó el paso. Quinientos dólares a la semana, que no era mucho pero alcanzaba para ser un hombre. Y, como Gonzalo hiciera un gesto de no comprender, Lupi explicó. Para el alquiler doscientos, y doscientos para vivir, quedaban cien para una mujer, putas de los viernes, a veces rubias teñidas o latinas, you know, de a cien dólares, no preguntaban de dónde eres ni cómo te llamas, sólo se guardaban los cien y te dejaban hacer, entonces podías ser un hombre por una noche, por una hora o menos, pero algo, you know, y hablaban en inglés porque eran superiores, de esa forma, buddy, de esa forma, después uno se acostumbra y quiere un poco más, para variar, tú sabes, te metes en cosas malas, pero a mí el trabajo me gustaba, cosas de barcos, de pintura, con uno que era de Puerto Rico y tenía dinero, a mí me contrataron porque un socio habló con él, y me gustaba cobrar los viernes y pintar los botes, terminarlos, you know, porque olían bien a pintura nueva, y después tenía una puta, en ese tiempo yo era un hombre, you know, pero uno quiere más y se mete en problemas, allá se podía robar, buddy, para no gastar en comida, primero salchichas y ketchup en los mercados, y te acostumbras, hasta que un día te sorprenden con el muerto y te buscan la policía, allí ni te preguntan, buddy, y me pasé siete años preso sin saber por qué, por una lata de sardinas, buddy, sin una puta, sin nada, you see, hasta que un día llegaron y dijeron qué prefieres, quedarte preso allá o venir, y entonces, buddy, te dices que es mejor aquí y vienes a lo tuyo, y lo tuyo es esta isla, esta Habana de mierda, tú de aquí para allá tratando de olvidar, pero te acuerdas, buddy, de aquel tiempo de los barcos, te acuerdas, you see, a ver si tú me entiendes.

Había resultado como Gonzalo esperaba. Una ventana abierta al interior. La historia en boca propia como sólo podía ser contada por un hombre apartado del mundo, la versión sin nota introductoria, sin espérenme y les contaré ahora, sin me pasó esto y aquello, y aquello me gustó más y esto no me gustó nada. La historia, en fin, con sus detalles. Pero faltaban cosas, y Gonzalo sabía que llegarían. Y llegaron en Monte, cuando pasaban entre muchachas que se ofrecían por cien pesos, entre proxenetas vestidos a la moda y maricones callados que esperaban su momento, la hora buena de cada quien, pensó Gonzalo, y en la cabeza moldeó la forma en que la gente construye sus historias, hilos finísimos que flotan como cabos sueltos y en un momento se unen todos y se teje una red complicada, desenlaces imprevistos que la vida guarda, o acaso alguien manipula los hilos desde su agujero cómodo y caliente sin atreverse a dar la cara, alguien de arriba por derecho de cuna y nacimiento, o alguien de abajo que subió por senda propia, de gente así está lleno el mundo.

Lo del inglés fue fácil, buddy, dijo Lupi, casi sin darme cuenta, you know, pero no sé escribirlo, ni leer tampoco, sólo las palabras, para que los guardias me entendieran, you know, y los otros presos, poco a poco te vas metiendo en eso, te dicen get up y tú entiendes get up, te lo hacen entender, y así, de día en día, hasta que entiendes más y dices algo corto, así, durante seven fucking years, you know, siete años sin mirarme a un espejo, porque yo lo quise así, you know, como promesa, y me quedó la cabeza retorcida, you see, siete fucking years sin espejos y te queda ese sabor amargo, y te lo quieres quitar, buddy, en cada pared con cristales que te encuentres por ahí te lo quitas un poco, pero, fuck, los policías no te dan tiempo a nada, buddy, a quitarte ese sabor de siete años, te dicen que trabajes, que si esto, que si aquello, que si los turistas y si los turismos, te dicen que no te puedes parar frente al Deauville, no te dan tiempo a nada, you see, y el daño es para quién, a ver, para quién es el daño, pero ya, buddy, ya lo tengo, por ese amigo tuyo, Chac Mul, por ese. Chac Mool, dijo Gonzalo. Ajá, Chac Mool, Chac, Chackie, él me lo dijo hoy, y me va resolver, you see, el tiempo, ya lo cuadré con él, y a ver mañana en el Deauville, a ver, nos vemos, see you, buddy.

Quedó solo Gonzalo. Ni bueno ni malo era, sólo un hombre. Uno que sabía cosas y explicaba bien. Uno que preguntaba y quería saber. De los detalles preguntaba. De cómo fue y cómo pasó. Pero nunca dijo para qué. Se quedó fumando en la acera, entre putas de Santiago y policías de Holguín, entre chulos de Bayamo y maricones del Camagüey. La vida nocturna recién comenzaba en la acera de Monte. Se extendía despacio por La Habana, calle a calle, como una cicatriz en el rostro amable y áspero de la ciudad.

 

* Emerio Medina (Holguín, Cuba, 1966) obtuvo, entre otros, el Premio Iberoamericano de Cuentos Julio Cortázar en 2009 y el Premio Casa de las Américas de cuento en 2011, por el libro La bota sobre el toro muerto.

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