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Día de pesca

Los intercambios, los gestos y las simulaciones entre un padre y su hijo durante un día de pesca, aparecen intercalados entre las historias que componen este relato.

Había estado ya demasiadas veces en una casa vacía. Mi vida era esa sucesión, la historia de cada casa que había sido llenada (no con muebles y aparatos, no con implementos del hogar) y luego vaciada. Regresé del trabajo antes del amanecer. Me duché y tomé un desayuno ligero. Hablo del día en que en lugar de acostarme a dormir hasta las dos de la tarde bajé al subsuelo del edificio a buscar mi moto. Era una buena mañana para la moto, después de tanto tiempo de quietud, de mantenerla envuelta en su lona verde bien sujeta, un paquete perfectamente cerrado que espera a ser embarcado rumbo a su destino final −un aviso clasificado, una oferta más o menos decente, plata que iría a parar a cualquier estupidez−. Pero antes, un último viaje a través del frío de la noche de noviembre y bajo la repentina calidez de la mañana.

Viajar de noche y recibir el amanecer en la carretera. Bajar la velocidad en el momento en que la niebla que cubre el campo comienza a disiparse. El sol en los arroyos, tajamares y lagunas, como charcos luminosos. La larga sombra de los árboles, altas personas de cara a la luz. Avanzar por la línea gris que corta el verdor. Avanzar con respetuosa lentitud mientras el mundo se enciende.

Mi padre me saluda a la distancia, de pie junto a la carretera. Es la silueta de un anciano robusto que apunta al cielo. “Allá arriba”, parece decir, “en lo alto”. ¿Cómo me reconoció desde tan lejos? Lleva su gorro de pesca, una mochila color verde milico, las cañas en una mano y la valija roja de plástico en la otra. Va de bermudas y sandalias. Hay algo infantil en su forma de estar allí parado. Hace dos meses que no voy a verlo. Hemos estado planeando este viaje de pesca desde entonces, en nuestra charla telefónica semanal. Recuerdo su entusiasmo cuando sugerí hacer el viaje en la moto y su esfuerzo por contener el entusiasmo en los límites de la solemnidad. Ser solemne es una excelente manera de no tener que ser nada más. Antes de subirse me palmea el hombro un par de veces y me da un inesperado beso que me alcanza casi en el cuello. El torpe roce de las barbas. Nunca hemos sido buenos para la comunicación física. Dejamos atrás ese edificio oscuro en el que vive desde la muerte de mi madre, esa casa de campo muy venida a menos que tiene jardines, una huerta, gallinero, un galpón con herramientas y una gran chancha de un rosado grisáceo que no debe pesar menos de doscientos kilos. Una chancha mítica, se me ocurre. Cada vez que le pregunto qué va a hacer con la chancha me dice “venía con la casa”, como si eso fuera una respuesta.

La máquina no siente nuestro peso. Su motor de dos tiempos trepa las pendientes sin esfuerzo. Dejamos una estela de humo azulado a nuestro paso. Me gustaría tener un sidecar. Eso sería algo digno de verse, nosotros dos en una moto con sidecar, recién salidos de una película de nazis, de una trepidante aventura de matinée.

Cuando volví a la casa, Isabel y Camila ya no estaban. Sabía que no estarían ahí, era un hecho, lo habíamos conversado. “No estamos preparadas para verte”, dijo Isabel en nuestra última conversación. En la penúltima había dicho: “Queremos que te vayas”. El uso del plural estaba pensado para llegar lo más hondo que se pudiera en cada palabra. Tuvo éxito. Así que me fui y les di tiempo, a ella y a mi hija, para que ordenasen todo y se fuesen también. Luego, yo volvería a aquel lugar y podría decidir quedarme allí, buscarme otro sitio o hacer lo que me viniera en gana. Así que cuando llegó el día de volver no tenía por qué esperar que estuvieran en la casa, por el contrario, habría sido una sorpresa encontrarlas. “Lo pensamos mejor y creemos que mereces…”. Habría sido una auténtica sorpresa. En lugar de eso me encontré con mis efectos personales amontonados en la sala, sobre una silla. Efectos personales es una curiosa expresión, ahora que lo pienso. Todas mis cosas estaban reunidas en esa silla y parecían, al ser tocadas por la luz de la ventana, un hombre sentado y en calma. Las viejas botas, dos camperas colgadas del respaldo, un gran montón de libros y otras chucherías. Encima de todo lo demás Isabel había puesto el viejo sombrero de fieltro que yo usaba sólo por diversión, en las noches de fiesta. Aquel sombrero contribuía a darle un espíritu humano a la pila, cierta tranquila pesadumbre, cierta desolación.

Abandonamos la ruta nacional y entramos en una polvorienta carretera secundaria a la que la lluvia no ha tratado con amabilidad. Me esfuerzo por recordar el camino, la serie de curvas, los puentecitos, las bajadas y repechos, pero todas las casas parecen iguales, todos los montes parecen el mismo monte. Habrá que bajarse a preguntar, golpear las manos y esperar las indicaciones de algún buen paisano. Entonces, la mano de mi padre señala una tranquera abierta a la derecha y una entrada en la que los neumáticos han abierto surcos a fuerza de pasar y pasar. Avanzamos a los saltos. Dos perros salen a ladrarnos aunque sólo el de adelante se toma la tarea con seriedad, el otro es un saltimbanqui. Pasamos junto a una casa blanca y saludamos. Creo que una silueta se mueve en la oscuridad de la ventana. Una silueta aburrida o indiferente ya de ese trajín de extraños en primavera, pasando por su propiedad como Perico por su casa. Hay un ternero atado a un poste. Detrás, un cobertizo en el que descansa un Ford Falcon pintado de celeste chillón. El perro líder agota su ímpetu y nos abandona, el otro lo imita. Detrás del tambo está el plantío de sorgo. Un par de hombres en un tractor levantan las manos al vernos pasar. “¡Eh!”, gritan. “¡Eh!”, respondemos. Luego el camino desciende hasta el río un par de kilómetros por entre los árboles que huelen a menta. Un sendero suave que parece materializarse delante de nosotros a medida que lo recuerdo. Madre memoria.

Así que me quedé observando el monigote que me había recibido en mi casa, con una calma y una paciencia infinitas, y de pronto recordé una simple historia de mi infancia. Es una historia de navidad. Los elementos de la historia son un personaje bíblico, una buena cantidad de pasto seco, algunas prendas en desuso de mi padre (unos vaqueros, una camisa azul, la funda de una almohada) y un sombrero de paja. Mi madre y yo cosimos las mangas de la camisa y el pantalón y luego los rellenamos con pasto. Yo dibujé una cara en la funda de la almohada. Una gran cabeza llena de gramilla y restos de tierra. Su gesto era alegre, incluso gentil, el gesto de quien no sabe lo que le espera. Encima de la cabeza cosimos el sombrero, levemente echado hacia un lado. Ese detalle le daba a nuestro Judas un aire de terrateniente, de hombre que ha sabido muy bien qué hacer con aquellas treinta monedas de plata iniciales. Llegada la noche decidimos meter al Judas en la cocina y lo sentamos en un sillón de mimbre, con las piernas cruzadas y los brazos a ambos lados. Emanaba del Judas un aire de superioridad, de despreocupación. Allí lo dejamos, en las sombras, frente a la puerta de la cocina. Allí lo encontró mi padre a las tres o cuatro de la mañana, cuando volvió de trabajar. No recuerdo que hayamos hecho aquello con el propósito de asustarlo, pero también es extraño que no pensáramos en lo que iba a pasar cuando él llegara a mitad de la noche y viera la silueta de un hombre sentado en su cocina. Nos divertíamos mucho contando esa historia una y otra vez, mientras imaginábamos el rostro de mi padre, sus ojos enormes, la repentina aceleración del pulso ante un muñeco que tres o cuatro semanas después ardió hasta no ser más que una mancha negra sobre el asfalto de la calle. Así que yo pensé en eso cuando volví a la casa vacía, y sonreí. Luego, la sonrisa se convirtió en otra cosa, y luego en otra, y en otra más.

Mi padre se queda con las manos a la cintura. Respira profundamente el aire del río verde en el que cada tanto se escucha el prometedor ploc de un pez. Ahora se quita las sandalias y da un par de pasos en el agua. Se mira los pies a través del agua. Yo observo la parte posterior de sus piernas, allí donde las venas son más gruesas y azules, lentos ríos en los que la sangre se agolpa. El gran mal de la abuela. Escucho los pájaros a través del ruido de las hojas mecidas por el viento.

Armamos el precario campamento en unos minutos. La cuerda de árbol a árbol, lo más alta que podemos, la lona azul a dos aguas, clavada al suelo con estacas pequeñas. Mi padre abre su valija de pesca que parece haber sido preparada por el escrupuloso asistente de un cirujano. Fabrica la trampa para las mojarras con destreza. Rompe el pan en pedazos y los deja caer en el fondo de la botella de plástico cortada al medio, la masa blancuzca que las mojarras entrarán a mordisquear. La última cena de las mojarras. Mi padre admira su artefacto antes de meterlo al agua y atarlo con una cuerda a una rama. Sus movimientos tienen el nerviosismo de la niñez. Me mira y sonríe. Me hace la señal internacional de “está todo bajo control”. Ambos pulgares hacia el cielo. Parece como si estuviese luciéndose ante mí o como si necesitara mi aprobación. Hace algún tiempo que siento eso, que el orden de las cosas se ha invertido entre nosotros. Veo a este hombre de setenta años que necesita de mí algo más que camaradería, necesita que entre a su soledad más que como un hijo como un extraño que llega y pone un sello sobre las cosas, un visto bueno. “Qué gran trampa para mojarras ha fabricado usted, señor Echeverría”. “Qué buena vida ha llevado usted, señor Echeverría”. ¿De dónde sale ese poder que los hijos adquirimos en la zozobra de nuestra madurez? ¿Dónde estaba oculto?

− Es temprano −dice mi padre y se sienta junto a mí en el pasto bajo el árbol−.

Apoya su mano en mi rodilla. La deja ahí un segundo, luego la retira. Me gustaría tomarle la mano pero no lo hago, finjo estar muy ocupado preparando mi propio cebo, porque mi idea es pescar un dorado. El agua centellea con ese tono intenso que parece contener todo el verano, como una gran bestia que viaja por el lecho del río rumbo al océano.

− ¿Has podido pintar algo? −me pregunta−.

− No. Hace mucho que no pinto.

Hace una mueca de desaprobación.

− ¿Te está por dar una hemiplejia?

− Pero qué tarado −ríe−. Nada. Que es una lástima.

Se levanta y va hasta su trampa para mojarras. Tira de la cuerda y la saca del río. La media botella está llena de agua levemente turbia. Las mojarras atrapadas parecen lascas de metal cuando las toca el sol. Monedas en una fuente.

− Tengo mi carnada. ¿Tu cebo está pronto?

Pulgares arriba.

Entramos un par de pasos en el río y lanzamos la línea. Nos quedamos allí, separados por cinco o seis metros, con nuestros gorros oscureciéndonos la cara. Hombres en silencio. Más adelante, hacia la derecha, el río se ensancha un poco más todavía y se abre en dos brazos que rodean un islote. Claro que no es un islote, sino apenas un banco de arena rodeado de juncos en el que ha crecido algo de vegetación. De pronto, la calma se rompe con el tropel de tres o cuatro caballos que galopan por el monte sobre la otra margen. Los vemos pasar como una exhalación entre los troncos oscuros, el color rojizo de sus pelajes, una ráfaga de viento animal, un espíritu del bosque. Ahí nace la historia que mi padre comienza a contarme luego de haber sacado su tercer bagre, ese pez marrón que en otras partes se conoce como pez gato, mientras yo sigo a la orgullosa espera de mi dorado. Enhebra los bagres por las agallas, con cuidado de dejarlos vivos para que se mantengan frescos y ata la tanza a la misma rama de antes. Los peces parecen un racimo de fruta parda en el agua de la orilla.

La historia que me cuenta es sobre su abuelo. Cuando recién llegó al país (época de la Primera Guerra) trabajó de lo que pudo, hasta que consiguió irse de la ciudad, cuando alguien le arregló un trabajo en una estancia en el norte (sur de Tacuarembó, Caraguatá), de peón. Tenía cincuenta años y era peón, con toda la familia atrás. Al cabo de un tiempo se ganó la confianza del patrón y le pidió que le dejara cuidar la parte más alejada de la estancia, un pedazo de tierra que bordeaba la cuchilla. Le pidió que lo convirtiera en encargado. Allí había unas viejas construcciones de quién sabe qué época, que el viejo arregló con ayuda de sus tres hijos (uno de ellos, el padre de mi padre). Más tarde, los hijos se fueron yendo, pero el viejo no se fue más, ni cuando se le murió la mujer. Había encontrado su lugar. Pero esa no es la historia. La historia tiene que ver con caballos. El patrón le había dicho al viejo que en aquella región había caballos sueltos, caballos nacidos al aire, salvajes, y que si podía capturarlos y llevárselos él le iba a dar una buena plata por ellos, porque según le habían contado eran fuertes y seguro que servían para el trabajo, si se los domaba bien. Aunque quizá no fuera por eso y el patrón sólo quisiese salir de la duda, ver si los tan mentados potros de leyenda existían o si sus peones le habían estado viendo la cara todo ese tiempo.

Mi padre se rasca la barba. Usó bigote toda su vida pero ahora se ha dejado crecer también esa mata oscura de vello por las mejillas y el mentón. Su poca experiencia con la barba, o su desinterés hacia ella, hace que tenga un aspecto muy descuidado, algo así como el de una persona que acaba de despertarse.

− Entonces, ¿qué pasó? −pregunto−.

El viejo siguió con su trabajo sin hacer nada al respecto. Hasta que un día vio a los caballos. Estaba atardeciendo y los vio en un cerro, la silueta oscura de los caballos sin jinetes sobre la sombra del cerro, como si estuviesen trepando el lomo de la noche. Al día siguiente el viejo les pidió a los hijos que repararan el corral y salió a buscar a los caballos. No se supo de él en días. Una mañana, la mujer y los hijos escucharon el tropel. Era el viejo, arreando seis caballos que levantaban tanta tierra con sus patas que parecía que cabalgaban sobre un incendio o que ellos mismos estaban hechos de carbón que se quemaba. Como pudieron, los cuatro hombres lograron meter a los caballos en el corral. Los animales resoplaban, amontonados unos contra otros, los ojos bien abiertos, las largas crines encrespadas, las colas crecidas que aleteaban. Uno de los hijos saca cuentas de cuánto les puede dar el patrón por ellos. El viejo no dice nada. Otro de los hijos dice que en realidad si los doman ellos mismos le pueden pedir mucho más que si se los entregan silvestres. El viejo dice que no van a vender esos caballos porque no les pertenecen. Los hijos no entienden, entonces, para qué el trabajo de rastrearlos y meterlos en el corral. El viejo dice que los van a rapar para que no se abichen y después los van a soltar de nuevo. Así lo hacen. Uno de los hijos se sube al corral, salta sobre un caballo y lo separa del grupo. Los otros se lanzan desde los costados y abrazan la cabeza del caballo con toda su fuerza. Los brazos jóvenes, fuertes como pinzas, doblegan la cerviz. Llevan al caballo al suelo sólo con sus manos, lo sujetan mientras el viejo corta las crines con unas tijeras de esquilar y las va dejando en un balde. En eso se les va todo un día de trabajo. Están exhaustos. Bufan, resoplan, el cuerpo les dice que está algo más que cansado, que lo que le pasa es otra cosa. Cuando terminan, los cuatro huelen a bestias. Se acercan, se olfatean como animales, fruncen la nariz. Ríen a carcajadas. El viejo sujeta las sucias mejillas de sus hijos y los besa. Dice mi padre que mi abuelo, el menor de los tres, no sabía qué hacer entonces. Su padre nunca lo había besado. Así que fue y abrió el corral. Los animales salieron como si fueran uno solo. Una larga columna de polvo en dirección a los cerros. Los hombres aplaudieron, gritaron, patearon el suelo. Esta ceremonia se repitió cada año en el comienzo de la primavera.

− Extrañaba su tierra, el viejo −dice mi padre−.

El sol escala el cielo de izquierda a derecha. Es uno de esos días en los que a cierta hora uno puede escuchar el crujido de las piedras. Mi padre se desprende la camisa y se acuesta boca arriba, el gorro sobre los ojos, los dedos de las manos entrelazados sobre su panza velluda. Es un hombre grande, siempre lo ha sido. Recuerdo un día en la escuela. La maestra nos explicaba que era imposible que existiera un gorila del tamaño de King-Kong porque sus huesos no resistirían, y aun suponiendo que lo hicieran, la energía que ese animal necesitaría para moverse sería inmensa. King-Kong siempre tendría hambre. Ese día, mientras la maestra continuaba su explicación −el cruel asesinato de nuestras fantasías−, en vez de pensar en el gran mono yo pensé en mi padre, del mismo modo en que pienso ahora en él, al verlo allí, tendido en la hierba en toda su longitud. ¿Cuánta energía hace falta para cargar un cuerpo así durante toda una vida? ¿Puede provenir esa energía del pan nuestro de cada día? ¿Puede el asunto resumirse a eso?

“Es grande, el infeliz”, decía mi madre, y lo decía con todas las connotaciones posibles. Ahora lo veo tirado en el piso de la cocina a mitad de la noche. Es pleno invierno. Mi madre ha venido a mi habitación a despertarme porque escuchó la puerta del fondo, pasos y un golpe. Allí está él. Demolido. Borracho. Helándose. “Es grande, el infeliz”. Me pregunta qué hacemos. Le digo que lo dejemos ahí, que el frío lo va a despertar en algún momento. Cuanto más grande sos, más tardas en desaparecer, en diluirte. ¿Cuánto tiempo le lleva a la tierra asimilar un cuerpo como el de mi padre sin la barrera de un cajón de pino? Meses, años. Fundiéndose, licuándose. La hierba creciendo entre los huesos, enredándose en los huesos, apropiándoselos.

Vuelvo a aquel hombre gigantesco tirado en la cocina en una de sus últimas borracheras, porque esa noche estaba cercana al gran incidente, y ya no hubo borracheras luego del gran incidente. Todas las familias tienen uno de estos. Son historias que al cabo de un tiempo dejan de ser contadas y finalmente se convierten en un cuarto clausurado que se entregó a las alimañas. Historias que oscurecen las miradas de la familia. El gran incidente. Mi padre atropelló a una niña de trece años. El viejo Dodge verde. Los asientos traseros, la cuerina beige cuarteada, el polyfon asomándose, el olor de la goma vieja y cuarteada de los burletes, los vapores de la nafta que se colaban por algún sitio, el enorme volante como el timón de un velero. La niña va en bicicleta. Las tres de la tarde de un jueves. Hay sol. El Dodge está detenido en una esquina con el motor encendido. La niña quiere adelantar al auto por la derecha. Mi padre no la ve. Gira hacia ese lado. La bicicleta golpea contra el guardabarros del Dodge y la niña vuela por encima del capó. Cae al otro lado, sin tocar el auto. Mi padre sale a auxiliarla. La niña se levanta luego de un instante. Está bien. Un buen golpe, claro, pero está bien. Raspones en codos y rodillas. Sin huesos rotos. Mi padre carga la bicicleta en el baúl del auto y lleva a la niña, que se llama Rita, a su casa. La madre de la niña se alarma al principio, pero luego entiende que no ha sido nada o que pudo ser mucho peor. Desgracia con suerte, ya se sabe. Al llegar a casa, mi padre nos cuenta lo que pasó. Aclara que no había tomado nada. No hacemos comentarios, pero él insiste sobre este punto. Quiere echarnos el aliento en la cara para probarlo, pero le decimos que está bien, que le creemos. El Dodge tiene una nueva abolladura y ha perdido un poco más de pintura.

− Hay que hacer el fuego −dice mi padre−. Juntemos un poco de leña.

Nos metemos en el monte. Hay leña seca por todos lados. En unos minutos hemos reunido suficiente como para asar un cordero.

− ¿Querés hacerlo vos? −pregunta−.

No voy a privarlo de ese placer. Sé que hará un fuego excesivo, que las brasas brillarán hasta volverse casi blancas, y entonces habrá algo de primitivo en ese fuego, una fuerza capaz de ahuyentar a los espectros de las cuevas. Prepara la pira con devoción. Las ramas más secas y delgadas van abajo, sobre las hojas; un par de troncos perfectos encima, apenas húmedos, que comenzarán a escupir su espuma apenas se calienten. Pero falta la chispa.

− ¿Vos tenés encendedor? −dice−. No te puedo creer que no guardé encendedor.

− ¿Fósforos tampoco?

− Nada… Habrá que ser chambón, digo yo.

− Bueno, voy a buscar. La casa de esta gente no está lejos.

− No, dejá, yo voy, me hace bien moverme un poco. Vos quedate acá.

No, padre, hace mucho que no pinto. Desde que estoy solo en casa, desde que pedí el horario nocturno en la ambulancia, desde que duermo todo el día. Es una etapa, una temporada en el vientre del pez.

Me acerco a la orilla y veo los bagres. Boquean unos junto a otros el agua de la superficie. Parece que supieran lo que va a pasar con ellos o que estuvieran advirtiendo a sus hermanos y primos. “Huyan, huyan mientras puedan”. Entro al agua y nado lentamente hasta la otra orilla, donde no hay arena. Esto va a ahuyentar definitivamente a mi dorado. Las corrientes más profundas son fuertes y frías. Hundo los pies en el barro, subo el terraplén y me siento bajo los árboles, junto a las huellas de los caballos. Pienso en la historia que me contó mi padre. Sé muy bien que es mentira. Una patraña. Mi abuelo no se crió en una estancia en Tacuarembó y su padre no vino de España, porque de hecho su padre nunca vino a este país. Fue mi abuelo el que llegó aquí. Y él no tuvo dos hermanos, sino cinco, cuatro mujeres y un varón, y vivieron toda su vida en Soriano. ¿Para qué la fabulación? Mi padre no es así. Nunca me contó historias para dormir. A menos que esté confundido, que realmente crea que eso ocurrió de la manera en que él lo cuenta. Podría ser. La infancia y la vejez se parecen. Recuerdo los primeros años de Camila, las cosas que aprendía semana a semana, la forma en que nos sorprendía a Isabel y a mí con sus nuevos talentos y habilidades. ¿Cuándo aprendió eso? ¿Dónde lo vio? Cómo saberlo. Y ahora veo a mi padre vaciándose y me pregunto cuándo perdió la noción del tiempo, su capacidad de diferenciar la realidad de la ficción.

Nado de regreso al campamento y me seco al sol. Busco algo de comer en la bolsa de mi padre y encuentro el encendedor. Allí está, perfectamente a la vista. Lo pruebo. Enciende. Vuelvo a dejarlo en su lugar. Mi padre tarda todavía media hora en regresar.

− Me dieron conversación −dice y sacude una gran caja de fósforos−.

Tiene un resto de sangre en el labio inferior, junto a la comisura.

Se inclina sobre su pira ceremonial y diez segundos después el fuego baila en el corazón de la hoguera.

− No he perdido el arte −dice−. ¿No hubo suerte con ese dorado?

− Ni siquiera intenté. En realidad, nadé hasta el otro lado.

− Entonces, olvidate. Nos conformamos con los bagres.

Un rato después, cuando el fuego ya hizo suficientes brasas, caigo en la cuenta de que no tenemos parrilla. Mi padre dice que no nos hace falta. Se pone a hacer un pozo en la arena con las manos y me pide que lo ayude. Allí estamos los dos, un par de niños fabricando el lago que rodeará el castillo. Cuando el agujero es lo bastante profundo, mi padre toma un palo y echa un buen montón de brasas en él. Luego echa un poco más de arena y la cubre con un pedazo de cartón. Encima del cartón pone los bagres, abiertos, limpios y condimentados. Sobre ellos, otro cartón, más arena, más brasas y todavía una buena cantidad más de arena. “Y ahora, a esperar”, dice y se lava las manos en la orilla.

Nos sentamos a mirar el río mientras nuestra comida se cocina bajo la tierra.

− ¿Cómo está Camila? −dice mi padre−.

Pero yo no sé. No sé cómo está mi hija. Ella y la que fue mi mujer están lejos y no puedo decir que sea injusto, que no haya sido la mejor decisión que Isabel podía tomar. La odio por eso, por su increíble capacidad para tomar las decisiones correctas.

− Está bien −digo−.

Mi padre asiente y abre la conservadora. Un pack con seis cervezas sin alcohol. Bebemos.

Vuelvo a pensar en el gran incidente. Meses después tuvieron que operar a la niña. Rita. No era una intervención que tuviera que ver con el accidente, se trataba de otra cosa. Eso estaba muy claro. En los pueblos chicos estos detalles se saben sin necesidad de averiguarlos. De todos modos, estábamos atentos, se había vuelto nuestro problema. Hubo un fallo en la anestesia. Un error fatal, dijeron. Esa es una singular forma de hablar. Mi hija tiene ahora la edad que tenía aquella niña pálida en la mesa de metal. Pálida y cada vez más pálida. No significa nada, sólo es así, en este momento, ambas tienen la misma edad. Cuando mi padre lo supo, se puso a llorar. No hay nada que se parezca a ver llorar a un hombre de su tamaño. El hombre que iba sobrio a las tres de la tarde del jueves del accidente. El hombre que no tuvo nada que ver con la insuficiencia renal que llevó a la niña al bisturí y la sangre clara.

− A veces pienso en ella −dice−.

Tardo en comprender que me habla de Camila y no de la niña muerta. Aunque ojalá me hablase de la niña muerta, porque eso significaría que puede leer mi mente. No cerraría ninguna puerta, entonces, dejaría que corriese el aire y la luz. Padre, entra y pasa. ¿Para qué las mentiras? ¿Qué es esa historia de los caballos? ¿Por qué no me hablas claramente? ¿Por qué escupes sangre cuando no te veo? Tengo cuarenta y dos años. Soy un hombre. Soy eso que llaman todo un hombre.

Cerveza sin alcohol. Parches de nicotina. Siempre me han provocado risa estos sucedáneos, estas precarias muletas de la voluntad. Bebo un trago largo de este jugo espumoso sabor cebada. Mi padre observa el sitio en el que están enterrados los bagres. El aire caliente sobre la arena se eleva como humo invisible.

− En un ratito almorzamos −dice−. Así cocinábamos antes, con los gurises del barrio.

Mi padre es un gurí del barrio, uno que fue juzgado con clemencia en su momento. Es muy corta la distancia entre desear la suerte de un hombre y creer que es su buena fortuna la que es injusta, y no tu desgracia, que el error es la clemencia que él recibió y no la poca piedad que tuvieron para con vos. ¿Qué hacemos con él? Decime, ¿qué hacemos con este hombre que nos pesa en las espaldas, hija querida?

Apartamos la arena con cuidado. Retiramos las brasas y el carbón ennegrecido. No podemos evitar que algo de arena caiga sobre los bagres. “No es nada, no es nada”, dice mi padre. Los pone en la tapa de la conservadora y los rocía con limón. Les damos una probada. Están deliciosos. Comemos en silencio bajo el toldo, ahora que el sol cae como una lanza desde el cielo. Entonces vemos aproximarse a un hombre. Es alto, de hombros estrechos y grandes manos con dedos como las raíces del jengibre.

−Uno de los hombres del tractor −dice mi padre.

− Sí, tiene que ser.

El hombre se acerca hasta nosotros inclinándose hacia adelante con las manos cruzadas a la espalda. Sonríe con los labios apretados. Tiene el pelo del color de la tierra. Sus ojos son tan azules que parece que tuviera dos agujeros en la cara.

− Provecho −dice−.

− Gracias. Si gusta…

− No, no, agradecido, hombre.

Hablamos del río, del clima, de la cosecha, de la miseria que les pagan por cada litro de leche, del gusto áspero que le queda a uno en la garganta cuando el viento sopla del lado de la fábrica de vitaminas. Le pregunto si alguna vez vio dorados en esa parte del río. “Dorados”, repite, “la verdad que no, jamás”. Ya me lo esperaba. Pero el hombre no había ido hasta allí para esa cháchara amable. Así que antes de irse pregunta, como si no tuviera importancia, si pensamos quedarnos a pasar la noche. Me sorprende que mi padre diga que sí, que vamos a quedarnos. El hombre parece abatido por la respuesta, pero sólo emite un apagado “ah”.

− No creo que llueva, pero si en una de esas viene agua, se van a la casa. Tenemos lugar.

Se inclina de nuevo hacia nosotros, en un gesto que me hace pensar en el sirviente de un señor feudal japonés. Esperamos que esté a una distancia considerable antes de hablar.

− ¿Quedarnos a dormir? −digo−.

− ¿Qué tiene de malo? −dice mi padre−. Vos mañana no tenés que trabajar y yo no tengo nada que hacer. Este es un buen lugar. ¿Cuándo fue la última vez que salimos de campamento?

− Nunca salimos de campamento, papá.

− Exacto.

− Pero dormir a la intemperie no te va a hacer bien.

− Nadie se muere por tan poco.

La siguiente vez que vemos al hombre es muy diferente. Ya es noche cerrada. Acabo de alimentar el fuego con la esperanza de que por la mañana baste con avivarlo un poco para poder calentar el agua. Me tiendo boca arriba junto a mi padre, una mano bajo la nuca, la otra en el estómago, y cierro los ojos. Estoy casi dormido cuando escucho los pasos en el camino. Veo al hombre salir de las sombras. Tardo en entender que no es mi imaginación, que realmente está de pie delante de nosotros, vestido de traje negro, corbata gris, camisa blanca y zapatos en los que el fuego se refleja.

− Ustedes perdonen −dice−.

− Eh… ¿qué… qué pasa? −mi padre abre los ojos−.

− ¿Pasó algo? ¿Está todo bien? −pregunto−.

− Sí, no se preocupen. Es que la familia… bueno… Quería avisarles, para que no se asusten.

− Avisarnos −mi padre se incorpora sobre los codos−. ¿Avisarnos qué cosa…?

− Es algo de la familia. Yo sólo quería que no se asusten.

− No entiendo nada −digo−.

El hombre se toca el cuello, poco acostumbrado a la camisa. Nos muestra las palmas de sus manos de jengibre.

− Ahora tengo que irme. Ustedes pueden estar tranquilos. Va a ser un poco más allá…

Señala algún sitio en la oscuridad, río arriba.

− ¿Qué es lo que va a ser un poco más allá…? −dice mi padre−, pero el hombre ya nos da la espalda y sube por el camino. Su traje negro es una sombra tenue que se funde en la sombra mayor.

− Gente loca −dice mi padre−. Gente muy mal de la cabeza.

Pasa media hora antes de que veamos las luces. Seis linternas balanceándose en el camino. Antes de llegar a nosotros se desvían a la izquierda. Las vemos aparecer y desaparecer a través de las negras siluetas de los árboles. La familia. Escuchamos las pisadas de la familia sobre las ramas crujientes. Caminan sin hablar. Luego, el sonido de las pisadas se vuelve más y más lejano, hasta que dejamos de oírlo. Todo queda en silencio.

− ¿Qué hacen? No llego a ver −dice mi padre−.

− Yo tampoco. Es una especie de procesión.

Luego de unos minutos de silencio nos parece escuchar cantos. Después de los cantos, más silencio. Es entonces cuando aparece el barco en el centro del río.

Es un pequeño barco de juguete, tallado a mano en madera de balsa: parece el modelo de un galeón, con muchas velas de papel y un cargamento de flores silvestres de todos los colores. Pienso en esos ramilletes que armaba para mi madre en mi niñez, y que ella dejaba en un vaso con agua en el centro de la mesa durante todo el día. En alguna parte de la cubierta del galeón, entre las flores, tiembla la llama de una vela amarilla. Mi padre me pide que lo ayude a levantarse. Se le acalambró una pierna. Me pasa un brazo por los hombros y nos acercamos juntos a la orilla. El galeón avanza, se desliza por el agua lentamente y desaparece, poco después, tras la oscuridad de los juncos.

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* Leonardo Cabrera nació en San José, Uruguay, en 1978. Publicó el libro de cuentos Mecanismos sensibles (2008) y participó de las antologías El descontento y la promesa: nueva joven narrativa uruguaya (2008), Asamblea portátil (2009), y La banda de los corazones sucios (2010).

Notas relacionadas

Compartimos, a modo de adelanto, el prólogo de Guillermo David a la compilación a cargo de Martín Prestía de Escritos escogidos del filósofo argentino Carlos Astrada (Caterva-Meridión, 2021).

Dos capítulos de La luz de una estrella muerta (Mansalva, 2021), de Paula Klein, novela atravesada por la obsesión en torno a la vida-obra del artista argentino Alberto Greco.

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Capitalismo del yo. Ciudades sin deseo, el nuevo libro de la escritora y psicoanalista chilena Constanza Michelson, es ocasión para reflexionar sobre la negación contemporánea del deseo y sobre los modos posibles de vivir la contradicción como una apertura para la política, el feminismo y el sujeto.

Estos apuntes de viaje todavía inéditos del escritor Edgardo Cozarinsky, que serán parte de un libro de próxima aparición Días nómades (Pre-textos), son los de un viajero literato cuyas impresiones se encuentran filtradas por sus lecturas.

El ensayista y profesor de literatura de la Universidad de Turín reflexiona sobre las formas de la distancia, los modos en los que el espíritu de la modernidad buscó abolirla, y en la posibilidad de su vuelta como un nuevo horizonte de salvación.

Presentamos un adelanto del nuevo libro de Martín Villagarcía, Nunca nunca nunca quisiera volver a casa de reciente aparición por editorial De Parado.

En este ensayo, Santiago Maisonnave interroga los devenires de la mirada, el aura y la mimesis atravesando, en su original recorrido, los grandes pensamientos del siglo XX sobre estos tópicos.

El escritor Ricardo Romero, autor de Historia de Roque Rey (Eterna Cadencia, 2014) y El conserje y la eternidad (Alfaguara, 2017), comparte con nosotros un fragmento de su nueva novela Big Rip (Alfaguara, 2021).