FacebookFacebookTwitterTwitter

La partida infinita

A través de las raíces hindúes del juego del ajedrez, Murena despliega una serie de interpretaciones filosófico-religiosas en torno al problema de la acción en el denominado “pensamiento oriental”.

Inspirado en textos árabes, en Las Praderas de Oro, texto del siglo IX del historiador Almasuhdi, que contiene la más antigua descripción del juego, Alfonso el Sabio escribió en 1283 sus Libros de Acedrex.

El ajedrez se originó en la India. Representación de dos ejércitos enfrentados en el campo de batalla, la disposición de los contenedores es oriental: al frente la infantería (peones), luego los carros de guerra (torres), los jinetes, los elefantes (alfiles, en el origen un elefante con torres) y en el centro el rey con su consejero (convertido en reina o dama por la mentalidad caballeresca occidental de la Edad Media).

El drama de la partida se desarrolla en un mandala clásico, imagen simbólica de una ciudad, de un templo, de las fuerzas de una criatura. En su significado más universal es el campo de acción de las potencias divinas, escenario del combate entre devas y asuras, ángeles y demonios, que componen la trama de la entera realidad, con papeles cambiantes según las circunstancias, pues lo que hoy y aquí se nos aparece como el mal constituirá mañana y allá tal vez el bien.

Extensión del diagrama formado por cuatro cuadrados alternadamente blancos y negros, el tablero expresa la cambiante temporalidad, es imagen de Shiva, Dios como transformador, en la que cada casilla marca una de las fases fundamentales por las que atraviesa todo lo manifestado. La oposición del blanco y el negro indica el dualismo fundamental del mundo, los elementos ying y yang, la sucesión del día y de la noche, de la vida y la muerte.

64 es el número que resulta de la suma de la totalidad de los escaques y 64 es el número de las situaciones por las que, según el I Ching, el Libro de las Mutaciones, puede pasar todo lo creado. Ciertos textos representan el universo como 64 casillas que son los 64 kalpas o días del año de Brahma y 64 es un submúltiplo de 25.920, el número de años del gran año en que se cumple la precesión total de los equinoccios. Así la sabiduría zodiacal y las tradiciones india y china aúnan sus cifras para concentrar el cosmos en ese magnético cuadrado.

Uno ante el otro los ejércitos, el particular movimiento de lucha de cada pieza corresponde a las diversas facultades del alma. La marcha axial de la torre, que rectamente y sin dificultad atraviesa tanto el blanco como el negro, es el estilo lógico y viril del intelecto. El movimiento diagonal, siguiendo un solo color, de los alfiles, traza la continuidad existencial, femenina, de la pasión. El caballo, que salta, es la intuición cayendo sobre su presa. Mientras que el rey, que se mueve como quiere, tiene la libertad del corazón, del espíritu.

Alfonso el Sabio narra que un rey de la India quería saber si el mundo obedece a la inteligencia o al azar. Dos de sus consejeros le dieron opiniones opuestas y, para probarlas, uno de ellos tomó como ejemplo el juego del ajedrez, en el que la inteligencia prevalece sobre el destino, pero el otro mostró un dado, figura de la fatalidad.

En cada momento de la partida el jugador de ajedrez puede elegir libremente, aunque cada elección limita de modo inexorable las elecciones que siguen: la carga de karma de nuestras acciones pasadas hace presión sobre nuestros movimientos actuales. Mediante el estudio de las leyes que gobiernan el juego y previendo las consecuencias de sus elecciones, el ajedrecista procura cooperar con las potencias benéficas para conjurarlas en su favor. El jugador de dados se entrega ciegamente a la gracia. Gran humilde o soberbio en forma suprema, confiesa la nulidad de los actos individuales ante las disposiciones divinas. Son dos tipos humanos en apariencia opuestos, en realidad complementarios.

Hace mucho que el espíritu del ajedrez tiende a ser olvidado. Tal como se olvidó hace mucho el origen sacro de todos los deportes. El tablero desacralizado es el campo donde contienden infinitas técnicas, el ingenio y el genio, pero en el que no se lee más la batalla entre la criatura y el destino. Quien en ese espejo no sabe ver a los dioses de la vida, le convierte en un espectro trivial. Por la exacta precisión matemática con que la simbología religiosa se concentró en él, le cupo al ajedrez la suerte de verse degradado a mera diversión matemática.

La estructura militar del juego indica que estaba dirigido a la casta de los kshatriyas, de los guerreros. Debía servir para purgarlos de sus pasiones belicosas, de su afán de aventuras. Podía lograrlo enseñándoles que el hombre es libre en la medida en que conoce y reconoce las grandes leyes del juego-vida, que el hombre es libre en la verdad, y que fuera de la verdad es un esclavo del destino. Era una forma de conducirlos progresivamente del mundo de la acción al de la contemplación.

Que el juego mental por excelencia, que el supremo juego religioso estuviese marcado por la simbología bélica con que se llega a todos los hombres me resultó siempre un enigma escandaloso. Enigma confirmado y subrayado por el hecho de que el evangelio del hinduismo, el Bhagavad-guitá, también habla a la humanidad como si estuviera compuesta sólo por hombres de acción. ¿Quiere insinuarnos esto la mala nueva de que la casta superior, la de los brahmanes, no existe más que en forma nominal? ¿Dice de modo oscuro que no hay contemplativos entre los hombres, que no haya palabras que ayuden a crecer a los hijos de la luz porque éstos no han nacido ni nacerán? Tal vez no. Tal vez el enigma se disuelva en una alusión realista. Tal vez el helado y palpitante tablero nos dice que nunca se termina de alcanzar la pureza del estar libre de la acción, que incluso los esfuerzos mudos para llegar a la contemplación son acción, que la búsqueda de esa bienaventuranza es una partida que no cesa, ajedrez infinito, batalla de toda la vida, que es la vida.

 

* La Nación, 14 de marzo de 1971.

Notas relacionadas

El semiólogo y ensayista ofrece sugestivas claves de lectura para acceder a los distintos jalones de la obra de Murena. El texto que publicamos en formato digital apareció en el Nº 10 (1994) de la revista La Caja.

A partir de la idea de dominio (Herrschaft), Murena recorre los jalones del pensamiento negativo, en este ensayo publicado originalmente en el diario La Nación en 1971.

Poco antes de la publicación de Homo atomicus, Murena se interroga a sí mismo, para el diario La Razón, acerca de la literatura y la política global de principios de los sesenta.

Presentamos en versión digital el segundo ensayo que Murena escribió sobre la obra de Roberto Arlt, publicado originalmente en el diario La Nación del día 10 de octubre de 1971.

En julio de 1975, en el suplemento literario de La Nación, Vogelmann exploró las “antiguas huellas alquimistas” presentes en los últimos trazos de la obra mureniana. He aquí su versión digital.

En ocasión del segundo centenario del nacimiento de Goethe, el ensayista cuestionaba las interpretaciones en boga que afirmaban que el escritor alemán había traicionado su destino. He aquí su versión digital.

Presentamos la primera versión digital del comentario de Alejandra Pizarnik sobre el libro de H. A. Murena El demonio de la armonía (poesía). Este escrito pertenece al Nº 294 (año 1965) de la revista Sur.

Presentamos en formato digital un ensayo de intervención mureniano en torno al debate de los años cincuenta referido al problema de la racionalidad-irracionalidad del pensamiento de Nietzsche.

Este breve ensayo traza una “geografía espiritual del café” en la cual el silencio y el sentimiento religioso se destacan como modos locales de habitar dicho espacio. El texto que publicamos en formato digital pertenece al diario La Nación del día 4 de junio de 1950.

La escritura mureniana también fue objeto de análisis por parte de Carlos Correas. Presentamos aquí la versión digital de este artículo publicado en el Nº 2 de la revista Contorno.