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Las sagradas escrituras del peronismo

El ensayista postula un entramado de textos que, a su juicio, son fundamentales para pensar el peronismo.

Leopoldo Lugones fue a su época lo que Borges a la nuestra. Terrible sombra tutelar a conjurar, su obra, que involucra indisociablemente complejas operaciones de construcción de su imagen pública así como no menos raras recolocaciones ante la deriva de la historia presente, interpelaba a las conciencias literarias en forma ineludible, directa. No se podía ser indiferente a su voz −una voz de orden, dionisíaca, desmesurada, trágica, persistente−, que fue un modelo enorme a partir del cual definirse. Buena parte de las mejores páginas de Martínez Estrada, de Borges, de Astrada, estarían tramadas con sus reflexiones sobre la lengua literaria y la idea de nación en un diálogo que fue ya disputa sorda, ya emulación subrepticia, ya reconocimiento explícito, y que ciertamente laten como texto fundacional no reconocido en las lecturas actuales del peronismo. A balances del sino contenido en su nombre los dos primeros autores nombrados dedicarían sendos libros que llevan por título el nombre del poeta de Piedras liminares. Pero serán Muerte y transfiguración de Martín Fierro, para el profeta de San José de la Esquina, y Martín Fierro para el autor de El Aleph, tensionados en un haz crítico con El mito gaucho de Carlos Astrada, y que tendrían su forma última en Los hijos de Fierro de Solanas, los textos que conforman el mapa de la presencia eminente de la visión de Lugones en las letras vernáculas que pensaron en clave alegórica el peronismo clásico.

A las obras que acabo de mentar El Payador las contiene bajo la forma de la precursión; en sus páginas se propone, clásicamente, la imagen del gaucho como entidad emblemática de la argentinidad, surgido −construido– en el centro del sistema literario decimonónico bajo la forma de un poema épico, el Martín Fierro. Al constituir la pregunta central a partir de la cual se define la peculiaridad de las ficciones vernáculas –¿qué es un gaucho?– Lugones deviene el inventor del núcleo fundante de la literatura argentina.

El Payador esgrime un ademán que va de la indagación de las formas raciales, sociales y culturales que asumió la figura del gaucho, hasta las variantes religiosas, filosóficas y políticas con que acuñó su vicisitud histórica. Los gauchos, forma híbrida de españoles cruzados con árabes, se mixturaron aquí con indios; constituyen así una “sub-raza de transición”, que ha de ser eficaz contención contra la barbarie en tanto participa de su naturaleza y a la vez de la de la civilización, cuyo estímulo porta –es su tesis–. Pero los mestizos fueron desplazados en los trabajos urbanos por los esclavos negros, y se afincaron en las fronteras: nace allí la visión de la orilla, del margen. El orgullo que heredó del hidalgo le impedía los trabajos serviles –explica Lugones–, preparando su relato del honor. El gaucho tuvo el dominio de la pampa a caballo; su soledad, la inmensidad de su experiencia, el desamparo, forjaron su autosuficiencia y lo hicieron proclive a la serenidad, la meditación, que labraron su sobriedad de carácter. El vigor, la aventura, no van reñidas con la compasión, la cortesía, la elegancia que lo animan. Su melancolía conlleva virtudes sociales como el pundonor, la franqueza, la lealtad, que faltan al “salvaje” y son atributos del gaucho. Pero este no carece de falencias que labrarán su desdicha. En condiciones críticas da curso al atavismo salvaje que lo habita: es cruel en la guerra, brutal e iracundo, misántropo. Ocio y pesimismo son también legados de españoles e indios. Rebelde contra la autoridad o la propiedad del rico, es justiciero por propia mano. Pero si bien en su errancia no halla querencia, la pobreza lo hace libre. “La vida del hogar fue, así, rudimentaria para el gaucho, y por consiguiente, baladí en su alma el amor de la mujer”; “el no fue amante, sino de la libertad” –sostiene Lugones–, con palabras que a cualquier lector de El mito gaucho astradiano, y, más en general, a cualquier argentino, han de resonar conocidas.

De modo que su mirada va haciendo de la figura social un tipo humano que tiende a traspasar sus condiciones de emergencia. “Fácil será hallar en el gaucho el prototipo del argentino actual” –sostiene–. Pero, alarmado ante la audacia que está proponiendo, y que de hecho alentará su legibilidad ulterior, hace la salvedad: “No somos gauchos, sin duda, pero ese producto del ambiente contenía en potencia al argentino de hoy, tan diferente bajo la apariencia confusa producida por el cruzamiento actual”. “Cuando esta confusión acabe, aquellos rasgos resaltarán todavía, adquiriendo, entonces, una importancia fundamental el poema que los tipifica, al faltarles toda encarnación viviente”. De esta frase surge toda la literatura posterior. Y contiene en clave profética buena parte de la política argentina también, que tratará, precisamente, de darle carnadura viviente a ese poema.

La aparición del gaucho favoreció la independencia porque impidió la total españolización –sostiene–, pero también la guerra gaucha llevó a que defendiera aquel medio donde había nacido, contra la “civilización transformadora”. “Por eso estuvo con los caudillos cuya política pretendía mantener las costumbres de la antigua colonia en la república”. Hay en él un impulso retardatario inscripto en su origen mismo. El surgimiento de las relaciones personales con el caudillo en la vaquería es narrado en forma curiosa por el ex anarquista Lugones: “Como la moneda escaseaba mucho, los peones tenían por salario una parte del botín, poco valiosa, después de todo, en aquel comunismo de la abundancia, de suerte que su dependencia del patrón era, ante todo, un arrimo por simpatía”. Queda así comprendido, y, de algún modo, excusado, el personalismo que animará figuras de gran relevancia para nuestra historia, de Calfucurá y Rosas a Yrigoyen y Perón, fantasmas pesadillescos para el pensamiento oligárquico. Pero al gaucho el destino le jugó una mala pasada. “La política que tanto lo explotó, nada hizo para mejorarlo”. “Él, como hijo de la tierra, tuvo todos los deberes, pero ni un solo derecho, a pesar de las leyes democráticas”. Paria en su tierra, fue pospuesto por el inmigrante que valorizaba la tierra para la burguesía. “Ya no necesitaba de él la patria injusta, entonces se fue el generoso. Herido al alma, ahogó varonilmente su gemido en canciones”. Mas allí quedó el poema hernandiano, que, en tanto poesía épica, “encarna la vida heroica de una raza”.

Los héroes son para Lugones ejemplares humanos superiores, que proponen al futuro un ideal de verdad, de belleza y de bien que hacen a su calidad moral, y es la épica, que procede al elogio de sus empresas inspiradas por la justicia y la libertad, la que sustancia la nueva nación. Los trovadores rurales son los portadores de la lengua que desgajada del tronco grecolatino elude el cristianismo, al cual Lugones, lector de Nietzsche, considerará “religión de esclavos”. La poesía es agente primordial en la creación de un nuevo lenguaje; otro castellano estaba en ciernes en la lengua del payador. “Si la justicia es el bien asegurado a cada uno por la sociedad, el honor es el correspondiente sacrificio que la sociedad exige a cada uno”: el Martín Fierro canta ese destino gaucho. Su noble linaje hercúleo habita como una sombra la nación futura. Había entonces que definir un sujeto que lo soporte y encarne el mito actualizado.

Grave decisión la de fundar la subjetividad nacional en su figura, por la contravención del ya para entonces incuestionable esquema sarmientino, a cuya indeseada consecuencia –el “aluvión zoológico” de italianos y españoles que venían a desgarrar la “pureza” criolla del tejido social– se le sumaba otro dilema no menor: qué hacer con la Iglesia, con la abominada herencia cristiana. Lugones, como Perón, adscrito al incipiente vendaval de ocultimos de la mano de Blavatsky, sorteará ambos bretes con gracia en una operación de lo más curiosa, que fundamenta El Payador. Pues sostenía que el gaucho era heredero del “centauro arábigo”, imbuido de un panteísmo animista, que descreía de las instituciones y, en general, de los valores consuetudinarios de la civilización. Con lo cual eludía en un solo movimiento dos milenios de imaginario cristiano bien asentados.

Aquella propuesta del gaucho mitológico como entidad que conjuga la diversidad nacional será recogida, con lenguaje filosófico de hálito heideggeriano, por Carlos Astrada en 1948. El mito gaucho opera en el conjunto de textos que formulan el problema de la identidad colectiva como una actualización del dilema lugoniano, con el peronismo –gruesa utopía plebeya que atropellaba la historia con su insolencia feliz en las calles–, como telón de fondo. Astrada se propone en su texto una descripción del tipo antropológico argentino, con sus estilos y caracteres propios que lo distinguen claramente; su cosmovisión panteísta y telúrica, que diseña en términos de una teología popular, su pertenencia al mito de la estirpe, en relación al cual construye su gracia o desdicha en el devenir histórico, etc. aparecían diseñados en el Martín Fierro. De aquellos rasgos deriva incluso una filosofía política, a la que Astrada llama gauchocracia comunitaria, cercana a la Comunidad Organizada justicialista –y, por supuesto, ya distante de las ínfulas fascistas de Lugones–, mas dotada de una cierta reserva hacia el Estado y sus detentadores, y una impronta más fuertemente societalista e igualitaria, que hace de la mezcla, de la hibridación social –ya no racial–, un modelo de hombre nuevo que será la argamasa de la emancipación futura. Lo que le permitirá reformular en clave revolucionaria marxista el mito de los argentinos cuando los años sesenta lean la saga de Fierro y sus hijos con ánimo redentor.

Aquella posibilidad será también claramente percibida como el problema mayor de la herencia decimonónica por Martínez Estada, el más lúcido de los gorilas, que el mismo año ‘48 entregará en Muerte y transfiguración de Martín Fierro su intento de conjura del epos nacional en el texto al que ve como propiciador de un Facundo redimido, y por tanto merecedor de un nuevo Sarmiento. Ya desde comienzos de la Década Infame la sombra terrible del centauro pampero se le había aparecido como premonición del mal: irredimible, la Argentina peronista que corroboraba aquellos terrores lo empujaba a irse, a combatir al monstruo con su verba engastada de alegorismos morales desde algún refugio resistente. La existencia desdichada de este hombre que hubo de recluirse en su ostracismo electivo de Bahía Blanca se vería puntuada por el drama de la enfermedad: Martínez Estrada tenía un problema de piel con el peronismo. Su cura sería verbal: disparará ensayos desde el vértigo horizontal del lecho como quien recita un ensalmo piadoso a manera de ofrenda.

La estrategia empleada en Muerte y transfiguración será curiosa: contra toda evidencia, el radiógrafo infatuado trataría de sacar de los manoseos de la historia al poema devenido epopeya nacional. Para ello necesitó no sólo aislar el texto de sus filiaciones e incidencias más obvias sino –y sobre todo– menoscabar sus figuras centrales. Urdió entonces una estratagema extraordinaria: les confirió un animismo extremo a los personajes, quienes según él ingresan en la trama para dislocar sus cimientos, liberados de la tiranía del autor. Pues para sorpresa de cualquier lector del poema Martínez Estrada sostiene que Cruz es el personaje primario, alter ego de Hernández, que con su irrupción en el texto anula la voz de Fierro, su “anti él”. El encuentro con Cruz mata a Fierro, le quita su empresa de insurrección; el rebelde ha sido desarmado para siempre por el traidor advenedizo, sostiene. No cabe duda: el sargento Cruz, un militar de rango menor que se pasa de bando y plegándose al destino del perseguido decide cambiar de pelaje, transformarse en su otro, remite en 1948 de un modo inmediato a Perón, “el jefe de sus propios enemigos”, como lo llamaría León Rozitchner. De modo que por esa cuerda la verdad del Martín Fierro exhumada por un sagaz psicoanálisis silvestre es siempre moral y reside en un más allá del texto.

Por su parte, y en una cuerda similar, Borges advertirá el riesgo de asomarse a esa bestia del imaginario colectivo, pero no dejará de caer en la tentación de invocar su sombra en sus propias ficciones: será su veta populista de cuño yrigoyenista, poblada de orilleros, gauchos malos, justicieros y arbitrarios, cíclicamente retornante, su modo de proseguir aquel impulso épico alumbrado por Lugones. El suyo es también un relato del honor. Pero, retráctil ante su deriva política, preñada de peronismo, pondrá esa afición en términos de puja entre sus dos linajes: Inglaterra y las pampas. Y cuando no le rinda la distinción, proseguirá camino hacia la parodia inclemente: “La fiesta del monstruo”. De allí surgirían las vanguardias estéticas setentistas que actualizarán el mito: Osvaldo Lamborghini con su gauchesca paródica conducirá al abordaje tardío y parcializado de Josefina Ludmer, que, sin embargo, no percibe más que superficialmente el problema de la catarsis política que implica la deriva del texto en el país. El peronismo produjo una insurrección de la lengua que lo transforma en una cosmovisión apropiada para decir la política argentina.

Y es que su vanguardismo extremo no es un dato menor en ese devenir. Puesto que hay en el peronismo, e incluso en Perón, un movimiento de transgresión permanente del ordo rerum: la gramática del mundo. Perón reformula continuamente lo pensable, conmoviendo las certezas más levantadas, traduciendo todo a su propia lengua; hace ingresar todo en su lógica, a la que llama estrategia (pero que, según Horacio González, bien podría llamar retórica). El anhelo comunitario, entendido como la igualdad de las identidades sobre la base de una identificación con un sujeto difuso llamado Argentina, a la que se metonimiza con el propio movimiento de emancipación nacional que él encarna, procede de su más honda entraña nihilista, desde la que funda con su decir que, según la fórmula de Ludmer, es un hacer el deber ser. Pero ese anhelo prescriptivo en la historia fáctica está tramado de institucionalidad, con la máxima paradoja de que nunca el peronismo construyó esa organicidad institucional: en permanecer en estado de deuda hacia esas cristalizaciones, herencia desoída de la tradición republicana, estriba su perennidad, su carácter proteico, la metamorfosis transformadora de su acción. Y su limitación –cuando no su peligro–, también.

La destitución, el dislocamiento fundamental del habla de los argentinos que produjo el peronismo, lo que Jack Nahmías ha llamado el nuevo pacto poético que propuso al país, conducirá por su cuerda paródica a lo que Néstor Perlongher llamará “poética del enchastre”. Con el peronismo ingresan legitimados en la literatura argentina los cabecitas negras, los grasitas, con sus desfiles de morochas bizarras, sus obreras reinas que metaforizan a su emperatriz berreta, a su princesa ordinaria, su falsa rubia con rodete y ajuar de novia eterna, sacra, virginal, advenediza resentida producida por el mundo del espectáculo. O con sus obreros contentos, brutales, sindicalizados, sujetos a encuadramientos verticalistas pero desmañados en el griterío y la trifulca de la patota que sigue al bombo, obreros chuscos –“dioses mugrientos” los llamará David Viñas–, no como los que quiere la izquierda, obedientes y circunscriptos, sino obreros que sólo se ponen un poco solemnes cuando se acogen al ritual de celebración de su identidad cada 17 de octubre, misa laica del evento epifánico donde todo comenzó. Reivindicando este carácter bastardo Rodolfo Kusch irá más lejos: hablaría de un saber de la hediondez, y postulará que hay un caminar con el mal, un estar en convivencia armoniosa, a base de sacrificios y donaciones de toda índole, con el mal, al cual se concibe en América como no expurgable –apenas, eso sí, domeñable–. Ningún soplo del Espíritu –la razón moderna– conjura su presencia, que es destinal. La búsqueda del camino es entonces “el andar del dios en el vacío”. Camino hecho de palabras que operan sobre, o, más bien, que son la realidad. Con lo que, pese a su lenguaje místico, se coloca cercano a la legitimación del populismo como forma dilecta de la política democrática que propone hoy en día Ernesto Laclau.

En el peronismo hay un logos que funda la cosa pública, la República, porque hay una poiesis: ambos se tensan, dialogan y se esquivan. La patria, el movimiento, los hombres, traman su dialéctica imposible. A menudo el peronismo prohíja un lenguaje críptico, hecho siglas: PECINCO, MRP, la EME, la OPM, las 62, ALN, ARP, FAP, FEN, JUP, JTP, etc. Por lo demás, en el peronismo clásico confluyen innumerables corrientes del pensamiento y la acción histórica que se articulan en ese conglomerado al que el propio Perón llamó Comunidad organizada. Fortines nacionalistas – Socialismo liberal – Socialismo sindical – Anarquismo soreliano (Belloni) – Fascismo italiano – Falangismo español – Nacionalsocialismo (movilización total) – Keynesianismo – Estado de Bienestar: Una nueva argentina de Alejandro Bunge – Radicalismo forjista – Conservadorismo clientelar – Laborismo británico – Taborda: (facundismo) – Federalismo comunitarista restauracionista (Guardia de Hierro). Hay un Modernismo industrialista hegemonizado por el ejército, donde el Estado es percibido como fuerza sustituta de la burguesía nacional (tesis de Trotski que recoge Abelardo Ramos, etc.). Hay un Fundamentalismo católico peronista (Civitas Dei de Nimio de Anquín y Jordán Bruno Genta). Hay los Curas obreros. Hay un Comunismo peronista (Puiggrós, Astesano). Un Entrismo trotskista (Vasko Bengochea, Nahuel Moreno). Un Decisionismo jurídico: Sampay y la Reforma Constitucional del 49. En fin: hay un Liberalismo peronista que va de la celebración de San Martín en su Centenario (Congreso de 1950), de Echeverría (1952), escena donde Halperín Donghi y Agosti probarían sus claves. El uno antiperonista, el otro, poniendo a prueba su gramscismo incipiente, en busca de claves nacional-populares de comprensión del fenómeno argentino. Enclave que irá incrementándose con el auspicio de la edición de las Obras Completas de Sarmiento, y que tuvo su momento máximo cuando el propio Perón produjo la imposición de su nombre a un ramal ferroviario nacionalizado, siendo los otros Roca y Mitre: nada de rosismo ni populismo. Hay un cierto Hedonismo al estilo norteamericano, con su ideal de disfrute material y la constitución nuclear de la familia burguesa, que de algún modo aparece resquebrajada por la modernización de la figura femenina: la mujer trabajadora se vuelve autónoma económicamente, se potencia la profesionalización de la mujer de las clases medias, etc. Es decir, nuevamente la paradoja: del trabajo a casa, pero pasando por el sindicato. Pero hay también un aliento insurgente que remeda en las estampas de realismo socialista la identidad combativa del movimiento obrero peronista. Hay un Perón masón, lector de Levene, pensador de una historia providencial habitada por fantasmas napoleónicos y licurgianos que aprende en la lectura del historiador católico César Cantú y que le brinda a él y a Evita una cómoda y auto-referencial teoría del héroe. Hay un Peronismo judío (Borlenghi, Diskin, línea que llega hasta Horacio Verbitsky), un Peronismo árabe (Jorge Antonio, Envar el Kadri), etc. En fin, un peronismo que es Desvío de la revolución, o atajo hacia ella, o etc. pero nunca un momento de consumación, contra toda evidencia. Cualquiera lector podría prolongar la serie indefinidamente: así de proteico es el peronismo, forma moderna del mito de la argentinidad creado por Hernández y actualizado por Astrada. Y, por supuesto, por Perón y Evita.

En el peronismo hay una toma de la voz del otro social, del subalterno, como sucedía en la gauchesca donde el estanciero hacía hablar al gaucho, pero muta sus sujetos históricos: hay un devenir urbano y obrero industrial del peón rural; y hay un devenir colono del campesino pobre. Hay una distorsión de la lengua gaucha con la activación relativa del campesinado y el movimiento obrero rural, con la ley de arrendamientos, los planes de colonización, y con el estatuto del peón. Pero sobre todo hay un movimiento migratorio que se constituirá en la base social ampliada de articulación en la orilla –borgeana y arltiana– de la política peronista: el obrero del frigorífico es la figura de transición y de transacción entre el campo y la ciudad, entre el ontos y la polis. En Perón solo aparecerá ese lenguaje como resto atávico, su verba picaresca engastada de gemas gauchipolíticas, donde el laboreo de la retórica por el radicalismo yrigoyenista no es un dato menor, hace que su discurso aparezca inficionado de tonos y algunas metonimias de resonancias martinfierrescas pero sin darle mayor entidad a lo que hoy aparece bajo la figura del “campo”.

Si como se viene repitiendo hace añares “La fiesta del monstruo” de Bioy Casares y Borges remite, al borde del menardismo, a El matadero echeverriano, se podría pensar a El fiord (1968) de Osvaldo Lamborghini y “Evita vive” (1975) de Néstor Perlongher como su venganza simbólica, su retruécano despiadado y gozoso. Son estos los textos de la abyección para decir la palabra maldita del país tilingo, que roturan la lengua para dejar su aullido seminal como una marca inobviable. Con sus visiones desaforadas reinscriben en el mapa político un revés paródico de la gauchipolítica que será repuesta en el conflicto actual entre el gobierno y el así llamado “Campo”.

Aunque la parodia introduce lo que en la lengua blanca quedaba afuera por pudor: lo bajo, lo oneroso, lo rastrero, en fin, lo abyecto. Introduce la carne en la lengua. O introduce la lengua en la carne, como sea. La conmueve en sus cimientos, a los que muestra con desparpajo. Se trata de un exhibicionismo de la violencia constitutiva de la concordia social: vanguardia y transgresión, soportada en sujetos reales: no solo los negros cabeza, cuyos malos modales enervan las buenas conciencias tanto oligárquicas como “progresistas” –progresismo que expone así su profundo conservadurismo– sino también los putos peronistas obscenos como Jamandreu, o canutos como Pirovano. Ambos con ínfulas culturales del show business o refinamientos de Recoleta, pero también los putos que en su opción por los chongos de Retiro, como Gombrowicz, entienden que en los andurriales de la sociedad, en sus excesos, sus sobras, se juega el destino de la identidad. Muchos de los cuales se ampararán –harán entrismo– ya en Sur merced a los buenos oficios de José Bianco –y se sabe que esa opción lo condujo, producida la revolución cubana, a su execración por VO y su expulsión–; ya en Contorno. En ese magma Borges y Bioy Casares lucen sus ínfulas con una lengua desmadrada, desaforada, impensable en ellos; y de allí partirá el balance de la gauchesca de Lamborghini. Y de este, de su retórica obscena, la revisión en clave utópica, de la figura de Evita por parte de Perlongher, alocado, desbocado, abocado a tomar la palabra desmadrada de aquella hembra muda que habita sus escenas necrofílicas. En ese sentido no hay que olvidar que La razón de mi vida es el intento de la –imposible– sutura entre la autonomía de la voz que es heterónoma en su fantasmalidad en la medida que resulta ventrílocua a la segunda potencia, pues Evita habla a través de un tercero, a través del personaje que ha encarnado, en el que se ha convertido: doble mascarada; doble préstamos de voces y la dependencia de la voz que es su hombre, Perón, que por momentos usurpa el lugar del relato. Ella es la hembra del relato de Perlongher, dotada de todos los atributos de la transgresión y las potestades deseantes que la hicieron emblema por antonomasia no solo de la liberación de los subalternos, simbólica en su verba encendida, pero imaginaria también: Eva es lo que las hembras, las obreras, las costureritas que dieron el mal paso y se desgracian por malos matrimonios o las muchas y tristes pariciones, no pueden ser. Es la vengadora: movimiento, entonces, inverso al de Perón. Ella toma, es usurpadora de un sitial de poderío al que transmuta por apropiación: no será como las damas de la sociedad de beneficencia, que la rechazaban, será algo superior, la propia virgen roja, la vestal egregia que enfrenta a los poderes constituidos con su solo cuerpo frágil y batallador, su voz trémula y flamígera, una Juana de arco de radionovela, el pelo teñido y elegancia de trajecito sastre. Toma un lugar, es prometeica, roba el fuego sagrado del que se infunde su imagen y su verba incendiaria, radicalizada. No ya las palabras, el discurso bienpensante, sino otra música, la de las multitudes –el grito desafinado en el medio de la pampa, como llamó Astrada a su filosofía, el grito sagrado del himno: la más maravillosa música– será la base de su ser en el mundo, su sustento anímico.

Desde un recodo de su programática Respiración artificial, hace ya casi tres décadas, Ricardo Piglia lanzaba el desafío: “¿Quién de nosotros escribirá el Facundo?”. Aunque también podría haber dicho: ¿quién rescribirá El Payador, El mito gaucho, o Muerte y transfiguración? El formidable ensayista Horacio González, con hábil mirada escrutadora y un delicado gongorismo filosófico daría su propia respuesta al convite en dos libros claves de la ensayística argentina: Restos pampeanos (1999) y Perón, reflejos de una vida (2007). Si en el primero el enigma de la pampa aparecía como la búsqueda de un secreto encriptado en las voces de las literaturas que la acuciaron, la biografía de ese otro nombre fundamental de nuestra historia, que por momentos la abarca y excede, opera como un conjuro sarmientino, entre la auscultación desapegada y la pasión crítica, al mostrar su revés de trama en los textos que lo conforman.

“¿Qué es Perón?” –no “¿qué es el peronismo?” ni “¿quién fue Perón?”; sino “qué es Perón”–: ésa es la pregunta que sustancia el libro. Porque para el Director de la Biblioteca Nacional Perón es, en primer lugar, un nombre, una palabra que sabe de su poderío sacramental conferido como un don por el movimiento histórico, al que trasciende, cuyo portador construye desde su propia sonoridad puesta en boca de sucesivos detentadores la clave batiente de su persistencia. Perón, en el juego pendular de la cesión de su nombre, alberga la bendición que otorga legitimidad así como la maldición que condena. Aunque esa maldición, como en el marxismo baudelaireano de Cooke, pueda ser también la contracara del irredentismo resistente: el hecho maldito del país burgués, con su carga de descalabro, se vuelve tragedia y promisión al mismo tiempo.

Como en sus propias estrategias estilísticas en las que son convocadas las potencias anímicas de los textos que, libres de las mallas de sus espacios de enunciación originarios, admiten cruces inauditos, el Perón de González aparece como un gran retórico libertario –digámoslo: borgiano– que procede a una apropiación de los lenguajes más inusuales para construir un evangelismo de Estado cuya versión más eficaz correrá por cuenta de Evita al darle perdurables razones a su vida mitológica –aunque lo haga a través de un escriba ventrílocuo–. Más cercanos de lo que podría pensarse, Borges y Perón, los más hábiles “plagiarios” de la literatura nacional, devienen así los mayores estrategas de las guerras retóricas que llamamos Argentina. Como Borges, González escribe con toda la biblioteca. Y con toda la lengua. Propone un Perón que ejerce el mando a caballo de una guerra apalabrada que cuando trueca sus ensalmos mágicos por órdenes llama al conflicto. (En ese sentido, el ejemplo máximo del drama retórico en juego será el de los Montoneros, quienes al desdeñar la metáfora y sustituirla por la atroz poética cruda de los actos propusieron el fin del pacto lírico de la concordia simbólica). En la panoplia lingüística de Perón circulan batallas romanas, evangelios de urgencia, retóricas antidogmáticas, voluntarismo clausewitziano y gauchesca pícara que cosen los ropajes de que se inviste y desviste auspiciando interpelaciones de alta eficacia. La liturgia peronista está provista de gestos bautismales, ungidos con la pasión evangélica de la lengua encendida de Evita, musa inspirada que convoca el alma de Perón como el numen del país redimido en un texto que, según descubre González, resuena con ecos impensados de León Bloy y José Ingenieros (“hombres comunes” dice Evita, no “mediocres”, a los que contrapone el gran hombre: Perón, el hombre del corazón y del destino, pero ella misma también). Lo apócrifo del texto peroniano es entonces el núcleo de su resistencia y persistencia proteica: la bastardía de origen, duplicada en el desparpajo con que se apropió de citas romanas, jacobinas, martinfierristas o franquistas, es la contracara de su ductilidad y de la de sus enunciados, lo suficientemente ambiguos como para ser cabalmente performativos en sus usos a lo largo de una cadena de desplazamientos históricos. Se trata, nuevamente, de aquello que llamamos mito: la sentenciosidad del Viejo Vizcacha –que implica las artes de la impostura, la investidura un poco fraudulenta y de doblez picaresca– ligada al código de honor militar o a los lenguajes alzados de la insurgencia de masas, sin desvelarse por la contradicción interna de su conjunción, darán el índice de su pertinencia pero también constituirán el ominoso huevo de la serpiente a conjurar.

Perón es para González lo que para Sarmiento fue Facundo. Facundo, aún pese al ánimo exorcizante con que fue interrogado, merecía a Sarmiento. Perón, sin duda, dio en el cadencioso González con su exégeta mayor.

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