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La juventud imposible

A propósito de Angelitos empantanados (Norma) de Andrés Caicedo.

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Angelitos empantanados (o historias para jovencitos)
Andrés Caicedo
Grupo Editorial Norma, 2008
Colombia

 

 

 

 

 

 

 

Nadie se sorprenderá, supongo, si digo que la primera vez que vi mencionado al colombiano Andrés Caicedo fue en una nota del escritor Fabián Casas[1]. Aunque si lo pienso, me doy cuenta que su nombre me sonaba conocido, acaso por habérmelo cruzado en algún artículo de Roberto Bolaño, dado que la figura de Caicedo bien podría integrar el exagerado canon del chileno, su romántica tertulia atiborrada hasta el cansancio de escritores trastornados por el abismo, de empecinados literatos aficionados a la derrota.

Sea como fuere, no es sorprendente que a Casas le guste la obra de Caicedo. Si he de juzgar por lo leído, puedo sin muchos esfuerzos encontrar un largo abanico de puntos comunes entre los cuentos del propio Casas en Los Lemmings y otros y las tres « nouvelles » que conforman el Angelitos empantanados de Caicedo. Los dos libros abren −a partir de un conjunto de textos aislados en los que se entrecruzan temáticas, lugares y personajes−, la posibilidad de una novela despojada de las usuales necesidades de unicidad o de coherencia interna, prefiriendo diseminar desde diversos puntos los elementos que estructuran el conjunto, proponiendo al lector seguir los rastros de una “novela en marcha”, según la fórmula del crítico español Ignacio Echevarria[2]. A su vez, ambos libros saben idear un modo afín para narrar ciertas condiciones políticas y sociales sin hablar jamás directamente de ello, optando por diseminar rastros, alusiones, momentos o sensaciones en los puntos de vista de una realidad narrada por los que la viven. Así, Casas se adentra sin pesadez en los años del proceso, y Caicedo, sin subrayados excesivos, en la consuetudinaria violencia colombiana. Y lo más importante, a los dos autores, a la hora de pintar la juventud, no les falla nunca la mano. Pocos libros son capaces de recrear con aparente facilidad tanto el idioma como el modo de ver y pensar del mundo de los adolescentes, sean estos unos “pibes” porteños del barrio popular de Boedo o unos “pelados” de los barrios ricos de la ciudad colombiana de Cali. Tanto en Casas como en Caicedo el habla cotidiana fluye con insospechable rigor, y ya se sabe qué difícil es recrear, con los arduos materiales de la ficción, los ritmos y las proezas de un habla coloquial convincente.

Claro que existe una diferencia fundamental entre los libros de Casas y Caicedo, que reside en la perspectiva desde la que se mira la juventud. Si la escritura de Fabián Casas la recrea desde un puñado de recuerdos personales elaborados en el molde de una mitificación nostálgica −para no decir reinvención pura de su propia juventud−, Andrés Caicedo encarna en cierto modo por sí mismo la juventud, volviéndose así, digamos, casi el signo o el símbolo de una juventud hecha literatura. El escritor caleño, es sabido, se suicida a los veinticinco, en 1977, respetando de tal modo, y a la letra, uno de sus más famosos lemas, ya que vivir más allá de veinticinco años se le antojaba una “insensatez”.

Resultaría, no obstante, un poco fácil o equivocado reducir su trabajo a la mera depuración de su propia experiencia “joven”. La firmeza estilística, la poderosa capacidad abarcadora de la “voz” que guía al lector durante todo el trayecto del maravilloso y terrible libro que es Angelitos empantanados, debería bastar para inducirnos a considerar el trabajo puramente literario de tan logrado resultado. Mejor admitir con Alberto Fuget, como dice en la contratapa del libro, que Caicedo no era para nada un “Jim Morrison que quería vivir la vida al máximo” sino un personaje “extremadamente necesitado de las artes”. De modo que Caicedo no era, me parece −pese a su pinta de “estrella de rock” (Fuget dixit, otra vez)− de esas románticas figuras que escriben de prisa y con sus “entrañas” una especie de obra “fatal”, y si en pocos años logró dejar una pila considerable de textos inéditos (sólo publicó en vida la novela ¡Que viva la música!, que salió de imprenta a los pocos días de su muerte), el asunto no debería alentarnos a menospreciar el valor de tal escritura. Angelita y Miguel Ángel proclaman deslumbrantes monólogos que ostentan el brillo, la fugacidad pero también la soltura de una narración que parece concentrar todas las posibilidades positivas como negativas de una juventud ya consumada de antemano. Caicedo era un escritor en estado puro, y su escritura lo tenía todo desde el principio. Su obra, o por lo menos tal es la impresión que nos deja la lectura de Angelitos empantanados, ya estaba hecha, sólo faltaba escribirla, como si el acto estricto de la escritura en sí no conformara ningún lastre sino una simple contingencia que necesita ser llevada a cabo únicamente para que se complete el círculo que va del “ser escritor” al “escribir libros”. Caicedo ni siquiera sentó la necesidad de esperar en vida a ver su obra publicada. Para él no era necesario. “Primero publicar, después escribir” decía Osvaldo Lamborghini, “Primero vivir y escribir, después, nada” hubiera respondido el colombiano, guiado por la voz poderosa del que, escribiendo, adquiere la lucidez y la certeza de saber que todo ya está jugado. Obra-vida, cierto, un escritor escribiéndose a sí-mismo desde el marco de su propio y perfectamente delineado mito, como si el mito viniera antes que la obra, o, a lo mejor, al mismo tiempo: obra-vida-mito, como un conjunto que no debería sufrir dispersión alguna. Salvo que el tiempo pasa, y que la obra también puede ser leída por sí misma, desde los textos y no solamente desde la biografía. Sus personajes cobran vida fuera de las circunstancias peculiares en las que vieron la luz, aun cuando podemos soñar que comparten cierto parecido con su creador.

Aun cuando la figura de Caicedo pueda pensarse como maldita, su literatura desarrolla, no obstante, una potente vocación afirmativa. Si cupiera imaginar a alguien que no sabe nada de la juventud –alguien por ejemplo que haya nacido viejo–, bastaría con ofrecerle leer este libro par garantizarle el descubrimiento de la juventud en estado puro. Una juventud-mito, una juventud-permanencia. Pero también, una juventud-trampa, como una afirmación que se cierra sobre sí misma. En Angelitos empantanados, los jóvenes que nos narran las nimiedades y los grandes acontecimientos de sus vidas cortas, hechas de amoríos relámpagos, de amistades egoístas, son puro deseo, violencia, violencia del deseo y deseo de la violencia: lo quieren todo aquí y ahora, aunque a su vez se dan cuenta que al final no se quedarán con nada, ya que ni ellos mismos quedarán. Son, ¡qué sorpresa!, unos jóvenes suicidas. Porque el envejecimiento es infame, porque no hay saber o pureza que valga tanto como el hecho mismo de ir hacia algo. ¿Hacia qué? Hacia la posibilidad absurda y por eso tan poderosa de ser uno mismo, entero: acá, ahora, definitivamente. Un tiempo condensado en un instante que sería todos los instantes. Un ir hacia adelante, sin adelante. No hay nada de bildungsroman en la escritura de Caicedo, sus chicos no construyen poco a poco su sensibilidad a través de la experiencia sino que eligen simplemente vivir la experiencia. Nunca arribarán, de todos modos, a ser adultos. Ya están, en cierta manera, maduros desde la inmadurez absoluta, como si hubieran nacido así. Y la forma (en el sentido gombrowicziano de la palabra) no resistirá al intratable y todopoderoso trato de un egoísmo sin parangón.

En los tres cuentos o nouvelles del libro parece que todo debe resolverse según dos únicas modalidades: la renuncia o la muerte. Enaltecer una vida que resplandecería con el brillo insoslayable de un instante único que lo condensaría todo, equivale a fin de cuentas a renunciar a la posibilidad del menor instante, ya que no hay instantes sueltos sino sucesión de instantes. Y la sucesión no podrá sino resultar estrafalaria. He dicho nimiedades y grandes acontecimientos, pero en verdad de lo que se trata es de alguna forma de decepción. Angelita quiere para su cumpleaños bailar con su padre, pero él, borracho, le vomita encima. Miguel Ángel está enamorado de Berenice, pero ella lo va a abandonar pronto. Angelita y Miguel Ángel se hacen unos amigos en los barrios pobres, pero la principiante noche de amistad y “mutuo entendimiento” más allá de las diferencias sociales acabará en muerte, sangre y violencia. Eludir o más bien suprimir lisa y llanamente la posibilidad misma del envejecimiento es disponerse a eludir contiguamente la decepción. Salvo que nada se elude cuando en realidad todo se consuma, irremediablemente. De modo que por mucho que buscarán la afirmación, los personajes de Caicedo al final solo caerán en una continua decepción, y ahí radicará su maldición. Lo tienen todo aunque nunca logran asirse de nada. La juventud en Caicedo siempre resbalará sobre la superficie misma de su intrínseca imposibilidad, como una conmovedora trampa que uno se va infligiendo a sí mismo.

Violencia, desigualdad: los chicos de Caicedo se mueven en un ámbito hostil. Aún cobijado detrás del telón de una procedencia de alta alcurnia, no podrían pretender escapar del todo a la realidad del entorno. Aunque no se sabe si la ven, ya que tienen una mirada altamente selectiva. La Cali en la que vivía Caicedo era sin duda una ciudad violenta, agitada, convulsiva, y esta realidad se trasluce en los textos de Angelitos Empantanados, aunque sotto voce, no tanto como un ruido de fondo que no tendría sentido omitir, sino como un signo más de precariedad para la corta vida de unos febriles jóvenes. Acaso la cifra de un destino. No se trata de todas formas de literatura política o social: el egocentrismo prepotente de los narradores arrasa de antemano con cualquier pretensión de ese tipo. Un egocentrismo obrando como una frontera, un límite, el embudo que va reduciendo drásticamente cualquier verificación objetiva de lo que sucede afuera. La percepción del mundo que tienen los “pelados” de Caicedo resbala sobre sí misma, igual que su juventud inapelable que se escurre perpetuamente mientras se la observa consumarse a toda prisa. Miguel Ángel vive en una casa antigua, que perteneció a uno de los fundadores de la ciudad. La casa no queda en el centro de la ciudad, sino en sus bordes. Difícil no leer eso como un símbolo, el del aislamiento, el de la soledad absoluta en la que viven esos chicos, una vida al borde. Unos adolescentes que prefieren −quizás porque no tienen otra alternativa− imaginarse como huérfanos. No porque lo sean de veras, sino porque sus padres son seres improcedentes, fantasmas derruidos por la enfermedad o el ridículo. Así que no hay hogar alguno, sino pura intemperie: una vida librada a sí misma.

Angelitos Empantanados nos narra vidas genuinamente trágicas, rumbo a una muerte ineluctable con la que se cerrará el libro, una vez llegado “el tiempo de la ciénaga” (titulo de la tercer y ultima parte del libro), un tiempo para hundirse definitivamente en pantanosos recovecos, derivando por algunas mugrientas calles de mala muerte, en las que los barrios pobres despojarán por fin la realidad del manto de ingenuidad y ceguera que esos niños ricos pretendían imponerle. Se enfrentarán con sus dobles negativos. Y no es un logro menor que la escritura sepa resguardarse de toda congoja que pudieran generar tales condiciones. Y ello gracias al vigor y la frescura de su idioma, al impiadoso humor suelto y cándido de los diálogos, y por la malevolente hermosura de esos chicos magníficos y terribles, que nos dejan asombrados ante los modos de vida de una juventud imposible.

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[1] Fabián Casas: “El punk de dios” en http://blog.eternacadencia.com.ar/archives/2012/20515

[2] Ver la cita en la contratapa de la edición española de Los lemmings, Alpha Decay, 2011.

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