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El viento pasa las hojas

Presentamos cuatro poemas inéditos del escritor y editor, quien ya cuenta con una prolífica obra poética publicada en diversas editoriales de América Latina.

Dije que había inmensos lagos planos…

Dije que había inmensos lagos planos en el alma de un niño.

Era en metáforas, sí, pero de una guerra interna.

Quise decir yo, pero preferí un él,
O un nosotros cubiertos de corteza.

E ir hacia un monte donde la alegría
Brindara en sucesivos puntos otras coordenadas.

Guijarros del amor. Piedras con formas vagamente humanas.

Llegás, a la simpatía pero sin la pastilla negra
Que surcó las sagas de un nuevo periodismo nimbado de misterio.

Tiempo en que la vaguedad es la única forma
Posible del encuentro. Hola: hola.

Quise saludarte en el espejo, estrechar
Tus manos frías, calzarte unos guantes de cuero
Como esos que perdí una vez en casa de un amigo,
y que reencontré después de unos cuantos años,
Casi dormido y sin saber cómo lo hice.

Pero me acuerdo de que anoche encontraron
A un bebé adentro de una mochila
Cubierto con una toalla blanca.

Cerca del alba pasamos por ahí
Raudos en el auto, veníamos de un bar donde
La música no nos dejaba conversar. Así que salíamos
A cada rato a aprovechando para fumar en la vereda.

Y ahí me hablabas de la noche y el día y de esa hora
en que la oscuridad descorre un tenue pliego,
Para ir a ahondarse en sus variantes sigilosas.

La primera mañana, en que desperté después de una borrachera
Miré los postigos cerrados de una pensión. ¿Era en la calle Italia?

No sé, pero lo que sí recuerdo eran las luces de
Unos autos que se perseguían de prisa durante el sueño.

Me hablabas, pero yo respondí con otras palabras,
Para decirte, la religión de mis padres fue un automatismo,
Y sus cortas vidas sirven ahora para erigirse en sombra
De la sombra de algún joven fantasma.

Pero todo lo que vi fue como si lo hiciera por sus ojos,
mientras mis botas se hundían en el barro de la calle,
lleno de coordenadas, frente a todos los problemas
que aun sin resolver son la materia misma de lo que queremos cambiar.

 

El viento pasa las hojas…

El viento pasa las hojas de un viejo libro
llamado POESÍAS en plural y con mayúsculas,
que yo pensaba, ya nadie abriría más.

Las ramas de los árboles chocan contra la ventana,
y las primeras gotas heladas resbalando contra el vidrio
son parte de la certeza de que empezó a llover.

Estuve así, dijiste uniendo el pulgar y el índice de tu mano
−pero dejando un pequeño espacio abierto entre los dedos−
de perder todo lo que amaba.

Las últimas fiestas que pasamos juntos,
los vasos de gin-tonic apilados sobre la mesada una vez vacíos,
y todo el alrededor que ya giraba en la inestabilidad del aire
de las propias voces hablando tan de cerca,
palabras entrecortadas, sombras de agresiones
tensadas como alambres.

Un pensamiento: ¿qué?

Las ramas dobladas y un alrededor todo de húmeda ceniza.

A través de los años viste la misma noche ansiosa
dando vueltas sobre los autos en las autopistas,
en suaves atmósferas de humo, en floraciones de niebla
que hubieran bastado para ocultarte a vos también
de tu verdadera vida.

Hubo instantes que nacieron en lo irrepetible del crimen,
en la ceniza de un cigarro talladuras y quemaduras, oblongas,
sobre un pedazo de corteza.

Aquella noche te sentías seguro y con la mirada
ibas hasta las estrellas en su polvareda,
incorporando ideas irrisorias sobre la vaguedad de vivir.

.

Me acuerdo de esa Casa Morada…

Me acuerdo de esa Casa Morada
Donde entré una noche en que volvía
De una disco, a la que había ido a bailar
Después de haber tomado éxtasis.

Era una noche rosa, transida por mil rayos láser
Que irrumpían en la pista para decirnos que el amor
Era una onda que vibraba entre nosotros ya disuelta
De sus traumas, en plena proliferación.

Y bailamos, pegados al sonido, y de vez en cuando íbamos hasta la barra
Y extendíamos los brazos buscando algo para tomar.

Pensaba en esa canción infantil que había compuesto,
Que decía: “¡Sapo, sapo, danos algo de tomar!”, y cuando conseguía
Mi bebida volvía hasta el centro de la pista,
Donde estábamos instalados con mi grupo de amigos.

¡Somos los obreros del sonido! grité pero nadie me escuchó.

Luces, sensaciones, vapor que emergía de las cavernas
De una angustia que era pulverizada
Por el ritmo de los bajos en un estallido secreto
Y la tirantez de las pieles brillantes, cubiertas de melanina.

Después vino el amanecer y nos subimos a un taxi para ir de visita
A la Casa Morada, donde unas chicas nos esperaban
Haciendo señas desde la puerta para que subiéramos
Por una trepidante escalerilla, hasta encontrar abrigo en sus camas.

Y ahí nos abrazamos y besamos,
Y ya la claridad del amanecer entraba por la ventana,
Y la funda de mi almohada había guardado el contorno de mi cara
En el que sonreía un poco.

Ah, el sonido de la voz de mi amiga era grave
Y tenía unos tintes que vibraban en cada palabra
O nota que emitía por sus labios, mientras estiraba sus brazos
Y me mostraba un corte sobre la piel, cuando ella había querido matarse.

Ahora tengo otro equilibrio, me dijo, pero yo miraba el fondo oscuro
De sus ojos y asentía en silencio, notando que en ella
Había un poco de locura y otro tanto de soledad.

Tendrías que ir al campo, donde todo es más fácil, le dije por contestarle algo.

Después me vestí y fui conducido hasta la puerta.

Y la Casa Morada refulgía entre las hebras de un sol pálido.

Ya era la mañana y todos los signos de la noche
Se habían disuelto para mí.

 

Ahí, en un turno…

Ahí, en un turno, los pensamientos de la luna…

Gaseosos, espectrales, un vaho verdoso
Que sale del interior de la cabeza de un hombre que piensa…

Quien viola a la novia de su amigo,
Y la recuesta sobre unos pastos sin matarla…

Apuesto que ni siquiera sabría cómo hacerlo,
Las manos temblando en el cuchillo sin punta…

Aunque debiera ocultar su crimen,
Cortando algo de esa materia blanda…

Oh, la energía de las grandes provocaciones…

Un hombre nace y ya está condenado…

Claro, si Dios estaba loco…

Repasaba en su habitación una fórmula de álgebra…

Que debía memorizar para una clase
De muchos años atrás, cuando era niño…

Estaba algo cansado, se replegaba al fondo del aula…

Escuchaba una voz, mil voces, alguien recitaba
La estrofa de una canción de moda…

¿Sus sentimientos eran normales, encontraba
un punto donde apoyar cualquier razonamiento?

Necesitaba un tiempo para pensar, algo habría
ahí en las sombras cuando ya no había nada…

Seguro, estaría mejor con los animales…

Con su perro bebé embalsamado en una repisa…

Ahggggggg, Ahgggggggg, sentía un dolor
Muy fuerte en el hombro, tenía incrustado
Un tiro de escopeta entre sus huesos…

Algo había pasado cuando salió de ese supermercado…

Inclusive en la mirada de esa vieja
Cuando se le clavaba helada…

Él entendió que eso se terminaría muy pronto…

Casi como si una magia dejara de resultar…

De esa materia estaba hecha su vida…

Era como en el momento en que le pusieron la inyección en el brazo…

Pero, ¿la droga hacía efecto o le habían inyectado solo agua destilada?

Verde, rojo, amarillo y azul: colores sin forma, como manchas
Atrás del vidrio de un vagón de tren destartalado…

¿El Estrella del Norte era?

Por donde sacaba la cabeza y miraba el paisaje retroceder velozmente,
Pero sin voluntades manifiestas como si toda la masa en sí fuera a ocultarse,
A perderse por fin en esa negritud que terminaba
Dominándolo todo, sin separaciones, ni dolor…

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