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El egoísmo de los dioses

La temprana muerte de Lucio Dorr es ocasión para este escrito que, a modo de despedida, brinda un homenaje a la obra de un artista plástico talentoso.

Instalación, 2004Sin título, 2004Sin título, 2007Presentación en el Rosa Galisteo, Santa Fe, 2009
Instalación, 2004
Sin título, 2004
Sin título, 2007
Presentación en el Rosa Galisteo, Santa Fe, 2009

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Los dioses, según el mundo clásico, se llevaban lo mejor para disfrutarlo en la soledad de su morada eterna. Por eso, con cierta frecuencia distinguían a los notables dándoles una prematura muerte.

La juventud tiene valor por sí misma, no necesita belleza ni salud para ser superior a la vejez, porque le son propias belleza, salud y unas cuantas virtudes más que se pierden inevitablemente con el pasar de los años.

Marechal retomó la frase de Menandro en su Adan Buenosayres, “jóvenes mueren los elegidos de los dioses”, como una sentencia que diera cierta tranquilidad a los que se quedaban en la tierra sin entender a qué venía que un joven se muriera.

Pero lo cierto es que, con dioses o sin ellos, la muerte de un muchacho causa conmoción, en mayor medida, cuando ese muchacho era leído por los demás como una promesa de algo que jamás llegará a cumplir.

Lucio Dorr tenía 43 años. Verdad que el límite entre juventud y vejez se va moviendo a medida que el tiempo de la vida avanza, pero en su caso, el camino por delante superaba en mucho al que venía por detrás. Era un artista, uno de esos que se da muy de vez en cuando.

Conocí su obra antes que a él y no me hubiera imaginado que esas formas donde el espectador podía verse a sí mismo, ya sea reflejado por un espejo o instigado por la fluidez de sus estructuras que marcaban un ritmo, una cadencia por momentos interrumpida en saltos, por momentos lenta y suave, quiero decir, no me hubiera imaginado que ese chico podía crear una cosa semejante. Cuando una tarde lo vi colgar su muestra en la sala del Museo Provincial de Bellas Artes Rosa Galisteo, en la ciudad de Santa Fe, cuando vi a ese muchacho para el que una pared parecía significar un fin en sí mismo, tuve una sensación extraña. A Dorr se le iba la vida en cada movimiento, en cada mirada hacia sus propios objetos y, valga la redundancia, se le fue la vida antes de demostrar plenamente lo que podía hacer con una pared y un par de maderas.

Al igual que Marechal, el mexicano Marco Antonio Campos pensó en las ventajas de una muerte apresurada. En su poema “Los elegidos”, dejó escrito:

Los dioses eligen a los más jóvenes −dijo−
para una áurea muerte; lo escribió muchas veces,
muchas veces lo supo, lo esperó muchas veces.
Al cumplir cuarenta años sin mayor heroísmo,
¿qué queda de aires y sueños hacia la grandeza?
Al cumplir cuarenta años, con resignación ácida,
sólo queda ver quiénes, con una áurea muerte,
fueron elegidos por los dioses.

Para el poeta, el hombre definitivamente deja de ser joven a los cuarenta. ¿Qué hacemos con los 43 años de Dorr? ¿Qué hacemos con sus instalaciones que encerraban cuadrillés blancos y negros en formas redondeadas? Especie de mariposas con alas muy juntas y, de pronto, diametralmente opuestas; hechuras solitarias que presentó en ArteBa allá por 2011. ¿Qué se hace con una desaparición repentina e injusta?

Rafael Cippolini lo recordó a través de aquellas fotografías que el artista tomaba por las noches mientras caminaba solo; a través de esos pequeños descubrimientos que después conjugaba en su taller: “Sus obras eran producto de todas esas coordenadas mezcladas. Él también”.

Lucio Dorr había nacido en Buenos Aires, en 1969. Su vocación por el diseño gráfico influyó ampliamente en su obra, siempre en el ámbito geométrico y conceptual. Antiguo alumno de Pablo Siquier y de Juan Doffo, integró el grupo “All Boys” con Sobrino, De Volder, Kacero, Burgos y el propio Siquier, conjunto de amigos con el que pretendía visitar museos del interior, entre ellos el Rosa Galisteo, donde lo vi aquella tarde.

Tenía cierta fijación por la carpintería, por el diseño de objetos cuya existencia se justificaba apenas en el hambre de existir. Su obra era atractiva. Algunas veces, perturbadora.

La pregunta no gira en torno al valor de sus rampas, de sus instalaciones que sugestivamente incitaban a pensar, que movían a quien las miraba, en algún sentido, siempre. La incógnita es por cuánto más el recuerdo logrará mantener vivo lo que no debería haberse muerto, no este año, no un miércoles 5 de junio próximo pasado.

Por qué los dioses son tan caprichosos, tan egoístas, Dios mío.

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