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Arlt profético

Un provocativo texto sobre Los siete locos en donde el ensayista se propone leer la novela de Roberto Arlt en clave profética.

Se siente la nostalgia de los milagros, de las maravillas
agoreras y de las oscuridades tumultuosas que también parecen
satisfacer las indefinidas ansiedades de nuestras organizaciones,
excesivamente nerviosas y desgastadas de hijos de la ciudad, a quienes
la exageración del naturalismo ha guiado hacia el misticismo.

R. Arlt, Las ciencias ocultas en la ciudad de Buenos Aires

 

La inquietud que sobreviene con la primera y temprana lectura de Los siete locos se convierte, con las sucesivas relecturas, en fascinación. Sucede que uno se enfrenta, descarnadamente, a las formas de locura que implica toda política: la seducción y la humillación. Formas de locura en un sentido preciso: en tanto exceden los límites de una concepción dialógica y meramente racional de lo político. Puesto de este modo, en efecto, toda política es locura. Es por ello que podemos decir que la literatura de Arlt es realista, ya no en los términos de una crítica literaria (para la que sin dudas no lo es), sino en los de una filosofía política. El realismo político, que va de la ambición de gloria en el estado de naturaleza hobbesiano a la dialéctica del amo y el esclavo en Hegel, en el universo arltiano salta a la luz angustiosamente en cada acción, pensamiento o conversación que involucra a Erdosain. Y, por supuesto, en la violencia de las respuestas que recibe. Entre las notorias, una preferida: la escena del bar en la que Erdosain le pide dinero a su supuesto amigo, el farmacéutico Ergueta, y éste, haciendo chasquear la yema de los dedos, pronuncia la célebre frase: “Rajá, turrito, rajá”. En esa expresión lunfarda, se concentra la forma porteña de una realpolitik que hace del mundo arltiano uno hostil y desesperanzado.

Difícil es decir algo sobre Arlt, luego de Sexo y traición en Roberto Arlt de Oscar Masotta y Arlt literato de Carlos Correas. Sin embargo, quisiera recalar en una dimensión significativa de la locura de Arlt que constituye, en cierto modo, el contrapeso frente la concreta y oprobiosa realidad. En efecto, uno puede ver que la angustia que infecta toda la atmosfera de Los siete locos, la “zona de angustia” de la que habla Erdosain (y es entendible que, a partir de esto, las lecturas de Arlt hayan sido fundamentalmente sartreanas), desemboca necesariamente en un viaje hacia lo irreal. El modo de conjurar la realidad, para Arlt, es la locura. Pero no me voy a detener en la locura de los personajes, sino en la locura misma del texto. ¿En qué podría consistir la locura de un texto? Justamente en aquello que lo aparta de su realismo: no solamente pretende describir un estado de cosas, sino fascinarse consigo mismo en una salida hacia el porvenir. Con esto quiero decir que si bien es cierto que Los siete locos condensa un clima de época, el de Buenos Aires de alrededor de 1930, en su fascinación aventurera y alocada el texto produce alucinaciones. ¿Pero puede un texto profetizar?

Si bien ya Murena señaló que la obra de Arlt se caracterizaba por cierta “irrupción de lo profético”, lo que quiero mostrar es que hay pasajes de Los siete locos que anticipan asombrosamente escenas de la vida política argentina. El propio Arlt se asombra de lo semejante de las palabras del discurso del Mayor, con aquellas que se pronunciaron en ocasión del golpe de Uriburu, un año después de la publicación de la novela. Y lo deja sentado en una nota de autor, a pie de página, escrita para ediciones posteriores a la de 1929: “Esta novela fue escrita en los años 28 y 29 y editada por la editorial Rosso en el mes de octubre de 1929. Sería irrisorio entonces creer que las manifestaciones del Mayor han sido sugeridas por el movimiento revolucionario del 6 de septiembre de 1930. Indudablemente, resulta curioso que las declaraciones de los revolucionarios del 6 de septiembre coincidan con tanta exactitud con aquellas que hace el Mayor y cuyo desarrollo confirman numerosos sucesos acaecidos después del 6 de septiembre”.

Pero el profetismo de Arlt parece adelantarse más de una década, a su vez, cuando el Astrólogo, planeando la creación de la sociedad secreta junto al Rufián Melancólico, le dice: “Y le hablo a usted con franqueza. No sé si nuestra sociedad será bolchevique o fascista. A veces me inclino a creer que lo mejor que se puede hacer es preparar una ensalada rusa que ni Dios la entienda”. Difícil encontrar una mejor definición, aun con su sutil ironía, de lo que será la astucia política del peronismo que, en su ambivalencia, revolucionó todas las categorías políticas establecidas. ¿Y no surgió Perón del entramado de una sociedad secreta, el GOU? El encanto del juego de las semejanzas aquí nos lleva a un terreno sombrío, cuando con la muerte de Perón adquiere especial relevancia un nefasto personaje para la política argentina, López Rega, a quien por casualidad no se lo llama “El Astrólogo”, sino “El Brujo”.

¿Es posible que un lenguaje entrañe en su potencia creadora el devenir de un siglo? O bien el siglo XX era demasiado previsible, o bien Arlt era en efecto un profeta. En otra parte del discurso del Astrologo, leemos: “¿Usted cree que las futuras dictaduras serán militares? No, señor. El militar no vale nada junto al industrial. Puede ser instrumento de él, nada más. Eso es todo. Los futuros dictadores serán reyes del petróleo, del acero, del trigo”. ¿Nos convenceríamos del profetismo de Los siete locos si en vez de “trigo” Arlt hubiera escrito “soja”?

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