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F. Retamar: “El porvenir de nuestras letras está unido al de nuestra América”

En esta entrevista, Roberto Fenández Retamar reflexiona sobre el contexto cultural hispanoamericano del siglo XX.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El destacado ensayista y poeta cubano está visitando nuestro país desde el 25 de abril hasta el 6 de mayo, en ocasión de una serie de actividades que organiza el Espacio Murena: entre ellas, la conferencia “José Lezama Lima y su visión calibanesca de la cultura” que brindará en el Centro Cultural Borges el día jueves 3 de mayo a las 18.30 horas y “Ser latinoamericano y caribeño”, que dictará el día sábado 5 de mayo a las 16.30 horas en la Feria del Libro (Sala Roberto Arlt). Es en este marco que le hemos acercado algunos interrogantes sobre el contexto cultural hispanoamericano del siglo XX que consideramos tienen una fundamental importancia para comprender el presente y pensar el porvenir.

Espacio Murena: Estimado Roberto, de alguna manera en los años sesenta y setenta del pasado siglo se hace visible un fuerte vínculo entre literatura, política y emancipación. ¿Cuáles son, a su juicio, las condiciones que lo hacían posible?

Roberto Fernández Retamar: Entiendo que la pregunta se refiere en particular a nuestra América. Y a ella llegó en esas décadas la onda anticolonialista que surgió tras el fin de la llamada Segunda Guerra Mundial y se hizo visible en países como la India, Indonesia, Vietnam, Argelia y varios del África subsahariana. Es dentro de esa onda, de impugnación del colonialismo tradicional y del neocolonialismo, que se inscriben el triunfo en 1959 de la revolución en Cuba y los variados movimientos que ocurrieron en el continente relacionados de alguna manera con ella. El impacto de esos hechos, como no podía menos de ser, repercutió vivamente en nuestra literatura y en otras artes nuestras (el cine o la canción, por ejemplo).

EM: Usted ha hecho una magnífica reinterpretación del personaje conceptual Caliban. ¿Es posible pensarlo también como figura del “intelectual comprometido” en clave hispanoamericana? ¿Qué vigencia tiene esa noción del intelectual en la actualidad?

RFR: Gracias por su generosa opinión. En mi ensayo “Caliban”, que ya ha cumplido cuarenta años, recordé que ese personaje conceptual puede representar al pueblo, pero que otro personaje conceptual de la pieza de Shakespeare se corresponde con el intelectual: Ariel. Debemos al pensador argentino Aníbal Ponce un notable ensayo sobre el tema: “Ariel o la agonía de una obstinada ilusión”. Ariel aparece como un siervo de Próspero, y debe optar entre mantener esa condición o unirse al esclavo Caliban en la lucha por la liberación. Entiendo que los intelectuales de nuestros días tienen ante sí una disyuntiva similar.

EM: ¿Cree usted que se ha constituido, durante el siglo XX, una tradición ensayística hispanoamericana? Si es el caso, ¿quiénes serían sus principales referentes hoy?

RFR: A la primera pregunta debo responder afirmativamente. Es más: ya en el siglo XIX, sobre todo a partir del modernismo, hay en nuestra literatura muestras admirables. Ángel Rama, notable ensayista él mismo, llegó a decir que los dos géneros mayores de nuestras letras eran la poesía y el ensayo. Ambos alcanzaron metas mayores a partir del modernismo. Lo ejemplificaron Martí y Darío tanto en la poesía como en el ensayo (aunque no se lo llamara así), y algo más tarde Rodó y Sanín Cano en el ensayo. Entrado el siglo XX, practicaron magistralmente el ensayo autores como Pedro Henríquez Ureña, Alfonso Reyes, José Carlos Mariátegui, Ezequiel Martínez Estrada, Jorge Luis Borges, José Lezama Lima, Octavio Paz, Cintio Vitier y muchos más. No me es fácil responder la segunda pregunta, pues hacerlo requiere un conocimiento del que carezco. Me parecen notables ensayistas el colombiano William Ospina, los mexicanos Pablo González Casanova, José Emilio Pacheco y Víctor Barrera Enderle, el venezolano Luis Britto García, los argentinos Noé Jitrik, Ricardo Piglia, Atilio Boron y Néstor Kohan, y en mi país son ensayistas de valía Graziella Pogolotti, Leonardo Acosta, Ambrosio y Jorge Fornet.

EM: Usted ha tenido una relación fluida con la cultura rioplatense, y con la Argentina en particular (a través de algunos de sus referentes como Martínez Estrada o Cortázar). ¿Cuál es su recuerdo de esos vínculos?

RFR: Aunque ya tenía desde antes esa relación (de la que hablé al frente del libro de 1993 Fervor de la Argentina), ella se incrementó considerablemente por mi trabajo en la Casa de las Américas. Y antes de detenerme en los que usted menciona, quiero evocar nombres como los de Paco Urondo, Rodolfo Walsh y Haroldo Conti, hermanos que defendieron nobles causas y tuvieron un fin terrible. A Martínez Estrada lo había leído ya cuando, tras obtener un premio de la Casa de las Américas, vino a Cuba a principios de 1960. Volvió después para trabajar en la Casa, y lo leí y visité mucho. Fue para mí un verdadero maestro, y veo con tristeza (ojalá esté equivocado) que apenas se lo menciona en la Argentina de hoy. A Cortázar lo conocí en 1963, cuando integró por primera vez el jurado del Premio Casa de las Américas. Poco después leí Rayuela, quedé estremecido y le escribí una carta que inició nuestra correspondencia de veinte años, hasta su muerte. Casi la totalidad de las cartas que nos envió a la Casa de las Américas fue publicada en el número que le dedicó tras su muerte nuestra revista. Fue una criatura excepcional, y lo tenemos siempre presente.

EM: ¿Cuál es su expectativa para el porvenir de la ensayística y las letras hispanoamericanas?

RFR: Creo que ese porvenir está inextricablemente unido al de nuestra América, al de la humanidad en su conjunto. Más de uno ha hablado del pesimismo de la inteligencia y el optimismo de la voluntad. Los tiempos son arremolinados, bien peligrosos. Nos esperan grandes pruebas, según nos dice la inteligencia. Pero no es dable arriar la esperanza.

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