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Un final para el doctor Marchini

El autor de Cuando te vi caer y Fiel (Bajo la luna, 2008 y 2010) comparte un relato inédito que acomete un acontecimiento capital de la vida universitaria.

− Pero yo podría usar esto mismo como amuleto y usted ni siquiera se daría cuenta −dijo el joven mostrando su lapicera y sonriendo−. Porque ahora, de pronto, sonreía ligeramente irónico y provocativo, de modo que todos notaran qué estoica y convincente era su repentina participación. Estaba sentado justo detrás de la chica. No debía tener más de veintitrés años. Era delgado, rubio y de rasgos muy suaves pero en modo alguno femeninos. Si lo observaran con detenimiento, era evidente que el tono ligeramente incisivo de su voz lo había traicionado, o no había querido que sonara de esa manera, no al menos como para obligarlo a mantener su brazo derecho en alto mientras el rumor de los últimos bancos caía sobre el silencio con todo el peso que tiene la traición para los conspiradores.

Faltaban apenas unos minutos para las siete. La tarde estaba tan silenciosamente quieta del otro lado de los ventanales que parecía que todo el mundo había tomado la determinación ir a la facultad para no perderse la primera llamada del examen final. Esa fue la sensación que tuvo Ricardo Marchini, el jefe de cátedra, cuando vio la cantidad de alumnos que aún no habían decidido dónde sentarse.

− La equidad malograda como en las butacas de los teatros −dijo en voz baja−. Sólo que hoy todos querrán ver la función desde la última fila.

Y los alumnos que en ese momento entraban con el profesor se dieron vuelta para mirarlo con la misma naturalidad que se dejaron llevar luego por una corriente de saludos, besos, preguntas habituales que se hacen los estudiantes minutos antes de cualquier examen. “No creo que tome la tercera unidad”, dice una chica pelirroja, bajita y menuda, cargando una imposible cantidad de apuntes mientras un joven de aspecto atlético se hace un lugar por detrás de ella, apoyando subrepticiamente una mano sobre su cadera para luego ocupar un banco libre con una mochila y sentarse detrás. “Ojalá”, oyó. Y mientras caminaba hacia el escritorio, Marchini pensó en los minutos de retraso que llevaba su profesor adjunto. ¿A qué hora debía llamar a su mujer para avisarle que lo espera a cenar?

Hay alumnos que simplemente quieren saber cuáles son los temas que privilegia la cátedra para la modalidad del examen escrito. Es fácil reconocerlos: hay algo en las miradas, en la postura que de pronto adoptan, cierta propensión a enfatizar un desmedido asombro como si las preguntas que acaban de recibir no tuviera relación alguna con los temas que debieron haber estudiado durante semanas enteras. Suelen dejar caer lentamente la mirada sobre el papel como si hubieran sido estafados en algo que no terminan de dilucidar y luego observan una y otra vez hacia los costados, intentando localizar a un aludido que sea capaz de compartir la derrota. Marchini se divierte bastante haciendo apuestas con su profesor adjunto. Pero esta tarde ocurrió otra cosa, algo que recién comprenderá cuando lea los primeros exámenes, y, revisando la planilla de notas, advierta con asombro que todos los que se dirigieron a su escritorio dos minutos después de haber recibido el examen eran los mejores promedios de la cursada. Y quién sabe si no fue justamente por eso: estos chicos no sólo habrán estudiado lo suficiente sino que además son mis mejores alumnos, pensó, y se lo dijo a su mujer esa noche, cuando ya habían terminado de cenar y era necesario contárselo a alguien, beber de a sorbos el café mientras ordenaba sus recuerdos, el malestar que todavía duraba como una quemadura de agua hirviendo, o como cualquier otro accidente doméstico, repentino y sin mayores consecuencias que, de todas maneras, podría haberse evitado. Lo que no podía recordar era en qué momento había entrado en el aula su profesor adjunto. Pero tenía que estar, porque fue él, De Luca, quien susurró a sus espaldas en el tono y la cautela de quien se dirige a un chico subido a una cornisa, que la chica estaba encinta. “Mire que la alumna está embarazada”, esas fueran las palabras de su profesor adjunto; pero ya era tarde: el osito de peluche relucía sobre el banco y parecía lo único que había dentro del aula.

− Discúlpeme −dijo Marchini−, no recuerdo su apellido.

− Osmolski −dijo la chica−.

De Luca se había cruzado con la alumna en la escalera, mientras buscaba reponerse de la falta de aire. Había intentado mitigar su retraso subiendo los escalones de dos en dos y ya no tenía veinte años. “Eso es algo que yo no puedo hacer”, le había dicho la chica. Tenía un vestido floreado y unas sandalias de cuero marrones. El pelo largo, negro y muy lacio. La primera vez que la vio en su clase le recordó a alguien que había conocido hace muchos años, cuando también él era estudiante. No era la primera vez que le ocurría algo semejante; los chicos de esta facultad son un tanto anacrónicos. Se tiene la sensación de dar clase entre fantasmas. “Entonces llegaremos tarde los dos”, dijo De Luca sonriendo; pero no fue eso lo que había pensado cuando la vio llegar al descanso de la escalera. Intentó recordar cómo era cuando aún no se le notaba que estaba embarazada. No pudo. Había aumentado de peso, lo normal. Estaba reluciente y se la notaba serena, quizá feliz. Se preguntó cómo haría para seguir estudiando una vez que se convirtiera en madre y terminó de subir la escalera.

− Mariela Osmolski −agregó−.

Marchini estaba terminando de entregar los exámenes. No la vio llegar, tampoco vio cuando el muchacho rubio le hizo el gesto inequívoco de que el banco ocupado por la mochila había sido reservado para ella. Alguien corrió rápidamente un pie para que no tropezara y hubo saludos, miradas cómplices, deseos de suerte y una mano −la mano del chico rubio que estaba sentado detrás− apoyada ligeramente sobre su hombro derecho en el momento exacto en que la chica abrió el morral para luego dejar sobre el banco un osito de peluche azul, una pequeña cartuchera y un block de hojas.

− ¿Podría decirme el motivo por el cual usted tiene ese oso de peluche sobre el banco? −preguntó Marchini−.

La chica quitó la vista del osito diciendo que no era nada importante: lo había traído para que le diera suerte en el examen.

− Entonces le voy a pedir que me haga el favor de guardarlo, Osmolski,

Alguien, en el fondo, dijo:

− Un osito de peluche para la suerte no tiene nada de malo, profesor.

− Nadie dijo que tuviera algo de malo, señor −dijo Marchini−, pero no estamos acá para apelar a la suerte, sino para medir grados de conocimiento.

El rumor de los últimos bancos pareció contagiar a los otros. Un silbido atravesó el aula como un pájaro exótico antes de que una voz sonara rotunda como un desmoronamiento:

− Pero yo podría usar esto mismo como amuleto y usted ni siquiera se daría cuenta.

Nadie habló ni se movió.

− Usted puede usar como talismán o amuleto lo que quiera −dijo Marchini−. Incluso hasta podría ser esa Parker que tiene en la mano, es cierto. Sólo que yo no tengo por qué advertirlo. Vienen a rendir un examen final, es decir a poner a prueba sus conocimientos y no a manifestar o hacer público que están sujetos a cábalas. ¿Se entiende? ¿No? Bueno. Se lo explico de otra manera. Imaginemos que usted va al hospital porque tiene un fuerte dolor. Imaginemos por un momento que llega a la guardia del hospital y el médico rápidamente le diagnostica una apendicitis. Tienen que operarlo con urgencia porque se corre el riesgo de que la apendicitis degenere en una peritonitis. Sería fatal. Entonces lo preparan para el quirófano. Llegan las instrumentadoras, los auxiliares y el anestesista. Mientras el cirujano le comenta que se trata de una operación muy sencilla, casi de rutina, y que a la cuenta de diez usted se va a dormir para despertar como nuevo, justo en ese momento, escúcheme bien, usted ve que el cirujano abre un pequeño maletín negro y con un grave gesto de profesionalismo extrae un pequeño osito de peluche que luego deja a un costado de la camilla. ¿Se atreve a imaginar cuál será su último pensamiento?

La mujer de Marchini escuchó la historia hasta el final, controlando cada uno de sus gestos por temor a estropearlo todo. Sin hacer ningún comentario, levantó las tazas de café de la mesa y fue hacia la cocina. Abrió la canilla de agua caliente y comenzó a lavar los platos con esa insufrible mezcla de impotencia y resignación que se tiene cuando el final de una fiesta recae sobre una sola mujer. Habrá tardado unos cinco minutos, no más. Tenía las manos húmedas todavía cuando se asomó al arco que dividía la cocina del living. Ricardo estaba recostado en el sillón, mirando en la televisión un programa de deportes. No quería que se diera cuenta de que había llorado; quizá por eso fue su voz la que pareció haberla arrastrado hacia el centro del living cuando la respuesta encontró un hueco en medio de la noche. Preguntó cómo le había ido a la chica en el examen y después dijo que se iba a dormir porque estaba muy cansada.

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