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Las muecas

La tensión entre memoria y autobiografía atraviesa la vida de Marcelino Montiel, protagonista de este relato en el cual un acto misterioso y definitivo cifra su destino.

Acalorado, inquieto, se enjugaba el rostro y esa pelada de monje con un trapito de pana celeste, deshilachado en los bordes, manchado con motas blancas de lavandina. Austero de palabras, generoso con las muecas, en aquel tramo final rumbo a la muerte prefirió contestar preguntas o saludos arrugando la frente, inflando con aire sus mejillas, frunciendo los labios o sacando la punta de la lengua como las serpientes.

Sólo en ocasiones, como vencido por un antiguo vicio, rescataba esa habilidad suya que por décadas valoró su fiel y variada clientela: hablar sobre libros y lectores. Eran momentos en que entrelazaba sus dedos −como los arrodillados que se disponen a rezar− y clavando los ojos en el oyente de turno, escrutándole como quien se asombra ante la gestación de un temporal, se expresaba con una solvencia y una memoria admirables. Entonces gesticulaba con esas manos de cristal negro −los brazos delgados, los dedos con uñas mordidas−, y estiraba del pasado, por ejemplo, una anécdota sobre la edición del Obsceno pájaro de la noche vendida a la hermana Esther, mujer menuda de ojos transparentes, que estaba al borde tanto de la sordera como de la locura. Contaba que la monja pedía libros desaforadamente, entretanto juraba por arcángeles y serafines que desde ese momento dedicaría sus oraciones exclusivamente a las personas que no conocía y que jamás conocería: estaba harta de los que rogaban consejos y después hacían exactamente lo contrario.

O de repente, don Marcelino era capaz de arrancar de su estridente pasado el relato de una puja por la primera edición del Tirano Banderas de Opera Omnia, impreso en la madrileña Rivadeneyra, que, en medio de bromas sobre amenaza de balas entre Arsenio Riquelme, Juez de Primera instancia en lo Criminal, y don José Ignacio Zacur, guaireño de nacimiento, terminaría en manos del descendiente de sirio, uno de los comerciantes de tela más prósperos de Asunción, cuyo padre, según juraba por sus nietos, había compartido un asado con Valle Inclán en el patio de su residencia en Villarrica.

Marcelino Montiel apareció de la nada, como recién llegado de un periplo interminable o rescatado de algún laberinto anónimo. Se nos presentó en una tarde de comienzos de septiembre. Castor Arrúa, mi vecino, fue el primero en atestiguar su figura de rostro equino, de piernas largas y en constante movimiento, como si estuviera dando golpes a los bombos de una batería. Sentado en una mecedora de mimbre, ubicado en medio de aquel pequeño y coqueto jardín de los Montiel, el hombre recibió el crepúsculo en compañía de sus nietas, de un maltés blanco con orejas de albaricoque, y de unos canteros que rebosaban petunias, botones dorados y otras flores de estación.

Emergido sin previo aviso, a casi todos nos tomó por sorpresa. Sólo algunos, los pocos que conversaban por formalidad y decoro con Raúl, su hijo mayor, estaban en conocimiento de que Marcelino había pasado más de dos décadas en un refugio colmado de hojas, lomos y anaqueles: su dormitorio. Estaban equivocados los que creyeron que vivió todo ese tiempo en Areguá, con una prima lejana; o en Oviedo, al cuidado del medio hermano de su hermana; o que una afección pulmonar le había consumido en un hospital del Chaco. Error. Marcelino Montiel , desde los hechos de abril de 1976, jamás puso un pie fuera de aquel chalet ubicado sobre la calle Defensa Nacional, salvo para sus consultas médicas.

Lucía una piel arrugada, bien morena, tiznada con lunares descomunales poblando su cuello y los dorsales de sus manos esqueléticas. Silbaba de tanto en tanto, distraído, parpadeando cadenciosamente, sonriendo a ratos a los niños que corrían a su alrededor o mirando abstraído el campanario de la iglesia de Las Mercedes, su lumbre celeste, su destello anhelante. Mi padre, antaño cliente de su librería, me aseguraba que ese Marcelino Montiel no se parecía en nada al inolvidable librero de Piovasco, la mayor librería de usados que tuvo Asunción. Cuando fue al chalet, con el afán de saludarle, se encontró con un señor ausente, despoblado, apenas deseoso por disfrutar de la luz del atardecer, del viento, de las corridas interminables de las hijas de su hijo, y de aquella perrita peluda a quien llamaban Canario.

 Por supuesto que hubiera sido imposible preguntarle acerca de aquel cinco de abril de 1976, cuando fue arrebatado de su casa por tres efectivos policiales. Por más que la curiosidad, o el deseo de conocer verdades, o el simple morbo, hubiese podido impulsar a cualquiera a consultar sobre aquel cinco de abril de 1976 en el que desapareció por dos días, de seguro el hombre guardaría un silencio justo y sepulcral. Nada se sabe sobre lo ocurrido. Fuera de las especulaciones, el único hecho concreto e indiscutible es que la librería Piovasco abrió sus puertas por última vez el cuatro de abril de 1976. Marcelino Montiel fue detenido a la madrugada del cinco, y nadie supo de él hasta dos días después, cuando bajó de un taxi y se metió en su casa por los siguientes veinte años.

Los hijos remataron el millar de libros que el padre tenía a la venta en anaqueles y muebles antiguos. Aquella tienda ubicada en la esquina de Herrera y Estados Unidos se convertiría en un fantasma por los siguientes meses, para luego resucitar, primero como una ferretería y después como una casa de empeños. Algunos piensan que la causa de la detención obedecería a la visita recurrente de un cliente, hombre cuarentón, calvo, de anteojos con marco grueso, que buscaba hasta el cansancio las ediciones más baratas de Góngora, de García Lorca y de Jack London; aquel hombre que moriría en la madrugada del cinco de abril de 1976, luego de haber sido detenido en la feroz redada que realizó la Policía Nacional en el barrio San Cristóbal.

Nadie sabe. Quizá nadie lo sepa nunca. Marcelino Montiel habló poco. Casi nada. Respondió a preguntas con gestos, con muecas repetidas, con silbidos afinados, jugando con sus nietas, con ese maltés blanco con orejas de albaricoque. Acaso el que conoce las respuestas muchas veces no tiene necesidad ni encuentra motivos para compartirlas. Quizá salió de su encierro solo para mirar los atardeceres muriendo en la bahía, a pocas cuadras del barrio Tuyucuá, donde culmina Asunción y empieza el río.

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