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Mit Schiele in Wien

El destacado poeta y traductor nos ofrece un largo poema inédito inspirado en los trazos vitales del pintor austríaco Egon Schiele.

Ingobernablemente,
el color sin piedad,
la línea que respira,
ruge, habla, aspira, suelda,
rueda, en silencio vivo,
tu inesperada y áspera
belleza cruel, rugosa,
el resplandor opaco
de lo visto y bebido
y revivido, solo,
oh desdicha feliz,
fecundo yermo, azar
empecinado, ácido,
descarnado, moral.

Egos, ellos, entonces,
Egon, sabían que ese
dejarte caer con Gustav,
ahora, con Klimt, no era
solución para nadie,
ni coartada ni antídoto,
ni siquiera refugio
para tormentas nimias,
parasoles de escarnio,
mirar para no ver.

Ellos, Egon, ahora
sabían que sus pequeños
yos sólo eran acaso
balbuceos contra el viento
feroz de la manía,
ironía, parodia,
felonía menor,
y ni siquiera, pues,
deseo amortajado,
ansia en suspenso, clown
con estertor de bufo.

La ciudad permanece
sólo aparentemente
la misma, aunque distinta
por razones de brillo
que se ha vuelto lustroso
pasamanos de sombra,
ni es el mismo Danubio
el que no halla sus huellas,
ni vals que lo desvele,
ni voz que lo revele.

Vagar, entonces, tibios,
bogar en la penumbra
de palacios añosos,
de avenidas vacías,
sólo puede traernos
en tranvía la sombra
de Egon Schiele riéndose
de él o de nosotros
porque ellos, aquellos
ya se fueron y fueron.

Y queda el color roto,
rota la línea, roto
el temple de la imagen
que se desencadena
y lo vuelve expresión,
huella, huella en la tela
que no es isla ni espejo,
desolada expresión
pero expresión con eso
que todo desordena,
que todo nos devuelve
y se devuelve, cosa
seria, y dejemos
la mueca cuando es sólo
mueca y no revelado
hado desencantado,
porvenir de la esfinge,
certeza que se palpa
con rencor, con nostalgia,
ineludiblemente
deshecha por un eco
de los ecos oídos
en el claustro materno,
en el mar de la vida,
el océano humano
hecho de poca cosa,
todo y nada, esperar
y morir esperando.
¿Será ello acaso
alfiler en catálogo,
muestra en el obituario,
desgarrado pendón
recamado en laureles?

Pero tus huellas queman
incendiando museos
que tiemblan como un árbol
de Van Gogh en la noche
de los astros, linderos
del hombre, en su fe fea,
fiera fobia, destellos
de lo intenso, que bailan,
en remolino bailan,
bailan, bailan y bailan,
y bailan, bailan, bailan,
inconsolablemente.

.

Viena, 03/04/2012

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