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Autorreportaje

Poco antes de la publicación de Homo atomicus, Murena se interroga a sí mismo, para el diario La Razón, acerca de la literatura y la política global de principios de los sesenta.

De la página literaria de La Razón me solicitan un reportaje. Conozco periodismo. Estoy en el oficio. No tengo que ordenar frases para las respuestas. No soy un político, y Dios no nos ha dado a los escritores la palabra para esconder el pensamiento. Lo que siento y pienso, eso diré. Mientras espero a mi inquiridor, se me ocurre desdoblarme, no como travesura sino por necesidad de ahorrar una tarea. Y ya estoy en periodista frente al escritor. ¿Un reportaje a mí mismo? Sea. Creo que el redactor del diario escribiría de este modo su entrevista conmigo: el periodista, señor Héctor A. Murena, entrevista para La Razón al escritor H. A. Murena. Y aquí empieza el reportaje:

Encontramos a Murena en su trabajo, en una agencia noticiosa. Por momentos el estruendo habitual de las redacciones −teléfonos, voces, teletipos− apenas nos permite oírnos. Sabemos que ha estudiado filosofía y se nos ocurre preguntarle por qué no enseña. ¿Tiene vocación periodística? No parece demasiado satisfecho con la pregunta. Se sonríe, mueve la cabeza en tono negativo. Dice que hace ese trabajo porque necesita ganarse el pan. Además, “no tiene la ilusión de educar”. “Más bien −añade− habría que deseducar a la gente. Arrancarles de la cabeza todo lo que le introducen los padres y los maestros”. Duda de que algún Ministerio de Educación aceptase un programa suyo. Insistimos en preguntarle qué piensa del periodismo. Medita un instante, en efecto. Luego se limita a narrar un hecho: “En el siglo XIX se implanta en Inglaterra la ley de enseñanza común: cuando la primera generación de alfabetos tiene 20 años, lord Northcliffe funda el periodismo ‘amarillo’, de escándalo y demagogia, con lo que se tuercen los fines de la educación hacia un fin ‘bastante diferente’. Por lo demás −agrega−, un periódico, si quiere subsistir, debe estar hecho para satisfacer a la masa, o sea a un mínimo común denominador. Vea qué tarea completa: confundir y achatar”. Se produce un silencio embarazoso y Murena dice: “Sé qué piensa… Yo procuro ser lo menos periodista posible. En una agencia no hay comentarios, no hay una apreciación. Se trata de la neutra transmisión de novedades. Por eso lo he aceptado”. Para salir del tema me refiero al libro que está por publicar: Homo atomicus. ¿Trata de estas materias?

− Sí. La aparición de una sociedad de masas y las necesidades de éstas son un síntoma. Yo procuro señalar que estamos saliendo de un estilo de vida milenario, para entrar en otro.

− ¿Es un análisis sociológico, entonces? −precisamos−.

El ruido arrecia de pronto, e impide que oigamos las palabras de Murena. Pero no deben ser muy agradables, por la expresión que tiene. Luego podemos oírlo, ya más calmado:

− Oigame −dice−. Esa palabra…, sociología, es una completa mentira. Demografía. Ése es el nombre para semejante actividad. Un problema de números, estadístico. Pretender que la sociología pueda esclarecer alguna de las sutiles causas de las enfermedades de la sociedad es… −Se interrumpe−. Bien. Dejemos a la sociología en sus máquinas de calcular. Lo que yo busco es describir los alcances de la negatividad contemporánea y las posibles formas de salvar de ella los gérmenes de algo nuevo, de ese mundo nuevo que está en los aires…

Le pedimos que procure sintetizarnos en pocas palabras el objeto de su libro.

−Provocar −replica−. Ese mundo nuevo no está hecho. Lo tenemos que hacer todos. Quiero provocar a los lectores a que reflexionen acerca de sus vidas. De esa reflexión puede salir una tentativa personal de sobreponerse a la negatividad y, de tal forma, una contribución a ese mundo nuevo.

− ¿Qué piensa políticamente de esta época?

− Pienso que uno de los males de esta época es la intromisión de la política en lo que no le corresponde. Es la sudamericanización del mundo, porque antes ése era casi un privilegio nuestro.

− Pero usted estará con la izquierda o con la derecha…

− Vamos hacia un imperio mundial. Quizá ya estemos en él, aunque esté dividido aparentemente en dos. Y hacia una igualación de todos con todos. ¿Usted cree que existen grandes diferencias entre Rusia y Estados Unidos? Vigilados el uno por el otro terminarán por hacer un sola cosa. Es cuestión de decidir cuál es el color de hormiguero que a uno le gusta más.

Para retomar el tema de la entrevista buscamos que nos hable un poco más minuciosamente de su libro. Los temas fundamentales son: el impacto de la navegación interplanetaria sobre la sociedad actual, la crisis del sexo contemporáneo como síntoma, la caducidad de las formas políticas que conocemos con el nombre de democracia, “la muerte de Dios”, que anunció Nietzsche, o sea el ateísmo actual, y la presión que un futuro completamente oscuro ejerce sobre nosotros.

− La sociología, si toma por ejemplo la cuestión religiosa −dice Murena−, acaso llegue a la conclusión de que hay un florecimiento de la fe, por lo menos en Occidente. Porque se basaría en la asistencia a los templos. Pero si observamos a la gente que va a los templos en otras actividades, comprendemos que esa asistencia es la de un sepulcro blanqueado, que la fe está ausente. ¿Y qué pensar del auge del psicoanálisis y de la homosexualidad? Nuestra época es fascinante… −Hace una pausa y luego dice−. Lo único que falta es que me pregunte si se trata de un libro optimista o pesimista…

− ¿Por qué no? −le respondemos−.

− Bien. Es un libro pesimista en cuanto al presente y optimista respecto del futuro. El género humano desata catástrofes, pero creo que siempre es más resistente que ellas.

Queremos saber qué escribe ahora. Nos responde que hace poemas, antes de iniciar una nueva novela. Le preguntamos qué se siente más: si ensayista, poeta o novelista.

− Cuando publico una novela −dice− suelen señalar que soy un magnífico poeta. Cuando publico ensayos, afirman que mis capacidades de novelista son de primer orden. Yo considero que hoy no se puede tocar exclusivamente una sola tecla del piano: hay que buscar orientación para una en el sonido de las otras.

− ¿Existe una literatura argentina?

− Recuerdo una frase de Leats: “El patriotismo es el último refugio de un canalla”. Con lo cual quiero decir que apelar a lo nacional como patrón para medir la literatura, es una especie de canallería. Hay, simplemente, buenos escritores y malos escritores.

− ¿Y qué buenos escritores puede nombrar? Jóvenes…

− Dos novelistas: Sara Gallardo y Jorge Capello. Los dos me parecen excepcionales. Un ensayista: Víctor Massuh. Un historiador: Tulio Halperín Donghi. Y una poeta: Alejandra Pizarnik. Además, otro autor que cultiva varios géneros con talento: Jorge Palta.

Para poner término a la entrevista pedimos al autor su opinión acerca del actual gobierno. Pero en ese momento los ruidos crecen y parecería que ha estallado una tormenta. Alcanzamos a oírle sólo algunas palabras de lo que dice: “Comunismo… Catolicismo… Militarismo… Anticomunismo… Negociados… Demagogia…”. Lo cierto es que no conseguimos determinar si su opinión es favorable o adversa, porque esas palabras a secas no significan nada. Y como el ruido no parece dispuesto a cesar, terminamos por despedirnos con un gesto al que nuestro entrevistado responde, tal vez con alivio.

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La Razón, 7 de octubre de 1961.

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