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La máquina Wittgenstein y la mitología filosófica

Una profunda interrogación sobre la potencia del pensamiento de Wittgenstein en tanto crítica radical de toda mitología filosófica.

Toda filosofía nace de una tensión que pervive abierta en su corazón y conforma su ambigüedad constitutiva: el pacto y la lucha con el mito, esto es, su singular modo de sostener una mitología propia, diferenciándose del fondo mítico sobre el que se recorta. Pero cabe preguntar, ¿es que acaso no se puede hacer filosofía auténticamente crítica, una que no restaure el mito que le concierne?

Digamos que la grandeza de una filosofía se juega en la referida singularidad con la que expresa, contiene y “resuelve” su mitología. En este sentido, Wittgenstein no es un filósofo típico, pues en su obra se lleva al extremo la capacidad crítica, ni es un antifilósofo −como en vena lacaniana ha sostenido Badiou− sino un parafilósofo, pues habita en el borde, camina por el desfiladero a cuyos lados se extienden dos abismos: la normalización encubridora por uno, la locura por el otro.

Para participar del mito basta con hablar. Entonces diremos, por ejemplo, “yo”, “significado”, “mente”, “causa”, etc. Es la trama de lenguaje y vida que define lo humano. El filósofo es un hablante que pretende enseñorearse del lenguaje, sin advertir que todo su poder proviene del que el lenguaje mismo ejerce sobre él a través de la normalización mitologizante que conlleva.

Otras operaciones con el lenguaje permiten a los hablantes obtener una lúcida y lúdica distancia con el abismo normalizador, como el humor y la metáfora. Por el otro lado se puede evitar el precipicio de la locura abrazando sin embargo la vida sin la palabra, como en la experiencia mística, un extremo de la experiencia amorosa. Son otras maneras de pactar, de construir islas o desvíos para que la tiranía del lenguaje no ahogue la vida, pero reteniendo la lucidez y la fuerza suficientes para quedarnos con algo del poder que el pacto nos proporciona.

La filosofía de Wittgenstein es extrema porque pretende permanecer dentro del juego filosófico −que, como dijimos, supone el pacto con el mito− sin pagar el precio de levantar mitología alguna. Por el contrario, su lucha se libra a ras de esa tierra de la que se nutren todas las mitologías: el lenguaje. Para ello no escatima esfuerzos, al punto de arrastrarnos más allá del delgado sendero por el que nos guía, hacia uno u otro de los precipicios que allí nos rodean.

Ejemplos de esos extremos son su crítica del mito de la interioridad, la saña con que arremete contra la soldadura entre la conciencia intencional y el habla, como cuando incluso llega a imputar posible delirio a expresiones comunes de esa soldadura, del tipo de “cuando dije eso quise decir” o simplemente “quiero decir…”, o toda su discusión en torno del seguir una regla, que dio lugar en la tradición incluso a un monstruo cómico: el conocido kripkenstein. (Una versión humorística y literaria es la partición Alicia/Humpty Dumpty en Lewis Carroll).

Los mitos son envolturas en las que existimos. Los lazos de filiación, por ejemplo. Sin esa envoltura nuestros padres serían solamente quienes hipotéticamente nos engendraron biológicamente y los responsables legales mientras seamos menores de edad (de modo similar, los padres veríamos a los hijos como un resultado o una consecuencia, según el caso, de la que nos hacemos cargo o no). Y ¿qué diríamos de nuestros hermanos? Que se trata de otros individuos hipotéticamente engendrados por esos mismos padres. ¿Y nuestros amores? ¿Acaso serían algo más que un conjunto de compromisos más o menos estables que mantenemos con quienes frecuentamos sexualmente? Ni qué decir que nuestra afición futbolística, despojada de su dimensión mítica, se convierte en un delirio incomprensible y nuestras posiciones políticas nos abandonan en favor de un prudente escepticismo. (Incluso la condición nacional no pasaría de ser una realidad administrativa sin mayor relevancia que la de sus consecuencias prácticas).

Sin embargo, despojarnos de estas envolturas es como desvestirnos, no como arrancarnos la piel. En cambio, prescindir del yo, la conciencia, la intención, la voluntad, etc., se parecería a arrancarnos la piel. Desnudos aún podemos calentarnos gratamente al sol, −por citar uno solo de esos encantos−, pero sin piel la vida misma sucumbiría o se volvería monstruosa. Prescindir de los mitos al punto que nos lo exige el ideal de filosofía sostenido por “la máquina-Wittgenstein”: ¿es como desvestirnos o como arrancarnos la piel?

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