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Nada de lo humano le es ajeno

Un posible recorrido por la obra del artista plástico Pedro Roth, quien en estos años ha construido un original territorio pictórico.

La imagen más fuerte es aquella que contiene el más alto
grado de arbitrariedad, aquella que más tiempo tardamos
en traducir al lenguaje práctico, sea porque lleva en sí
una enorme dosis de contradicción, sea porque uno de sus
términos está curiosamente oculto, sea porque pertenece a lo alucinante.

André Breton, Manifiesto del Surrealismo

.

La singularidad de una obra plástica reposa sobre la particular historia de aquel que se expone en cada uno de sus actos creativos. Y siempre, de manera implícita o explícita, para esa creación hay un método. Pedro Roth utiliza un método automático, pero el resultado no es precisamente surrealista. El surrealismo propuso inicialmente, como es sabido, el método de un automatismo psíquico puro, buscando una expresión que se sustraiga de todo control por parte del autor. Si bien de algún modo Roth retoma aquel impulso surrealista, lo hace llevando al extremo la expresión que se propone.

Y si en toda obra irrumpe una historia, la de Roth es especialmente singular, ya que está marcada por la guerra y el exilio. Nace en Budapest en 1938 y, escapando del nazismo, llega finalmente a Buenos Aires en 1954, en donde reside hasta hoy. No debe sorprendernos, entonces, que sus cuadros y dibujos nos causen desconcierto. Inútil seria buscar en ellos la perspectiva, la semejanza con la realidad, la concordancia y el equilibrio de los colores, la sutileza de los claroscuros, las delicadas transparencias. El conjunto se nos presenta como el producto de una creatividad constante, del ejercicio conjunto de la libertad y de la imaginación, de un trabajo intenso y original. Y el resultado es una imagen de humanidad que se nos impone como una expresión inédita.

Esta fuerte individualidad ha venido construyendo desde hace varias décadas, jugando como los niños, un original territorio con su inagotable inspiración. Roth forma parte de aquellos artistas que como Klee, Dubuffet o Miró −para nombrar sólo unos pocos− ha sabido reencontrar al niño que cada uno lleva adentro. Es por eso que su arte nos deja siempre la sensación de que es jugando y riendo que puede transmitirse la frescura, la alegría y la ternura, que viven en cada una de sus obras.

Los habitantes de este territorio nada saben de las leyes que rigen nuestro mundo o mejor dicho, las violan constantemente. Las figuraciones que el artista presenta −resultado de su incesante merodeo por las materias pictóricas− parecieran provenir de un extraño sueño arcaico que multiplica tantos espacios virtuales como los que su imaginación concibe; de ahí la peculiar dinámica que atraviesa este imaginario. A veces laberíntico, otras despejado, este territorio tiene sus propios días y sus noches donde la fauna y la flora responden a la versátil inventiva del artista, que jamás impone nada, sino que se deja llevar por el viaje que le sugieren las formas azarosas de la superficie, en un intenso devenir donde se entrelaza la línea y el color, el dibujo y la pintura, donde los colores se unifican o se yuxtaponen, chocan, no son para nada formas coloreadas, aun cuando funcionan como narraciones, nunca sacan el primer plano al hecho pictórico.

El ser humano necesita significar las cosas a través de un lenguaje que contenga el sentido de su propia existencia. El artista proyecta en sus obras su mundo interno, sugiere cambios que lo liberen del hastío cotidiano. Pero el valor del arte no está en la mera complacencia subjetiva del espectador, sino que con él una cultura expresa toda una concepción del mundo y de la existencia. El sentido del mundo se puede describir racionalmente, en conceptos precisos y argumentaciones rigurosas, pero también mediante la metáfora y los recursos estéticos que permiten la depuración de la sensibilidad para aprehender intuitivamente la realidad y trasladarla a los demás mediante la sugerencia, la belleza y el símbolo. Es este último el camino de Roth. Sus obras nos estimulan a combatir los males de una sociedad ultramaterialista, donde el espíritu está desestimado, pues el arte, como lo expresa el propio Roth, “opera en terrenos intangibles que no tienen espacio en esta cultura. Solamente puede venderse el objeto y no lo fundamental del arte: ese mensaje que se dirige a un lugar inexistente, logrando una satisfacción o una zozobra, disputando espacios al mercado, distrayéndonos del objeto que es lo que nos quieren vender”.

Pedro Roth inventó un mundo al que ingresamos con interés y expectativa. Nos sorprende y nos confunde, nos captura y nos subyuga. Nos convida a reflexionar sobre el sentido de permanencia de nuestra propia existencia, no sólo revelando verdades, sino también permitiéndonos luchar por ellas. Gracias a esa función reveladora −propia de las buenas creaciones expresivas− y a través de su magia, Roth nos revela su particular luz, que inevitablemente nos conduce a terrenos donde perdemos el control. Es la “inutilidad” del arte la que nos vuelve vulnerables, y es por eso, acaso, que en su “inutilidad” está su grandeza. Como dice Oscar Wilde: “Podemos perdonar a un hombre por hacer algo útil siempre que no lo admire. La única excusa para hacer una cosa inútil es admirarla intensamente. Todo arte es completamente inútil”. Por ser “inútil” puede presentarse como la provocación necesaria para detonar una realidad encasillada en las formas y los usos, abriéndonos paso a otro universo. El universo de Pedro Roth se manifiesta, por eso, como el de la auténtica libertad expresiva.

 

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