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Manuales sobre la ignorancia

En Cuadernos de Lengua y Literatura (Eterna Cadencia, 2013), Mario Ortiz recorre las distancias entre la percepción visual y el sentido de las cosas, y explora los alcances poéticos de cuestionar todo saber.

 

    Cuadernos de lengua y literatura V, VI y VII
    Mario Ortiz
    Eterna Cadencia, 2013
    320 páginas

 

 

 

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− Sócrates: ¿Cuál es, para nosotros, la función que
tienen los nombres y cuál decimos que es su hermoso resultado?
− Crátilo: Creo que enseñar, Sócrates. Y esto es muy simple:
el que conoce los nombres, conoce también las cosas.

Platón, Crátilo, 435 c.

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Dice Jacques Rancière, en su célebre escrito sobre la emancipación intelectual, que “el ignorante puede preguntarlo todo, y serán sólo sus preguntas, para el viajero al país de los signos, las verdaderas preguntas que le obligarán al ejercicio autónomo de su inteligencia”[1]. Cuadernos de Lengua y Literatura; Volúmenes V, VI y VII (Eterna Cadencia, 2013) compila el hasta ahora último trayecto del viaje que Mario Ortiz viene encarando por ese territorio, más o menos pre-fabricado, que es el país de los signos. Entendidos como un pequeño sistema dentro de una obra que funciona a la manera de un móvil, de un corpus que crece y cambia, o también, de una frase, que a medida que suma una nueva palabra agrega significación y condiciona retroactivamente todo lo anterior, estos tres volúmenes (los dos primeros ya publicados en 2010 y 2011) vienen a interrogar los materiales con que las palabras y las cosas se empastan para producir sentido, es decir, cuáles son las fuentes y las posibles derivaciones de los signos.

Se ha dicho ya que Ortiz (nacido en 1965, en Bahía Blanca; docente secundario y universitario) adopta “la posición de estudiante”[2] a la hora de hacer poesía, que su perspectiva es la de alguien que no sabe de qué trata su objeto y tiene todo por aprender. Sin embargo, el libro da la sensación de ser, principalmente, una pregunta por el lugar de la enseñanza, por su propia condición de maestro, por la legitimación de los saberes; en fin, por la generación y transmisión de conocimiento. Y sobre esa plataforma hace intervenir, como sacadas de una caja de herramientas con la que Ortiz decide inspeccionar cada elemento que encuentra (una pava, un yuyo, una radio), la filosofía, la ciencia, la literatura para forjar una estética de la mirada que se vale de la erudición y del conocimiento mundano en la búsqueda del efecto poético. El propio título de los volúmenes se hace cargo de la tensión que implica todo saber. En el V (“Al pie de la letra), se le aparece imaginariamente ¿al narrador?, ¿al yo lírico? (¿importa esa distinción?) la maestra de primaria, que lo interroga por su escritura actual, de adulto, por los efectos de la enseñanza en él: “(…) Parece el nombre de un manual de secundario. / Y sin embargo, seño, es más bien al revés: son ejercicios de un alumno: no el poema como algo acabado, sino un momento provisorio del lenguaje”.

Acaso Ortiz se denomina alumno porque, de asumirse maestro, sonaría a lo que Rancière llama “maestro explicador”, esa figura que, mediando entre los libros y los estudiantes, viene a dar cuenta de esa brecha entre el alumno y el objeto de estudio, de ese espacio indómito sobre el que se forma el sentido, legitimando un tipo de saber, pero sobre todo, su propio papel de explicador necesario. Lejos de esto, Ortiz resquebraja la legitimación, le pide explicaciones, y puebla su escritura de escenas pedagógicas, por llamarlas de algún modo: pondera el saber de su maestro universitario que prologa ficticiamente el libro, pero también la tipografía redonda y colorida de las estudiantes de su clase que transcriben una y otra vez su nombre en hojas y bancos, a la manera de Crátilo que aparece (de nuevo, imaginariamente) a orillas del arroyo Napostá, para repetir cada una de sus sílabas y descubrir la correspondencia entre el nombre y la naturaleza de su cauce.

El libro es, entonces, una serie de aproximaciones a esa distancia entre la percepción visual y el sentido de las cosas. El volumen V se aboca al estudio minucioso de la letra y al origen de sus significaciones. Dividido en tres, la primera parte (“El yo) se ocupa de la infancia, la escuela y los contactos primigenios entre la letra y el ojo, mientras que la segunda (“Los otros”) es un revisión lúcida de la historia de las tipografías, una genealogía de la visualidad de la letra. La tercera y última (“El neón”) es un largo poema-ensayo acerca de los elementos que permiten el contacto visual y la aprehensión física de la letra que, en definitiva, es el canal de la lectura: “La excitación en las moléculas del lenguaje produce luz”. Si la búsqueda es el origen, no es casual que aparezcan Crátilo y Heródoto por esas páginas, precursores de la etimología y la historiografía respectivamente. Ortiz los entremezcla con sus recuerdos, con la geografía comercial del centro de Bahía Blanca, con su propio proceso de escritura, actualizándose a todo momento. Los planos de la imaginación, de la memoria y del intelecto se superponen, pero no como una acumulación, sino como una superficie traslúcida que los hace indistinguibles. La flecha poética, dibujando su arco de vuelo por encima de la razón instrumental, los atraviesa y los clava, como si se salieran del libro, en la retina del lector, para mostrar que la unión entre el ojo y la letra puede estar dada por la institución, el poder, la escuela o como quiera llamarse, pero también, y mucho más placenteramente, por la poesía. “[Las letras] Han entrevisto en los ojos que se posaban sobre ellas al leerlas el reflejo de un mundo voluminoso, y han saltado”.

En el volumen VI (“Crítica de la imaginación pura”), la distancia ya no está entre la letra y el ojo, sino entre el ojo y los objetos. Desaparecen los filósofos antiguos y se ven algunas huellas de Hjelmslev (“el término función alude al sentido etimológico, pero también al lógico matemático: una entidad tiene dependencia con otra entidad”), de modo que los escritos se centran en la interdependencia entre las cosas, la semiosis. Una serie de principios de características inductivas van formando las imágenes sobre un cúmulo de cachivaches encontrados al fondo de una vieja casa de campo (una cafetera, una radio, una lata, un motor): “objetos en desuso, condenados a lenta destrucción en la intemperie, han encontrado una posibilidad imaginaria de sobrevida. / Imaginaria porque es real: está aquí, en el texto, ante tus ojos”. Ortiz hace de la imagen de su tocayo Juan L., la poesía como “intemperie sin fin”, una búsqueda estética que anuda todo el volumen hasta culminar en un invento estrambótico con rasgos de fantasía arltiana. Parte de la vegetación y la noche[3], para llegar a una poética de los artefactos industriales, del trabajo del tiempo y el olvido sobre ellos. De la vida natural a los objetos inanimados, de la naturaleza de lo social a lo socialmente naturalizado, de lo que hacemos con el lenguaje a lo que el lenguaje hace con nosotros; el filtro de la historia sobre las cosas y los hombres. “Leo sobre la superficie de estas cosas la sintaxis de un discurso mil veces repetido y denunciado”.

El volumen inédito y final (“Tratado de fitolinguística”), como lo indica su nombre, es una suerte de estudio sobre la relación entre las plantas y la lengua, “una exploración entre los límites de los diversos reinos en que acostumbramos a separar a la naturaleza y la cultura”, de manera que la distancia en la que aparece nuestro maestro ignorante ahora es “entre la pupila y un tallo de hierba”. Al principio, la prosa gana espesor y allí se narra sobre la tara para escribir, el enloquecimiento gradual del amigo de la secundaria y la debacle de las empresas nacionales post-noventa, como si alguien, en vez de aludir a Auschwitz, y salvando las enormes distancias, se preguntara si es posible la poesía después del 2001. La respuesta es, obviamente, sí y tiene su argumento en la cita de Maiacovsky que sirve de introducción al volumen: “Existen determinadas tareas en la sociedad cuya solución sólo es posible en la obra poética”. La reafirmación de la poesía en Ortiz es capaz de darla un simple yuyo visto en Castelar y Liniers, Villa Mitre, Bahía Blanca: “en esa esquina hay una planta medicinal”. Y aquí la elección es una declaración filosófica y, por qué no, también política: el yuyo, esa maleza, eso indeseable, eso a eliminar, aparece sin que se lo haya sembrado ni pedido, está “del lado del don”; y el don, lo gratuito, lo inútil quizá, lo que escapa al comercio de la palabra es el material predilecto de la poesía. Cuando descubre que el nombre de la especie es simplemente “flor amarilla” y que, a diferencia del resto de las plantas, su nombre no metaforiza nada, no intenta resumir ni expandir una cualidad, que es arbitrario y justo a la vez, entendemos que es la carencia la que lo arrima a la poesía y no la sobreabundancia de imágenes. En determinado pasaje, Ortiz cuenta que se baja de la bicicleta y se tira al suelo para tomar una fotografía del yuyo. Es posible imaginarlo en cuclillas a su lado, como esos palitos que se atan a la planta y la ayudan crecer, y que, oh casualidad, se los llama “tutores”. Sólo que aquí el tutor vendría a ser más bien el yuyo, porque es él quien devuelve al escritor su capacidad de escribir. Es cierto que el yuyo no sabe escribir, pero ya lo dijo Rancière, “se puede enseñar lo que se ignora”, y más cuando de lo que se trata es de hacerse uno con las cosas: “La planta escribe adentro de mí con trazos de miel”. Ahora el pasaje es del mundo hacia las letras y el texto va cobrando una forma fragmentaria, en versos tal vez.

Claro está, a lo largo del libro, que no hay origen mítico ni naturaleza por fuera de la cultura: “hay capas sobre capas de significado que los hombres fueron depositando a lo largo de los siglos”. Sí hay, en cambio, un lugar sobre el que se manifiesta la subjetividad y el sentido. Podría creerse que es Bahía Blanca el lugar de Ortiz y, de hecho, lo es. Vemos sus panaderías, sus calles de tierra, sus kioscos, la universidad, los tubos que se llevan el agua. Pero es algo más que Bahía Blanca, es una Bahía Blanca extrapolada a la intimidad del poeta, a su mundo único. Tiene sus rasgos, pero los lazos que la unen no son los de la ciudad veloz e indiferente, ni los de un realismo regional, sino los lazos de la amistad con las pequeñas cosas: el polvillo, las partículas, los bichos. Decía Macedonio que “no hay memoria sin afectividad, sea ternura o irritación”, y es el afecto, sin dudas, lo que constituye la geografía poética y el tiempo en Ortiz, un lugar donde todos somos maestros, donde todos somos ignorantes.



[1] Jacques Ranciére, El maestro ignorante; Buenos Aires, Editorial Tierra del Sur, 2006, p. 34. 

[2] Se puede leer la entrevista que Mara Campanella y Nicolás Vilela le hicieron a Ortiz para PLANTA: http://www.plantarevista.com.ar/spip.php?article112

[3] “1. Existen las cosas. / 2. Existen las cosas. / 3. Las palabras son cosas. / 4. Las cosas son cosas. / 5. Existen las flores que abren sus pétalos a la noche. Están cerca del gallinero. / 6. Las flores son cosas y son palabras. / 7. Abren sus pétalos. Se pronuncian. / 8. Están bajo las estrellas, que también son cosas y son palabras, y brillan y se pronuncian”.

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