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Profetas

El escritor y ensayista reflexiona en torno a algunos textos que profetizaron, con asombrosa exactitud, ciertos mojones del devenir histórico actual.

El Antiguo Testamento es rico en profetas. En tiempos menos lejanos, la “raza elegida” se ha mostrado muy parca en el ejercicio de ese talento. Una excepción es la de Israel Zangwill (Londres, 1864-1926), novelista idish leído en versión inglesa por Borges.

En su relato Had Gadja (1898), se refiere a Theodor Herzl, el fundador del sionismo, que había publicado su manifiesto −Der Judenstaat− en febrero de 1896. “En Viena (…) un israelita a quien le pesaba el mundo de su tiempo, soñaba el viejo sueño de un estado judío: un estado moderno, encarnación de todos los grandes principios conquistados por el esfuerzo de siglos. Este camaleón de razas debería tener un color específico: en él habría de nacer un arte judío, acaso una arquitectura judía. Pero él, que había trabajado con Mazzini, que había visto a su héroe alcanzar la mayor de las derrotas −la victoria−, él sabía… Sabía cuál sería el resultado, aun en caso de triunfar. Entendía el destino de Cristo, el de los idealistas condenados a verse adorados en su persona mientras sus ideas son degradadas por una religión o un estado, erigidas en monumento nacional para perpetuar su derrota”.

Menos de un siglo más tarde, parece un diagnóstico del Estado de Israel lo que esas líneas anticipan.

Una especie de falacia retrospectiva permite leer como profecía la simple observación de conductas y fenómenos sociales que ningún optimismo “progresista” borronea. En los años treinta del siglo XIX, dos aristócratas franceses, sobrevivientes ambos de los sacudones republicanos que habían agitado su mundo, visitaron países lejanos que se les aparecieron como continentes profundamente extranjeros: Alexis de Tocqueville viajó a los Estados Unidos de Améríca, Astolphe de Custine a Rusia. No hay denominador común entre De la démocratie en Amérique y La Russie en 1839, salvo la mirada tangencial, que siempre revela aristas, relieves, texturas donde una mirada frontal o cercana aplasta.

“Si alguna vez la libertad se pierde en Norteamérica, será necesario achacarlo a la omnipotencia de la mayoría que habrá llevado a las minorías a la desesperación, forzándolas a hacer un llamamiento a la fuerza material. Se precipitará entonces la anarquía, pero llegará como consecuencia del despotismo” (Tocqueville: De la démocratie en Amérique, segunda parte, capítulo séptimo).

Son palabras que hoy suenan con una pertinencia imprevisible ante la realidad de una nación a la que le cuesta asumir su condición multi-étnica, su descontrol de las armas en manos de civiles y la violación de sus secretos de estado, no por terroristas sino por individuos inspirados por los mismos ideales que fundaron la nación.

Los años sobre la tierra del marqués Astolphe de Custine (1790-1857), hijo y nieto de guillotinados, cuya madre pasó ocho meses en la cárcel antes de ser salvada in extremis, le permitieron ser, en su infancia, espectador del Terror, en su adolescencia del Imperio, ya adulto de la Restauración y finalmente de ese segundo imperio que tendría su artista más representativo en Offenbach. En una de las últimas notas de sus cuadernos escribió: “Envejezco como viví: ante el espectáculo. ¡Y qué espectáculo!”.

En 1839 anota Custine impresiones de una visita a Rusia: “Lo que más me indigna es el espectáculo de la elegancia más refinada al lado de una barbarie tan repugnante. Si hubiese menos lujo y delicadeza entre la gente de mundo, la condición del pueblo me inspiraría menos piedad. Aquí los ricos no son los conciudadanos de los pobres”. “Otras naciones soportaron la opresión, la nación rusa la amó y sigue amándola. (…) En este país inhumano, la sociedad pudo pervertir al hombre pero no lo ha empequeñecido: de la bajeza puede alzarse hasta el heroísmo; no será bueno pero nunca es mezquino”.

Esta lectura parece confirmar una vez más que la cultura, ese lento sedimento refractario a la autoridad de todo “hombre nuevo”, sobrevive siempre a las ilusiones de la política, por más violencia que ésta ejerza para dominarla. Ha sido el triste privilegio del escepticismo no ilusionarse con un futuro mejor, con esas auroras pródigas en promesas de redención cuyo mediodía suele iluminar nuevas censuras, nuevas represiones, nuevos exterminios. En este sentido, cierta noción de “realismo” ha estado siempre ligada al pensamiento conservador, pronto a reconocer en la palabra “utopía” la etimología “lugar inexistente” antes que el deseo de un lugar mejor por inventar, por conquistar, que vale la penar correr todos los riesgos de realizar.

Y sin embargo es la tenacidad de este deseo lo que persiste, ignorando toda prudencia realista, como motor de la Historia: “de derrota en derrota hasta la victoria”.

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