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75 Habitantes, 20 Casas, 300 Vacas : sobre recuerdos, o algo semejante

Se estrena el documental 75 Habitantes, 20 Casas, 300 Vacas del director argentino Fernando Domínguez.

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// Película: 75 Habitantes, 20 Casas, 300 Vacas de Fernando Domínguez (70 minutos, Argentina, 2011)
// Estreno: Jueves 3 de Mayo 2012
// Salas: BAMA Godard, Cine Gaumont, Arte Cinema
// Ver horarios de la Sala Godard: www.cineclubmonamour.com

 

 

 

 

 

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Hace unas décadas atrás, el crítico Alexandre Astruc despotricaba contra las adaptaciones cinematográficas de novelas y obras teatrales que se esforzaban por ser lo más fieles posible al original. Según Astruc, esto era una absoluta falta de respeto al libro, ya que, para el crítico francés, una adaptación fiel sólo limitada a reproducir una obra, muestra que en realidad el director no ha sentido ningún tipo de apasionamiento por lo que ha leído. Quien se apasiona entonces con una obra, la interpela, interactúa con ella, se detiene en detalles que el autor tal vez no había buscado, tiende a imaginarse otro destino para un determinado protagonista, encuentra atractivos a personajes que el escritor sólo ubica como secundarios, relaciona lo que lee con algo que le pasó en su vida personal, o con elementos de otros tiempos. En suma, quien lee apasionadamente un libro juega con él, y por ende una adaptación que traicione al original (sea en estética o en forma) muestra, en verdad, que el director fue interpelado por lo que leyó.

Algo de este pensamiento acerca de la relación entre la obra y su recepción resuena en el documental 75 habitantes, 20 casas, 300 vacas, ópera prima de Fernando Domínguez. Sólo que aquí no asistimos a la presencia de un lector frente a un libro, sino de un pintor que vuelve sobre su propia obra y un director que al mismo tiempo manipula visualmente sus pinturas para llegar a un fin determinado. Dicho pintor es Nicolás Rubio, un extranjero que vive en la Argentina y que desde hace años pinta la vida en Vieles, un pueblo pequeño de Auvernia donde se refugió siendo niño, exiliado de la Guerra Civil.

Rubio utiliza sus pinturas para evocar propios recuerdos y contar historias de niñez, algunas de ellas extraordinarias (como la del sacerdote del pueblo) y otras, extrañamente incompletas. Más de una vez, incluso, Rubio se evade y empieza a hablar de otras cosas, de detalles de los paisajes y de misterios que nunca supo resolver (como el hecho de no saber cómo hacía una maestra suya para que sus pechos tuvieran una forma tan particular). En diferentes momentos, la película recurre a una especial forma de abordar estas memorias: en vez de tenerlo al pintor hablando a la cámara, 75 habitantes… utiliza muchas veces la voz en off de Rubio, mientras el director nos muestra retazos de sus cuadros que parecieran evocar aquel recuerdo. Es una forma extraña de narrar que a veces recuerda al legendario cortometraje La Jeteé de Chris Marker, con la diferencia de que aquí asistimos no a un relato visualmente construido con fotografías de un futuro terrible, sino a una serie de fragmentos de pinturas de Rubio que evocan un pasado acaso idílico. Dichas pinturas, además, se encuentran asiduamente alteradas por unos efectos para que los dibujos se muevan un poco. Esa movilidad, sin embargo, resulta limitada, apenas vemos el marrón de un caballo pintado queriéndose salirse de la figura, como tratando inútilmente de reproducir un movimiento. También hay momentos en que un recuerdo de Rubio es representado con una serie de figuras poco nítidas, que van pasando rápidamente en pantalla como alguno de esos célebres cortos del canadiense Norman McLaren. Más de una vez, incluso, el propio Domínguez toma a su personaje detrás de un vidrio borroso o entre sombras.

Es que, básicamente, 75 habitantes… es la historia de la imposibilidad de volver fielmente a un recuerdo, de entender que hay un pasado que se perdió y que sólo podemos intuirlo mejor a partir de imágenes artísticas. El film de Domínguez comienza representando los recuerdos de Rubio con figuras pictóricas, sigue haciéndolo con imágenes fotográficas y finaliza mostrando filmaciones del pueblo de la niñez del pintor. La intención es expresar cómo, si bien dichas imágenes son cada vez más capaces de reproducir la superficie de las realidades, ninguna de ellas termina siendo lo suficientemente sólida como para garantizarnos la reproducción total y absoluta de una memoria.

Desde este punto de vista, el título de la película es una clara expresión de deseo por parte del pintor de recordarlo todo de manera exacta: las arquitecturas que lo rodeaban, la gente de su pueblo, las características de los paisajes. En efecto, parte del mayor atractivo de esta película es la imposibilidad de saber si las representaciones pictóricas que vemos allí son en verdad fieles a sus originales, o si por el contrario no son más que deformaciones de la memoria de alguien que ni siquiera puede recordar con precisión cuantas ventanas tenía la casa en la que vivió en su niñez. Le quedarán, en vez de eso, imágenes artísticas, salidas de un pasado difuso, que al ser plasmadas en un lienzo sólo pueden terminar por reproducir un misterio.

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