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A propósito de Aguafuertes cariocas

Bajo el título Aguafuertes cariocas (Adriana Hidalgo, 2013), se reúnen por primera vez en formato libro las crónicas que Roberto Arlt escribió en 1930 a lo largo de su estadía en Río de Janeiro.

 

    Aguafuertes cariocas
    Roberto Arlt
    Adriana Hidalgo Editora, 2013
    195 páginas

 

 

 

 

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“Andá a vagar un poco. Entretenete, hacé notas de viajes”, le dijo el director del diario El Mundo a Roberto Arlt, a principios de 1930. La propuesta es viajar por Sudamérica: Uruguay, Brasil, las Guyanas, Colombia. A Arlt le entusiasma la idea de conocer otros cielos, recorrer otros paisajes urbanos. En su aguafuerte “Argentinos en Europa” (1928) critica a los escritores (“escribidores”) que viajan y coleccionan ruinas, paisajes y monumentos a modo de souvenir porque en esas crónicas de viaje −dice Arlt− faltan los seres humanos. Por eso prepara dos valijas: una con dos trajes (uno decente y otro roto y sucio para introducirse en el bajo fondo, en el submundo de las ciudades exóticas), y otra con libros, papeles y el manuscrito de Los lanzallamas. Se sube al barco Asturias que lo lleva a Montevideo donde se queda unas semanas, y el 2 de abril llega finalmente a Río de Janeiro.

Es su primer viaje internacional y le fascina lo nuevo. Escribe un artículo por día, a ritmo desenfrenado. Narra lo que sucede, como si escribir no le implicara ningún esfuerzo o como si siempre sucediera algo que valiera la pena ser contado. Y puede hacerlo porque lo hace desde adentro: camina las calles cariocas para oír la música del idioma portugués, ese “parlamento hecho para boca de mujer”, espía por las ventanas, se encandila con los colores de la ciudad, con su arquitectura, con la mezcla racial de las personas.

Para Arlt las aguafuertes son un lugar donde mirar y donde ser mirado: ahí están sus opiniones sobre la vida y sobre el mundo. Es un cronista de su tiempo que, sin proponérselo, da cuenta de la situación social, política y cultural. En 1929, meses antes de partir a Río, frente al estado de desesperanza y de escepticismo generalizado, escribe: “Creo que a nosotros nos ha tocado la horrible misión de asistir al crepúsculo de la piedad, y que no nos queda otro remedio que escribir deshechos de pena, para no salir a la calle a tirar bombas o instalar prostíbulos. Pero la gente nos agradecería más esto último”. Más tarde, en Río de Janeiro nace en él la fascinación por el país −dice− más europeo de nuestra América, por la educación, la cortesía y la delicadeza de los brasileros.

Con el correr de los días esa fascinación, su colorido se va desluciendo y la comparación como recurso resulta inevitable. Buenos Aires es el contrapunto de la civilización (entendida como preocupación cultural colectiva) frente a la pasividad brasilera. Río es una ciudad sin flores, sin gorriones, sin vida nocturna, sin bibliotecas populares. Arlt se vuelve argentinófilo, discute con colegas brasileros, se rebela frente a la relación totalitaria que tienen con el trabajo, y a la falta de participación política obrera: mientras que en Buenos Aires, “en el más ínfimo barrio obrero, encuentra usted un centro cultural donde, con una incompetencia asombrosa, se discuten las cosas más trascendentales”, en Brasil solo se trabaja y se duerme. Eso es todo. Para Arlt la distancia entre los dos países es enorme: “cualquier pueblo de campo de nuestra provincia tiene un centro donde dos o tres filósofos baratos discuten si el hombre desciende o no del mono. Cualquier obrero nuestro, albañil, carpintero, portuario, tiene nociones y algunos bien sólidas, de lo que es cooperativismo, centros sociales, etcétera. Leen novelas, sociología, historia. Aquí eso es en absoluto desconocido”.

En general, sus crónicas suelen revelar los problemas de la época, descubriendo con fuerza creadora las cuestiones morales, sociales e ideales. En estas Aguafuertes cariocas además se ve su recorrido por el deslumbramiento y decepción de una cultura diferente y la revalorización de la propia. Aunque unos años más tarde Arlt va a exponer también su decepción y el proceso de degradación del intelectual porteño en “El escritor fracasado” (1932), que aunque ficción es de tinte involuntariamente autobiográfico y, como en toda su obra, refleja su mirada sobre la época. Porque el mundo arltiano pone bajo la lupa con la misma brutalidad, ya sea en las novelas, cuentos, teatro o crónicas, la miseria de una clase y la angustia del hombre por la asfixiante sujeción a la situación social.

Carson Mc. Cullers dice que la función del artista es excusarse por su propia visión autóctona y, una vez hecho eso, mantenerse fiel a esa visión. Y si realidad se construye con los ojos que la miran, en Arlt esa inteligencia, esa intuición formidable para alumbrar sucesos opacos que a otros pasarían inadvertidos, para descubrir acontecimientos minúsculos que construyen la enormidad de lo real, es parte de su genio literario. En su mirada está la búsqueda constante de historias, de personajes (como el hombre del piyama a rayas, o en “Elogio de la triple amistad”), de la vida como “ese misterio que nos rodea”. Como en el diálogo platónico Fedro donde Sócrates dice que los árboles y los campos no quieren enseñarle nada y sí los hombres de la ciudad, Arlt sostiene que no mira las montañas, dice que el paisaje le revienta: “¿qué importancia puede tener el paisaje ante las bellas cualidades de un pueblo?”, dice que no visita monumentos ni iglesias porque falta el elemento humano en su estado de evolución. Dice también que es más emocionante un viaje en colectivo que el del funicular que lo lleva al Pan de Azúcar. En estas afirmaciones −que parecen parte de su rebeldía o del Arlt personaje fomentado por él mismo, porque tanto al principio (“Ya estamos en Río de Janeiro”) como al final (“Viaje a Petrópolis”) presenta unas descripciones impresionantes− y en muchas de sus crónicas sobrevuela esa especie de ternura y humor con una mirada irónica.

Probablemente por la innegable influencia de Dostoievski, se ha colocado a Arlt en la tradición del realismo problematizador. En su obra, y en estas aguafuertes, pueden verse reflejadas las neurosis sociales y los interrogantes existenciales: “El paisaje sin hombres me revienta. Las ciudades sin problemas, sin afanes y los hombres sin un asunto psicológico, sin preocupaciones, me achatan”, o “Somos dos pueblos distintos con ideales colectivos distintos. Nosotros somos ambiciosos, entusiastas y deseamos alcanzar algo que no sabemos lo que es y leemos diarios, revistas, novelas, teatro; conocemos España como si fuera la Argentina…”.

Es conocido el particular estilo de Arlt, su combinación del uso de las voces de la calle con un saber literario y discursos ajenos a la literatura para representar personajes, paisajes o acciones con conceptos de geometría, arquitectura o física. Es de opiniones categóricas, es irreverente, desmesurado. Pero como afirma Saer, no hay que confundir desmesura con tremendismo. La desmesura se sustenta en la noción de transgresión y en la de equilibrio. En las aguafuertes, Arlt trabaja la desmesura y mantiene la tensión necesaria entre la positividad y la negatividad: conviven la angustia, la euforia, la melancolía, el humor, el fracaso, el amor. Como cuando en “Pobre brasilerita” visita a la hija tuberculosa de la dueña de la pensión: “Ella me miraba y sonreía. Le daba risa el idioma, como a nosotros nos hace reír el portugués. Por momentos, un golpe de tos la crispaba bajo las sábanas y las amigas solícitas la rodeaban. Cuando salí me dedicó una sonrisa que sólo tienen los labios de las enfermas incurables. Entré a una florería e hice que preparasen un ramo de rosas blancas, y a la tarde se lo di a la india sirvienta para que se lo llevara. Que al menos tuviera en el cuarto un pedazo de primavera. Y que fuera un argentino el que se lo había llevado…”.

Su viaje se ve interrumpido de manera abrupta. No irá a las Guyanas ni a Colombia porque ha recibido dos telegramas: uno de sus compañeros y del director felicitándolo, y otro de una empresa que le regala un pasaje de hidroavión. Roberto Arlt había ganado el tercer premio del Concurso Literario Municipal por Los siete locos, y después de dos meses vuelve a Buenos Aires.

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