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El viaje libertario

El ensayista trama, a partir de experiencias de viaje de diversos escritores argentinos a Estados Unidos, como Néstor Sánchez y Hugo Mujica, un sugestivo linaje libertario.

Para Anne

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Se trata de una genealogía heterodoxa, crispada e irregular que zigzaguea desde los anarquistas del 1920 a los beatniks de los ’60 con el previsible reemplazo que se va produciendo. Desde Europa a Estados Unidos; y más precisamente de Barcelona a San Francisco. Es un linaje heterogéneo, desde ya, pero que exhibe señales que homogeneízan hasta lo que aparece como más irregular. Un repertorio de Quijotes, mosqueteros y samuráis; egotistas, aventureros, errabundos ineficaces en las hipotecas y en la acumulación.

David Viñas, Viajeros argentinos a Estados Unidos

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1. Los anarquismos de Viñas: Ghiraldo y Vanasco

En Viajeros argentinos a Estados Unidos (1998), David Viñas le dedica un breve capítulo al viaje anarquista. Esa lógica extensión del breviario es contundente en el gesto viñesco: dos escritores, dos territorios. Alguna vez habrá que pensar con rigurosidad las razones de la poca ligazón contracultural en la Argentina: país laminado con resentimiento, violencia, dogma y clasismo. Algunas líneas que vertebran esa poca fertilidad pampeana en esta materia. Sin embargo, no conviene alarmar, el bajo número es el mismo en todos lados, incluso en los bolsones que se pretenden más emancipatorios. Lo exiguo es la marca que hay que asumir para poder contar esta deriva.

Alberto Ghiraldo (1875 – 1946) tal vez haya sido la pluma ácrata central del anarquismo orgánico hasta la pulverización del movimiento en 1930 con el golpe de Uriburu. Borges o Martínez Estrada, sabemos, eran anarquistas espirituales, anarco-individualistas, esa rama fuerte y vigorosa del tronco libertario: spenceriana y nietzscheana, de allí venían. Desde esta óptica, el viaje de Ghiraldo es la “peregrinación” hacia Cataluña, sitio utópico de la experiencia anarquista moderna: Barcelona como emblema. Experiencia social de lapso corto pero piedra basal, en aquel momento la “castiza espiritualidad” chocaba contra el mercantilismo “yanqui” y seguramente el influjo del “arielismo” de Rodó haya romantizado en su medida. Lo plebeyo y subversivo en la Argentina, sin embargo, tenía siempre ese talante de anarco a la vez que aristócrata como en Darío, lo lugoniano o incluso el Marqués de Sebregondi de Osvaldo Lamborghini. No es nuevo: la estilización depurada, el refinamiento del anarquista, allí el bigote a lo D’Artagnan era el símbolo rector.

Entonces, el viaje politizado de Ghiraldo tenía algo de quijotesco y de aventurero, así lo pinta Viñas, y él tenía también algo de todo eso: lo mansillesco. De Barcelona a América hay todo un giro expuesto: de 1910 a 1960, el viaje anarquista de Ghiraldo a la República española, luego se reconvierte en el viaje beatnik a California y New York. La presencia, hoy opacada, de Alberto Vanasco, es central, así como el jazz. Vanasco contendrá en sí, en gran medida, a figuras como Lalo Schiffrin y el Gato Barbieri, y quizá a Astor Piazzolla. De Ghiraldo a Vanasco, a través del lente de Viñas, el viaje libertario implica un viraje no sólo político, sino ético y estético. Ghiraldo en su viaje libertario a Cataluña busca la pretensión universal, cuando el milenarismo anarquista era algo plausible, en el caso de Vanasco ya es lo particular concreto y dramático, la ética de la autenticidad de los beats lo que tiene de trasfondo. Sin embargo, esa parresía no fue tal, mejor: hibridez. New York nunca fue para Vanasco la ciudad soñada; en el caso de Puig, por ejemplo, las motivaciones eran otras, allí estaba su conformación como “escritor profesional”. El viaje puigiano nunca fue libertario, todo lo contrario, la antítesis: su Estados Unidos era el integrado, el asimilado, no había allí una épica del margen ni de la afirmación radical de la existencia, ni siquiera de su homosexualidad, era pop, a secas. La seguidilla de Viñas termina con la mueca de la guía de New York de Horacio de Dios: el viaje tiene solo la motivación del consumo. El Shopping como heterotopía. Ese círculo se habrá cerrado por siempre.

 

2Sánchez: lúmpenes peregrinaciones en Los Ángeles

Sobre Sánchez de Osvaldo Baigorria (2012) es un diálogo entre escritores. Un libro que opera como reconstrucción imaginaria de Néstor Sánchez. La carta fechada el 26 de junio de 1982 desde el 885 de Levering Avenue, en Los Ángeles, California, fue la primera noticia que el hijo de Sánchez recibió de su padre luego de años vagando por Estados Unidos. El Los Ángeles de Néstor era la ciudad ideal para ese peregrinaje: no hace frío, el mar está cerca, no hay “hills” como en San Francisco, el latino está presente. La leyenda del escritor del margen en Néstor Sánchez, sin embargo, no distaba de la estricta rigurosidad: “hay que tener conducta para ser lumpen”, decía en una entrevista para Cerdos & Peces. Reglas: el escritor lumpen no hace carrera literaria, no se presenta en premios literarios, no hace periodismo ni publicidad.

Sánchez tenías raíces afro, “el rulo” venía de la cultura tanguera, prostibular pero recatada y conservadora. Bailarín y culto en extremo, Sánchez, nacido en Villa Pueyrredón en 1935 y muerto en 2003, forjó un estilo. La estilística nestoriana era un modo de “tocar” la frase, como el jazz, el fraseo tenía una cadencia que iba contra enemigos nítidos: el realismo y populismo literario, el boom latinoamericano y sus vástagos, el historicismo, el testimonio. Esa “mafia” donde todos se citaban era algo que ponía a Sánchez en un espacio ajeno y ancho. Gurdijeff, su maestro espiritual, ofició de rector para gran parte de sus obras: El amhor, los orsinis y la muerte (1969) o La condición efímera (1988), por caso.

El viaje de Sánchez, como marca Baigorria, es del anti-flaneur: allí no hay estetización ni fascinación con la urbe, solo un devenir/vagabundo, una conducta cínica, de Diógenes que se ve muy bien en su Diario de Manhattan. Su relación con los escritores beats es límpida: la mejor novela de Jack Kerouac, Los subterráneos, escrita en tres días non stop, fue el texto que más recomendó. Y ese mismo pulsar orgásmico estaba en Sánchez, aunque, justo es decirlo, la cosa sexual siempre estaba más oculta en Néstor, quizá producto de esa cultura del tango y reservada que lo gestó, había un problema allí. En ese sentido, los vínculos con Osvaldo Lamborghini y Néstor Perlongher son evidentes pero también complejos. “Una porquería” dicen que dijo que El Fiord, pero luego elogió La causa justa. Con Perlongher hubo sintonía: el otro Néstor le regaló una edición de Alambres dedicada. Los tres compartían enemigos comunes.

El poder era algo oprobioso para Néstor Sánchez: no transar implicaba detestar el “compromiso” político, allí se la ve con su amigo Cortázar, de quién lamenta su acercamiento al castrismo. A medida que los escritores se codean con políticos y funcionarios su literatura muere: Sartre o Vargas Llosa. En eso Sánchez, como Perlongher y Lamborghini, hicieron política desde la escritura, como diría Damián Tabarovsky: allí estaba la literatura de izquierda. Sánchez dijo que “nunca inventó nada”. Su manía ambulatoria por California expresaba que la condición de su escritura era la vida (algo beatnik, claro). Saber prescindir pero gozar de un buen vino (Sánchez bebió toda su vida) es parte de la ética del cinismo antiguo. El “escritor fracasado” como Georges Palante según Michel Onfray es, paradójicamente, el que combate huyendo, la fuga deleuziana como expresión de esa forma de vida: en Sánchez convivían Troilo, Coltrane y Kerouac. Lo lumpen (expresión acortada marxista) no solo se aplica a trabajadores precarios y vagabundos sin conciencia de clase o a delincuentes, sino, de modo orgulloso, desde el anarquismo, a aquellos individuos refractarios al orden. El viaje de Sánchez fue el trayecto “sudaca” a California que siempre es más difícil. El escritor que desaparece durante los setentas reaparece en 1982 con esa carta citada.

 

3Mujica: el silencio inicial en New York

La mística del vacío: Hugo Mujica (1942) desciende de inmigrantes de raíces anarquistas. Su padre quedó ciego, trabajaba en Cristalux, la fábrica de Avellaneda, de donde era oriundo, como Néstor Perlongher. Mujica buscaba “eso”, el sentido. La búsqueda de “eso” suele ser el disparador necesario para tomar un avión a las diecinueve años casi sin dinero y no hablando inglés a New York. La espiritualidad es lo que queda de las alternativas contraculturales de los sesentas si uno rechaza las drogas para no terminar en un pulmotor a la vez que le dice no a la asimilación al “sistema”. El viaje de Mujica fue libertario porque fue en busca del sentido. Así como el de Sánchez implicó el devenir/vagabundo, en Mujica asistimos a un devenir/místico. Del New York de Allen Ginsberg al rock, el LSD y Timothy Leary, el viaje, dice Mujica, es “expandir la mente”. Allí es donde se percibe que lo absoluto en un lugar es relativo en otro y lo esencial es accidental. Sus libros de poemas y ensayos son testimonios de esa dicotomía, de ese blanco, ese silencio atravesado por la filosofía del último Heidegger, la mística renana, Angelus Silesius, pero también la poética de Jacobo Fijman y Héctor Viel Temperley. El pensamiento de Mujica bebe de aguas silentes, en gran medida su escritura tiene, como la de Sánchez, una condición que es la palabra, su ausencia, el ritmo, su veladura. Una escritura que fue una apertura producto de su encuentro con los sonidos de Bach o Beethoven, una tarde en el Greenwich Village. En algunos de sus libros de poesía −Paraíso vacío (1992), Para albergar una ausencia (1995)− resuena “lo abierto” con la misma contundencia que en sus textos de filosofía: La palabra inicial (1995) o Flecha en la niebla (1997), si es que esa división tiene algún valor en la obra de Mujica, donde el concepto y la metáfora van en la misma dirección.

Dice Mujica: “Algo de mi nació y vive en New York”. Esa aparición súbita es también la que para Sánchez fue Los Ángeles: el linyera y el místico son dos lenguajes de lo mismo, variaciones o alteraciones de la misma viga maestra. “La pasión por vivir es la pasión por lo posible”, señala el poeta, y luego: “solemos salvar la vida no viviéndola”. Será en todo caso la herida que hay que asumir como parte del precio de la libertad. Vivir y escribir no se diferencian en Mujica y en Sánchez. De hecho: no hay escritura sin vida. El viaje libertario parece estar signado por esa marca. No es el viaje formativo ni educativo ni mucho menos turístico. El viaje libertario es la fuga donde se vaga, donde se construye experiencia y la escritura es la consecuencia de esa forma. Ni siquiera es el viaje del flaneur, como aquellas travesías del siglo XIX de Sarmiento, Mansilla o Wilde o incluso de principios de siglo XX. Aquel, en todo caso, es el viaje del escritor rentista o funcionario, el viaje burgués, acomodaticio o académico, en estos tiempos de “formación permanente”. El viaje de Ghiraldo, Vanasco, Sánchez o Mujica es “otra música”.

El viaje libertario implica, por definición, la ausencia de institucionalidad, allí no hay que taparse de nada, no hay protectores burocráticos ni becas ni herencias. El viaje libertario es el movimiento falso, resistente y hedonista, el viaje del místico o del amante, el viaje rarefacto.

 

4El lejano oeste de la filosofía

(Notas de viaje por Los Ángeles, junio/julio 2011).

Los argentinos no tenemos filosofía, los californianos tampoco. ¿Qué tienen? West coast, beats, hippies, feminismo, queers, ciberpunks. California como mito: pragmatismo, vitalismo, Hollywood y pop culture. “El otro te dice lo que sos”, en este viaje. Otra nacionalidad, otro lenguaje. El contacto con lo diferente, afirma o dispara la pregunta por lo propio. ¿El placer californiano es como el argentino? No. El californiano es minimalista, healthy, relax, neg/otium, fast food, bodybuilder. El placer argentino es neobarroco, travesti, excesivo, otium, carne, vino.

L. A. no está hecha para humanos. Sí para máquinas y autos: nadie camina por las calles ni anda en subte. No es fea: me gusta. Quizá sea el punto clave: la playa. Es rara. Es rizomática: no tiene centro; es multipolar. Es lo contrario de New York. L. A. es de una decadencia encantadora. Se nota que David Lynch es local, como Marylin Manson o Guns and Roses. Tres perfectos productos californianos: suerte de vitalismo retorcido y posthumano. Y que Arnold haya gobernado es lógico. Los Ángeles es un pulpo. Nunca vi tanta apología de la marihuana como aquí. También maniquíes de ropa fetichista para mujeres con tetas desproporcionadas. California es un territorio tetómano. Argentina es culómano. Ellos, tetófilos; nosotros, anófilos. Ellos son fetichistas; nosotros, sodomitas. Las tetas se exhiben; el ano, no.

“Uno viene a L. A. a reinventarse”, dice el guía. L. A: “una ciudad dónde tenés que abrir las puertas para descubrirla”. Eso es lo iniciático. El mito como escritor en California. Ya entendí: una identidad profesional. “Tendrías mucho trabajo”, me dicen. El pasado bien enterrado está. L. A. es la ciudad de la reinvención: no se muestra, es como un puzzle, hay que reconstruirla. Su identidad se construye.

Venice es todo lo que amo de Estados Unidos; Beverly Hills todo lo que odio. Venice Beach es libertad libertaria −palabra que está en Martínez Estrada, pero del mismo modo en Onfray−; Beverly Hills es libertad liberal, mercantil, ostentación. En Venice hay: skaters, rollers, bikers, fumones, ex-hippies, beatniks viejos, borrachos, musculosos, mujeres hermosas −con y sin siliconas−, raggas, dandies limados, tatuados, perros, aves, animales, arena, agua y sol. Venice es lo que California se supone que debería ser: lo es.

Los beatniks se reventaban en New York y se recuperaban en California: Big Sur (trinchera de Henry Miller, Kerouac y Alan Watts), Carmel y Monterey (con una erre). Es fácil entender la fascinación de Foucault y Deleuze cuando estás acá. En gran medida, es como la vuelta de sentido a la infancia, traspasar la pantalla de ese viejo cine de mi niñez en Lanús:

“Extenso trayecto hasta California y una nota pendiente sobre la naturaleza angélica. Debe ser que bajo en Los Ángeles. Vendrán zonas áridas con sombrerudos rígidos, botas de taco diagonal y patadas a las puertas, pero también se verán indios lánguidos, repletos de silencio, perfectamente derrotados, como corresponde. En alguna medida este ómnibus célebre es el colectivo digamos ciento diez, de colores vivos, en tren de conducirme a la matinée del cine veinticinco de mayo” (Néstor Sánchez, Diario de Manhattan).

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