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Primeras lecturas

La autora de El viento que arrasa y Ladrilleros (Mardulce Editora), narra en primera persona el comienzo de su destino de lectora.

Llegó sofocada y corriendo. Vestía un modelo de tarde de un gris muy claro. Era un traje abotonado de arriba abajo, con solapitas y cuello camisero. Un cinturón del mismo color, muy estrecho, anudado a la cintura con un simple nudo. Calzaba altos zapatos. En torno a la garganta lucía un pañuelo de seda natural, verde y negro, formando un conjunto muy fino con el resto de su indumentaria. Llegó un poco jadeante como si hubiese corrido mucho. Llevaba el cabello rojizo muy corto, peinado sencillamente, formando una melenita, con las patillas saliendo hacia la mejilla y un mechón de pelo sobre la frente. Los ojos tan verdes. Aquella boca suya que sabía a beso. Aquel palpitar de su pecho… Todo en ella denotaba la gran emotividad que sentía y no podía reprimir en aquel instante.

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A los siete años, tumbada en mi cama a la hora de la siesta y apretando el librito ajado y amarillento, canjeado en el quiosco de revistas, yo soñaba con ser como esta o cualquiera de las muchachas de Corín Tellado.

A mi madre le encantaban sus novelas así que siempre había dos o tres dando vueltas por la casa hasta que iba al canje y traía otras dos o tres, igualmente ajadas y maltrechas, con argumentos parecidos, pero tan fascinantes para mí: vestidos de gasa, cócteles en parques con piscina, bocaditos de salmón, besos fogosos, hombres que cuando sonreían enseñaban “un poco los dientes de lobezno hambriento”, hombres “crueles y despiadados”, que “calaban hondo”. Ella me permitía leerlas; en realidad, nunca me prohibió leer tal o cual cosa, y además me había contado que cuando era adolescente el abuelo Antonio −que murió cuando yo era muy chica− no la dejaba leer ese tipo de libros y que ella lo hacía a escondidas. Su anécdota, entonces, le agregaba un plus: estaba compartiendo con mi madre una especie de travesura.

Aunque aprendí a leer a los seis años, cuando empecé la escuela, enseguida lo hice rápidamente y de corrido, prescindiendo del dedito índice siguiendo las sílabas de las palabras y el balbuceo a la hora de pronunciarlas como les sucedía a casi todos mis compañeros de clase. No había aprendido a leer antes que el resto de mi generación, en esa época uno aprendía a leer cuando empezaba primer grado −ahora mis sobrinos de 3 y 4 años ya deletrean algunas palabras con bastante fluidez−, pero una vez que me llegó el momento no iba a perder el tiempo: quería leer sola, mis propios libros, a la hora que se me antojase: independizarme de los mayores por lo menos en eso.

Así es que los años 80 me encontraron devorando las novelitas de Corín: para mi felicidad, la prolífica asturiana había escrito miles así que contaba con una fuente inagotable de placer.

Fue gracias a estas lecturas que aprendí a usar el diccionario o, mejor dicho, que me acostumbré a usarlo: había muchas palabras que no comprendía: algunas por ser una lectora demasiado joven para esos términos y otras por ser muy “españolas”.

Sin embargo, mi romance con Corín no duraría más que unas cuantas siestas apasionadas de verano. Un día, quizás a falta de material nuevo, tal vez mi madre no había podido ir al quiosco de canje o yo había terminado las novelas antes que ella, vagando por la casa, sedienta de lectura, encontré la pila de revistas que leía mi papá, una pila bien masculina, rígida, erigiéndose desde el piso y casi hasta mi altura. Entonces no podía saberlo, pero mi descubrimiento llegaría en el momento justo para zafarme de las garras suaves, de uñas nacaradas, dedos largos de pianista, etcétera de la chic lit… aunque después verán que tuve mis recaídas.

Pues bien, en esas revistas apiladas en rígida masculinidad encontraría a esos héroes trágicos, hermosos y solitarios que me acompañarían a atravesar las zarzas de la infancia para depositarme sana y salva, mejor dicho: para abandonarme a mi suerte, en las doradas playas de la adolescencia.

Nippur de Lagash, el tuerto errante; Dago, el príncipe esclavo; Gilgamesh, el inmortal fueron enseguida mis favoritos: los tres atravesados por su tremendo destino. Las batallas en las que peleaba a espada partida Nippur, la hermosa amazona madre de su hijo; las ciudades atestadas de gente, de traición y de peste −sobre todo la lepra oculta debajo de velos que en algún momento se descorrían para mostrarnos rostros con la nariz comida por la enfermedad, cabezas sin oreja, brazos convertidos en muñones−, ésas eran las calles que recorría Dago cuando no estaba remando junto a otros esclavos en los barcos de los piratas; y Gilgamesh, el torturado inmortal, viajero del tiempo y las estrellas… los tres criaturas del gran Robin Wood.

Hace no muchos años, leyendo sobre la vida de Robin Wood, guionista estrella de la Editorial Columba que era la que publicaba las revistas donde aparecían estos héroes, supe que era hijo bastardo y que de muy joven se había ido a trabajar en los obrajes del Alto Paraná… Robin Wood con ese nombre que le puso su madre y que sonaba muy parecido al del otro Robin famoso (y no hablo del Joven Maravilla, claro), bien podría haber inspirado algún personaje de mis historias, sobre todo de Ladrilleros, mi última novela. Pero, si su biografía no inspiró ninguno de mis muchachos, sus criaturas sí han sido muy inspiradoras para mí desde que las descubrí.

Además del creador de mi trío favorito −estaba enamorada de los tres por igual−, también es el autor de Pepe Sánchez, Helena y Mi novia y yo, un poco más livianas, más divertidas, con las que me conformaba cuando llegaba a la última viñeta de las correrías de mis preferidos.

Y más o menos por esta época, seguramente arrastrada por estas lecturas y también por los gustos lectores de mi hermano, aparecieron los libros de Emilio Salgari y Julio Verne. Los de Verne venían además con la yapa de haber sido el autor de cabecera de mi abuelo Antonio −sí, el mismo que censuraba a Corín Tellado−; como yo no lo recordaba pues había muerto cuando tenía dos años, me había formado una fantasía heroica de él, un poco alimentada por mi madre seguramente, en la que el peón de campo volvía a la noche a su casita miserable, llena de hijos, y cuando todos se iban por fin a dormir, le robaba horas al sueño para leer a Verne bajo la luz pobre del sol de noche: mi abuelo era un hombre culto porque descendía de suizos-franceses −pensaba− y yo, su primera nieta mujer, había heredado su intelectualidad.

Un poco después vino la Colección Robin Hood. En esa época o eras fan de la Billiken o de la Robin Hood y para mí no había ningún tipo de dudas: esos libros amarillos, gorditos y con pocas ilustraciones eran casi libros como los que leían los adultos. Los de Billiken tenían menos páginas, eran para chicos haraganes, y seguro le faltaban partes de la historia.

Sin embargo, con la Robin Hood también hubo otra maniobra brusca en mis inclinaciones lectoras… porque, ay, lo primero que descubrí de la colección fueron las novelas de Louisa May Alcott, ese veneno azucarado que enfermó gran parte de mi niñez.

Nunca sería tan buena como las chicas de Alcott; nunca, nunca tendría la entereza para aceptar tanto sufrimiento con tanta alegría. Por más que me esforzara jamás le llegaría a los bajos del vestido a la generosa Jo que vendió su hermoso cabello para comprar las medicinas de su pequeña hermana, la dulce y moribunda Beth que, a pesar de los sacrificios de Jo, iría a reunirse con su padre muerto en la guerra uno de esos crudos inviernos que plagaban las páginas de los libros con sus jardines cubiertos de hielo por donde las muchachas se deslizaban sobre el filo de sus patines en los fugaces momentos de dicha que les permitía la pluma amarga de su autora. El amor que sentía por mi madre, que era enorme, nunca sería tan grande ni tan bueno como el que Jo, Beth, Amy le prodigaban a la suya, la viuda pobre y sufriente que, pese a todo, siempre tenía fuerzas para tocar una canción al piano y cantar con su coro de niñas para darles confianza. Las lecturas de Alcott me dejaban deprimida y descontenta conmigo. Sin embargo, cada vez que encontraba otro título en los estantes de la biblioteca de la escuela me lo llevaba conmigo, no podía negarme… supongo que esto habrá coincidido con alguna etapa masoquista de la pre-adolescencia.

Las novelas de Louisa Alcott eran las que leía prestadas −de la escuela o de mis amigas−, pero ahorraba para comprarme otras que todavía conservo: Corazón, de Edmundo D´Amicis; Ella, Las minas del Rey Salomón, de Rider Haggard; Las aventuras de Tom Sawyer, Tom Sawyer en el extranjero; Violeta, una novela muy divertida, con una chica muy lejos de las de Alcott (la buena de Louisa la hubiese quemado en la hoguera); aventuras del lejano oeste norteamericano cuyos títulos no recuerdo… en fin, un montón de otras historias que supongo oficiaron un poco de antídoto a Mujercitas, Una niña anticuada, Ocho primos, y etcétera.

Y llegamos al momento en que por fin pude hacerme socia de la Biblioteca Popular Bartolomé Mitre de mi pueblo. No recuerdo ese primer día en que traspuse la puerta para asociarme y sacar mi primer libro, pero me imagino −porque todavía llevaba la impronta Corín en mis venas y era bastante espamentosa− que mi corazón habrá dado un vuelco en mi pecho y me habré sentido emocionada. Empezaba otra etapa en mi vida: la de la chica de doce años que recorrería a pie las 15 cuadras que separaban su casa de la biblioteca una o dos veces por semana, con su carnet en el bolsillo trasero del jean, y un libro abajo del brazo.

Me habré quedado con la boca abierta ante tamaña cantidad de libros, no porque hubiese realmente tantos sino porque en mi escuela había muchísimos menos, y me habré sentido desorientada. Como en aquella época además de espamentosa era remilgada, me imagino que no habré pedido enseguida la ayuda de la bibliotecaria, y habré vagado entre los estantes, como caminando sobre algodones, tomando al pie de la letra los carteles que ordenaban: ¡silencio!, leyendo los títulos en los lomos, algunos descascarados y otros impecables pues nunca habían sido abiertos ni por curiosidad.

No recuerdo si fue por recomendación de la bibliotecaria o sola que di con las novelas de Sidney Sheldon y Laurence Sanders… seguro fue por ella que dos por tres me despachaba alguna de Danielle Steelle, en mi última y estrepitosa recaída en la novela romántica. Aunque lo mejor que leí por entonces fueron dos novelas de Guy des Cars, dos de entre las tantas suyas que leí: El solitario, la impresionante historia de un hombre ciego, sordo y mudo que se adjudica un asesinato y de las dificultades de su abogado a la hora de defenderlo; y La impura, la historia de una hermosa prostituta que se enferma y es enviada a un leprosario que cambiará su vida frívola.

La impura me conmovió tanto que, del mismo modo que a la protagonista, me aparecieron una pequeñas manchas rosas en el brazo: por supuesto, di por sentado que tenía lepra: ¿acaso a ella no la había contagiado un gato y yo vivía con gatos desde que tenía memoria? Le pedí a mi madre que me llevase al médico. En esa época mi mamá era enfermera y trabajaba en el Sanatorio Cruz Verde; allí fui a ver al Dr. Benítez, quien estudió con aparente interés mis manchas y sin aviso previo agarró una aguja y empezó a pincharlas. ¿Te duele? ¿Y a usted que le parece? Me había dolido en serio. Bueno, entonces esto no es lepra; dejá de leer un poco y ayudá a tu mamá en las cosas de la casa, más escoba y menos lectura, fue su inobjetable consejo.

Aunque hasta que empecé la facultad no leí a ninguno de los autores del cánon, desde que aprendí a leer siempre estuve leyendo. En la adolescencia era muy tímida y solitaria −todavía lo soy−, me costaba relacionarme, y tener un libro en la mano, poder abrirlo en un lugar público y ponerme a leer, me salvaba de muchas situaciones incómodas: no llevaba un libro, me agarraba fuertemente a uno para no ahogarme en mi propia timidez.

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