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Las lenguas del parricidio: Murena y Rozitchner

En el presente texto, la ensayista pone en juego el concepto de parricidio en H. A. Murena y en León Rozitchner para así imaginar los contornos de una lengua propia.


Fernando Botero, Hombre reclinado, 1998, lápiz sobre tela.

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Ante la soledad sin par de una pampa desierta y sin historia, el americano, como un recién nacido abandonado que quiere hablar y sólo encuentra palabras prestadas (¿pero no es eso el lenguaje, al fin y al cabo?, ¿no es eso la cultura?) abre los ojos y se pregunta “¿por qué?”. El “¿por qué?” metafísico de todo hombre arrojado a un mundo al que ha sido traído sin elegir venir, en el americano no puede sino brotar de un modo radical, duplicado en la pregunta “¿y por qué aquí?”.

“A la aridez natural se agrega esa aridez que sólo el alma siente”, escribía Martínez Estrada en su famosa Radiografía de la pampa (voz que, decía Murena, nos hace doler los oídos por su verdad) “pero que siente muy adentro, cuando bajo sus pies no hay más que el soporte físico del mundo”. “Un hombre allí está solo”. Solo, porque no tiene historia. ¿Y cómo camina un hombre sin historia? Excesivamente ligero, o muy pesado.  Sin término medio. Y no camina.

Los unos vuelan lejos, en ese cielo estrellado que allí, en su inmensidad, se parece demasiado a esa pampa de la que pretenden irse. Vuelan, esperanzados, para caer en el pozo de Tales, ése en el que cayó, distraído, por dedicarse a mirar las estrellas. Y en el que están los otros, los que en lugar de volar, caminan como caminan los jorobados, con un “andar extraño y dificultoso”. Llevan dos pecados en sus espaldas, y el peso los hace hundirse cada vez más en la tierra.

Dos reacciones distintas, éstas, que Murena plantea en El pecado original de América, arquetipos del hombre americano a primera vista opuestos, pero al cabo iguales, en su inacción ante la falta originaria que nos define. “Hubiera preferido no nacer en estas tierras”, se queja el primero, soñando con la historia de otras patrias lejanas, recreando en su mente castillos imaginarios, para llenar de algún modo la ausencia en la que habita. Cree ser libre así, pero su castillo imaginado se ha transformado, gradualmente, en su cárcel: lo ha encerrado en un sistema de ideales europeos, y sólo puede hablar desde los valores universales de sus curiosas rejas.

El otro es aquel que, cual Oliverio Girondo en “Campo nuestro”, no simplemente no considera que en el paisaje pampeano no haya nada, sino que, extrañamente, cree que allí está todo. Inversión completa del primero, vive en la hipérbole y el animismo de una total identificación con la pampa, divinizada en un rezo sin palabras. No puede tener palabras porque, como en el poema de Girondo, nombrar es traicionar esa vida salvaje: “Por algo ante el apremio de nombrar / he preferido siempre galoparte”, podría decirle quien quiere ser americano pero no sabe cómo a esa pampa que, sagrada, se vuelve un cielo tan vacío como el paisaje que veía el primero. Su reacción ante el vacío es llenarlo de pasado, esto es: de más vacío. Como carecemos de verdaderos principios aglutinantes, nos volvemos hacia el pasado,  “porque sólo allí nos sentimos ser, y en verdad nos estamos impidiendo ser, porque únicamente somos en el presente”, escribía Murena en El pecado original de América.

A primera vista, El materialismo ensoñado de León Rozitchner parecería este caso. Postula León, en “La mater del materialismo histórico”, un primer mundo que se originaría antes de acceder al tiempo y al espacio objetivo, “primera lengua que no tenía palabras que permitieran la separación entre significante y significado”. ¿Pero qué tipo de “pasado” sería esta “experiencia arcaica materna”?, ¿el sueño mítico, el “sin tiempo del instante absoluto” de aquellos que son incapaces de ser en el presente? ¿Querer volver al pasado, vivir en algo que no es, querer volver al vientre de la madre, no es, al fin y al cabo, un suicidio con otro nombre?

Rozitchner, por suerte, puede responder que no. La verdadera muerte en vida es dar por muerto algo que vive aún, aunque sea invisible. En verdad, apunta, si el ensoñamiento materno se hace invisible, es porque el afecto que lo sostiene fue suplantado por el aspecto patriarcal. El verdadero terror del paisaje de la pampa no es aquí su vacuidad sino el hecho de que, perverso, no se conforma con declararse vacío, y se puebla de un lenguaje impuesto, máscara que actúa como si fuera el único y verdadero. “¿Qué había antes de él?”, “Nada, nada”, se apresura a decir mientras esconde con el pie el cuerpo agonizante del lenguaje materno que quiere interrumpir pero no puede, la sentencia “en el principio era el Verbo”.

La única alternativa para que viva la madre, ese “éter en el cual el sentido circula” y sin el cual no podría haber sentido alguno (porque el sentido no es algo que se produce en el espíritu, sino que está encarnado en el cuerpo) es matar al padre. Reaparece aquí la figura del parricidio que ya había sido tematizada por Murena, como elemento necesario para nacer verdaderamente como Nación.

La idea del parricidio como base de una posible comunidad es central en El pecado original de América. El parricidio representa la posibilidad de convertir el trauma de la ruptura en voluntad vivificadora, en obra. Pues tanto aquel que “hubiera preferido no nacer en estas tierras”, imitador sin más de Europa y desdeñador de la “barbarie” que constituye casi la totalidad de su país, como aquel que se reconoce miembro de la misma y en lugar de rechazar el pecado se hunde en él, son ejemplos de la ausencia de obra.

El primero porque quiere aprisionar todo en los sistemas ideales europeos; el segundo porque uniéndose sin más a las oscuras fuerzas de la tierra, opta por callar. “Cosmopolitas parlanchines unos, nacionalistas taciturnos los otros”, apunta Mattoni en “H. A. Murena: una fantasía inconfesable”, optan o bien por una vida de muerte, o bien por una muerte por asfixia, y ninguno es capaz de ser libre ante el pecado. ¿Qué alternativa queda? ¿Cómo completar, entonces, el parricidio?

Para Rozitchner, se trata de un retorno al sueño materno, pues “el ensoñamiento es la forma más densa de contener todo el sentido”. Momento absoluto originario, indistinguible de la materia misma de nuestro propio cuerpo, y momento que ha sido negado por las “sociedades matricidas” en las que vivimos, negadoras de ese lenguaje original donde el sentido está pegado a la materia. Sería muy ingenuo, sin embargo, leerlo como un mero “retorno”. ¿No sabe Rozitchner que esa vuelta es imposible? ¿Y si es así, para qué escribe?

Si hay algo en lo que Rozitchner y Murena están de acuerdo, es en hacer del desamparo −en lenguaje spinoziano− una afección activa. “Madre apalabrada” que debería relampaguear, en Rozithcner, en un “instante de peligro”. Y si el tema de la ausencia recorre, como buen discípulo de Martínez Estrada que es, las páginas de El pecado…, el quid está, para Murena, en no quedarse viviendo allí.

Ante la pampa desolada, o lo que es lo mismo, poblada de la nada vacía de lo que se le ha impuesto, ante esa inmensidad que nos vuelve insignificantes y hasta nos hace olvidar que somos cuerpo, Rozitchner pronuncia la palabra “madre”, literal y en su acepción “originaria”. Un soplo cálido nos invade todo el cuerpo y recordamos que allí estaba, con nosotros, “bajo el saber objetivo y distante, ese otro saber que tenemos del cuerpo, porque está siempre con nosotros y porque somos cuerpo”, como apuntaba Merleau Ponty en su Fenomenología de la percepción. Nos inflamos, de pronto, más y más. Si “la palabra ser es radicalmente heterogénea con lo que evoca el nombre mamá: la una vacía, la otra llena”, hacer esa “prueba”, pronunciar en voz baja su nombre, nos hace crecer ante la pampa árida: ya no somos microscópicos ante ella, sino que somos el hombre de una pintura de Botero, así como éramos para nuestras madres en el momento en que fuimos, ya no “arrojados” al mundo sin más, sino esperados y celebrados por ellas.

Así como nosotros mismos nos sentimos cuando entendemos que, si ese lenguaje originario es irrecuperable, si la unidad gozosa de la madre y el bebé en donde todo comenzó se ha ido; parte de él vive, sin embargo, en la poesía. Es la palabra poética la que habría prolongado, y podría prolongar, en nosotros, la lengua materna. La que convierte en lengua viva una lengua que fue dada por muerta. “Antes que el pensamiento racional y moderno apareciera”, escribe Rozitchner, “el pensar era poético: existía la metáfora donde lo ensoñado se ampliaba y el horizonte del mundo se extendía”.

Lo más cercano a la “unidad gozosa” que plantea Rozitchner es, para Murena, la metáfora. Contra el “pensar titánico” que no puede aceptar el misterio, Murena insiste, justamente, en la centralidad de lo metafórico y en la experiencia poética como conocimiento previo y más certero del mundo: “¿Qué forma más perfecta de indagar la realidad que fundándola poéticamente? Los infinitos sistemas, las infinitas novelas, las infinitas teorías, siempre pueden ser resumidas en un verso”.

La poesía reúne lo aparentemente contrario, y rompiendo las barreras racionales, restaura la unidad de todo lo que vive. De la humildad, su gesto más osado. Si el lenguaje del primer hombre, como afirma Murena en La metáfora y lo sagrado, era el verso, y la Caída supone una pérdida de la metaforicidad originaria; la poesía, evocando ese lenguaje originario, representa una posibilidad de salvación.

“Volver al cuerpo de la madre” es “ponerse anacrónico”, como hace Murena en La metáfora y lo sagrado, escuchando, por ejemplo, una grabación del Corán. En un idioma que no entiende, precisa ponerse en una “posición correcta” −consciente, de pronto, de sí mismo como cuerpo− disuelto bajo la melodía, y poseído por el silencio. Pero un silencio positivo, dador de sentido a todo lo demás. La madre que nos habla allí, en la ternura de las entresílabas.

Es cierto que no se trata, en Murena, de una guerra contra el patriarcado en general, sino en matar a padres concretos −los de Europa− para poder, así, tener los nuestros propios. Toda la cuestión está en generar padres propios que, al tener asegurada su descendencia, nos permitan reconciliarlos con los muertos. Y esa lengua no es un mítico, perdido, estado de ensoñación sino que, en El pecado…, se aparece como una tarea concreta. Una tarea que el mismo Murena está empezando mientras escribe y propone, como al pasar, posibles padres de una primera genealogía. Pero también es cierto que estos padres, para ser aceptados como nuestros, estarán siempre cercanos a la “madre” de León: la selva en Quiroga, por ejemplo, o el arrabal por el que transita Florencio Sánchez, lenguajes “infernales” (¿paradisíacos?) que pretenden ser sepultados por el lenguaje patriarcal, por la Escuela y las teorías distantes que pretenden una totalización absurda.

Murena comprende que esa totalización es imposible. Escribe “mitos” que “se contradicen”, y en el prólogo de Homo atomicus, por ejemplo, propone su noción (adorniana) de “método asistemático”: un modo de pensar que no reduzca la posibilidad de conocimiento a la mismidad, sin descuidar, tampoco, las mediaciones constitutivas de la cultura.  Esta “política adorniana” se plasma, en sus ensayos, en la capacidad de subvertir continuamente los sistemas, pensando a partir de la discontinuidad, y haciendo un uso ecléctico de los diversos marcos teóricos. Desplazarse para no situarsepues si el concepto de totalidad se divorcia de lo particular, como había dicho Adorno, se vuelve inevitablemente reaccionario.

No es cuestión, entonces, de destruir todo lenguaje ajeno porque sí, con el fanatismo del que destruye por destruir y luego se da cuenta de que no tiene nada, sino de buscar nuestra propia espiritualidad. Sin espiritualidad nos perderíamos en el paisaje hasta ser insignificantes. Tenemos, pues, que humanizar el silencio. Ser, como Quiroga, “serpiente que se arrastra” y “árbol que se calcina bajo el sol de la selva misionera”, pero para después poder hablar, con un idioma especial, de todo aquello. Con un idioma tan propio que se pueda hablar con él de cualquier tema, particular o universal, y que al mismo tiempo se note que es nuestro.

Absorber el paisaje en nosotros mismos, como la figura de Botero, recostada en el paisaje, que no por eso ha eliminado el paisaje, sino que, consciente del que para Rozitchner es el problema fundamental de la filosofía −“¿por qué existe un cuerpo, dentro de todo lo existente, que sea yo mismo?”−, percibe el único y verdadero misterio: “que exista un cuerpo que sea yo mismo”.

El verdadero fundamento del misterio de la existencia no es, como suele ser planteado, el de por qué hay el ser y no más bien la nada (“fría conciencia segunda que el terror separó de otra previa que se extendía desde la materialidad ensoñada del cuerpo materno”) sino el “de por qué, entre todo lo que existe, hay un cuerpo que soy yo”. Desde esa pregunta es que podremos vivir más libres, en un mundo que coincida, tal vez un poco más, con nosotros mismos.

Mundo de la “poesía-poesía” que no es el mero regocijo primero de un momento fatalmente desaparecido, sino la lucha siempre actual de imponer nuevos sentidos al mundo, en la conquista audaz de una lengua propia. Si Murena veía la necesidad de “conquistar una nueva habla”, pero se encontraba con un “sentimiento de impotencia respecto al hecho de tener que sustanciar la misma”, Rozitchner, con su identificación lengua-tierra-madre, puede fundarla (aunque “fundarla” sea ya una palabra de la fría racionalidad moderna), encontrarla, mejor, como se encuentra lo que nunca se ha perdido, y celebrarla, en ese “núcleo originario” que es la matriz elemental del deseo.

Al contrario que “la puesta entre paréntesis fenomenológica”, el deseo puede llenarlo todo, el deseo une. Porque el hombre de Botero recostado no es el punto máximo de la individualidad, no es el “comportarse como si estuviéramos solos” que criticaba Murena como impedimento para conformar una verdadera comunidad, sino que ha absorbido, en sí mismo, en una forma de particular recostarse, en un modo peculiar de estar, algo que se parece a lo americano mismo.

Si no hay un “en-sí” de la americanidad que nos permita dar una definición precisa, existe, sin embargo, esa “materialidad ensoñada” de la que habla Rozitchner, como un continuo que liga a los sujetos, que no desaparece nunca y no puede ser destruido.  Ante la imagen espectral del Padre amenazante, es la dulzura de la palabra poética en la que, si bien palabra, aún se oye un galope y un latido.

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