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Herrschaft

A partir de la idea de dominio (Herrschaft), Murena recorre los jalones del pensamiento negativo, en este ensayo publicado originalmente en el diario La Nación en 1971.

La noción de dominio (Herrschaft) que marca a una íntegra tendencia del pensar contemporáneo, refleja la preocupación del individuo ante la amenaza del creciente poder malo de la sociedad. Designa a los poderes públicos y privados que manejan a las comunidades y fue concebida por Max Weber, “el Marx de la burguesía”, quien se atormentaba ante la perspectiva de una sociedad tan absolutamente administrada que constituyese para las criaturas la desdicha radical. Weber entendía que, dentro del proceso de racionalización y burocratización que la tecnocracia impulsa en forma irreversible, el capitalismo representa un estadio definitivo, que abarca incluso al socialismo, pues el único efecto que éste lograría sería llevar al extremo la burocratización.

Dominio, manipulación, administración total de la sociedad, son nociones weberianas que toma la Escuela de Frankfurt, compuesta hacia 1920-1930 por pensadores ligados al Institut für Sozialforschung de esa ciudad: Horkheimer, Fromm, Adorno, Benjamin, Marcuse y otros que se les vinculan, Bloch, Lukács, etc. Toman las concepciones weberianas, pero para usarlas según una visión hegeliano-marxista. No se resignan al fatalismo de Weber en cuanto al crecimiento inexorable del dominio malo y proceden a la crítica de la sociedad para procurar encaminarla −dentro de los preceptos del secular iluminismo al que prolongan− hacia su forma justa.

Pensadores de origen judío −como lo era en alta medida la cultura alemana de la época−, se observa en ellos un trasfondo mesiánico, una irreprimible tendencia a la utopía. Ejemplos notorios son tanto las apelaciones a la mística judía de Benjamin, como el utopismo de Marcuse, el Bloch de Das Prinzip Hoffnung (El principio esperanza), cuya tesis fundamental dice que el marxismo es el único camino para realizar las premisas religiosas, o el de Thomas Müntzer als Theologe der Revolution (Thomas Münzer como teólogo de la revolución), en el que analiza al herético del siglo XVI que intentó que la promesa se cumpliese no en el Cielo sino en la Tierra. Se trata de un mesianismo que ha renunciado a la trascendencia, un mesianismo invertido en la misma dirección en que Marx invirtió a Hegel.

Coherentemente, la dialéctica hegeliano-marxista ha parecido a estos autores la única garantía contra los extravíos a que pudiera conducirlos el impulso mesiánico. Sin embargo, el sentido en que la Escuela de Frankfurt −especialmente Adorno, Horkheimer y, con mucho menos rigor, Marcuse− ha interpretado dicha dialéctica es muy singular y le ha valido el nombre de escuela de pensamiento negativo. El pensamiento negativo, abocado a la crítica del dominio que perpetua la injusticia, rechaza no sólo los rasgos francamente negativo de tal dominio, sino también la pretensión de los rasgos positivos, que no hacen más que encubrir la negatividad que encierran: tan falsa es la libertad que el capitalismo proclama en un sistema económicamente predeterminado por completo como inicuo el socialismo en una comunidad en la que las concepciones rectas se hallan al servicio de un tirano. El pensamiento negativo critica la totalidad de lo existente en una actitud dialéctica en la que reaparece el mesianismo inicial: toda ciudad es perfeccionable y rechazable porque ninguna ciudad es la Ciudad de Dios.

El pensamiento negativo corresponde a las postrimerías. Hasta Hegel, la razón, apoyada en un absoluto ultramundo, puede construir un sistema que refleje una imagen del mundo. Independizada de lo absoluto, la razón se empobrece al convertirse en su propia esencia: el pensar negativo, dialéctica cuyos momentos se van negando sistemáticamente uno a otro y que, en procura de lo verdaderamente racional, acaba por instaurar la irracionalidad de la negación total del mundo. El estilo literario de Adorno y Horkheimer ofrece prueba de lo mismo: quien lea Zum Begriff des Menschen (Sobre el concepto del hombre y otros ensayos) advertirá que Horkheimer, en sus intentos pesadamente pedagógicos, recae en el idealismo y en la nostalgia y no logra su objetivo, mientras que si hojea Minima Moralia. Reflexionen aus dem beschädigten Leben (Minima Moralia. Reflexiones desde la vida dañada), de Adorno, comprobará que éste, ciñéndose casi al aforismo, da el ritmo de la razón acosada y salvaje, que no tiene por amigo ni siquiera a la fugaz verdad.

La incapacidad del capitalismo para eludir la irracionalidad de esa sociedad brutalmente racionalizada hacia la que se encamina iguala a la incapacidad del socialismo −que prometía eludir el error liberal− para superar la irracionalidad de la tiranía con que debe imponerse. El pensamiento negativo proclama la irracionalidad del mundo en que alienta. Pensamiento del fin, en él la razón vuelve a lo que fue en el origen: terror, terror a la disolución de la persona en un mundo aún no humano, terror ahora ante la misma amenaza que esgrime la barbarie de la super-civilización.

El pensamiento negativo deja sin embargo la enseñanza de que hay que estar en permanente atención a lo mejor posible, que sólo se percibe superando la mortal hipnosis que ejerce lo existente.

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* La Nación, 31 de enero de 1971.

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