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Visita a la mujer imposible…

El narrador y poeta comparte un sugestivo relato inédito poco antes del lanzamiento de su nuevo libro (Experimentos con seres humanos, Editorial Nudista).

When you are old and grey and full of sleep,
And nodding by the fire, take down this book,
And slowly read, and dream of the soft look
Your eyes had once, and of their shadows deep.

William B. Yeats

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1

Ya en el título de esta crónica violo dos mandamientos de mi escritor favorito. El primero: no escribas nada real. El segundo: no escribas sobre escritores. Si les interesan los mandamientos restantes, pueden leerlos en la última página. Cuando vuelvan, yo seguiré en este párrafo. Me presento: soy Vanesa Broofied, tengo 30 años, edito una revista de moda y escribo poemas desde que aprendí el abecedario. Hay miles de fotos con mi nombre y apellido en Internet, pero mis preferidas son las que muestran versiones de mi cuerpo a los 20 (cuando gané el concurso provincial de poesía), a los 23 (disfrazada de novia en una fiesta), a los 26 (en una estación de trenes) y a los 29 (brindando con una copa vacía). En una época que se sitúa entre la segunda y la tercera foto, leí por primera vez un poema de mi escritor favorito. El escenario de esa lectura fue la biblioteca de un amigo que siempre se las ingeniaba para invitarme a la vieja casona de sus abuelos y que esa vez me convenció con la promesa de regalarme cualquier libro que yo eligiera. La oscuridad de la biblioteca me obligaba a acercarme a una distancia miope de los estantes y a moverme con la cabeza inclinada para leer los títulos verticales. Descubrí una novela que me llamó la atención, traté de sacarla con la punta del dedo índice, pero el libro se negaba a salir, estaba tan metido a presión que debí arrancarlo a la fuerza de las zarpas de los otros libros, y el tirón repercutió en toda la estructura de madera, la hizo temblar, toser polvo, y expectorar algo más o menos sólido desde uno de los estantes superiores. La cosa que cayó al piso con un ruido sofocado resultó ser un ejemplar mínimo y acomplejado de un librito que recién cuando lo di vuelta se presentó como Mutaciones personales. Lo abrí en una página al azar y el poema que estaba acechando me saltó encima y me devoró entera, desde la cabeza a los pies, sin morderme, sin rozarme con los dientes, como si yo fuera líquida y sus palabras tuvieran muchísima sed y muchísimo hambre. Me dejé deglutir una y otra vez, apoyada sobre mis rodillas, medio agachada y de espaldas a mi amigo que bien podría haberme desnudado sin que yo me diera cuenta.

− ¿Vanesa?

Para ahorrar tiempo, me permito el efecto especial de sustituir la respiración de mi amigo por una voz vacilante y de reducir la biblioteca a una habitación más pequeña pero no menos oscura:

− ¿Vanesa cuánto?

La habitación pertenece a un departamento de dos ambientes en el cuarto piso de un edificio de la calle Ducasse. La voz vacilante, a mi escritor favorito.

− Vanesa Broofied.

− ¿Inglesa?

− No, irlandesa. Mis padres se vinieron a la Argentina en 2013, cuando yo tenía sólo tres añitos…

Como es fácil deducir de los dos mandamientos citados al principio de esta crónica, mi escritor favorito odiaba la realidad y odiaba a los otros escritores. De modo que cuando fui a visitarlo no me presenté como poeta sino como una periodista fanática de su obra.

 

2

La obra de mi escritor favorito se compone de tres novelas (Queridas sombras, Números primos y Doctor Mimético), cuatro libros de relatos (Versión doble, Marion y Romina, Hermanos experimentales y Vestido de boda) y dos libros de poemas (Mutaciones personales y Formas de hacer el mal). También escribió ensayos y artículos para diarios y revistas provinciales. Pero esos textos nunca fueron reunidos en un libro, aunque con un poco de paciencia pueden encontrarse en diversos archivos virtuales. Mi amigo no recordaba haber comprado Mutaciones personales (y mucho menos haberlo leído), lo que era bastante lógico porque el libro había sido publicado antes de que él naciera y no figuraba en la bibliografía de ninguna materia universitaria. Fuimos a preguntarle a su abuelo, que agarró el librito con una mano desconfiada, lo abrió justo en el medio, volvió a cerrarlo, y me lo devolvió con un gesto de la cabeza más despectivo que negativo. Misterio: ni el abuelo ni el nieto eran capaces de responder cómo ese pequeño volumen había trepado hasta el estante más alto de la biblioteca. Me llevé el libro a casa, me aprendí de memoria el poema (supuse que trataba sobre la muerte de una novia adolescente), y estuve buscando datos del autor en Internet hasta la madrugada. Encontré más poemas, un fragmento de Queridas sombras y artículos periodísticos que parecían escritos por otra persona pero que estaban firmados por él. No abundaban los datos biográficos. Fecha de nacimiento: 1965. Lugar: Los Juncales, provincia de Santa Fe. Estudios: licenciatura en Filosofía. Profesión: … ¿No les resulta tediosa toda esta información curricular? Pasemos a algo más interesante. Tal vez debería dedicar un párrafo a contarles cómo logré que mi amigo me ayudara a buscar los otros títulos en librerías de usados y bibliotecas públicas, pero no se hagan ilusiones, lo único que voy a decir es que en un período de tres meses encontramos todos los libros en sus ediciones originales (una forma educada de insinuar que nunca fueron reeditados).

Desde que leí Mutaciones personales hasta que conseguí el número de teléfono y la dirección de mi escritor favorito pasó el tiempo suficiente como para que yo estudiara su obra y detectara los temas más recurrentes. Preparé una lista de preguntas, lo llamé, y acordamos una cita en su departamento. Voy a evitarles una descripción detallada del lugar y espero que les alcance con la información inmobiliaria básica de que tenía una cocina-comedor, un dormitorio y un baño. Me abrió la puerta un viejo que no se parecía en nada al señor de cara redonda y anteojos cuadrados que yo había visto en las fotos de Internet. Estaba muy flaco, casi anoréxico, y vestía lo que bien podrían haber sido las ropas de su nieto, todo lo cual le daba la apariencia de un esqueleto disfrazado. Movía la cabeza en una negación constante y no dejaba de mirarme a los ojos cuando hablaba, aunque se tapaba la boca con una mano venosa para esconder sus dientes arruinados y su mal aliento. Al principio, no pude preguntarle nada, estuvo quejándose durante media hora del Premio Nobel que le habían concedido once años antes al poeta Silvio Mattoni y la siguiente media hora se dedicó a destruir la reputación de otros autores cordobeses sobre los que él había escrito las primeras críticas positivas. Todos eran monstruos. Todos eran criaturas viscosas que él había engendrado con sus falsos elogios. Es mi culpa, decía, mi culpa, mi gran culpa, y se golpeaba el pecho con un dedo. Cada tanto, se interrumpía y me preguntaba ¿Vanesa cuánto? y después de escuchar la respuesta, Broofied, bajaba los ojos y se quedaba murmurando las sílabas de mi nombre y mi apellido, alterándoles el orden y buscándoles nuevas combinaciones. No avanzamos todo lo que yo quería en mi cuestionario durante esa primera cita, pero lo que avanzamos me bastó para notar que el carácter de mi escritor favorito cambiaba totalmente cuando hablaba de sus libros. Adoptaba el tono imparcial de un profesor universitario que hubiera recibido una beca vitalicia para estudiarse a sí mismo. Recordaba cada palabra que había escrito y también cada variante que había eliminado y era capaz de desenterrar el sentido de un verso hasta exponer sus raíces. Me dictó sus diez mandamientos y me dijo que el poema que yo había leído en la biblioteca de los abuelos de mi amigo no se refería a una novia adolescente, sino a una compañera del colegio secundario de Los Juncales que se había muerto de cáncer antes de cumplir 40 años. Tenía una foto de ella.

− ¿Me la muestra? −le pedí−.

− Otro día −prometió−, y así fue cómo acordamos una segunda cita.

 

3

Nunca me mostró la foto de esa compañera del secundario, pero me confesó algo mucho más interesante, algo que justifica el título de esta crónica. En uno de los encuentros posteriores, después de haber exterminado a la última generación de escritores cordobeses, me sometió a una especie de examen de cultura general. Empezó preguntándome (¡una vez más!) mi nombre y mi apellido. Contesté: Vanesa Boofried. ¿Nacionalidad? Irlandesa. ¿Sabe por qué mi novela Queridas sombras se titula Queridas sombras? Es la cita de un verso. ¿Quién es el autor? Yeats. ¿Cuál es su nombre completo? William B. Yeats. ¿Qué significa la inicial B? Ni idea. Butler. William Butler Yeats. ¿Se acuerda del verso de memoria? No, no creo. Me miró a los ojos decepcionado y recitó: Queridas sombras, ahora lo saben todo. Dijo que era una traducción literal y que tenía una variante mejor, en endecasílabo: Queridas sombras, ya lo saben todo. La siguiente pregunta fue: ¿Dónde nació William Butler Yeats? Me quedé callada y el respondió por mí: En Dublín, Irlanda, como usted. ¿Y en qué año nació? Como tampoco supe responder, decidió pasar del modo interrogativo al instructivo: en 1865, cien años antes de que yo naciera, justo cien años, ¿puede creerlo? A partir de esa coincidencia elemental, había descubierto una larga lista de concidencias que lo llevaron a pensar que él era una reencarnación del poeta irlandés. Así, por ejemplo, como Yeats había ganado el Premio Nobel en 1923, dedujo que él lo ganaría en 2023. El hecho de que se lo dieran a Silvio Mattoni no refutaba su lógica de visionario, al contrario, la confirmaba, aunque de esa manera irónica en que el destino se cumple para quienes le adivinan las intenciones. ¿No era una prueba suficiente que lo obtuviera un poeta cordobés? ¿No superaba el más optimista de los cálculos de probabilidades? Sin embargo, esos detalles menores no debían desviar nuestra atención de la principal coincidencia entre Yeats y él: los dos habían sufrido toda la vida un amor no correspondido. La mujer que obsesionó a Yeats durante cincuenta años se llamaba Maud Gonne y era una militante nacionalista, una actriz bellísima que luchó por el renacimiento de la cultura celta, aunque ese detalle tampoco importaba, lo importante de la historia que me estaba contando se reducía a un punto: Yeats había escrito muchísimos poemas sobre ella y para ella, y en esos poemas la había elogiado y la había criticado, le había suplicado y la había insultado, pero recién en uno de los últimos poemas, titulado Cosas soberbias y hermosas, la había llamado por primera vez por su nombre y su apellido verdaderos. Me leyó el verso: Maud Gonne en la estación Howth esperando un tren… Cerró el grueso libro de las poesías completas de Yeats y volvió a fijar sus ojos en mí:

− Yo todavía no pude hacerlo, lo más cerca que llegué es este poema.

Me dio una hoja donde estaba impreso el poema, pero me pidió que lo leyera sola en mi casa. Después me preguntó:

− ¿Cree que las personas pueden conectarse mentalmente a la distancia?

Yeats y Maud Gonne habían intentado comunicarse por telepatía varias veces. En una carta que encontré en Internet ella cuenta una de esas experiencias. “Pensé que podría acercarme a ti en un viaje astral. No eran tus horas de trabajo y supuse que yendo hacia ti de esa manera te daría algo de mi vitalidad y mi energía”. Pese a mis preguntas más o menos indiscretas, no fue mucho lo que mi escritor favorito me contó sobre su mujer imposible y sospecho que no había demasiado para contar salvo la persistente obsesión que lo unía a ella y que él consideraba una forma de comunicación telepática. Se habían conocido en la universidad y habían tenido el contacto físico del que se privaron Maud Gonne y Yeats, lo que constituía el único beneficio concreto de la reencarnación. Estuvieron juntos unos meses hasta que dejaron de salir por motivos que no me quedaron claros. Después de la separación, siguieron viéndose durante más de 20 años, aunque el contacto físico se redujo a una decena de abrazos y a dos besos en la boca. En un relato del libro Hermanos experimentales, hay una versión cómica de las idas y vueltas de ese amor no correspondido. Lo primero que hice cuando llegue a mi casa fue leer el poema que aquí transcribo:
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Si no te llegan los mensajes
telepáticos que te envío
cada hora, desde cualquier parte,
no firmados con mi apellido
−en inglés rima con matarte−
sino con el pronombre lírico
o cínico “yo”, que bastante
trabajo tiene a mi servicio,
si no te llegan ni por aire
ni por agua, ni divididos
en átomos elementales,
ni multiplicados por gritos,
humo, tierra, fuegos fugaces,
igual todos van dirigidos
a vos (me resisto a nombrarte),
y te dicen siempre lo mismo,
lo mismo: ya lo adivinaste.

.
Cuando volví a visitarlo a su departamento, le pregunté cuál era el nombre que se había resistido a escribir entre paréntesis en el decimoquinto verso. La condición que me impuso fue que no lo revelara nunca y yo cumplí mi palabra en un 99 por ciento de su sentido original. No se lo dije a nadie salvo al amigo que me regaló Mutaciones personales. Lo hice porque no pude evitarlo, porque necesitaba su ayuda. La computo como una traición de grado leve. Si en esta crónica además de la identidad de la mujer he omitido la de mi escritor favorito fue antes que nada para castigarme a mí misma. Un acto de autopunición literaria. Sin embargo, en el curso de las páginas, decidí transformarlo en un homenaje. Me gusta pensar que la unión que él jamás experimentó con esa mujer se concreta en este doble anonimato, en esta fantasmal omisión de sus nombres y apellidos.

 

4

Mi escritor favorito murió el 18 de enero de 2039, diez días antes de que se cumpliera un siglo de la muerte de William Butler Yeats. La única necrológica se publicó en la revista de moda que yo dirijo, metida a la fuerza en la sección dedicada a las novedades editoriales. Dos o tres días después, empezó a fijarse en mi cabeza la idea de que si yo no le avisaba, la mujer nunca se enteraría de que había muerto el hombre que más la había amado en el mundo. Tenía que encontrarla. Busqué información en Internet, pero las últimas páginas en las que aparecía databan de 2011 y muchas habían sido desactivadas. Tampoco pude avanzar consultando los archivos digitales de las compañías telefónicas. Le pagué una fortuna a un hacker para que ingresara en los bancos de datos de las tarjetas de crédito más conocidas y todo lo que obtuvo fue el registro de deuda de una chica homónima nacida en 2010. La información básica para localizar a la mujer imposible de mi escritor favorito no figuraba en ninguna parte. Había desaparecido. Se había evaporado del planeta. Me desanimé y estuve a punto de abandonar la búsqueda, llegué a pensar que se trataba de una fantasía, una trampa que un viejo poeta fracasado le había tendido a una joven poeta inocente. Mis medios para ubicarla eran tan limitados que de pronto estaba frente a un dilema: o respetaba el juramento o le avisaba a la mujer. Las dos opciones se excluían mutuamente. Me acordé de que mi amigo me había ayudado a encontrar los libros unos años antes y más por superstición que por intuición decidí que él era mi último recurso. No me equivoqué. Dos semanas después me llamó con la noticia de que había descubierto algo importantísmo. Su abuelo conocía a un hermano de la mujer y había charlado con ella varias veces algunas décadas atrás. No la recordaba muy bien, pero estaba seguro de que leía mucho y de que le había prestado un librito de poemas que él nunca le devolvió (fin del misterio de la biblioteca). Lo importantísimo era que había conseguido la dirección.

La mujer vivía en una ciudad del sur, un antiguo centro turístico medio abandonado a causa de las cenizas volcánicas. Me pregunté si el verso humo, tierra, fuegos fugaces no sería un alusión a esa catástrofe natural. Como la única persona que sabía la respuesta se encontraba a dos mil kilómetros de distancia, dejé en suspenso la pregunta hasta que pudiese planteársela directamente a ella. Mi amigo insistió en viajar conmigo, e incluso ofreció que fuéramos en su auto y que lleváramos una cámara fotográfica para justificar su presencia. ¿Cómo iba a negarme? Le debía demasiado. Al principio imaginé que sería un colaborador ideal en una ciudad que suponía hostil a los visitantes, pero después de pensarlo bien llegué a la conclusión de que no había espacio para nadie más en el núcleo de esa intimidad que yo estaba diseccionando. Se tragó las palabras cuando le dije que prefería ir sola, me acompañó a la estación, y me ayudó a cargar los bolsos en el tren.

 

5

La casa donde vive la mujer imposible de mi escritor favorito no muestra ningún síntoma de la peste volcánica que sufre la ciudad. Está lejos del centro, en la ladera de una montaña, completamente protegida de los vientos que arrastran cenizas y gases tóxicos por toda la región. El inmenso parque que la rodea parece descuidado desde hace mucho tiempo y hay ramas caídas entre los árboles y extraños objetos abandonados en medio de la maleza. El día en que fui a visitarla, el portón estaba abierto, así que entré sin llamar y caminé por un sendero hasta llegar muy cerca de la casa. Sólo tuve que golpear las manos una vez para que la mujer apareciera. No vi nada especial en su figura. Estaba vieja, canosa, despeinada, y llevaba puesto un delantal de cocina gastado, pero supe inmediatamente que era la persona que yo buscaba. Empecé a explicarle con las primeras palabras que me vinieron a la boca que había viajado desde Córdoba para hablar con ella porque… Antes de que terminara de presentarme, me invitó a tomar un té en el living. Pasá, pasá, me dijo, ¿querés un pedazo de torta? Era extremadamente confiada y esa confianza parecía volverla un año más joven cada vez que me miraba a los ojos. Cuando regresó de la cocina con la bandeja del té, ya tenía la misma edad que yo y era hermosa. Nos sentamos en el único sillón disponible, una al lado de la otra, debido a que el espacio también estaba atestado de esos objetos extraños que antes había visto en el parque y que ahora se revelaban en las formas de muebles con ruedas de bicicleta, electrodomésticos encadenados, muñecos que subían y bajaban movidos por poleas, televisores pintados de negro y no sé cuántas cosas más. Ella se excusó con una sonrisa encantadora:

− Son los tesoros que heredé de mi marido.

No estaba siendo irónica: vivía de esas máquinas disfuncionales diseñadas y construidas por su marido hasta el mismo día en que murió, el 28 de diciembre de 2033. Un paro cardíaco lo había fulminado justo cuando trabajaba en algo que la mujer lamentaba haber destruido en un ataque de impotencia. Le dije que no podía imaginármerla enojada. Me respondió que se enojaba como todo el mundo y siguió contándome que por algún motivo, que ni siquiera trataba de entender, esas piezas habían empezado a cotizarse en el mercado del arte y cada tanto un coleccionista pagaba una fortuna por ellas. Era obvio que no las apreciaba por sí mismas ni por su valor económico, sino por las miles de horas que su marido les había dedicado y que habían quedado como impregnadas en esas formas absurdas. Tuve la sensación de que si en ese momento le hablaba de la muerte de mi escritor favorito, se me reiría en la cara y me diría que un solo muerto le bastaba para el resto de su vida. Por eso dejé que pensara que le estaba haciendo un reportaje sobre su marido. Ya había atendido a tantos periodistas que iban en busca de la misma historia que uno más no significaría nada para ella. Me sorprendió que no hubiera fotos familiares en la casa, ni siquiera de sus hijos, sobre los que apenas insinuó que estaban en el extranjero. No le gustaba hablar de nada íntimo, pero en vez de rechazar el tema, lo eludía, lo esquivaba con una mirada distraída hacia cualquier parte. Ni siquiera se ponía seria o cambiaba la voz, seguía sonriendo, y empezaba una nueva anécdota sobre algunos de los monstruos mecánicos con los que convivía.

− ¿Quérés otro té o preferís un campari?

Ya era tarde para una taza de té y temprano para un campari, así que le dije:

− Un vaso de agua.

Me invitó a que pasara a la biblioteca y se fue a la cocina. Cuando volvió con los dos vasos, yo apenas había tenido tiempo de asombrarme por la cantidad de libros que me rodeaban y que prácticamente se caían de los estantes. En medio del vértigo alcancé a descubrir la misma edición de las poesías completas de Yeats que había visto en el departamento de mi escritor favorito. ¿Era una coincidencia? ¿Era un efecto colateral de las comunicaciones telepáticas fallidas? Lamentablemente no se me ocurrió ninguna frase para meter al poeta irlandés en la conversación y no tuve mejor idea que preguntarle:

− ¿Los leyó a todos?

Me sentí como una estudiante retardada en la casa de una profesora condescendiente. Ella se dio cuenta de lo que yo sentía porque tomó un trago del líquido rojo y me respondió:

− No, pero no pierdo la esperanza.

Muy cerca del libro de Yeats vi las obras completas encuadernadas de Silvio Mattoni y algunos otros títulos de autores que me resultaban conocidos.

− ¿Sigue la literatura cordobesa?

− La seguía…, la seguía hasta hace unos años.

No quise perder ese punto de apoyo que podía catapultarme hacia mi escritor favorito.

− ¿Y qué autores le gustan?

Me explicó que como a todo el mundo le encantaban los poemas de Silvio Mattoni y estaba orgullosa de haberlo leído mucho antes de que le dieran el Premio Nobel. Si bien se habían conocido personalmente, no creía que Mattoni se acordara de ella. Se interrumpió en medio de una frase, y miró hacia un ángulo inferior de la biblioteca.

− Hay otro autor…

Me dio la espalda y se dirigió al estante que habían enfocado sus ojos. Tuvo que arrodillarse para identificar el libro que estaba buscando. Desde allí la escuché murmurar:

− No está, no está… Seguro que se lo presté a alguien…

Se quejó de haber perdido una biblioteca entera a causa de la estúpida generosidad de querer compartir los libros que le gustaban. Se levantó, giró hacia mí y me pidió disculpas:

− Perdón, perdón, te hago perder el tiempo.

Terminó el vaso de campari, se preparó otro, y siguió hablándome de las máquinas de su marido hasta que se hizo de noche.

 

6

Volví a Córdoba con la sensación de que no sólo había traicionado a mi escritor favorito y a su mujer imposible sino que también me había traicionado a mí misma. Repasé cientos de veces la conversación y detecté muchísimas grietas por las que hubiera podido filtrar las cosas que yo quería decirle. No entendía por qué me había quedado callada todo el tiempo y menos aún por que había fingido interesarme en alguien que no me interesaba en absoluto. Llegué a pensar que la mujer había puesto algo en el vaso de agua, una pastilla, un polvo, una droga que alteró mis facultades mentales. Pero era una teoría delirante. No había ningún motivo racional para que ella actuara de ese modo, no me conocía, no me esperaba, y yo ni siquiera le había causado una mala impresión. Estuve varios días dándole vueltas al asunto hasta que me agotó y decidí olvidarme de todo para siempre. Ya había cumplido con la necrológica y había tenido las mejores intenciones. No podía hacer nada más. Tal vez era una forma superior de justicia que ella nunca se enterara de que él había muerto.

Fue mi amigo el que me hizo cambiar de idea. Vino a visitarme con una botella de champagne y me pidió que le contara el viaje al sur. Hubiera podido mentirle, pero no le mentí, le conté todo tal como había ocurrido, desde el principio hasta el final.

− Es una historia increíble −me dijo cuando terminé−.

− Tenés que escribirla.

− ¿Te parece?

− Sí, tenés que escribirla y mandársela a la mujer.

Levantó su copa como si quisiera brindar, pero vio que mi copa ya estaba vacía y que tampoco quedaba champagne en la botella. Hubo un silencio. Me reí, levanté la copa y brindamos lo mismo.

Al día siguiente empecé a redactar esta crónica que no respeta ninguno de los diez mandamientos de mi escritor favorito:
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1) No escribas nada real.
2) No escribas sobre escritores.
3) No mezcles dos historias en una historia.
4) Citar un poema es peor que contar un sueño.
5) Cada palabra debe ser importante.
6) Vale el tiempo de un relato no la época.
7) Evita más los diálogos que las descripciones.
8) Los nombres propios son impropios.
9) Relatar es alterar.
10) El destino de los personajes te pertenece.
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* Este relato (“Visita a la mujer imposible de mi escritor favorito”) no pertenece al libro Experimentos con seres humanos, de pronta publicación en Editorial Nudista, sino a un libro posterior (Disfrazado de novia) todavía inédito.

Notas relacionadas

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