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Matan a un animal

El ensayista, autor de Un desierto para la nación (Eterna Cadencia, 2010), reflexiona sobre el profundo anudamiento entre la animalidad y la muerte.

En la literatura argentina, los juegos significantes comienzan cuando un gaucho corta una vaca al medio.“Va…ca…yendo gente al baile”, lanzó Fierro, poco antes de acuchillar a un hombre en un duelo. Es que tarde o temprano, cuando un gaucho se divierte, termina muriendo un animal. O alguien muere o mata confundido en el campo del animal, expuesto a un tipo de violencia en el que la muerte “sin muerte” de un otro no humano se aplica a un individuo o a un grupo al que se le ha retirado previamente el reconocimiento como semejante. Racializados y producidos como vida desnuda −que en la lógica sarmientina de la civilización y la barbarie no nombra tanto la vida vegetativa del mero sobreviviente, como “el hombre de la Naturaleza que no ha aprendido aún a contener o a disfrazar sus pasiones”− ciertos grupos son expuestos selectivamente a la fuerza bruta de la violencia soberana, que divide en especies y no deja de producir diferencias entre humanos y animales.

La provocación que Fierro, borracho y pendenciero, le dirige a una mujer negra se juega de punta a punta en el campo de la retórica del animal, y anticipa la violencia racista que se descarga sobre el Moreno. Convertido por el lenguaje en carne eliminable, la deshumanización del otro racial de Fierro prepara la violencia soberana de un poder de excluir y hacer morir en el campo del cuerpo animal vidas ilegítimas para el punto de vista del ideal civilizatorio de una nación sin indios, extranjeros ni negros. Máquina de guerra alojada en el corazón mismo de la ley civilizatoria, Fierro mata al Moreno, que muere en un espacio vaciado de humanidad, en el que se le niega incluso la posibilidad de un duelo digno. “Después supe que al finao / ni siquiera lo velaron, / y retobao en un cuero, / sin rezarle lo enterraron”: envuelto tan sólo en un cuero animal, sin ataúd, el cuerpo del Moreno no fue ni siquiera objeto de duelo, porque incluso en vida había sido privado del marco de humanidad que protege e incluye a los individuos en una comunidad nacional unida por leyes comunes a todos.

En la boca brutal de Fierro, “va…ca…” es tanto un hueso significante, duro de roer, como un tierno trozo de carne verbal, desgarrada y trozada por un corte que produce un sentido que va a clavarse en un cuerpo. Cayendo como un cuchillo filoso sobre la palabra “vaca”, el corte subraya la capacidad de la vida animal de ser tomada a la vez figurativa y materialmente. Los argentinos que, al menos hasta los años de la última dictadura militar, fuimos civilizados por la escuela pública, conocemos bien estas dos caras −metafórica, literal− del signo animal: como observa Juan Becerra, la vaca no sólo nos da la carne, la leche, el queso y el cuero, sino también la letra, transmitida a través de rigurosos dictados o clásicas composiciones con Tema: la vaca (Becerra, La vaca). Entre el furor carnívoro de pequeños déspotas y la obediencia bovina a la autoridad educativa, generaciones de argentinos recibimos a través de la vaca la primera articulación de nuestro lenguaje. Carne para el cuerpo y el espíritu, instrumento de iniciación a la escritura, la vaca desterritorializa la boca que come y habla, capaz de masticar alimentos y de rumiar a la vez pensamientos. Encarnando la negatividad de la violencia, la vaca que muere en el lenguaje sirve sobre todo para cercar con palabras e imágenes aquello que, del lado de los cuerpos y del grito más que de la voz, señala los límites de la significación y la representación.

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