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El bosque disperso

Escrito con íntimo sentido musical, la articulación entre mundo interior y exterior de este relato inédito se despliega con precisión y delicadeza.

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Caminan a la vera de un río en la que el agua corre como un murmullo ahogado. Él clava la mirada en un punto del horizonte en el que ciertas ideas se vuelven remotas y permiten que otras sobrevivan en el reverso del nombre de su esposa. En este momento, su esposa forma parte de una vida extranjera, en un país que en realidad es el de él pero que por decisión olvida. Existen sin embargo ciertas aristas filosas en la geometría de la conversación, los bordes cortantes del papel donde se endosan los nombres de sus hijos, y donde cuando sus hijos crezcan van a plegarse a cuenta de nadie las esperanzas del sol jaguar. Porque esa es la forma en que suele ser con los hijos y él lo sabe, aunque decida criarlos como árboles −y después ellos no tengan raíces y la mujer que no es su esposa y camina ahora al lado suyo vaya a estar lejos−. Esa idea lo pincha en un lugar, y donde siente el nudo se forma un nido de venas a punto de producir una hemorragia.

Algunas palabras concretas de todos modos se aíslan y así, separándose, aparecen cuando él o la mujer que camina a su lado señalan cosas concretas: un fardo puesto al costado de un árbol, el polvo claro del camino o un tren que no marcha. El viento está detrás de ellos por la espalda ruge y se embolsa en la ropa. Él vuelve a pensar en su esposa y recorre mentalmente las cinco letras de su nombre, pero es su propia caligrafía la que ve: el movimiento de su mano más joven, sellando el pacto de un futuro común −la última letra se levanta y se proyecta como una flecha filosa sobre el monte, la punta cae sobre un borde bajo de sierras y raja la tierra en dos−. Su esposa queda sola en la isla opuesta, mientras que él y la mujer que camina a su lado permanecen juntos. En este momento, son las únicas tres personas que existen en el mundo −hasta los hijos desaparecen y, sin embargo, a primera vista, no hay nada extraño en el universo−. La mujer que camina a su lado tiene más o menos la edad que él tenía cuando estampó su nombre bajo la ley de una promesa que no lo protege. No es exactamente una decisión, como no decide tampoco que el corazón le empuje las costillas cada vez que la mujer a su lado le habla −se esfuerza porque la superficie de su pecho no se altere y mantenga la lisura de una pista de hielo−. Desde donde están, el camino es un surco perseverante de pasos anteriores, como se forma de natural a la entrada terrosa de los caminos vecinales. Es imposible que un vehículo atraviese ese tramo a causa de la espesura de los árboles y la inclinación abrupta del suelo, que se derrumba en pequeñas escolleras cada determinado intervalo más o menos regular de distancia. Es una montaña rusa sin invierno, dice ella divertida cuando pega el tercer salto de una altura a otra a través de una hendidura de casi medio metro de profundidad.

Él le cuenta entonces que en Francia, se usaron las vías abandonadas y los carros en desuso del tren para imitar esos grandes toboganes de madera por donde los rusos descendían en trineos. Ella lo escucha con atención y su mente es un circuito completo con un mapa de Europa. La gran montaña rusa francesa, dice ella levantando toda la cara y sonríe con ímpetu, imitando la postura de un presentador de feria. Él no se ríe, es un pasajero viajando por un instante cabeza abajo en un perímetro abierto, sintiendo en una ráfaga todo el vértigo del mundo.

Intentan caminar donde el terrero va plano pero el suelo los empuja con la fuerza de su propio juicio y entonces ellos también, como el terreno y sus características, aparecen y desaparecen de la vista. Las manzanillas que crecieron tras la última lluvia forman pequeños montoncitos de espesura enana y silvestre. El aroma sube y ella se ríe de nuevo, pero el viento se lleva el sonido a su capricho y él no la escucha. Está colgando a muchos metros de altura, con las piernas sueltas, sostenido sólo por un arnés que lo mantiene unido a una forma difícil de la lealtad doméstica.

Las montañas rusas en realidad son muy seguras, dice ella, es mucho más peligroso viajar en coche. En las montañas rusas sólo hay un recorrido, y un sólo vehículo por vez que avanza sin conductor. Entonces el problema son los conductores, sugiere él, con cierta desconfianza de hacía dónde los conduzca esa conversación. Sí, responde ella segura, y lo intenta de nuevo: los conductores atontados por el sueño o el llanto de los bebés son más peligrosos, sobretodo los últimos, los conductores con niños a bordo. Le clava los ojos en la forma de la boca para saber en realidad cuántos hijos tiene, esperando ese segundo exacto en que la mercancía de la familia se invierta y la atropelle a toda velocidad: porque ella también es una conductora pero alerta, viajando sola en absoluto silencio.

Los invitados que los vieron salir hacia el este de la casa de campo quedaron sorprendidos −y desde que salieron el viento quedó soplando en círculos espesos haciendo zumbar las peores ideas−. A la embestida del coche lleno de bebés, él no respondió nada y ahora ella no despega la mirada del suelo: el camino se agrieta, sufre una inclinación y él la ataja sobre el codo derecho en el momento exacto en que ella tropieza. La fricción de los codos dura una fracción de segundo pero al siguiente, él toma a la mujer de la muñeca con determinación y se acerca a mirarla para que se haga patente la corrección del gesto. Ella no lo agradece, la sangre bulle con la fuerza de una estampida y escucha el reloj de su propio pulso en la muñeca, un poco más abajo de donde él la sostiene. Deberíamos regresar, dice. Cinco minutos más, responde él, hasta que lleguemos a esos árboles −está señalando las copas en movimiento de una agrupación de eucaliptos−.

Ella no asiente pero sigue caminado, y él empieza a contarle una historia inventada en la que una campesina y un hombre que viene de una ciudad lejana se encuentran. Su auto, se entusiasma, se rompió en alguna parte detrás de aquellos árboles −está señalando de nuevo la nube de árboles y si fuera posible, también el viento que la hamaca−. El extranjero probablemente sea un médico y la campesina se ofrezca a acompañarlo hasta la estación de servicio más cercana, continúa. Es una historia a la manera de los cuentos irlandeses, lo interrumpe ella y es la primera vez que conversan como si nada malo pudiera sucederles. Él opina que al menos, con las manos en los bolsillos de esos amplios pantalones azules y esa forma un poco varonil de moverse, ella sería la protagonista. Ella imagina un campo más verde todavía, un cielo desgarrado de nubes blancas como el arroz cortado. Él está pensando en animales de movimientos rápidos que se quedan quietos durante un tiempo largo acechando a su presa, hasta que de repente y desafiándola, le dice: llegamos al lugar de los cinco minutos.

Ella levanta la mirada, acaba de ver a un grupo de ovejas sucias y lanudas que está justo enfrente de ellos. Detrás de las ovejas, agazapada entre los árboles, hay una casa con ventanas pequeñas y los muros llenos de hongos negros. El sonido del agua desaparece con un cambio repentino en la dirección del viento. Lentamente fueron alejándose del río, tal vez en algún momento la huella se haya bifurcado. A ella le llama la atención que las ovejas tengan la cola tan larga. Nunca ha visto ovejas con la cola tan larga, ni tan lanudas en pleno noviembre. Él nunca ha visto ovejas en absoluto. El viento sopla en su nueva dirección y el pelo de ella se curva por encima de su cabeza, que por primera vez él esta viendo desde arriba. Permanecen inmóviles durante minutos sin mirarse, separados por un pulgar de aire por donde desaparece el mundo como si hacia atrás, junto con la sierra, se limara un agujero de asperezas y desapareciera el animal grotesco del pasado con sus firmas y sus hijos. El milagro de esa pulgada de distancia es una mezcla de agua, manzanillas, polvo, lana sucia y motivos más o menos impensables. De todas las ovejas, nunca, ninguna de las otras había tenido esa cola, ni había estado tan sucia. El pelo les cuelga lleno de abrojos, capaz de perturbar para siempre el blanco de las cosas. Detrás del único árbol que no tiene copa, ahí donde el pasto es más seco, las ovejas los espían sin sombra por entre las ramas muertas de la siesta. Desde el camino, separados por un tajo de luz, ellos espían a las ovejas también. En ese momento, escuchan encenderse un motor a lo lejos y una liebre huidiza atraviesa el campo a una velocidad fulminante. La siguen con la vista hasta que vuelve a desaparecer entre los pajonales.

Yo sabía que las liebres se volvían locas en marzo, pero nunca en esta época del año, afirma ella casi en un murmullo, como si en realidad no fuera exactamente con él con quién hablara. Encoge los hombros y hace un movimiento con los ojos, la sorpresa de las liebres la distendió un poco y por primera vez desde que salieron actúa de una forma espontánea. Él quisiera poder reírse pero es como si de pronto todas las liebres de marzo llamadas a la cordura por las palabras de ella, se extinguieran en los mismos rincones de su mente donde habían nacido antes. Creo que deberíamos volver, le responde.

Entonces ella le cuenta que una vez que termina la temporada de cría, las liebres se calman. Es raro verlas en esa lucha en que las hembras son encontradas al principio de la primavera, con las cuatro patas en el aire, tratando de repeler el exceso de entusiasmo de los machos. Ella duda, su cuerpo se arquea apenas hacia delante y mueve las manos enfrente de la cara de él imitando los movimientos que describe. Hacia el final de los próximos cinco kilómetros, el cielo está repentinamente más oscuro y comienza a escucharse una orquesta de ranas. A medida que se acercan, alrededor de la casa empiezan a distinguir a algunos de los demás invitados. Una silueta se separa del grupo, camina hasta la cerca y se acoda, los saluda con el brazo derecho en alto, de un lado a otro por sobre su cabeza. Ellos saludan también: en la mente de él, las liebres saltan en vertical sin razón aparente a pocos pasos de donde están se levanta una nube de mosquitos.

Deberíamos correr, va a decir él, y cuando corra, va a parecerse a una larga garza blanca y ella va a descubrirle una torpeza zoológica. Aquellas casas están abandonadas, dice ella con la respiración entrecortada, señalando un poco más allá de la casa de campo un grupo de casitas iguales con las aperturas huecas. Sin embargo, ellos saben perfectamente que avanzan al trote en dirección a la casa, es mejor vivir en límite suave de sus pasillos y sus salas, donde no se traspone el sentido de las puertas. A la derecha del camino, el pasto se vuelve más alto, hiere con las puntas de los nombres, en otra lengua. Las bandas de seguridad se sueltan, el circuito se cierra. Ellos desciende en la hondonada del vacío con los brazos separados del cuerpo y sus sombras en el pasto se alargan con la forma de una cruz.

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* El relato que publicamos pertenece a un libro inédito llamado Fin de temporada.

** Valeria Meiller nació en Azul, Pcia. de Buenos Aires en 1985. Es Licenciada en Teoría Literaria por la UBA. Publicó los libros de poemas El Recreo (El fin de la noche, 2010) y Prueba de Soledad en el Paisaje (Mansalva, 2011). Es co-editora de la editorial argentina Dakota y trabaja como traductora, docente y crítica literaria en diferentes medios.

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