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Tres Sillas

La atmósfera intimista y precisa de los relatos de Alejandra Kamiya surge plenamente en esta narración breve y sugestiva.

Hay tres sillas en la galería formando una especie de triángulo en el que seguramente tuvo lugar una charla, de esas interminables del atardecer en verano. Puede haber habido también un mate, porque a él le encantaba sacar las sillas a la galería cuando los días se hacían más largos, y tomar mate.

Esa ceremonia habilitaba cierto estado de ánimo que era raro en él, siempre apurado, siempre tan práctico. Con el mate se ponía filosófico, casi poético.

Ahuecaba la mano sobre el viejo mate de madera, eso sí, con bombilla de plata, y sin mirarnos hablaba como para sí mismo o como para que sus palabras flotaran en el aire y no se las llevara el viento.

A mí me gustaba poner la silla al revés, sentarme con una pierna a cada lado y los brazos cruzados sobre el respaldo y escucharlo.

En esas charlas necesito tener algo entre las manos: el respaldo de la silla, un almohadón, un gato, un vaso.

Él no necesitaba apoyarse en nada, su cuerpo tenia una solidez como de montaña. Se imponía como ahora su ausencia en esas sillas que conversan solas en la galería.

Esa ausencia repite como un eco nuestra ultima conversación. Me había hablado de los serbios y los bosnios y me dijo que el mundo había estado en paz cincuenta y seis días en toda su historia. Me pareció un número raro. Todas las guerras me resultan lejanas. Él dijo que en tanto hubiese alguien en guerra mi paz no iba a estar completa.

Siempre decía frases que parecían ponerme en evidencia, no tanto frente a él como frente a mí misma.

Me acerco a las sillas, como si me acercara a un grupo de gente que conversa. Con ese sutil temor de interrumpir en el momento justo, como si se tratara de la entrada de un instrumento a la melodía que ya está tocando la banda. Entrar sin que se note es cuestión de ritmo. Pero entrar en el silencio es imposible.

Y así me quedo un rato, sola entre las sillas. No me atrevo a sentarme. Sería como sentarme encima de alguien.

Sin pensar y como tantas otras veces, haciendo lo que se supone que debo hacer, acomodo las sillas. Las tres como las ponía María, mirando hacia el afuera, equidistantes. Como la fila de un teatro imaginario que mira el espectáculo del viento en los aromos.

De repente veo que en este orden no hay nada humano, ni siquiera fantasmas. Ahora estoy más sola.

Rápidamente vuelvo a poner las sillas como estaban, imitando ese pequeño círculo cálido. Pero la magia no ocurre. Es sólo un nuevo orden tan vacío como el anterior.

Qué es lo que falta.

Levanto una de las sillas unos centímetros del piso y vuelvo a ponerla en el mismo sitio como clavándola.

Qué es lo que hago mal. Por que desapareció mi padre y no me habla sentado en estas sillas, como hasta hace un rato.

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