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A propósito de Querido Ibsen: soy Nora

Una mirada atenta de la obra teatral Querido Ibsen: soy Nora de Griselda Gambaro, dirigida por Silvio Lang, que se repone en el Teatro San Martín a partir del 25 de octubre.

“Nora Helmer” de Casa de muñecas está escrita por un hombre (¿el marido de una mujer?) y no deja de ser eso una ironía fastidiosa[1]. ¿Puede ser ella misma sin que un hombre la escriba? Quizás sea ésta la cuestión central de Querido Ibsen: soy Nora. En efecto, Nora (Belén Blanco) parece tener aquí una fuerza originaria que excede al texto: “mucho antes de que empezara a escribirme −le dice Nora a Henrik (Alberto Suárez) en un final desgarrador− yo ya estaba escribiéndome”, “Ud. sólo me copió a su modo”. Pero es esta convicción la que debe confirmarse en la obra, minuto a minuto, porque si ella actúa como al borde del desvanecimiento, si da giros alocados en el espacio, si se contorsiona y cae no es sólo porque debe enfrentar situaciones difíciles (pagar una deuda, ocultar primero y confesar después la falsificación de una firma, etc.), sino porque se sabe escrita por el autor. Por eso, ser ella misma se convierte en un puro acto de desacordar con lo que inevitablemente está escrito acerca de ella misma. Esta distancia frente al texto que a un tiempo la dice y la niega, está indicada a través de la disputa expresa y furiosa de Nora con Henrik, pero también mediante la “sobre-actuación” (nunca tan pertinente) y la liberación del cuerpo hacia una gestualidad inconsciente.

La actuación exagerada es la manera a través de la cual Nora (y todos los personajes, en verdad) destituye la autoridad del autor e inventa, por esto, una zona más allá del personaje “Nora Helmer”. Henrik Ibsen le hace decir textos incongruentes, contradictorios, le hace mentir por grandes y pequeñas causas. Ella desacuerda y se encoleriza (se le ocurren otros textos más inteligentes para decir, otras soluciones más felices a los mismos problemas) pero luego actúa la incongruencia, la contradicción y la mentira. La “sobre-actuación” es, así, el dispositivo por el cual ella burla su propio papel. El drama de esta versión no es, como el de la versión del autor, la autonomía de las mujeres, sino el lenguaje y el gesto mediante el cual Nora define una (¿su?) identidad. Hay entonces una profundización de las condiciones por las cuales se plantea el “problema Nora” y, por lo tanto, el “problema mujer”.
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La decisión de conservar la estructura de Casa de muñecas, aun cuando se inventa una Nora que excede la obra que le ha dado un nombre, radicaliza la dificultad que implica la reinvención de “Nora”. La libertad es todavía más difícil de lo que pensábamos. Porque hasta cuando ella, en esta nueva versión, abandona la casa, cuando desobedece el mandato de la buena esposa-madre-hija, sigue, a pie juntillas, la letra de Henrik Ibsen. Cuando desautoriza todo, deja intacta la autoridad más importante: la pluma que escribe su liberación. Y cuando se va de la casa, sigue adentro. Irse, entonces, de la casa de muñecas exige producir un lenguaje nuevo y un mundo nuevo en el que ese lenguaje tenga sentido con “instrumentos”, por así decir, inéditos. Ese mundo y ese lenguaje innombrables son convocados, en la puesta, por aquella “gestualidad inconsciente” que dispone una región de palabras y cuerpos no nacidos pero ya virtualmente reales. Como cuando Nora se trepa al piano, en posición animal −en un vestido de corte decimonónico que intensifica, por contraste, todos los movimientos− y llora la decisión de no ver más a sus hijos, con un gesto desbordado que recuerda a los personajes de las antiguas tragedias o cuando Krogstad (Agustín Rittano), el usurero, lleno de envidia miserable y ambición pega un salto tan alto que puede decir su nombre entero en el aire antes de caer en un enorme sillón (una marca imposible, cómica y perfecta). Como cuando Torvald (Ezequiel Díaz), el marido de Nora, intenta retenerla tomándole, literalmente, los tobillos y llora oculto, bajo el vestido, desesperado, como el niño que nunca dejó de ser o cuando la amiga, Cristina (Victoria Roland), se deja tocar por su antiguo amante por debajo de la enagua y termina su texto en el medio de la penetración, etc., etc., etc. Hay así una apuesta por dejar ver, hasta el punto máximo de lo mostrable, la esencia de lo que los personajes dicen. Probablemente ese punto máximo se llame sensualidad, gestos afirmativos, rigurosos. Es un lugar en donde lo humano y lo animal se confunden en un sentido bien preciso: los personajes no dejan traslucir una vida interna, espiritual a la que los espectadores no tienen acceso, por el contrario, revelan una apariencia que ha devenido todo lo que es.

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* La obra será repuesta el 25 de octubre del corriente año en la sala Cunill Cabanellas del Teatro Municipal General San Martín los días miércoles a sábados a las 21:00 y domingos a las 20:00.

[1] Nora Helmer es el personaje principal de la obra Casa de muñecas de Henrik Ibsen estrenada en Copenhague en diciembre de 1879. Hacia el final de la obra el personaje abandona a su marido y a sus hijos. Ha sido considerada por este gesto una de las obras teatrales feministas más importantes de los tiempos modernos.

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