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Siete imitaciones

Este texto explora la práctica de la traducción poética en tanto acto gratuito, a la vez que ofrece lúcidas traducciones de Yeats, Dickinson y Joyce, entre otros.

En tanto estamos abocados a la percepción y reproducción de un escrito excelente, el simple hecho de traducir vuelve a situarnos en la perspectiva del clasicismo; tal la paradójica singularidad de la traducción artística en el mundo moderno. Ese momento clásico, sin embargo, no equivale a un triunfo rotundo; de hecho, corre parejo con el progresivo agotamiento de la noción de originalidad. En mi experiencia al menos, la práctica de la traducción, al igual que el ejercicio de la crítica, es un fenómeno literario por lo general ligado a los períodos de esterilidad creativa. La traducción no solicitada, ésta que emprendemos por puro gusto personal, no obedece tanto al deseo de dar a conocer a un autor, como a la necesidad de hacer nuestro el don verbal de una sensibilidad afín que, pródigamente, nos ofrece algo de lo que en ese momento carecemos: fuerza emotiva, palabras vírgenes, nuevos recursos expresivos. Al consagrarnos a un poeta admirado, tácitamente confesamos nuestra penuria lingüística, nuestra dependencia vital. Si escribir supone ya un alejamiento considerable de lo inmediato, traducir implica una distancia aún mayor en relación con lo concreto: se diría que se parece a imaginar lo que podríamos haber dicho sobre experiencias en parte vividas, pero que nos dejaron como salto tan sólo silencio y una cierta aptitud para comprender. Por perfecta que sea una traducción, siempre será el fruto de una vida refleja. No tiene caso, por ende, sobrevalorar el trabajo del traductor. Esa carencia esencial que está en la base de la traducción, hace que el criterio de verdad poética no sea exactamente el mismo para el autor y para el traductor. Donde el primero ha contado, para alcanzar la precisión verbal, con la invalorable referencia correctora de la emoción, el segundo sólo dispone de la confirmación estética que depara una expresión feliz. Los peligros de esta última situación saltan a la vista: el efecto, por así decirlo, toma el lugar de la causa, y se corre el riesgo de que lo expresivo, en la traslación, adquiera la traza de lo retórico. La ley inviolable del traductor que toma el camino de la recreación consiste, por consiguiente, en no proponerse jamás “embellecer” el modelo elegido, esto es, darle a su copia una languidez o un realce, que el escrito inicial no posee. Tal falseamiento suele hallar su razón de ser, no tanto en la vanidad del traductor, como en la necesidad de suplir con artificios la imposibilidad de encontrar un equivalente sobrio y eficaz de la emoción original. Naturalmente, las mayores lecciones que se derivan de la práctica de la traducción son aquéllas que se obtienen de poner el empeño imitativo en aferrar las cadencias donde el significado deja vibrando su aura de sugestión. Lo importante es apoderarse de la apertura imaginativa que produce el ritmo concebido como principio de búsqueda. La inteligencia ha de vigilar al oído para que no se extravíe, pero nunca ha de anular su primacía. Para conseguir retener la gracia que se deriva de la potencia evocadora de la inflexión musical, es imprescindible que el traductor pase de la unidad mínima significativa que es la palabra a la unidad rítmica mayor que es el verso. Mientras el traductor se limite a moverse de una palabra a otra, no logrará dar cuenta del halo de seducción del texto original. Afirmar la conveniencia de que el intérprete posea un amplio dominio de la métrica es poco decir: ella, en verdad, tiene que estar consustanciada con su propio aliento. Ya el sólo hecho de que en nuestra época se hable de versificación para aludir a este tipo de realidades, revela hasta qué punto la modulación musical de la frase se ha convertido en un hecho externo (casi siempre ignorado, por lo demás).

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1. Emily Dickinson: “Mi carta al mundo”

Esta es mi carta al Mundo
Que nunca Me escribió −
Datos simples que la Naturaleza −
Con suave Majestad me transmitió

Su Mensaje ha confiado
A Manos que no veo −
Si La amáis − Buena − gente −
Juzgadme − tiernamente

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2. Giacomo Leopardi: “El infinito”

Siempre vuelvo a este monte solitario
Y al follaje que obstruye la visión
De gran parte del último horizonte.
Al llegar, admirando, me imagino
Un infinito espacio más allá,
Silencios sobrehumanos, honda calma,
Hasta casi aterrar el corazón.
Mas no bien oigo el viento susurrar en los árboles
Y aproximo esa voz
A aquel silencio inmenso,
Me alcanza la memoria de lo eterno,
Y la muerta estación, y la presente
Y viva con su son. Así le entrego
A tanta inmensidad mi pensamiento
Y me hundo dulcemente en este mar.

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3. William Butler Yeats: “Leda y el cisne”

Un súbito empellón: ya las vibrantes alas
Ciñen a la muchacha, ya las patas
Le acarician los muslos; y aferrando
La curva de la nuca, el pico regio
Aprieta el pecho inerme al propio pecho.

¿Cómo harían las manos espantadas
Para rehuir la luz, gloria emplumada,
Si ya los muslos se abren? ¿Pudo el cuerpo
Derribado en la hierba inmaculada
Ignorar de quién era el corazón?

El orgasmo carnal está engendrando
La caída de un muro y un incendio:
El fin de Agamenón.
………………………………..¿Y a la vencida,
Antes de retirar el pico indiferente,
Al menos le infundió el conocimiento
Esa sangrienta ráfaga de viento?

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4. Paul-Jean Toulet: “Nocturno”

Oh mar, te oigo retemblar
…….En esta noche vacía,
Como el seno de una amante
…….Que no se puede dormir;

Castiga duramente el vendaval…
…….¡Y qué, si el canto burlón
De una sirena ocupa el corazón! −
…….Oh corazón, eterno mal.

Ya no quedan más lágrimas, ya no hay
…….Nadie con quien quejarse…
Como un flanco que sangra, lentamente
…….Ha empezado a llover.

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5. Paul Valéry: “La durmiente”

¿Qué enigmas del pasado reanima mi querida
Tras su tierno disfraz, como oliendo unas flores?
¿Qué inciertos materiales, con sus tenues fulgores
Tornan tan luminosa a una mujer dormida?

Soplo, sopor, silencio: la calma se prodiga.
Has vencido, quietud, más tenaz que la pena;
Cuando la onda del sueño avanza y desordena,
Conviertes a ese cuerpo en el de una enemiga.

Durmiente, cúmulo áureo de sombras y pasiones,
Tu temible reposo desborda de esos dones.
Oh gacela tendida con honda placidez,

No obstante el alma ávida de anhelos encubiertos,
Tu forma −el vientre puro, furtiva desnudez−
Vela, tu forma vela. Y mis ojos abiertos.

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6. Robert Frost: “La siega”

No se oye otro sonido junto al bosque, sólo éste,
Y es mi larga guadaña susurrándole al campo.
¿Qué le está susurrando? No sabría decirlo.
Tal vez le narra algo sobre el ardor del sol,
Algo sobre la ausencia de rumores, tal vez,
Y de ahí su susurro, su explicarse en voz baja.
Nada acerca del sueño que nos regala el ocio,
O del oro ofrecido por un duende o un hada;
Lo que excede lo cierto le parece muy poco
Al amor esforzado que cultiva en el cieno
(No sin sus tenues flores: las pálidas orquídeas)
Espantando culebras de un verde deslumbrante.
Los hechos son los sueños más dulces del trabajo.
Susurra mi guadaña, mientras prospera el heno.

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7. James Joyce: “A mi hija”

Frágil la rosa blanca, frágil también la calma
de quien la dio, de quien
más pálida y exangüe tiene el alma
que la descolorida ola del tiempo.

Frágil y bella − y todavía
más frágil es la extraña maravilla
que tus ojos ocultan,
hija mía.

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