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Ladrilleros: una historia violenta

Situada en un pueblo de provincia, Ladrilleros (Mardulce, 2013), repone el universo de Selva Almada, con un gran trabajo sobre la oralidad e ineludible violencia.

 

    Ladrilleros
    Selva Almada
    Mardulce Editora, 2013
    232 páginas

 

 

 

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La última novela de Selva Almada empieza como un golpe. Pajarito Tamai agoniza en el barro. A unos metros Marciano Miranda también se está muriendo. En Ladrilleros el final está anunciado desde las primeras páginas, no hay ocultamiento, con la muerte terminará la historia. Como en una tragedia, sabemos que esos dos muchachos se darán muerte, ahí están sus cuerpos en el piso consecuencia de un rencor legado de sus padres y del amor, que nace de la prohibición, entre Pajarito y Ángel, el hermano de Miranda. Ese último enfrentamiento dará cierre, con la fiereza de la desgracia, al odio antiguo entre familias.

Ladrilleros, editada por Mardulce Editora en 2013, es la segunda novela de Selva Almada, quien nació en 1973 en Villa Elisa, Entre Ríos, y publicó los libros de cuentos Una chica de provincia (2007), Niños (2005) y los poemas Mal de muñecas (2003). Su primera novela, El viento que arrasa, de 2012 fue recibida con furor por la crítica y el público. Hoy dirige, en Buenos Aires, junto a Julián López y Alejandra Zina, el Ciclo Carne Argentina.

Si en El viento que arrasa Almada se contuvo de narrar la violencia y el sexo, aquí no deja nada por decir. Violencia y sexo aparecen sin matices, condescendencia ni rodeos; es el modo natural en que se relacionan los personajes. Basta leer a Genet para notar que lo atroz y lo sórdido pueden narrarse con lirismo; en Ladrilleros comprobamos que la violencia también puede teñir la voz narrativa. Almada construye una tercera persona omnisciente que es capaz de identificarse con los personajes y su ambiente. La autora genera un desplazamiento constante del punto de vista y logra de este modo una unidad poderosa entre la subjetividad de los personajes y la objetividad del narrador. Este desplazamiento se produce a partir de la apropiación que lleva a cabo el narrador de ciertos giros verbales y del uso de repeticiones, otro de los elementos fundamentales que utiliza Almada; este recurso aporta, al mismo tiempo, una cadencia de sentido al relato. En el ejemplo que citamos vemos cómo la misma idea se acerca cada vez más al personaje: “Cuando por fin podría sentarlo de culo de una piña, se va. Ni siquiera le concedió ese gusto”, cuatro párrafos más adelante dice: “Justo ahora cuando él estaba listo para partirle el hocico, el hijounagranputa se mandaba a mudar”. Vemos en este caso una pregnancia en la voz narrativa del clima interior del personaje.

El tono de Ladrilleros está dado por la oralidad en una apropiación constante por parte del narrador de giros propios del habla popular y de los personajes. Caeremos, nuevamente, en la “cobardía del ejemplo”: “tarambana”, “vagoneta”, “curtirse”, “changuito”, son algunos de los giros que emplea regularmente Almada cuando se acerca a la subjetividad. Sin embargo, la identificación del narrador y ese registro no es constante, y los saltos de uno a otro muchas veces dejan en evidencia la arbitrariedad del mecanismo literario.

La mirada que propone Almada sobre sus personajes no es romántica, es más bien de un realismo seco. Los personajes son una construcción límpida, en una combinación justa de profundidad y pragmatismo.

Pajarito y Marciano han sido arrojados a un mundo salvaje e injusto y a lo largo del relato veremos las estrategias de cada uno para adaptarse a él. A los dos los definirá la furia, la del primero en contra de su padre, las del segundo en contra de la muerte de su padre. Estaban destinados a cruzarse, casi lo hacen en la sala de partos; luego los acerca el barrio (La Cruceña), viven en la misma cuadra. En una de sus travesuras de la infancia se escapan para meterse en un parque de diversiones itinerante que aún no ha abierto sus puertas, igual que el que más tarde servirá de paisaje para sus muertes. Los dos están cruzados por el abandono: el padre de Marciano muere degollado, el de Pajarito se va del pueblo y no regresa; no los volverán a ver sino hasta las alucinaciones de muerte. Se parecen, son hijos de una misma situación: la pobreza. “Y en alguno de esos forcejeos se habían visto a sí mismo, duplicados, como en un espejo” advierte el narrador.

La organización narrativa que plantea Almada en Ladrilleros se basa en un contrapunto constante entre el lenguaje, llano, directo, no exento de poesía y la estructura de la novela. Una estructura compleja, de tiempo quebrado y gran dinamismo. Compuesta por capítulos cortos, el ritmo de los acontecimientos se organiza en un vaivén en el tiempo de donde emerge la trama, la agonía breve del presente y los recuerdos y escenas de la vida de las dos familias de ladrilleros se acomodan con minuciosa precisión. Al realismo de Ladrilleros se le suma un ingrediente eficaz. Como si fueran vetas de realismo mágico, hay capítulos que describen lo imposible: las alucinaciones estertóreas de Tamai y Miranda que, a través de un lenguaje más poético, funcionan como una vía de escape.

El presente es el de esos cuerpos que se desangran en un parque de diversiones antes del amanecer, y el pasado está hecho de marginalidad, abandono, ternura y odio. Como en el Faulkner de Mientras agonizo, la historia de Almada no es lineal. El lector se encontrará ante una suerte de espejo roto y será él quien deba recomponer con los fragmentos un reflejo coherente. Se trata de una construcción de gran rigor formal, en donde no hay descuidos ni detalles innecesarios. El cuadro de provincia que se compone no da lugar al costumbrismo, ni desatiende las complejidades de lo humano; la infancia, el sexo, el amor, la violencia, la muerte son motivos que circulan como sombras en todo el relato.

Selva Almada compone en su segunda novela un universo personal; logra recrear una atmósfera y un pueblo chaqueño que puede ser cualquier pueblo o que los comprende a todos. Porque ese espacio imaginario brinda un clima que se completa con el lenguaje y conforma una zona que más que geográfica es literaria. Podríamos pensar que lo más interesante de la literatura rioplatense hoy no pasa por lo urbano, por la metrópoli, sino todo lo contrario, resurgen las ciudades chicas, los pueblos olvidados o ignotos como el territorio de la nueva narrativa. En esta tradición podemos situar, además de a la autora de Ladrilleros, a narradores como Hernán Ronsino y Carlos Busqued.

Almada convierte al lector en un testigo y sostiene la tensión de la trama desde una formalidad compleja y sutil. Como los buenos narradores, logra que no podamos hacer otra cosa que leer su historia hasta agotarla. Una vez que hemos franqueado su mundo ya no podemos dejarlo. Fue León Tolstói quien dijo aquello de “narra tu propia aldea como si fuera universal”. Eso es lo que hizo Almada.

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