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H. A. Murena: figuraciones de la comunidad

Este texto explora tres momentos de la ensayística mureniana en torno al pensamiento de la comunidad, con el propósito de mostrar sus puntos de inflexión.

Uno de los ejes recurrentes en torno del cual se mueve la obra ensayística de Murena, es el de la imagen y el pensamiento de la comunidad, desde su fundacional El pecado original de América hasta La metáfora y lo sagrado, uno de sus últimos trabajos, pasando por el punto de inflexión de comienzos de los sesenta que, como trataremos de mostrar, tiene en Homo atomicus su logro más claro. Mostraremos la transformación de la formulación del problema de la comunidad en su obra, a partir de un cotejo de estos tres momentos de su ensayística.

El vínculo entre estas figuraciones exhibe desplazamientos, integraciones y cambios de profundidad, antes que progresiones excluyentes o aún dialécticas hegelianas. Se trata más bien de capas de sentido que van conformando una imagen de mayor densidad, en la que cada significación es un acento que se consolida al asociarse a los demás.

No hablamos de figuras o imágenes por un compromiso retórico sino por exigencias del régimen en el cual el concepto de comunidad se inscribe con mayor propiedad, no sólo en los textos de Murena sino en el debate contemporáneo relevante. Al efecto distingamos entre los siguientes funcionamientos del concepto: lógico, histórico e imaginario. El primero es el que corresponde a una función, la que determina una extensión precisa, aún cuando persista un límite borroso o vago en casos de su aplicación. Frege es una referencia clara para ubicar este régimen lógico del concepto. De acuerdo a este funcionamiento, “comunidad” se aplica en el esquema “comunidad de x” o “comunidad de los x”.

El problema con este esquema es que cuando se lo emplaza en el terreno en el que debe rendir sus mayores frutos, manifiesta su insuficiencia, menesteroso como está de fundamento ontológico. Este fundamento puede provenir de la historia o de la imagen, que es un sentido encarnado. En ambos casos somos remitidos a una relación que se genera conjuntamente con una condición modificada entre los términos de la relación. Dicho de otra manera, mientras que en el funcionamiento lógico tenemos un atributo o propiedad que establece una clase, por ejemplo, “la comunidad de los americanos”, siendo la condición de americanos distribuida por cada miembro sin exigir ningún papel ontogenético a la misma respecto de ellos, el funcionamiento ontológico sí lo exige, de modo tal que los vinculados por el lazo comunitario se constituyen en su ser en dicho lazo. En el ejemplo, no somos americanos simplemente porque nacimos en América sino porque nos reconocemos en esa condición. De esta manera, el vínculo comunitario les otorga a quienes forman parte de la comunidad, una propiedad que sin él no tendrían.

La variante histórica del fundamento ontológico de la aplicación del esquema lógico casi se autoexplica: tener una historia en común genera comunidad entre quienes la tienen, al punto que la condición que adquieren los modifica en su existencia. Esta historia puede incluir −y de hecho incluye− la determinación geográfica externa, dotándola de una significación en el tiempo histórico.

Ahora bien, cuando se extrapola la historia de una comunidad en particular a lo comunitario como tal, esto es, a la condición del ser en común aplicada a la totalidad de los existentes vinculados por esa misma aplicación y sin más limitación que la inmanente al universal así conformado, −la relación de semejanza es el universal más propicio como veremos−, nos desplazamos del terreno histórico al alegórico o imaginario. Es éste el sentido en el que podemos representarnos la comunidad de los seres humanos como hijos de Dios, o similares. Debido a que este recurso no cuenta con una génesis histórica reconstruible sin elementos míticos, la extrapolación psicológica es prácticamente insustituible: Dios es entonces Padre, el origen histórico de la comunidad, por caso el paraíso, y éste a su vez tal vez la infancia, encontrando en la ontogénesis una imagen para la filogénesis.

Munidos de estos elementos, podemos ahora acercarnos a los textos de Murena para avanzar más rápidamente en el desarrollo de su concepción. La primera figura de la comunidad que en ellos se nos presenta, es la que deriva de la reflexión sobre el parricidio como condición de la civilización, la cultura y la vida en común, figura que responde a la pregunta por la posibilidad o imposibilidad de un ser en común en América. Su conocida respuesta es, en resumidos términos, la siguiente: “el ser en común se celebra en Europa y no en América; reconocer esta situación es el punto de partida necesario, para cambiar nuestra circunstancia y hacerlo posible”.

El diagnóstico que fundamenta esta respuesta es que en Europa, a diferencia de América, hay historia, sin la cual la cultura no tiene suficiente fuerza frente a la preponderancia de la naturaleza. Calificaremos de melancólica a esta figuración, porque supone a la vez la existencia de una comunidad plenamente humana pero perdida para siempre, y el condicionamiento de su descendencia como una fatalidad insuperable, es decir, como imposibilidad del duelo por esa supuesta pérdida. (Resonará aquí para nosotros el clásico Duelo y melancolía de Freud).

La segunda figura en la que haremos foco es la del ultranihilismo. En esta segunda figuración de la comunidad en la obra de Murena, el problema y su respuesta han cambiado. Ya no se limita la cuestión a la posibilidad o imposibilidad del ser en común en América sino en sí mismo, en general. La respuesta será: “en el presente (1960 aproximadamente) las condiciones de la vida en común sufren una profunda transformación, por la vía de la estabilización del nihilismo como deriva de la modernidad”. Ningún regreso al estado civilizatorio es posible, lo que hay que hacer es extremar este proceso, ser ultranihilistas, para arribar a una nueva realización de la comunidad, la que se proyecta a un futuro mítico, no ya en Europa como en El pecado original de América ni en el pasado, como en algunos pasajes de su obra.

Finalmente, en La metáfora y lo sagrado tanto la pregunta como la respuesta se independizan de las condiciones históricas para transformarse en, diremos, estructurales. La respuesta es ahora que hay una determinación de la condición humana tal que, por así decir, su ser en común es realizable en la deriva propia de la pluralidad metafórica de los sentidos a los que accedemos, en primer lugar, por ser seres lingüísticos, pero fundamentalmente, por ser capaces de recrear dicha condición a través de la “libertad” que aporta la cultura.

Hay en Murena siempre una perspectiva de la redención por comunión con la trascendencia. Sin embargo, mientras que en la primera figura predomina la tonalidad melancólica −hubo una vez una comunidad humana de la que hemos sido expulsados: Europa o el paraíso− el punto de llegada es, en convergencia con algunas otras concepciones de la comunidad propia de décadas posteriores a las de Murena, que la comunidad humana se realiza cuando se conecta con lo que, limitándola, la hace posible, la abre al infinito de su deriva, sea esto en América, Europa o donde fuere.

Lo que podríamos denominar comunidad metafórica, como podremos apreciar más adelante, es el punto de llegada de la concepción mureniana, comparable con la comunidad desobrada de Nancy, la communitas de Esposito y algunas otras concepciones propias de nuestro tiempo −la que presentáramos en El abandono del mundo bajo la denominación comunidad infinita inclusive−.

Pero volvamos a la figuración melancólica de la comunidad. Lo propio de la melancolía es, precisamente, la imposibilidad de tener semejantes, de modo que una comunidad de melancólicos no es concebible. Hay algo angélico en la condición melancólica, un estar fuera del mundo y de todas las cosas, habitando un linde infernal que desde dentro es vivido como un paraíso ilusorio, esto es, un estar fuera del tiempo, sin historia, pero por ello mismo sin caída.

Murena encuentra esta semblanza melancólica en el que adopta como su padre espiritual: Ezequiel Martínez Estrada. “En la apacible pureza de esa meditación impregnada de melancolía Martínez Estrada ha buscado refugio en la zona celestial, neutra, de la naturaleza y la universalidad” (El pecado original de América). Murena indica en esta actitud la condición del profeta que asciende, podríamos decir, que retorna a la ciudad celeste, para afirmar contundentemente que ese no es su camino y no debe ser el nuestro. Por el contrario, nos dice, “Tenemos que vivir, tenemos que sobrepasar la enfermedad. Por eso nos hemos separado y nos separamos de Martínez Estrada”.

La operación que Murena realiza es doble: por un lado participa de la melancolía que ve reflejada en el profetismo de Martínez Estrada; por el otro, al adoptarlo como padre, lo vuelve y se vuelve mortal, decidido a reconocerse un enfermo entre enfermos de ausencia de comunidad, lo que se identifica en Murena como una regresión animal que nos despoja de la historia y de la cultura.

La animalidad es convocada con una doble valencia: la mítica del origen, de la cual ha emergido la cultura que humaniza como una respuesta frente al silencio de Dios, y la fantasmática bestial de la regresión a la que se condena quien no responde al silencio sino que se instaura en su repudio, sumergiéndose en el desierto estéril de quien rechaza pagar el precio de la filiación, constructora de comunidad. Entre los extremos del mito y del fantasma se yergue la promesa del mundo, la historia y la cultura.

Antes de lograr una transfiguración redentora de la posición melancólica, Murena elabora en Homo atomicus una filosofía de la historia que le permite ajustar cuentas con su presente y con el sentido cristiano de dicha historia, para finalmente arribar a una concepción de la comunidad que luego conquistará su figuración final en su dimensión metafórica.

Recorramos sumariamente esa filosofía de la historia. Murena es un crítico punzante tanto de las democracias occidentales como del comunismo que, en su época, aún se erige como una opción masiva y rival. Caos y nihilismo son lo propio de ese tiempo según su perspectiva. En ese contexto, América, cuya sustancia es precisamente para Murena la sumatoria potenciada del caos y el nihilismo, consiste en la posthistoria en la que Europa, que a través de la tonalidad melancólica aparecía como reino pleno de lo humano, encuentra su realización final. “Europa se ha americanizado” nos dice Murena.

Entre el individualismo caótico de la democracia y el estatismo dictatorial del orden comunista que expresa el nihilismo organizado, no habría opción real sino complementariedad. Esta complementariedad se identifica con el proceso de mundialización cuyo resultado es una “aerocracia” cuyo temple vital está marcado por el célebre “Dios ha muerto” nietzscheano. Que Dios ha muerto significa, para Murena, que el tiempo ha concluido, pues el nihilismo es la impotencia del futuro para germinar en el presente, lo que provoca a su vez la impotencia del pasado para dar consistencia nutricia a ese mismo presente.

Rota esa continuidad que es el tiempo, el futuro es un vacío amenazante que requiere un nuevo nombre de Dios. Pero ese nombre no podrá ser ya el eco de los nombres pasados, que se han vuelto impropios, dando lugar a un carnaval de imposturas que prolongan y profundizan la condición nihilista.

Para recuperar la capacidad de pronunciar un nombre de Dios que rehumanice, se requiere ser ultranihilistas, esto es, sobrepasar el nihilismo asumiendo la potencia de una negatividad creadora. En la antesala del pronunciamiento de ese nuevo nombre, nuestra conciencia implica tres sentidos a la vez: la muerte del ego a nivel individual, la desustancialización del vínculo comunitario y el reconocimiento de que Dios es la nada que nos habita.

Desde el punto de vista de las religiones, Murena vislumbra ese tiempo para una nueva presencia de la divinidad, como una fusión de horizontes entre el camino cristiano y los caminos del oriente, cuya promesa redentora se formula: “salvar al hombre de la historia en la historia” (Homo atomicus).

Pero no alcanzaremos la comprensión cabal del sentido último de esta filosofía de la historia si no la percibimos a través de la antropología que le concierne. Como muchos otros, Murena forja la imagen de lo humano por contraste con la del animal: mientras en éste la vida permanece dentro de un círculo cerrado, la condición humana se instaura en la apertura, que es a la vez negatividad, conciencia de dicha negatividad y de la muerte, lingüisticidad y, como extremo esencial de este “ente-de-palabra” que somos, seres de plegaria, seres para Dios.

Lo que podríamos llamar dialéctica de la argumentación mureniana, discurre entre tres términos: lo originario, la defensa frente a lo originario y, como opción integradora, la aceptación humanizante de lo originario. El origen es el dominio de la vida animal. En el seno de ese dominio al que alguna vez pertenecimos se abrió el abismo, desde el cual proviene lo humano. Pero lo humano no puede sobrevivir y desarrollarse contra el abismo del que proviene, porque cuando lo hace intenta reproducir su propio circuito cerrado, sea en nombre de un humanismo secular, sea en nombre de un deísmo mortífero.

Es en este cierre artificial en que nos encontraríamos en el actual estado nihilista mundializado −el de tiempos de Murena tanto como el nuestro−, cuando somos capaces de ejercer con total libertad nuestro ser lingüístico. Tiempo propicio, por extremo, para volvernos a abrir al abismo constitutivo, que es un vacío activo y que restaura la plenitud del tiempo más allá de la historia, pero inmanente a ella.

En el desarrollo de la comprensión de este ser lingüístico, Murena logrará una representación del ser en común resignificando en esa figuración la dimensiones enfatizadas a través de la melancolía y del ultranihilismo. Veámoslo.

Murena tematiza explícitamente la melancolía en La cárcel de la mente (1971). Allí la melancolía se presenta como una especie de a priori sensible de nuestra condición ontológica, que es la misma que la del arte, caracterizada por la nostalgia de “algo perdido o nunca alcanzado”, en cualquier caso “nostalgia por un mundo que falta de un modo irremediable”.

Este mundo que falta ya no es sustantivamente idéntico con ninguna realidad histórica concreta, las que en todo caso pueden ejemplificar una falta más profunda. Se trata más bien de una distancia que se constituye en nosotros a medida que desarrollamos nuestro ser en común y que nos permite trascender la naturaleza de la que formamos parte.

Pero ocurre que en ese camino, que es el camino de la historia, construimos “Torres de Babel” en las que perdemos el ser en común al que nos abre esa distancia porque el vacío que la hace posible nos horroriza tanto o más que la bestialidad de la que partimos. En nuestra huída, paradójicamente, reproducimos a nueva escala esa bestialidad, retroalimentada por los múltiples dispositivos individuales y colectivos con los que volvemos a cerrar el círculo. En el lenguaje esto se refleja en el rechazo de su metaforicidad constitutiva en favor de una palabra que Murena califica de “juzgadora” e identifica con la ilusión de un discurso único y totalizador.

Entregarse a las ilusiones de Babel nos aleja tanto de Dios como de nuestros prójimos y de nosotros mismos, precisamente al obturar con una prótesis inauténtica la nada creadora en la podemos y debemos habitar. Para Murena, “El Gran Humano” se realiza privilegiadamente en la obra de arte cuando ésta surge precisamente de la melancolía del “Otro Mundo”.

Dicho con mayor precisión, esta melancolía, que afecta tanto al creador con minúscula como al Creador con mayúscula, esto es, al mismo Dios, es una melancolía a orillas del río del tiempo como tal. Sin embargo, esta suerte de ser angélico que expresa la posición melancólica, al entregarse al movimiento de la metáfora encarna en obras, se materializa en sentidos, se expresa en imágenes.

Es como si tuviéramos que reconocer en el paso melancólico la stimmung necesaria para que advenga y se celebre el ser en común[1]. La comunidad que es obra de este ser en común, es una imagen en cuyo reflejo nos volvemos capaces de construir indefinidamente semejanzas que no cierran ningún círculo, ya que en ese plural permanece activa la naturaleza metafórica de la que brota. Por el contrario, cuando la comunidad se identifica positivamente con una realidad histórica dada, se ontologiza la estructura lógica a la que referíamos al principio, destruyendo así la relación comunitaria, cuya condición es permanecer siempre abierta.

Antes de encaminarnos a un sumario final a modo de conclusión, debemos dar cuenta del modo en el que Murena introduce la dimensión metafórica. “Somos metáfora”, nos dice, dado que provenimos de un desplazamiento desde un mundo no sensible a uno sensible, y al celebrar nuestro ser lingüístico volvemos a traer ese “Otro Mundo” a este mundo. Particularmente en el arte se logra traspasar lo sensible en beneficio de la evocación o simbolización de esa otra dimensión no capturable enteramente en la visibilidad de lo literal.

Sin embargo, la melancolía como condición y la metáfora como efectividad no son privativos del hombre, afirma notoriamente Murena, ya que en el paraíso, conjetura, Adán hablaba en metáforas, cantaba versos más que hablar. Y en cuanto a Dios mismo llega a afirmar: “La melancolía es el lamento de Dios que, aprisionado en el hombre, no logra reunirse con Sí mismo”.

Desde un punto de vista estructural, lo que dice Murena es que una ausencia irreductible hace posible a la vez la eficacia de Dios, el arte, la comunicación y, en fin, la vida humana como tal en su dimensión esencial, que es la de su ser en común. Pero es una ausencia operante en su movimiento, su capacidad de metamorfosis, su flexibilidad.

Como habrá podido apreciarse ya, Murena avanza a través de grandes saltos analógicos que forjan imágenes sugestivas, antes que a través de argumentaciones lógicas compactas. Sin embargo, esta lógica es reconstruible, aunque no podamos hacerlo enteramente en el breve espacio de este trabajo.

El punto culminante de estas figuraciones de la condición humana en tanto comunidad, se presenta cuando Murena enriquece el despliegue de sus imágenes, sumando al bordado de melancolía, ausencia −o nada o vacío− y metáfora, su concepción de la traducción. Traducir es, nos dice en base a la etimología, llevar más allá, como metaforizar.

La traducción es algo así como una serie infinita, pues siempre será posible una nueva traducción de un original al que nunca se alcanza. Al mismo tiempo, es la traducción la que logra hacer visible lo traducido. En la serie de series, lo intraducible que permite la apertura infinita de la serie es el afán de recuperación del original, “la Unidad perdida”, interpreta Murena. A través de una extrapolación hiperbólica, se nos conduce a la idea de que así como nuestra condición es análoga a la de la metáfora, también lo es a la de la traducción, dado que somos seres de palabra, como se dijo.

Vale la pena citar un iluminador pasaje de la La metáfora y lo sagrado al respecto:

“Con la palabra, que es su ser, se le da al hombre la triunfal y desdichada misión de constituir el portador único del recuerdo íntegro de la perdida Unidad. La palabra es riesgosa porque, representando aquello con lo que el hombre debe cumplir la traducción de su vida, es ya en sí traducción. La palabra es promesa. (…) puede prometer una manzana, un amor, una paz. Se le cree porque es la embajadora de la realidad. Pero puede actuar −de buena o de mala fe− como pésima traductora: puede esconder en cambio un veneno, un odio, una guerra o nada. Con la palabra terminó la certidumbre de los otros reinos, se instauró la posibilidad del engaño radical. ¿Cómo responder a este equívoco don? Traducir es insoslayable, es nuestra vida (…)”.

Puesto que vivir es para nosotros traducir y se puede traducir correcta o incorrectamente, haciendo el bien tanto como haciendo el mal, cabe preguntarse cómo podemos asegurarnos de que nuestra entera existencia sea una traducción correcta, que equivale a preguntarse cómo vivir una vida plenamente humana. Pero no hay original, está perdido; no hay razón última ni garantías. ¿Entonces?

El camino es volvernos seres metafóricos, abrirnos al infinito de la traducción sin violentar los sentidos ni tampoco detener su desplazamiento incontenible. Esto equivale a asumir plenamente nuestro ser en común, pues éste se celebra en la comunicabilidad, de la que la metáfora y la traducción son aspectos esenciales.

¡Qué lejos estamos ahora de aquella primera melancolía del ser americano que idealizaba a Europa! Habría mucho más para decir pero baste con esto para hacer un balance, de acuerdo al cual ponderamos los muchos y ricos instrumentos que en la ensayística de Murena se despliegan para forjar diversas figuraciones de nuestro ser en común.

En este sentido, por un lado Murena sería un precursor de muchos desarrollos actuales acerca del pensamiento de la comunidad; tener en cuenta su aporte permitiría reconsiderar a éstos a la luz de sus perspectivas. Por otro lado, lo que llamamos comunidad metafórica es una propuesta original que muestra más de una ventaja con otras de las figuraciones de lo comunitario en el debate antropológico-político-metafísico que ha tenido lugar fundamentalmente en Francia e Italia y que, como ocurre inevitablemente, ha ignorado el aporte de H. A. Murena. Es ante todo nuestra responsabilidad exponer su obra en el circuito de circulación de esos discursos.



[1] Roberto Esposito, en convergencia con la orientación mureniana de la que pretendemos dar cuenta aquí, ha sostenido en Comunidad, inmunidad y biopolítica (Herder Editorial, 2009) que el carácter de la comunidad es constitutivamente melancólico.

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