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Pueblo envolvente

La notable apuesta de Hernán Ronsino en Lumbre (Eterna Cadencia, 2013) reside en mostrar la imposibilidad de una disyunción absoluta entre ficción e historia.

 

   

    Lumbre
    Hernán Ronsino
    Eterna Cadencia, 2013
    288 páginas

 

 

 

 

 

 

La literatura de Hernán Ronsino es envolvente. Vuelve una y otra vez al mismo lugar para recomenzar una historia, la de su pueblo. En su escritura se expresa, entonces, y tal vez de manera privilegiada, aquella sentencia que dice que una verdadera obra convoca a un pueblo que falta. Y en ese movimiento nos envuelve, ya que la historia se trama a partir de fragmentos que van hacia atrás y hacia adelante (y a través de ellos nos reenvían a La descomposición y a Glaxo, sus novelas anteriores), fragmentos que encuentran unidad, paradójicamente, en una suerte de silencio fundamental en el que está sostenido todo el relato.

Pero no es sólo la escritura la que, envolviéndonos, vuelve. En este caso también vuelve al pueblo, desde Buenos Aires, Federico Souza, hijo del Bicho Souza, quien toma la voz principal del relato. Vuelve en marzo de 2002, en ocasión de la enigmática muerte de otro personaje ya conocido por los lectores de Ronsino: Pajarito Lernú. Y aunque esa voz, en su intento de desentrañar la muerte, es la que estructura el relato, nuevamente son muchas las voces convocadas en la novela. Y muchos los personajes, todos con nombres propios y apodos: lo que intensifica la sensación de que detrás de esos fragmentos de vida hay historias tan poderosas como las que tienen un mayor desarrollo, tanto en esta novela como en las anteriores. Múltiples, entonces, son las historias que se cuentan, los dichos que se traman y las versiones que, incluso, a veces se oponen. Ahora, si bien no hay una única historia, acaso el mayor desafío de la novela sea con la Historia misma.

Si ya en Glaxo asistíamos a ese juego entre historia y ficción, que tenía como centro al “fusilado que vive” de Operación Masacre de Walsh, en Lumbre la historia vuelve a mixturarse nuevamente con la ficción, no para ser novelada, sino para mostrar cómo es inverosímil cualquier disyunción absoluta entre ambas. Así, por ejemplo, una versión de La campaña del Ejército Grande de Sarmiento puede cruzarse con otra de un rosista de apellido Souza, ancestro del personaje principal. O la historia de la muerte del poeta modernista Carlos Ortiz con una representación escolar en donde actuó el joven Souza. O Julio Denis (seudónimo que usó Cortázar en su primer libro de poesía), en su paso por Chivilcoy, con ciertas memorias que escribe Pajarito Lernú, en un cuaderno titulado Escribir de memoria, del que aparecen extractos, también fragmentariamente, en la novela. Ejemplos que se multiplican en la voluntad de escribir los difusos límites entre ficción e historia. Que el diario del pueblo, a su vez, se llame La Verdad, no deja de ser una ironía sutil, que se vuelve incluso mayor cuando nos enteramos que en Chivilcoy hay verdaderamente un diario con ese nombre. La apuesta se cifra, justamente, en mostrar la imposibilidad de saber con certidumbre qué es ficción y qué no, en volver esa diferencia algo sin mayor importancia. Y hacerlo, a su vez, imaginando cómo eso es fundamental para toda rememoración.

El silencio sobre el que esas historias reposan, es, por así decirlo, una suerte de telón dramático para toda la narración, y menos porque muchas situaciones procedan de ese modo (es decir, silenciosamente, como en efecto ocurre) que por el particular estilo narrativo que caracteriza a Ronsino, en donde las frases cortas, a modo de chicotazos, cortan incisivamente la continuidad narrativa dejando ver una ausencia que habita detrás. La inquietud que genera esa ausencia es lo que hace que el gran enigma de La descomposición, de Glaxo y, ahora, de Lumbre, no pueda terminar de resolverse.

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