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Pasaje al acto (fragmento)

Una serie de voces articulan −en este capítulo de la novela inédita Pasaje al acto− la entrada al mundo de la locura con los ecos de una vieja amistad.

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Medio viva, medio muerta. Estoy ciega y sé todo. No veo lo que tengo frente a mí, pero sí el pasado y el futuro. Fui mujer y después hombre y ahora esto.

Señor de traje detrás del escritorio. Me alcanza una hoja que hago que leo y firmo.

Estoy acá por voluntad propia, es lo que intentan decirme. Como si tuviera voluntad.

El despacho de recepción es grande como una mentira. Cálido, confortable. Mamá me despide con lágrimas en los ojos. Adiós, hija zombie. Lo hago por tu bien.

Pero antes se acerca una señora. Me dice hola. Me llama por mi nombre. No la reconozco. No me reconozco. Me dice quién es. Me dice que es la madre de mi amiga Luz. No entiendo qué hace ahí, qué significa esa aparición.

Luz está muerta. Hace un año un cáncer la fulminó. Era más joven que yo. Cuando murió le llevaba seis años. Ahora le llevo diez.

Esa mujer vino por algo. Para que yo sepa que no tengo perdón.

¿Puede ser perdonado uno, y a la vez retener el delito?

En el bar de la esquina conciliábulo familiar. Escondida detrás de paredes remotas, escucho:

Explicar qué es el deber, o por qué el día es día, la noche, noche, el tiempo, tiempo, sería simplemente perder el día y la noche y el tiempo.

Por tanto, puesto que la brevedad el alma del ingenio es, y la prolijidad sus miembros y ornamentos, voy a ser breve: vuestra noble hija está loca.

Me conducen por unos pasillos hasta la zona de las habitaciones. El piso es de baldosas cremita, las paredes sucias. Pasamos por una sala de estar, o un comedor, con sillas y mesas de plástico. Un televisor prendido.

La habitación tiene cuatro camas. Colchones delgados como hojas de papel. Mesa de luz: no. Estantes o placard o algo para guardar efectos personales: no. De todos modos no tengo nada. Solo lo que traigo puesto.

En la habitación, ocupando una de las camitas, una chica. Una chica o una mujer. Está tirada mirando el techo. Me saluda. Me pregunta si soy nueva. Le digo que sí. Acá, si no tenés paciencia, te volvés loca, dice. Pero. ¿No se supone que ya estamos locas?

Me cuenta que hace varios meses que está ahí. Que tiene una hija chiquita a la que no ve. Se llama Olivia, pero le dicen O.

Últimamente, pero no sé por qué, he perdido la alegría, he abandonado todo hábito de ejercicio y en efecto mi disposición ha estado tan afectada que esta estupenda fábrica que es la tierra me parece un promontorio inútil.

Me cae bien y me da pena. Yo soy distinta. Yo estoy actuando. Yo si quiero, puedo. Pero ahora no quiero. Eso quiere decir que tampoco puedo.

Solo estoy loca al Nor-noroeste. Cuando hay viento del sur, sé distinguir un halcón de un serrucho.

Dependo. Oscilo, cuelgo de un hilo. Cualquier peso puede hacer que la balanza cambie de dirección.

“Imaginemos una piedra colgando (pendere), amarrada de un hilo, que a su vez está anclado al techo con un clavo. El vaivén de la piedra depende de ese clavo. Esa piedra es una dependencia del clavo. Si quisiéramos que la piedra tuviera independencia, entonces tendríamos que cortar el hilo para separarlos”.

Una parte mía quiere hundirse, mojarse en leche y ablandarse, como la magdalena, y deshacerse, convertirse en recuerdo. Abandonarme, renunciar. Soltar todo. Dejarme caer, despojarme de lo que soy, de lo que fui. No ser. Es la parte que preferiría no hacerlo. La otra es firme, dura, me sostiene. Entre las dos me llevan al pasado, me remontan como una lancha sobre el agua, que con su hélice dibuja un cordón de espuma. Si mantiene la velocidad puedo agarrarme de la soga y permanecer erguida, haciendo equilibrio sobre mis pies, inclinando el cuerpo levemente, hacia atrás. Pero si se detiene, la otra, la parte otra me devora desde adentro, como un alien.

Salgo al patio a fumar un cigarrillo. Hay gente jugando a las cartas. Me acomodo en un rincón al sol. Se me acerca un gordo con campera deportiva y gorra de béisbol. Me pregunta si quiero que me toque un tema con su guitarra. Lo miro. No veo ninguna guitarra. Le digo que sí. Con una mano toma el mango y con la otra toca las cuerdas de su guitarra imaginaria. Suena bien, le digo. Me regala un chocolate. Acepto. Me pregunta si puede darme un beso. Le digo que no. 0

Si el nombre es el tiempo de los objetos

¿Qué es la espera?

Y si digo Agujero ¿Estoy rellenando un vacío?

Me acuesto a dormir. Sueño con Luz.

La encuentro en un lugar lleno de plantas y animales. Hay tanto sol que tengo que cerrar un poco los ojos para verla. Quiero abrazarla pero no puedo. Ella está en su cuerpo, pero su cuerpo no está en ella. Le digo que la extraño, le pregunto cómo está. Me dice que está muy bien. Sonríe para convencerme. Pero está cansada, ya tiene que irse. Le pido que se quede un rato más. No quiero llorar delante de ella. Tengo un nudo en la garganta. Me dice que no puede, pero que no me preocupe. Intento agarrarla del brazo. Desaparece.

El tiempo está fuera de quicio.

Oh, amarga maldición: que naciera yo un día

Para poner en orden su estropicio.

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