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Los que navegan en la nada

El escritor cordobés se sumerge en el mundo dantesco de Las campanas no tienen paz (Ediciones Activo Puente, 2013), último libro de relatos de Oscar del Barco.

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    Las campanas no tienen paz
    Oscar del Barco
    Ediciones Activo Puente, 2013
    456 páginas

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Como lo anuncia su título, el libro más reciente de Oscar del Barco tiene algo de desmesurado. Las campanas no tienen paz contiene 456 páginas de una serie de narraciones que obviamente no son cuentos, tampoco partes de una novela que fuera muy libre en su ensamblaje. Se trata de 56 fragmentos de unas pocas páginas cada uno, en un principio abundan los textos más breves, luego se van extendiendo un poco más; por ejemplo, el número 55 tiene alrededor de 25 páginas; el número 4, sólo 5 páginas. Insisto en observar la apariencia exterior de un libro cuyo contenido, que ya conozco, estaría como velado por esa tranquilidad de un simple objeto, impreso, encuadernado, nuevo. La contratapa explica, aunque no aclara, la falta de paz de unas campanas cuyo simbolismo se presenta a manera de enigma; dice: “las campanas repican sin descanso por nuestra maldad”. En el interior, el libro no tiene mayúsculas ni signos de puntuación. Una voz, muchas voces, un murmullo anónimo o personajes en ocasiones más descriptibles, lo que sea que emite ese fluir de palabras sin otras marcas de pausas que los blancos entre párrafos, sin títulos, salvo los números de los fragmentos, eso habla, narra, analiza lo que se dice, recoge palabras. Ahora bien, no se trata de monólogos interiores, o no en todo momento; en muchos casos, el ritmo de la lectura va poniendo las comas y los puntos que faltan y podríamos estar leyendo alguna modalidad del relato absurdo, sin progresión, sobre los deterioros físicos de alguien o sobre la descomposición mental de una memoria, casi a la manera de Beckett, o en otros, a la manera de Kafka, sobre todo cuando aparecen pequeños y grandes infiernos, lugares de tortura, maquinarias de sometimiento de los cuerpos. Pero entre los datos, lo que ocurre en los fragmentos, a cada paso ese murmullo piensa, anula y señala el estado lingüístico de los datos, los sucesos y los pensamientos. Entonces, la vida misma, si es que puede decirse que existe más allá de las palabras que siguen y siguen, parece destinada al sinsentido o a lo inenarrable.

Doy impresiones generales. Una que se me ocurre estaría resumida por el adjetivo “dantesco”. Las campanas no tienen paz sería un nuevo infierno, puesto que a él se refiere usualmente tal adjetivo y no al esperanzado purgatorio ni mucho menos al éxtasis del paraíso. Pero un infierno sin un Virgilio que guíe, sin un Dante que se conmueva; un infierno de torturas mentales, internas, que escanden los suplicios físicos; el simple murmullo de los condenados que no cuenta nadie, que se habla y no para nunca y no es escuchado ni lo será nunca. Pero una sospecha se cierne también sobre este libro dantesco, porque al igual que la comedia no habla sino de este mundo: circos, campos de concentración, manicomios, tratamientos de los cuerpos, hospicios, mataderos, abortos, trabajos y sacrificios irredentos. De modo que aquellos relatos crueles que surgen, que no siempre parecen surgir de una voz singular, vendrían a contar el fondo caótico de lo que hay, de lo que existe, aunque no sólo como una fatalidad. No se trata de que simplemente, como cualquier otro animal, los hablantes estemos destinados al combate, al deterioro y a la muerte, sino de que en las palabras se busca la destrucción, en los cuerpos se quiere dañar y en el mejor de los casos ese deseo cruel e insaciable se conforma con dañarse a sí mismo. Las campanas no paran nunca, entonces, escanden con su puntuación tácita las frases que acompañan las dos únicas salidas del ser hablante: atormentar o atormentarse.

Sin embargo, estas impresiones que sólo aluden a unos recuerdos dispersos de un libro desmesurado deberían dejar paso a ciertos detalles, quizás más literarios y menos brutalmente éticos. Aun cuando, como en los nombres que se me ocurrieron, como en Dante, Kafka o Beckett, no habría ninguna intensidad literaria en la simplicidad de una forma, sin una actitud o sentimiento o mandato, incluso no sabido, ante el mundo. El mundo, así llamado, tal vez no exista. Pero las palabras no son lo único que existe. ¿Qué otras cosas dicen las voces en estos fragmentos que vuelvo a abrir, en los que me pierdo y a veces reconozco algo, donde me fascina una fluidez y por momentos me repele la imagen de un suplicio en exceso minuciosa? Dicen la apariencia de algo administrado. Hay cuerpos que cuelgan de ganchos o que son clasificados o transportados, mientras en algún instante, adentro o afuera de algún cuerpo, algo piensa, se diría que habla. Las cursivas, único subrayado que se permite el libro de tanto en tanto, resaltan esas palabras arrebatadas a la repetición. Anoto un par de esos subrayados en las primeras páginas: “movía los pies en el aire y se reía a carcajadas a lo mejor estaba soñando que por fin venían sus padres a liberarlo”; y más adelante: “los letreritos las palabras de amor eterno las fechas las fotos con algunos rostros que el paso del tiempo ha carcomido”; y en el mismo fragmento: “ah debo hablar de la tumba de mi madre”. En estas citas, y en algunos de los fragmentos, sobre todo al comienzo, el cuerpo administrado o agotado, de donde suponemos que sale la voz que cuenta o donde imaginamos que habría oídos que escuchan, pareciera toparse con recuerdos, esa forma suprema y originaria del fragmento. Pero los pantallazos de una infancia perdida se mezclan con ficciones; personajes de circo, un criador de ratas, anunciadores de los agentes de torturas que luego poblarán el libro tiñen con su tono ficticio toda rememoración. Sin embargo, en el fondo, ¿contra qué luchan los actores y los que sufren las acciones? ¿Qué intenta descubrir en un cuerpo desventrado o desollado el investigador? ¿A qué rapto se entrega el que se sabe, presa de intenso dolor, a las puertas de la muerte? En principio, se trata de desarmar el lenguaje, su narratividad inherente, su ordenamiento, su esfera metafórica. No hay puertas de la muerte, diría una voz en del Barco, porque eso no es un cruce, no es un umbral. Se dice “el último viaje”, pero no hay ahí en absoluto nada que sea un “viaje”. Las palabras señalan sin nada que señalar. Aunque su ordenamiento por parte de los agentes que las administran pareciera el mecanismo supremo de tortura: cuerpos clavados a palabras, pieles desgarradas por palabras, palabras que inmovilizan. Otro subrayado, que le hace eco al título, dice: “las palabras alguien ha hecho el mundo resuenan en su cabeza como campanadas”. La teología, en suma, como una maquinaria de palabras para fijar el mundo, pero a costa de atornillar los cuerpos a su artefacto, como piezas reemplazables y repetibles. Y además, en la cabeza resuena también la maldad de poner un yo, una decisión, una frase, en el origen del mundo. El mal acaso sea sólo eso, repetir, repicar, machacar que no hay afuera nada, que los límites de mi mundo son los límites de mi lenguaje. Pero los cuerpos, diría que cierta vida, por mínima, por reducida a la insignificancia que parezca, se rebelan, hacen una música interior, azarosa, con lo que les llega, con aquello mismo que se les impone. Las campanas pueden ser, finalmente, aunque teológicas, gritos de sublevación, cantos o lamentos, última afirmación de que el mundo no es todo reclusión, encierro bajo siete llaves.

Recuerdo otras campanas al leer este libro, y sus largos pasajes de angustia o de desolación, esos campos de exterminio que parecieran un modelo de todo funcionamiento organizado; me refiero a uno de los poemas de Baudelaire que se titula “Spleen”, el número LXXVIII de Las flores del mal. Dice así: “Cuando el cielo bajo y grave pesa como una tapa / sobre la mente que gime presa de largos hastíos, / y abarcando todo el círculo del horizonte / nos vuelca un día negro más triste que las noches; // cuando la tierra se torna una húmeda celda, / de donde huye la Esperanza como un murciélago, / golpeando las paredes con sus alas tímidas / y chocando la cabeza contra techos podridos; // cuando la lluvia extiende sus inmensos regueros / e imita los barrotes de una vasta prisión, / y cuando un pueblo mudo de arañas infames / viene a tender sus redes en nuestros cerebros, // de pronto unas campanas saltan con furia / y lanzan hacia el cielo un espantoso aullido, / como espíritus errantes y sin patria / que empiezan a quejarse tenazmente. // Y largos coches fúnebres, sin tambores ni música, / en mi alma desfilan lentamente; la Esperanza / vencida, llora, y la Angustia atroz, despótica, / sobre mi cráneo inclinado planta su bandera negra”. ¿Será casual que también en el libro de Oscar del Barco haya prisiones, celdas, que las arañas tengan un pequeño papel durante ciertas páginas, que las campanas sean el último gemido de resistencia al encierro oscuro, o el último sonido rítmico de la resignación? Por supuesto, hay grandes diferencias. Y no es la menor que el cruel siglo XIX de Baudelaire, en ciertos aspectos, hoy pueda parecer casi idílico, al menos en su costado novelesco. Por otra parte, Las campanas no tienen paz está hecho de narraciones, allí donde el dictado se forma desde algún punto, alguien narra, y donde el subrayado lírico de alguna manera es sometido por la ley que hace avanzar todo relato, su paso marcado. Este hierro de la prosa que avanza, su ley constitutiva, como la tapa de la olla negra en el día melancólico del poeta, tiene su cuestionamiento dentro del libro, ya que éste narra sin dejar de atacar aquello que conmina a narrar: “el pedazo de hierro podría decir pedazo de hierro o yo o cualquier cosa por supuesto que sí hace miles de millones de años en la tierra sólo había fuego y piedras y con el tiempo las piedras comenzaron a hablar o acaso el habla sea una melodía que es una melodía y nada más así como una piedra es una piedra y nada más y en esa melodía a la que llamamos hablar hay tonos ritmos sonidos que suben y sonidos que bajan y entre ellos hay uno que suena como suena la palabra yo y otros que se acoplan con otros sonidos en una narración”. Si se narra, si las palabras se acoplan, se enganchan, entonces todo responde a un mando; las frases repiten el contorno de una prisión. Salvo que no exista un yo, que no haya un punto en donde se rompe el silencio, que sea imposible hasta la ilusión de tomar la palabra, como suele decirse. Hay un loco, o alguien llamado loco, o voces que atraviesan una cabeza, o voces sin cabeza, que preguntan lo que no tiene respuesta: “a qué se referirá la palabra yo”.

Por supuesto, hay fragmentos en los que se despliega un tema, donde la voz se torna más reflexiva y no describe ni cuenta detalles. Entonces, las frases intentan definir algo: la maldad en un caso, la tortura, la enfermedad en otros. En un pasaje, se trata de la palabra “aborto”, que una racionalidad determinada puede definir así: “el aborto consiste en hacer desaparecer una enfermedad antes de que adquiera su desarrollo normal”. Pero nada es normal antes de ser medido. Hay unos monstruos que desaparecen. Mellizos que dejan atrás a su doble. Y si un feto tiene algo de monstruo, será monstruoso el origen de cada uno. Sin embargo, nada se muestra en lo que se suprime de antemano, en lo que se planifica y se decide. Por eso el personaje, el loco, el irracional que habla sin puntuación puede decir después: “el aborto es agarrar con pinzas esos pequeños renacuajos lanzados a la vida y con extraños y malignos pretextos asesinarlos no encuentro otra palabra para nombrar la muerte del origen del presupuesto de todo y de todo presupuesto el habla antes del habla”. Advierto al lector de este comentario que no hay que cometer el error de considerar las frases de la narración como expresiones de un autor. Aunque tampoco hay que pensar que la narración sólo cuenta cuentos sin alcances éticos de ninguna índole. Diría que la narración es otra forma de decir la verdad, es una locura, pero no su paréntesis convencional. Y quizás su verdad sea lírica, sea un ritmo de imágenes que de pronto definen el núcleo intenso de aquello que la contratapa llamó “nuestra maldad”. En el mismo fragmento, la definición justificativa e irónica es refutada por un infierno, o su antesala, que Dante describiera como un silencio en su limbo de nonatos y paganos: “sobre los cadáveres invisibles avanza el exterminio de la raza de los nonatos que navegan en la nada”.

Aunque, repito, nadie nos guía ni nos aclara el sentido de este infierno. De todos modos, los carteles se parecen a los que leía Dante. El penúltimo fragmento puede volver a empezar ese desciframiento sin salida, sin ascenso, sin purgación del mal: “aquí no se trata de comprender dijo sino de abandonar toda esperanza”. No obstante, el que narra está todavía colmado de esperanza, tiene en su horizonte una forma última de esperanza, una espera más allá de las palabras. Cuando ya nadie narre, todavía puede repicar el dolor, las campanas pueden anunciar la continuación de una cosa, algo vivo que sigue después de que se ha destrozado la última palabra. ¿Quién dice “apiádate”, última palabra del libro? No importa quién, no hay nadie que haga ese ruego. Palabras, cuerpos, nombres y cosas se trituran, son molidos y demolidos por una maquinaria en constante mutación, que nadie maneja, que nadie hizo, pero el pequeño mortal que habla, que alguna vez habló, no se pone entero en las palabras, les pide a las palabras lo imposible, la “piedad”.

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