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La forma oscura

Los ensayos reunidos en La forma oscura (Editorial Descierto, 2013), buscan el límite de los sentidos a partir de un estado alterado de la percepción.

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    La forma oscura
    Carlos Riccardo
    Editorial Descierto, 2013
    96 páginas

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¿Qué valen todas las experiencias con sustancias llamadas por algunos “alucinógenas”, es decir, que “alteran la conciencia”? ¿No es más justo considerarlas “enteogénicas”, enfatizando el “estado de luz divina” que proporciona su ingestión? ¿Verlas solamente como vehículos químicos que facilitan la apertura de la mente hacia modos de sentir extraños para nuestra vida “normal”, es perder lo fundamental? La experiencia, palabra ligada al peligro, deja la mente en la pasividad receptiva sin concepto en un mundo donde “ver y oír es lo mismo” como en el “pardiez” de los jasidim de la mística judía.

La experiencia de los “viajes” nos abre a la conciencia de la enorme plasticidad de nuestro cerebro. Una plasticidad pasmosa que nos da la certeza (subjetiva y vívida) que el “hombre” no es un “algo” acabado, sino un hueco que puede dejar “pasar” más atributos que los reducidos parámetros con los que vivimos la vida cotidiana cuando se somete a la instrumentalidad de medios y fines. El hombre de la economía en sentido restringido (como lo intuyó Bataille) es ahorrativo, no es dispendioso, no solamente con su poco o mucho dinero, sino también y sobre todo con su tiempo. El que vive en la sobreabundancia de la economía solar no es avaro.

Que en tu memoria haya otra memoria, que hay lo ancestral en acto aquí y ahora, que tu primitivo no es lo extinguido y, más atrás, que la chispa de los vasos rotos del Si-Mismo se encuentre en el fondo despersonalizado de la conciencia de la conciencia, es algo imposible de “objetivar”. Solamente se pueden hacer rodeos, como aquí, sin llegar a un centro que existe, posiblemente, pero es inaccesible.

En el casi oxímoron o en la paradoja de la forma oscura como forma sin forma, como la forma de lo informe, que subyace en la caótica fragmentariedad del mundo se da lo inefable.

El libro, de excelente factura editorial, se divide en tres partes. La primera es un ensayo de experiencia interior-exterior y que toma nombre de un fragmento inconcluso de Demócrito que llama al conocimiento por nuestros sentidos, la forma oscura. Carlos Riccardo afirma que “estos textos quizá puedan ser considerados una estésica, esa rama de la estética que pensó Paul Valéry para el estudio de la sensación”. Se trata de la “mística del aparecer en escritos que procuran describir el punto dinámico de la conciencia ante lo inmediato del aparecer”. Es esa inmediatez que interfiere “sobre ese sensible que coagula como mundo”.

Riccardo señala que, aún a distancia del consumo ritual de alucinógenos en culturas milenarias, también esta ingestión profana lleva la conciencia a un “estado de gracia que por momentos dejan alcanzar, y en esa libre y grave autoconciencia de los actos, el más alto grado de impecabilidad”.

Los pequeños ensayos de La forma oscura recorren los cinco sentidos, desde la ostensible primacía de los ojos hasta el poco ponderado tacto. En el primero, “La mirada”, se habla de la pura mirada, como “contemplación vacía”, como “encantamiento, extremo, de lo real”, que no tiene trascendencia, “sino suspensión −detenimiento del mirar, del pensar, del ser− que sólo puede ser vista en la sorpresa del retorno”. Un retorno que hace reflexionar al autor que “en algún momento el hombre le dio a todo este movimiento de acontecer mágico, de reunión y disolución, un carácter sagrado y después lo pobló de alucinaciones”.

Con un lenguaje sutil, con una delicadeza extrema habla de “ligaduras” que la audio-mirada capta como “danza de sonidos modigliani (que) se abre en delgadísimas ramas, hinchadas en los extremos por gotas que se deslizan hacia frutas, o hacia notas, que se extienden…”. Y la narración de una experiencia feliz que (“vacío de mí”, o extáticamente), sigue las “brevísimas huellas de luz suspendidas en el aire…”. Mirada de la mirada como “ligadura transparente que cohesiona el relieve rítmico-diferencial de todas las sustancias, simultáneas en el aparecer y que conforman el mundo percibido, en la superficie única y visible de un continuo variable”.

En textos como “Señas de sonido”, donde la percepción auditiva es examinada a fondo, sin detenerse, aunque atravesando la física de lo aural, Carlos Riccardo sale a la búsqueda de la pureza del sonido en un allí, en un puro oír, donde se “escucharía” la “marea insignificante del sonido, su trama aural, la más concreta vibración de lo inteligible”. En “(Des) caligrafías”, cuando la sustancia activa alcanza un punto de incandescencia, llega a un “estado paradojal” en el que cerca de las cosas “parezco distante, a ras del piso poseo una gran altura”, hasta encontrarse “de regreso” con una escritura “que se refracta en sus espejismos”. En “Subcristal” evoca a Jacobo Fijman “brilla el subcristal de mi locura” y transita la poesía delirante hasta perder la cabeza. En el último escrito de esta primera parte, “Tangencias”, ensaya sobre la “tangibilidad” del cuerpo, el contacto del sonido, la ceguera vidente del “tacto (que) se hunde por debajo de la horizontal (el gusto y el olfato), disperso en rizoma, en extenso, en las manos, en los pies, en el sexo”.

La segunda parte del libro contiene tres narraciones que se titulan “Sombra”, “Salvia divinorum” y “La puerta del grillo (Ololiuhqui)” en las que se exploran las experiencias alucinógenas en un registro fenomenológico.

En último lugar, en diálogo con los textos de Riccardo, un Postfacio de Horacio Zabaljáuregui titulado “Lúcido cristal”, en el que el poeta y editor retoma el texto de Demócrito acerca de la forma oscura, primitiva y primigenia. Allí un sugestivo epígrafe de Henri Michaux −“Flujo, flujo sin fin impugnando las restricciones, las delimitaciones, colmando”− abre el espacio de la escritura para una reflexión final: “Estesia: deriva de las sensaciones que resplandecen en la conciencia como punto de fuga y transmuta como don, como misterio, como pura búsqueda. Límite deslumbrante del sentido, lado oscuro del diamante de los sentidos”.

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