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Entre la sinología y el psicoanálisis

En Cinco conceptos propuestos al psicoanálisis (El Cuenco de Plata, 2013), el sinólogo francés François Jullien ofrece una lectura del psicoanálisis a la luz del bagaje conceptual del pensamiento chino.

 

    Cinco conceptos propuestos al psicoanálisis
    François Jullien
    Traducción: Silvio Mattoni
    El Cuenco de Plata, 2013
    144 páginas

 

 

 

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El sinólogo François Jullien, en su reciente libro Cinco conceptos propuestos al psicoanálisis, nos ofrece una vez más una relectura de otra de las grandes invenciones de Occidente a la luz del bagaje conceptual del pensamiento y cultura chinos. Como en sus obras anteriores, en donde buscó y analizó lugares impensados e impasses de la tradición filosófica, guerrera, política, ética y retórica occidentales (de base griega y judeo-cristiana), para encontrar sus puntos de desbloqueo apoyándose en la sabiduría china; en este libro se dedica a investigar los puntos de contacto entre esta última y la práctica psicoanalítica.

Si bien a lo largo del texto menciona algunos impasses del psicoanálisis, el autor pone énfasis en lo que considera las grandes innovaciones psicoanalíticas, que no por casualidad se dieron al borde de la tradición cultural europeo-burguesa que las vio nacer, y hallan un eco en determinadas prácticas culturales de la China antigua. Además, los “cinco conceptos” son recursos que Jullien propone extraer del suelo tradicional chino para reforzar aquellas prácticas innovadoras: la “atención flotante”, la asociación libre, la insulsez del analista, la alusividad de la interpretación y el proceso silencioso de la cura. A su vez, Jullien propone conceptos “chinos” para recoger aquellas prácticas y potenciarlas: la disponibilidad, la alusividad, lo oblicuo, la desfijación, y la transformación silenciosa.

Antes que nada, resulta relevante hacer un rodeo y señalar que la obra de Jullien está confinada −aparentemente− a la disciplina de la sinología (el estudio académico de la antigua lengua y cultura chinas), no sólo porque él sea un profesor especializado en la materia en Francia, o porque todos sus libros se propongan brindar una interpretación del canon de la tradición china (textos taoístas, Confucio, Zhuangzi, etc.), sino también porque la recepción de su obra es, por el momento, desconocida y restringida a “lo chino” y lo “académico”.

Pues bien, decía “aparentemente” porque resulta notable cómo en todos sus libros, además de exponer sus dotes como intérprete de la lengua y la tradición china −requisito básico para pertenecer y ejercer la sinología− no deja de recordar a los lectores que su misión no consiste en “entender” a China sino en “utilizarla” para localizar los puntos ciegos de la herencia griega-cristiana de Occidente, interrogarlos y canalizarlos para su modificación. Así, en Tratado de la eficacia, Jullien expuso las dificultades de Clausewitz (y del pensamiento moderno europeo en general) para pensar la guerra, las contrastó con las complejas sutilezas de las enseñanzas de Sun Tzu y, de contrabando y mediante algunas “sugerencias al pie”, no hizo más que hablar del fracaso de la iniciativas revolucionarias −desde 1789 hasta el siglo XX− a lo largo de cada una de sus casi 300 páginas, pero sin referirse continuamente a ellas. Aludiendo a ellas, queda en nosotros tomar su propuesta de pensamiento, y lo mismo sucede con este libro “para” los psicoanalistas (pero no sólo para ellos).

La problemática de quién es el sujeto de la revolución, la interrogación sobre su carácter transformador, y la cuestión de los efectos de la intervención política, núcleos de pensamiento que han tenido en vilo a muchos intelectuales y activistas de la política, han sido abandonados en nuestros días. Sólo tenemos a aquellos que insisten en repetir fórmulas (si la realidad no obedece a nuestros esquemas, hay que insistir con ellos hasta que un día resulten, como hacen los sobrevivientes de los partidos políticos y los filósofos que quieren resucitar su voluntad subjetiva pero sin partido, como Badiou y Žižek), a aquellos que niegan la política sustituyéndola por la gestión del conflicto (el neoliberalismo), a aquellos que la convierten en un motivo teológico (la confrontación del amor del otro a la soberanía absoluta de la biopolítica sobre los cuerpos inermes, cf. la “nuda vida” de Agamben, la ética de los levinasianos, la revindicación de la comunidad en Nancy, Esposito, etc.).

Jullien, sin referirse a ninguno de ellos en particular, se remonta a la lengua y a la filosofía griega para encontrar lo que es común a todos a pesar de sus diferencias: su fondo cultural. Así, de Grecia a la posmodernidad, el pensamiento europeo no hace más que girar sobre los mismos ejes que su cultura le dicta, pero de los que no es del todo consciente, a saber: el drama del Sujeto, la Acción versus la pasividad, el Acontecimiento contra la Repetición, la Verdad transparente versus su ocultamiento, lo Lleno versus lo Vacío, el Sentido versus el sinsentido, etcétera. Estos ejes, a su vez, funcionarían de forma inconsciente por el paradigma griego del Modelo y de la Finalidad, por el cual no se puede concebir otro modo de actuar que planificando, según metas y objetivos.

Este fondo cultural inconsciente también tiene consecuencias psicológicas: el sujeto se desgarra, se angustia entre el ser y el no-ser, el cambio y el devenir resultan dificultosos y pesados, y la ruptura, que es el único modo de cambiar de cuajo una situación problemática, se logra pagando altos costos (como los que pagó la Revolución Rusa: industrializaciones forzadas, matanza de campesinos, etc.). Por supuesto, no se trata de un problema de intensidades o de escalas de violencia (un “reformismo” tampoco apunta a la transformación en la medida en que aporta muletas de contención y de prolongación de la enfermedad por paliativos, si es que resulta válida esta traslación directa entre lo psíquico y lo político-social).

Tanto en Tratado de la eficacia como en otros libros de Jullien, es posible deducir una “psicología” que deconstruye las aporías del sujeto griego −lo que aún somos− y propone vías de renovación y des-obstrucción. El autor aclara que la dirección es doble: también China puede “aprender” de Occidente para destrabar sus puntos ciegos, aunque claro, lo que nos interesa es el desbloqueo de nuestra subjetividad.

Así, a diferencia de ciertos pensadores que gustan de repetirse en sus distintos libros, Jullien compone sus escritos como módulos: cada uno de ellos refiere distintos problemas pero con lazos comunes. Cinco conceptos propuestos al psicoanálisis viene a recoger nociones ya expuestas en obras anteriores, referidas a otras problemáticas como la política, la guerra, la retórica y la moral, para armar un dispositivo “chino” que revivifique la práctica psicoanalítica. La sorpresa pareciera ser que ese aporte no será externo al corpus psicoanalítico sino que encuentra ya en él sus elementos “chinos” que Sigmund Freud avistó con su práctica.

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